Mostrando entradas con la etiqueta Miguel Sánchez-Ostiz. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Miguel Sánchez-Ostiz. Mostrar todas las entradas

martes, 6 de febrero de 2024

Gestalgar.

 


Excursión a Gestalgar, en la comarca de Los Serranos, hacia el Interior, entre montañas, aquí el valle se transforma en vega, forma parte de la Valencia más deshabitada y desconocida. Vamos por la serpenteante carretera que llega desde Chiva a Gestalgar, jalonada de almendros en flor y grafitis que recuerdan, supongo, a jóvenes motoristas muertos en sus estrechas y cerradas curvas. Quinientos y pico habitantes, otro ritmo, otro tempo, también otro es el trato y la forma de mirarse a los ojos. En el bar donde almorzamos de tapeo son muy amables, todo bien y a buen precio, nos recomiendan que regresemos otro día a probar sus carnes a la brasa. No nos faltan las ganas. Hay una antigua y rara humanidad que por fortuna resiste lejos de las grandes ciudades. Se percibe que aquí ha venido a parar más de uno para curar sus heridas y volver a empezar de nuevo. Y está bien que los vencidos puedan seguir viviendo con dignidad. Creo con firmeza también en las segundas oportunidades,  el arrepentimiento y las metamorfosis sinceras.

Paseamos junto al tramo del río Turia que pasa pegado al pueblo, hacia la Peña María. Una familia se baña en porretas a lo lejos, medio escondidos entre las cañas. En el ambiente hay un poema que no logro retener, una extraña melodía en el silencio. Acicate o añagaza, no sé. El aire resplandece y es pura luz hasta en las sombras que aún refrescan, al mediodía el sol nos quema en la cara, zumbidos, Vivaldi debe andar nervioso. Álamos, sauces, fresnos, mimbreras. Además de los omnipresentes olivos, pinos y algarrobos. En las riberas romero, aliaga, tomillo y puede que brezo. El agua es tan clara que en ella se podría limpiar un corazón maltrecho.


Hace años leí con gusto Diario de la frontera y La lentitud del espía, de Alfons Cervera, escritor gestalguino a quien luego perdí la pista y ahora recuerdo y releo. Cervera inventarió con ternura el paisaje y el paisanaje de Los Serranos, las historias fundacionales de su Gestalgar mítico. Como Xuan Bello hizo magistralmente con su Paniceiros, Gabriel García Márquez con Macondo o Uxío Novoneyra con la sierra de Courel. Realidad y ficción, ¿quién puede señalar con precisión la frontera, los límites claros que las separan? Ambas ambiguas, movedizas y camaleónicas. Cometí un gran error al tratar de recordar Gestalgar antes de venir, mixturé  su río con el de Antella, sus calles se conectaban en mi imaginación, sus parajes aparecían unidos pese a la gran distancia, unas remembranzas se machihembraban con las otras. Hacía bastante tiempo que no regresaba a Gestalgar y en Antella solo estuve una vez, hace más de veinte años. La memoria, para tratar de no perderlos, presa del pánico, los anudó entre sí con esmero. Así sucede con el resto de las cosas que guardamos apiladas en el oscuro y desordenado desván de nuestro inestable magín. En nuestra imaginación se forman las coaliciones más descabelladas. Recordar es crear sólidas conexiones imposibles, férreas soldaduras entre el humo y el viento.


Días así nos son gratos, generosos, paréntesis muy necesarios en familia, escapando de la rutina, el cansancio y la desgana; huyendo del trabajo y del espejo, parando los relojes, haciendo juegos de prestidigitación. Por orearnos y matar la polilla terca de la costumbre, para ordenar o reorganizar un poco la sesera, el zacuto de pensar, que diría Miguel Sánchez-Ostiz. Alfons Cervera escribe que los lugares a los que no regresamos es como si no existieran, tal vez sea así. En contra de esto, la avara memoria estira y deforma lo vivido hasta el extremo, lo transforma hasta lo irreconocible para no perderlo. No siempre lo consigue. Si es necesario borra o nos escamotea algún detalle crucial para que la historia evocada nos sea cómoda y mantenga el empaque intacto con toda su credibilidad. Por si acaso, hace tiempo que no me marcho de ninguno de los sitios en los que he estado, entre el otero del recuerdo y la negra cueva del olvido, trato de vivir el instante y retenerlo, soporto el peso de una gran responsabilidad que he contraído conmigo mismo, me dedico al acopio minucioso de susurros intuidos, de imágenes fugaces, guiños entrevistos, olores sutiles, sonidos apagados, tomo entre mis manos todo lo que se rompe, lo que se apaga, lo que se seca, se esfuma o se desmaya, soy el último hablante de una lengua nacida para morir, el relámpago que tronza la tiniebla, voraz de bioluminiscencias, el trueno que rompe algo en el cielo y en la calma para siempre, y ese silencio que llega después, plagado de voces borboteando como charlean narcóticas las ranas en esas noches ardientes de verano en las que no puedes dormir y una mano fría que no es solo de este mundo te hiela el sudor y retráctil se desvanece mientras deja al largo insomnio haciendo equilibrismos en conversaciones muy trilladas con tu séquito de fantasmas y verdugos.


