viernes, 26 de julio de 2024

Por el valle de Ayora.

 


Fin de semana en el valle de Ayora, lugar fronterizo que linda al oeste con Castilla-La Mancha, a unos cien kilómetros de la costa valenciana. Vamos buscando posibles destinos para cuanto nos toque elegir plaza en propiedad a final de año. Nos alojamos en Ayora que con algo más de  cinco mil habitantes es el municipio con mayor población en la zona. comemos un par de veces en el restaurante Pinea, excelente, debe de ser de lo mejor de la comarca. Rape marinado en miso, gamba blanca de Cullera, arroz de callos de cordero, jabalí con una salsa tipo satay, ciervo marinado en vino blanco y chuletón de vaca con 85 días de maduración entre otras pequeñas alegrías generosamente regadas con un tinto de la bodega alicantina Pepe Mendoza, variedades monastrell, giró y Alicante Bouschet.

El castillo de Ayora perteneció a Mencía de Mendoza, marquesa de Zenete, humanista discípula de Juan Luis Vives, la cual enriqueció y embelleció la fortificación con pinturas, reformas arquitectónicas y finísimas artes suntuarias. Muchos años después, durante la Guerra de Sucesión, las tropas de Felipe V destruyeron y saquearon la fortaleza. Casi todas las poblaciones del valle tienen su propio castillo. Tierras fronterizas, tierras defensivas. Codiciadas. Durante las guerras carlistas, además del de Ayora, dicen que también fueron de importancia como refugios los castillos vecinos de Jalance, Jarafuel y Cofrentes. 


Cenamos en una terraza de la plaza Mayor de Ayora con nuestra compañera Rosa, su familia y amigos. Hablo largo y tendido con David sobre grupos que él disfruta todavía y que yo escuchaba en mi juventud primera: MCD, Kortatu, RIP, Extremoduro, Slayer, Metallica, Eskorbuto, Bad Religion, The Ramones, Iron Maiden, Helloween… la banda sonora de unos años que aparecen distorsionados, brumosos de tan lejanos, desdibujados, parece que apenas fueron reales. Luego descubrí el blues, el soul, la música negra, aprendí con estas músicas que el sufrimiento se puede cantar y que algo muy adentro de nosotros se reconforta al dejar fluir la voz rota de un alma malherida. Mi hijo Marcos consigue un nuevo amigo en cuanto llegamos, en cuatro días sería uno más del pueblo, los niños echan raíces rápido y en cualquier lugar, como el romero que parte la piedra si es preciso. En estos lugares las familias con niños suelen ser bien recibidas, hay que repoblar los fundamentos y la esencia, volver a la ausencia de complejidades. Soñamos despiertos con una vida amable, casi idílica, de aldea, dejando a un lado, por el momento, aquello de pueblo pequeño, infierno grande. A menudo olvidamos que todo locus amoenus colinda con un locus horribilis, no es infrecuente que un infierno nazca del centro de una Arcadia perfecta y dichosa.


Recibo casi al mismo tiempo la noticia del cáncer de la estanquera y el suicidio en Italia de un antiguo compañero de estudios. Pena y estupor. Elena y Pavel juegan a la ruleta rusa cada vez que pasean las calles de Járkov, por unos minutos se libraron de un bombazo hace unas semanas y el otro día la decisión de no ir a refrescarse a la piscina municipal les ha evitado una muerte casi segura. Valentía o insensatez, quizás ambas cosas. Hay que seguir con lo cotidiano a pesar del terror. Comenzamos a enumerar muertos recientes y no puedo evitar pensar en la familia desgajada, la que tanto amábamos, como esos planetas a la deriva, describiendo órbitas erráticas entre nebulosas y polvo de estrellas extinguidas que se alejan cada vez más y más sin remedio. Otra forma de muerte, el olvido. Es imposible emprender viaje alguno sin sobrecarga de equipaje en el corazón, la vida es herida y cicatriz, carga y descarga, campanas de bodas y de difuntos, pétalos de rosas, espinas, palomas en vuelo hablando de paz y sucias buitreras llenas de hambre despiadada. 


Desde Ayora vamos pasando por todos los pueblos hasta llegar a Cofrentes, donde confluyen el río Júcar y el Cabriel. Las dos chimeneas de la central nuclear no dejan de exhalar vapor de agua en forma de nubes blancas alargadas como cuernos retorcidos o cucuruchos de nata. Leo en sus ráfagas desflecadas el aviso de que todo tiene su haz y su envés, su cara y su cruz. El progreso va siempre por pasarelas inestables sobre un abismo pavoroso. Bajo la inteligencia artificial, un foso lleno de cocodrilos que requiere templanza y cautela. Hacemos una impresionante ruta fluvial en un pequeño crucero por los Cañones del Júcar. Nos hablan de su flora y fauna, de los caminos de herradura, de la pesca del black bass, el lucio y el alburno, de la antigua cementera y de los maquis que, tras la Guerra Civil, por aquí se escondieron durante años como fue el caso de Basiliso Serrano, El Manco de Pesquera, detenido en Cofrentes, juzgado y fusilado en Valencia.


Nos dejamos muchas cosas por ver para así seguir deseando un pronto regreso: el volcán de Cerro Agrás, el Castillo de Chirel, las Cuevas de don Juan, el balneario, cómo no pasar por la ermita de la Soledad, la que tarde o temprano nos toca experimentar a todos en los momentos cruciales de la vida. Regresamos a Cheste por la fuente de la Chirrichana con su tramo de carreteras elevadas y sinuosas, bellas vistas de embobarse entre pinadas, seguimos por aldeas como Los Pedrones, La Portera, El Pontón, en la mirada la caricia de los viñedos, hasta llegar a Requena donde hacemos un alto para comprar su delicioso bollo con jamón y salchicha, cargamos embutidos, queso de cabra, lomo de orza, una buena ristra de longaniza pascuera, pan y algo de vino del terreno. Tras la parada técnica para desagües y avituallamientos llegamos a casa en media hora escasa a ritmo de Otis Redding, cansados pero con la certeza feliz de que otra realidad más humana existe todavía, que aún cabe la posibilidad remota, el derecho irrenunciable a escoger el camino menos transitado, la orilla más lejana, la aldea, los humedales, la fronda, y mientras tiembla nuestro reflejo en las aguas claras del río, desaparecer al caer la tarde sobre el curso esmeralda del Júcar, desaparecer como un pez que rompe el anzuelo, como un niño se fuga por la madeja de su imaginación, como se borran las almenas en la niebla y la alambrada no se ve cuando el amor, cambiar ya la vida, de una vez por todas, quemar el último cartucho, desaparecer.


Imagen: Cofrentes.

miércoles, 17 de julio de 2024

Confidencial de espectros.

 


Ese cajón en el que metes la mano contiene alacranes, agujas de coser a mano, tijeras abiertas, cuchillas de afeitar oxidadas, la vida que no quieres recordar y te envenena. No siempre fuiste tan poco desequilibrado, tan poco sanguíneo, hubo un tiempo de zozobras y brújulas desnortadas. También naciste en el siglo XX, brutal siglo de monstruos. Hay cajas que no has podido abrir, tu propio museo de los horrores. Como a Raúl Zurita, te hablan ahora los rompientes de tu vida. La memoria tiene sus riesgos, su oneroso peaje, gavetas que no cierran y dejan entrever, impertinentes, en los momentos más inesperados, la vida desperdiciada, una hilera de velas kavafianas consumidas, y por encima de todo, metiendo miedo, el vuelo avieso y rapaz de los errores irreparables.

Se te nota en la mirada, vas como ido, espectral, escudriñas de vez en cuando ese infinito que en tu caso es otear casi siempre hacia atrás con los ojos en blanco satén, como en trance, cabeceando ausente y compungido. Retrospectivas recurrentes hacia el pasado irremediable, te ofuscas y te reconcomes, se te agrian en la boca las cerezas y el buen vino, los días soleados se emborronan, suenan cerrojos, puertas atrancadas, los perros callejeros van ladrando a tu paso. Hueles a tabaco rancio, ropa húmeda y pólvora quemada. Alcoholes recios en compañía dudosa por locales turbios. Arengas, soflamas, peroratas y diatribas, el odio y la ignorancia en sus variantes innumerables copulando violentos sobre un corazón ignaro y curioso, de niño desatendido, de niño espantado, solitario, asolando los mejores años de tu juventud. Como le sucedió a Luis Rosales en el poema, puedes afirmarlo con rotundidad: me he equivocado en las cosas que yo más quería