Imagen: Gestalgar.

viernes, 12 de enero de 2024

Para que no nos devore.


 El árbol de Navidad con todos sus aderezos ha regresado a las cajas de cartón y al garaje, en lo alto de la estantería metálica, junto a los buenos propósitos, ahí donde no se llega fácilmente, para engordar penumbras húmedas, cebando el polvo antiguo y las arañas. Volvemos a la rutina y sus metástasis. Lo cotidiano en gris, carente de maquillajes, sin luminarias ni moralidades. Ya no es necesario fingir que poseemos un corazón de niño en el pecho, tierno y rosado como el de un corderillo, bien puro, sin muescas y además resplandeciente. Regresa el monstruo, la fiera, el ser humano descarnado y sin afeites, peligrosísimo. Es menester algo de alpiste del alma para que no nos devore. Este año, los Reyes Magos me han traído Los ensayos de Montaigne, una de esas obras capitales que admiten relecturas infinitas, nos abrigan cuando el mal tiempo y dan juego mental hasta el final de nuestros días. También un libro de cuentos de Isaac Bashevis Singer, el poemario Fingimientos y desarraigos de Miguel Sánchez-Ostiz y El ruido de una época, de Ariana Harwicz, ensayo sobre la necesidad urgente de ejercer una escritura libre en estos tiempos de autocensura y cancelaciones.

En un par de semanas finaliza mi permiso de paternidad y toca reincorporarse al trabajo. No hay ganas como tampoco hay remedio. Intentaremos hacerlo lo mejor que podamos, con buen talante, sonrisa en ristre, con ese entusiasmo superior de los que han perdido el entusiasmo pero no la decencia, a pesar del ala de la ilusión rota y varias circunstancias adversas revoloteando, bien chingonas, alrededor. Claudia ya va a la guardería y aprovecho los trayectos en coche para empaparme de Bach interpretado por Glenn Gould, Mahler y Strauss bajo la dirección de Otto Klemperer, el Black Market de Weather Report, Sonny Rollins y algunos clásicos del soul como Aretha Franklin o Solomon Burke con su everybody needs somebody to love. Terapia sobre ruedas, medicina orquestada, música amansando íncubos, súcubos, bestias desatadas, demonios en falange, parlamento de sombras, abriendo las ventanas en interiores victorianos constrictores, derrocando príncipes del mal, melodías disolviendo a nuestros ángeles de la muerte más recónditos, caen torres oscuras, maldiciones rotas bajo el peso pluma de los pentagramas, corre el aire.


Encuentro en las redes una cita atribuida a Horkheimer que me viene como anillo al dedo para ilustrar la sensación que más me acompaña en estos tiempos: “Pesimismo en lo grande, optimismo en lo pequeño”. Así sospecho el año que comienza, de belicismo expansivo, hambre creciente, esperpento, desigualdad, pobreza en aumento, desastroso en lo geopolítico, deseando que sea al menos un tiempo fructífero en lo minúsculo, en lo íntimo y personal. En lo insobornable. Lo insólito tiene su morada en lo ordinario, la maravilla se despliega cerca, muy cerca, en un abrazo, en un atadillo de humildes hierbas aromáticas, a este lado de las lindes y los cerros, por mi vereda, entre ramas desnudas y tierra sedienta, bajo los nidos y el canto, por los minutos desechados, vi el arder de nubes cárdenas y me importaba, dolía la tarde en fuga y algo más que siempre se marcha sin remedio, en ese horizonte hacia donde hace tiempo que casi ya no miro, entre los míos alejándose, junto a la nada o lo tibio, bebiendo sorbos de vida hasta en el agua estancada y verde de la piscina, huele a sepia, ajo y apio bailando en el aceite caliente, ¿qué vino derramaste en mi boca que me duele y si me falta más me duele todavía? Miro hacia donde ladran los perros, la sangre se acelera, veo fantasmas que cuentan sílabas mientras van hablando, aguardentosos, de lo bello y lo terrible, componen letanías derrotadas, insistiendo, pronunciaban salmos deliciosos para los dioses ausentes, contra el frío y el fracaso, en mi pequeño jardín descuidado de una calle difícil, sinuosa y sin salida.