Sobre la dulce música del canto monótono de los gorriones llega a la terraza, partiendo  de súbito la calma, el grito agudo de algún pájaro oscuro, mensajero de desgracias, impertinente, sus alas cargadas de símbolos. Así sucede también con algunos recuerdos que llegan parásitos, invasivos, tentaculares, reproduciéndose por esporas, aguando la fiesta, malbaratando la grata invención de un pasado idílico a nuestra medida, nos fue arrebatado sin piedad ese opio que adormece y reconforta. Estamos de nuevo perdidos entre divagaciones, flagelos romanos y esos necesarios mea culpa que vienen con mucho hielo y algo de soda en vaso tallado para whisky de fino cristal bohemio. Todo entre niebla, mucha niebla.


Entretelas, intersticios, intramundos, fuerapuertas. En cada recóndito recoveco hay la remembranza de un suceso indeseado, un tropiezo moral, el fallo en el relato ideal de una vida. Goteras, filtraciones, humedades que calan desde el pasado, la termita insaciable de la realidad horadando la impostura. Punkis, heavies, skins y otras hierbas. Pasquines revolucionarios, cartelería propagandística, afiches de la demagogia uniformada, grafitis hirientes, murales estúpidos, aluminosis del alma, torcimientos del espíritu. Anarquías, comunismos, neofascistas, encantadores de serpientes y otras sectas destructivas que vendían paraíso y libertad al módico precio de una servidumbre incondicional como quien vende humo o crecepelos mágicos. Canalladas. Banderías. En toda manzana podrida hay un escalafón, un estamento, una estructura piramidal expandiéndose. Alguien que saca beneficio y vive sin pegar un palo al agua. Todo fue entre el final de los ochenta y el inicio de los noventa. Qué estúpido, qué iluso fuiste. Cómo podrás perdonarte.


Y el culmen fue beber de todos los dogmas hasta el hartazgo, de todas las quimeras hasta llegar a niveles tóxicos incompatibles con la vida, todo bien revuelto, insufrible, para acabar finalmente solo, desengañado, para salir de la crisálida y la ceniza, de la horma y el rebaño. Tocaste todos los extremos y de todos sacaste las manos heridas. Desconfías de los grupos sociales desde entonces, sabes de lo que son capaces. Clanes de alimañas, manadas que arrasan con todo a su paso. En cada tribu hay alguien que te recuerda con desprecio, con rencor, no eres ya de nadie y les eriza la osadía, si pudiesen, no lo dudes, te lo harían pasar muy mal y a cuchillo.


Crepúsculos alucinados, fantasmagorías, te nublaste tú y se nubló la tarde. Otro trago lento, amargo, de un licor peligroso que en ocasiones viene de visita, mientras se va oscureciendo poco a poco el horizonte y giran en el sentido contrario las manecillas del reloj. No llega el sueño todavía, sufres, lo aceptas, a veces hay que pagar caro por tanta desfachatez. Eres un espectro desvaneciéndose, lo he notado en tu cansada voz de ultratumba y en esa imagen deshilachada detrás de mí, por los espejos. Qué lejos estas de todo aquello y cómo te persigue. 

sábado, 6 de julio de 2024

Las adelfas.


 Hay adelfas de flores blanquísimas junto a la piscina. A veces, me quedo absorto en su elegancia cuando salgo del agua. Pienso que deberían ser comentadas en cualquier tratado solvente de estética. Son el resumen perfecto, la amalgama definitiva entre lo bello y lo terrible. Quién podría sospechar de primeras el veneno en una planta tan común por estas tierras, que abunda por caminos, jardines, carreteras, arcenes, medianas, redondas, parques y descampados. Es difícil atisbar lo letal en flores tan vistosas, tan traicioneras. Como sucede con el ser humano, es más fácil ser pérfido cuando se desfila entre los apolíneos, la mayor falacia llega tras unos ojos de un azul eléctrico y un traje a medida, el peor crimen viene de la mano de un necio con inmunidad parlamentaria, de arengas que suelen hablar de fe, entrega y sacrificio. Hombres como adelfas siempre hubo en Moscú, también en Washington. Ahora pueblan la faz de la tierra toda barajando prestancia y ponzoña.