jueves, 16 de noviembre de 2023

Escapismos.


 Hay una inclinación natural a la desaparición desde hace muchos años, al escapismo, a las bombas de humo, tal vez la tendencia sea intrínseca, como un hilo que forma parte esencial de esta madeja inextricable que soy, de este atadillo de enigmas y pasiones que anda (con sobrepeso) y cuenta sílabas (fatigándose). Hubo un tiempo de tribus y ninguna era la mía. Eso deja huella, cicatrices, callo en la fractura, psicología y perspicacia. A la fuerza ahorcan. Descreo desde entonces de toda estructura piramidal, me incomodan las multitudes, la arenga y su escabeche, me espantan las sectas, las peñas, los partidos. Voy o trato de ir por otras veredas menos transitadas, con más aire. La ausencia, el desapego, la disolución del ego, ser como un gran Buda de bronce que pude ver en Nara, en el templo Tōdai-ji, monolítico y etéreo, estar y no estar o viceversa, no sé, ir cruzando el cielo con aquella bandada de grullas, gris en lo gris, que vi sobre mi cabeza en una gasolinera navarra, los atardeceres impagables de la Albufera de Valencia contemplados desde su embarcadero, prestar atención a lo desatendido, guardar silencio y dejar que el mundo hable en mí, para mí, por mí y por todos mis compañeros, con sencillez y hondura, que esa es la verdadera esencia del quedar callado, enmudecido, para que lo otro se diga mejor por nuestros cauces finalmente silenciosos y entregados, tácitos, por entero disponibles.

En estos días movedizos igual se inauguran museos de arte contemporáneo que se lanzan misiles, así de contradictorios somos. El hombre es mosca cojonera para el hombre. Un mismo ser humano es capaz de lo mejor y lo peor, del machete y la caricia, lo sabemos por experiencia. Odiosos y adorables en alternancia impetuosa mientras dure la vida o el vigor. Por eso, todavía, la esperanza o el Apocalipsis, depende del día o del humor, todo es posible. La política hiede a estiércol, cada día una guerra nueva y la amenaza constante, creciente, de una tercera guerra mundial, la economía de los ciudadanos de a pie acusa el efecto mariposa gravemente y las familias cada vez se distancian más, cada uno por su lado con sus claves bancarias, su wifi y sus ilusiones, como islas flotantes a la deriva de un desamor que suele resultar estúpido, torpe y ridículo. Tristes hundimientos. Todas las direcciones son contrarias cuando no contamos con el prójimo y su equipaje. Distopías cruzando nuestras noches en vela como fuegos artificiales sobre la bahía.

No siempre es posible quedarse entre los demás, hay que reservar momentos para estar con nadie, o sea, con lo más cierto de uno mismo. Me escoro y me alejo un poco, que uno aprende a esquivar los golpes a golpes. Las ves venir cuando, por desgracia, no has visto venir muchas otras parecidas que hicieron daño irreparable en la línea de flotación y en el currículum. No huyo de la realidad y su aspereza, no evito su contacto ni el de sus gentes, pero me es preciso como el respirar, cada vez con mayor frecuencia, el irme por las ramas o por peteneras, pensar en las musarañas y no salir en la foto. Por un rato hacer apología de lo inútil y lo improductivo, hacer un nucciordine en toda regla, y que viva el dolce far niente, la hora del vermú, la siesta con pijama y orinal, el ir por libre, el loco del pueblo también, la mente en blanco. Simpatía por Robert Walser, Thoreau, la vida retirada de Fray Luis de León, la casa emboscada de Christian Bobin muy cerca de Saint Fermin, las certeras soledades al óleo de Edward Hopper. Simeón el Estilita, hazme un sitio que voy corriendo, en el desierto cabemos todos. None but the lonely heart de Tchaikovsky, only the lonely (know the way i feel) que cantaba Roy Orbison tras las grandes gafas oscuras de su timidez.