Federico García Lorca le cantó a la adelfa como símbolo del amor, Blanca Andreu robó vuelos de adelfa y alarido, Van Gogh pintó un jarrón de adelfas en su etapa en Arlés y Joaquín Sorrolla las del patio de su casa. De hojas parecidas al laurel, pero ricas en un potente tóxico llamado saponina, cuentan que en la guerra contra la invasión napoleónica, por la serranía rondeña, murió envenenado todo un batallón francés bajo sus efectos. Su nombre en griego tiene que ver con Nereus, dios de las olas del mar, dicen, padre de las nereidas, hermosas ninfas del Mediterráneo, auxiliadoras de los Argonautas. A la adelfa en valenciano se le llama “baladre”, vocablo procedente del latín “veratrum” que significa “raíces oscuras”.


Los agrónomos medievales documentaban su uso para envenenar alimañas y como insecticida natural, en medicina se han empleado sus principios activos como cardiotónicos, antiinflamatorios y diuréticos. Si las escuchamos atentamente, las adelfas nos hablan del peligro que se esconde tras la belleza, dicen bien claro que no existe nada inocuo, que todo tiene un precio. Contienen la dualidad, la complementariedad y el equilibrio de fuerzas contrarias, como si de un yinyang valenciano se tratara, susurran que hay quien encontró en sus hojas una puerta de salida y que hay quien halló asideros en sus flores, motivos suficientes para quedarse un poco más. Cómo permanecer impasibles ante la gracia mortal de las adelfas, ante el violento encanto de sus pétalos, cómo no amar sus besos de azúcar y cianuro.


Imagen: adelfas blancas, atisbo de piscina y pinada al fondo.

martes, 2 de julio de 2024

Cantos rodados en piscinas balsámicas.


 Mannish boy, de Muddy Waters, i’m a rolling stone, soy un canto rodado, un guijarro pulido por el río, que no es otra cosa que el medio y las circunstancias, las tenazas del tiempo y el espacio, el no entender nada de nada entre tanto empellón y vaivén, así es la vida.

Entregada la documentación pertinente, ya solo queda esperar que publiquen el listado de plazas disponibles para poder elegir la mía en propiedad. Como queremos seguir trabajando en atención primaria, vamos barajando ciertos destinos posibles en El Valle de Ayora. No descartamos vender la casa de Cheste y mudarnos a algún pueblito más pequeño, volver a empezar. Otra vez lo rural, lo profundo y olvidado, la querencia por un tiempo remansado y amable lejos de la ciudad, de nuevo la atracción por las tierras fronterizas.


¿Siempre estaremos condenados a la errancia? Somos culos de mal asiento, sí, pero ¿tendremos hasta el final un corazón tembloroso y trashumante? Ahora que no volamos y nos quemaron las alas, ¿tampoco hemos de hallar albergue, covacha o acostaderos? Vivo entre lomas, junto a un coto de caza, sé que tiran a dar y tienen buen tino pero sé también que algunas liebres logran atravesar las alambradas y cruzan la carretera cargadas de simbologías, raudas, cuando pasa mi coche, van ya campo a través, por los algarrobos, al otro lado, hacia nuevas oportunidades entre romero, olivarda y espino negro.


Tormentas eléctricas por la mañana que nos atrapan camino del trabajo y pasamos la jornada laboral empapados, por la tarde buen solazo asomando entre nubes sucias que se alejan, piscina en familia, ping-pong y una delicia de whisky francés: Intravaganza, de Michel Couvreur. A mano Fractal, de Andrés Trapiello y un libro de artículos de Pablo Antoñana. Me gusta leer cosas muy diversas, puntos de vista que difieren e incluso resultan diametralmente opuestos. Sigue lo de Rusia y Ucrania, lo de Israel y Palestina, en Francia gana la primera vuelta legislativa el partido de Marine Le Pen y arden las calles, odio y miedo campan a sus anchas por Europa, guerra y guerra, Biden chochea y Trump se relame el colmillo, democracias degradadas en manos de dictadorzuelos corruptos.


La vecina me regala unos maravillosos tomates de su huerto y se me pasa el berrinche sociopolítico, pongo cada cosa en su lugar. Tiro el periódico, apago la tele, dejo abiertas las ventanas para que entre el jardín en el salón. Trinos, aromas, el milagro de la luz desplegándose, la brisa fresca, el son de las cigarras, la danza de los olivos y otras sutilezas que reparan los muebles carcomidos de la vida, el corazón cansado del instante roto y sus aflicciones. Me baño en la piscina con los míos, los niños ríen, todo podría terminar ahora, así, perfecto, y no importaría. Olvidar que el tiempo pasa es matar demonios a machetazos. Hay manchas de sangre verde en el solárium, el olor a azufre se disipa, Marcos aprende a nadar mientras Claudia chapotea por primera vez, Iván bucea hasta el fondo, Elena me mira, no hay rencor entre nosotros, seguimos queriendo perdonarnos, brindamos por un día más todos juntos, hoy al menos, también, hemos ganado.

sábado, 15 de junio de 2024

Plantas de interior.

 


Plantas de interior, salvavidas de oficina, respiraderos junto a impresoras, paréntesis cruciales, remansos de paz entre legajos. Hay despachos en los que no existen ventanas, tampoco corre el aire y apenas queda oxígeno. Hay consultas claustrofóbicas de las que apenas se sale para pegar un rápido bocado en toda la jornada laboral, sótanos oscuros donde se trabaja a destajo por un sueldo insuficiente. La humanidad amenazada y prisionera con frecuencia es salvada por alguna planta insumisa en el medio más hostil, por una sonrisa de clorofila y seda. No hay salida, parece, pero si uno se fija encuentra belleza. Algo es algo. A veces es más que suficiente. No hacen ruido, apenas están, casi no piden ni agua, se conforman con migajas de tiempo y un mínimo cuidado. Cariño. Son ansiolíticas, terapéuticas, han evitado suicidios y asesinatos. He visto lirios y pothos sobre taquillas oxidadas, anturios rojos y lenguas de tigre aligerando el tenso ambiente de alguna gestoría suburbial, kentias en zonas de embarque, ficus benjaminas cerca de quirófanos, monsteras en gabinetes psicopedagógicos, algún crotón en áreas administrativas, centros estéticos o en fríos almacenes para carga y descarga. Los helechos pueden sostener y acompañar a los dolientes mientras velan al difunto en las largas horas de tanatorio, crasas, cactus, lirios de paz, quiero pensar que las hay en los corredores de la muerte y en los hospitales de cuidados paliativos. Plantas, tallos y flores, apósitos, gasas para la fiebre y el vértigo, la pena, la náusea y el vacío, delicadas hojas donde se inscribe una verde esperanza cuando hay cadenas que aprietan demasiado, el reloj parece que no avanza y la tarea no termina nunca. Decía Wislawa Szymborska que hablar con las plantas es necesario e imposible, creo que las plantas guardan silencio porque hablar con nosotros, como si de pequeñas diosas se tratara, les resulta posible pero innecesario. O tal vez su forma de hablarnos sea el silencio, ese fino lenguaje del que apenas sabemos nada, en el que siempre vamos balbucientes. Nos queda el consuelo de nuestra vieja fe en ellas, una fe en sus macetas que viene desde el origen, un amor de siglos y siglos, sus raíces oscuras conectando en algún lugar de niebla con nuestra sangre, hermanándonos, nos queda el poder verlas, tocarlas, ofrendarles algo de agua, nitrógeno, fósforo, potasio, podarlas, mimarlas, embellecerlas, y en el centro más ignoto de nuestra pesadilla poder sentir su presencia lenitiva, agradecer, esperando el fin de la jornada laboral, saber que mañana seguirán ahí, en nuestras cárceles, salidas de emergencia en callejones sin salida, algo tienen que ver también con la mística, con lo metafísico, con las alas y las alturas de tan en tierra. Tenemos además la torpeza inveterada, nuestra indigencia contumaz, el abandono, la sed, la ceguera, tanta y tanta necesidad, plantas de interior, cómo no adorarlas.

Imagen: consulta médica y plantas de interior.

miércoles, 12 de junio de 2024

Día en el museo.