Hoy seremos Oimiakón en el frío siberiano, La Rinconada andina, Rapa Nui, la recóndita isla de Tristán de Acuña, el archipiélago Juan Fernández en donde estuvo Miguel Sánchez-Ostiz siguiendo los pasos novelescos de Alexander Selkirk, dejadme en el centro exacto de la puszta húngara, hoy toca perderme sin retorno por los Apalaches o por la estepa infinita de Mongolia, permitídmelo, que mañana volveré a ser pachinko en Shinjuku, mercado de las especias en Nueva Delhi, rascacielos desmedido en Shanghái, vendedor de café en el gran bazar cairota de Jan el-Jalili, seré todos nosotros, con todo nuestro vértigo, un atasco interminable en la pinche hora pico de la Ciudad de México.


Imagen: Houdini.

jueves, 14 de septiembre de 2023

Cuarenta y seis.


 Cuarenta y seis. Hoy es mi cumpleaños. Para la ocasión escribí un texto pretendidamente celebratorio sobre el que se posó un tono sombrío que me estaba disgustando. Tarquín del alma y la memoria a borbotones, dietario incómodo, quintal de grava en los zapatos. Rómpelo y a la trituradora de papelones burdos, a la hoguera donde terminan esos folios impostados, tediosos, que resultan más falsos que un euro de madera. A veces, la teatralidad, el exceso de literatura, también la ambición artística, esconden, ocultan la realidad desnuda, lo cierto, lo verdadero, lo auténtico, ese raro joyel que todos buscamos en el barro de la pocilga, entre legajos barrocos y vidas farragosas. Qué difícil resulta humillarse ante la sencillez, darse a lo natural y sincero, a lo que no tiene dobleces ni recovecos. La alegría no viene del laberinto, nos llega con la salida del laberinto tras recorrerlo entero, angustiados. Como cuando de niños salíamos aterrados del tren de la bruja y un nervio eléctrico nos recorría el cuerpo haciéndonos sonreír como nunca. Y frecuentemente se nos olvida, lo ignoramos con alevosía y premeditación. Pues eso, que nada de máscaras trágicas, ni enrevesados ejercicios mentales, hoy no toca hacer recuentos crueles de la vida. Queden a un lado los errores que no me perdono, las decepciones, los sueños que ya nunca podrán hacerse realidad. Hoy no saldrán a pasear los duendecillos de la mala baba, esos seres aviesos que me hablan de arrepentimiento y culpa, mediocridad y estupidez atávicas.


Como Elena bien sabe de mis obsesiones, también de las literarias, me ha regalado un diario de Miguel Sánchez-Ostiz, de acertadísimo título hoy que voy estando más cerca de la cincuentena, ya de bajada en mi Tourmalet vital: Rumbo a no sé dónde. Y que suene Le temps qui reste, de Serge Reggiani y su mantra magistral para los tiempos malos: Mon pays c'est la vie. Mi país es la vida y un mantel mi bandera, que corra el vino blanco, la música, la gozadera, los sustentos del cuerpo y del alma, al pil pil, a la strogonoff, que se derrame la pintura sobre los lienzos del gozo y la efervescencia de este día irrepetible sobre el corazón. Pían los pájaros, celestiales, la luz suaviza las aristas de las cosas y los hombres, aporta bondad, Charles Aznavour viene con La Bohème, Elvis Presley trae su rock de la cárcel. En las primeras páginas del diario de Sánchez-Ostiz ya encuentro un regalo impagable, una cita de R.L. Stevenson, que aparece en su Sermón de Navidad: “La cordialidad y la alegría deben preceder a cualquier norma ética: son obligaciones incondicionales”, que me recuerda al “ama y haz lo que quieras” agustiniano, también a aquel poema de Claudio Rodríguez que decía que “largo se le hace el día a quien no ama y él lo sabe. Y él oye ese tañido corto y duro del cuerpo, su cascada canción, siempre sonando a lejanía”. Abrid las ventanas, pues, oread, ventilad cada rincón, cada mirada y cada pensamiento. No sé hacia dónde voy, qué me deparará este año y el resto del tiempo que me quede por vivir. Tal vez sea mejor así, la incertidumbre, esa espuela que nos invita a seguir fallando con gusto, la duda y ese miedo que nos hace salir a por más. Venga lo que venga me obligo desde ahora mismo al júbilo efervescente, renuevo mis votos con el amor pasmado, con la mirada atenta y el noble temblor ilusionado, con la pasión buena y entregada, no le tenderé la mano al mal ni a la bajeza, quisiera no hablar más en vano, ser un poco mejor que ayer y no esperar nada a cambio, trataré de no hacer mucho más ruido, de no romper más cosas ni hacer daño, dejar en este mundo algo, un pellizco de belleza. Propósitos muy sólidos para tiempos inconsistentes. Un cielo de otoño reflejado en los charcos. Hay una brisa helada que ya tiene mi nombre, un día partiré cantando y todo habrá valido la pena.