 


En la calle del Mar, Palacio de los Valeriola, muy cerca de la peatonalizada y remozada plaza de la Reina, llamada así en honor de María de las Mercedes de Orleans, primera esposa de Alfonso XII, ahí está el Centro de Arte Hortensia Herrero, sobre las ruinas del circo romano y en las calles de la antigua judería valenciana de la que, por desgracia, apenas queda nada. Recorremos sus patios y salas, entre lienzos de Rafael Canogar, Tàpies, Juan Genovés, Eduardo Chillida, Manolo Valdés, grabados de David Hockney, móviles de Alexander Calder, vidrieras policromadas de Sean Scully, obras de Olafur Eliasson, Cristina Iglesias, esculturas de Georg Baselitz, Andreu Alfaro o Tony Cragg. Mañana agradable azuzando la curiosidad y la sed de belleza. Salimos del museo efervescentes, evitando plazas y grandes vías en lo posible, mientras esquivamos grupos apresurados de turistas y los consiguientes carteristas revoloteando como aves rapaces alrededor. Desde la Plaza de la Virgen nos metemos por la calle del Conde de Almodóvar haciendo un alto en la terraza del Café de las Horas para tomar unas cervezas y un Campari mezclado a partes iguales con vermú rojo. El calor arrecia bien duro, la sombra es gracia escasa, regalo inmerecido. Callejeamos hacia las Torres de Serranos y desde ahí bajamos por la calle de Roteros hasta L’Aplec, donde tenemos mesa reservada. Ensaladilla rusa, piparras fritas, unas tellinas deliciosas, el pulpo de la casa, todo bien humectado con cerveza gallega de barril. De postre y repostre cazalla bien fría. Gratas conversaciones en las sobremesas sin prisa como puertas que dan a patios interiores llenos de luces, claveles y pequeñas alegrías cotidianas.

¿Y si nos volviéramos como Bartleby?, se pregunta Maurizio Bagatin en una entrada del blog Plumas hispanoamericanas: Un poco cucaracha y un poco enigma. Es el fantasma del cansancio contemporáneo, la condición humana, líquida o gaseosa, el hastío, la descomposición de la política, la alienación. Pero ¿si desaceleráramos y contempláramos más lo que nos rodea, la belleza, no seriamos más rebeldes, no seriamos como el rebelde Bartleby, que prefirió no hacer algo cuando había que hacerlo? Un poco Dostoievski y un poco Musil. Ahí es nada. Sabias palabras que incitan a cambiar el ritmo, afinar la mirada, a decir que no y plantarse como el hombre rebelde de Albert Camus, cansados por igual del lobo y de las hienas que no dejan de gritar que viene el lobo, de la caja tonta y la prensa amarillista, de lo zafio y la patraña. Las elecciones europeas pasan tibias, distantes, como rancios aristócratas montados a caballo entre leprosos y corcovados, por la avenida engalanada, por la gran fiesta de su democracia, no pueden disimular su mohín de asco y desprecio, entre un gran porcentaje de abstenciones y la desafección creciente, raudos se apartan de nuevo de la plebe, del lumpenproletariat, corren los electos hacia su retiro dorado, príncipes por la gracia del voto, hacia palacio, al parlamento como agencia belga de colocación para tontos útiles carentes de escrúpulos y para listos desalmados e inútiles. La vida verdadera es otra cosa, está en otra parte, desatendida.


Llueve y seguimos trabajando, no amaina el temporal, atiendo de nuevo a lo que importa y dejo a un lado los venenos, algunas rendiciones, las punzadas. Un parque de un barrio de extrarradio me reclama, un parque mojado y sin ancianos, con el suelo lleno de charcos y los charcos llenos de la flor de la tipuana, y esas flores amarillentas, pisoteadas, atestadas de miradas niñas, agradecidas, humildes, lindísimas, quebradas. Suena en la lejanía Heart of gold interpretada por Charles Bradley, i want to live, i want to give, flores que son símbolo de todo lo que importa en este mundo, that keep me searching for a heart of gold, pétalos efímeros, ráfagas inolvidables, pistilos de seda, lo débil, lo que por un instante fue tan fuerte como el amor, lo que cae y se marchita, casi inadvertido, muchas veces anónimo, lo que apenas existe, con mucha dificultad, con aromas minerales, tostados y balsámicos, y ese perfecto equilibrio entre fruta y madera, lo que un día muere sin hacer ruido ni causar daño, lo que queda del éxtasis, el retrogusto, eso que no podemos decir con palabras, lo que nos da la vida.


Imagen: Grabado de David Hockney.

viernes, 24 de mayo de 2024

Osadías.


Tampoco quiero ni puedo desdeñar lo malo o dejar atrás para siempre en el olvido las rencillas familiares, la disolución de un árbol genealógico, los fardos pesados del odio y el desprecio. Por las viejas heridas mana sangre fresca que no se acaba, el dolor siempre es novedoso y creativo, metamórfico. Estamos vivos también porque algo que falta nos roe y nos mata por dentro. Mientras peroramos sobre lo humano y lo divino, elegimos un bar donde humedecer el gaznate. Entre los cacaos y las olivas, en el pequeño plato donde ponemos cáscaras y huesos, con su tremenda carga simbólica, ahí veo también, junto a las cervezas, cuando decae la conversación durante el almuerzo o pasa un ángel y guardamos silencio, ahí veo, decía, un hueco de sombra reclamándonos, el pálpito de una ausencia futura que ya vibra a media mañana de un día laborable en la terraza de una taberna cualquiera del remoto mundo rural. Es en lo más cotidiano donde mejor podemos leernos. Hay una gran proeza en soportar los días sin épica. Déjalo escrito en una servilleta y trata de que no se la lleve el viento. Dos ancianos se eutanasian lentamente en la mesa de al lado a base de vino peleón y caliqueños de estraperlo. Cae una hoja de algarrobo con la brisa, grácil, describiendo envidiables arabescos. Y seguimos hablando de hipotecas imposibles y de cínicos con inmunidad parlamentaria.

Esta semana he visto boxear a gitanos irlandeses hasta romperse las manos, bailar lezginka a hombres aguerridos con una daga al cinto, ucranianas devorando nísperos en mi jardín mientras Sergei me cuenta cómo van los constantes ataques rusos sobre su amada Járkov. Cuando todo termine quiero pasear contigo por tu ciudad, le digo, y si es posible por el barrio de la Moldavanka, siguiendo los pasos de Benya Krik, y por el inmenso puerto de Odesa para ver las aguas opacas del mar Negro. Pregunto a mi amigo Claudio Ferrufino sobre qué hacer con un tarro de pasta de locotos y me recomienda preparar llajwa cochabambina, salsa picante de tomates, locotos, perejil, sal, un poco de agua y cebolla picada. Ideal para comer con pan francés, nachos, huevos o patatas hervidas. Suena el nessun dorma, Pavarotti analgesia y teletransporta con su portento de voz irrepetible. Ayer mismo pude oler el perfume de las rosas en un lienzo de Ramón Gaya, sentir un frío de muerte por unos ojos que trazara Julio Romero de Torres.

Osadías y descalabros, así se llama el último libro de Miguel Sánchez-Ostiz, el de después del ictus, el que más esperábamos, grave y hondo poemario en prosa rebosante de palabras verdaderas que el maestro arranca de las avaras manos sarmentosas de la enfermedad, sus secuelas y la vejez averiada. Dice el poeta que te has derrotado y lo sabes, y sin embargo insistes, osado y sin futuro alguno, en poner una palabra detrás de otra, persiguiendo fantasmas y oscuridades y unos versos que se sostengan y te sostengan, pero que huyen sin remedio. Qué añadir, solo cabe disfrutar de su regreso y concederle la razón. Sensato y cabal pero que no falte el soliloqueo, dándole al desbarre, libre, despojado, de vuelta ya de todo, a su aire, a lo de siempre, a lo esencial, aireratu, por pura necesidad vital de lo que verdaderamente importa. Imprescindible. Sus lectores estamos de celebración sincera.

Solemos querer que la vida venga hacia nosotros como lo hace un labrador retriever cada vez que regresamos a casa, nada más lejos de la realidad. Llega un día en que nos rompemos, falla la ilusión y las fuerzas, se mustian los sueños, la curiosidad y las potencias, muere el perro y hasta la rabia, advertimos que no todos los árboles que hemos plantado han crecido, ni todos los niños que tuvimos nos quieren, ni todos los libros que dejamos escritos valen la pena, y con eso que nos queda entre los huesos y las cáscaras, en el centro del plato desportillado, entre el hueco en sombra y el pálpito de todas las ausencias, debemos seguir viviendo, descalabrados, escribiendo con osadía, y como diría Sánchez-Ostiz en su Diablada, hoy más que nunca, como si fuera por primera vez: escribir, esa forma de respirar.

Regresar al valle.

  La niña comienza a caminar tras dos meses desde el diagnóstico de la enfermedad y el inicio del tratamiento. Ya estamos en la segunda fase...