domingo, 20 de agosto de 2023

Torpe cúmulo de agosto.


 Goyeneche, Troilo que canta aquello de primero un querer, después un dolor. Café largo y tangos viejos para desperezar la mañana cuando queda todavía algo de fresca noche suspendida en la terraza. Todos los pájaros cantan, cada uno a su aire, en la misma dirección, por la misma armonía en tonos diferentes. Un nido es todos los nidos como un vuelo simboliza todos los vuelos, hasta los que se nos quedaron por hacer ayer mismo y hoy parece que fue hace siglos porque la aflicción que acarreamos es homérica. A veces creo que las aves llevan años de ventaja evolutiva respecto a los hombres, como la floresta que se muestra feraz y feérica, y la playa que contiene dunas contemplativas, sapienciales. Hemos quedado en menos que nada. La nada conlleva la posibilidad del todo, nosotros devenimos en otra cosa diferente, deformada, triste y grotesca. Vamos llenos de humo, obturados de tanta quincalla cegadora, y ya no nos cabe ni un sueño más, de tan hartos, ni una quimera. Insaciables espantajos, autómatas, sufrimos sed de sed con ansiedad eviterna y sadomasoquista. Somos más valleinclanescos que cervantinos, como era de esperar, lo esperpéntico le ha ganando el pulso al manco de Lepanto. El humanismo quedó como un jarrón chino, arrinconado, hecho trizas por infantiles bárbaros, y se impone la chandalización atroz de las mentes, el culto a lo delincuencial, la dictadura de los niñatos malcriados y ese apetito desenfrenado de los salvajes que ya es casi un derecho fundamental. Vivimos entre 1984, Un mundo feliz y La naranja mecánica. Algo de Matrix hay, también algo de Barbie. 

A esta hora permanece un equilibrio amable entre la luz que viene y las sombras que van replegándose en el jardín, como en los lienzos de Joaquín Sorolla y en la Octaba Sinfonía de Beethoven. Hay días en los que no ver las noticias es cuestión de salud mental, es de sabios poder desconectar de lo que nos intoxica y desconecta. Spiderman, Hulk, Thor, Ironman… mis hijos nombran claves que abren puertas que dan a puertas que dan a un tiempo mítico de inocencia y luz, de tranvías a la Malvarrosa, cómics, balones de reglamento y barcos piratas. Fui un niño como ellos en Fort Apache y aún quedan esquirlas, destellos en el fondo, olor a pólvora quemada. Casi todos los rostros de aquellos años se han borrado, algunos ya son perfectos al otro lado del río Estigia, allá por el Inframundo.


Brindamos con un burdeos por el padre de Sergei, los difuntos también beben si bebemos por ellos con amor. Mientras nos vamos comiendo la paella que hice con mimo y esmero, cuenta Elena que, cuando era pequeña, su abuela le reservaba los corazones de pollo para que creciera más guapa. Horror y belleza siempre entreverados. Creencias atávicas bien presentes, el espíritu de Erzsébet Bathory sigue revoloteando sobre nuestras pasiones más arcaicas e inconfesables, también los del marqués de Sade y Vlad Tepes. No es de extrañar el auge de los populismos y las licencias de armas. Así de cafres somos. La historia de la humanidad alberga la lucha del hombre por el control de sus instintos más primitivos, la educación del deseo, sobre todo si uno es pobre. Los ricos, los aristócratas, siempre encontraron resquicios para seguir siendo brutales impunemente. La justicia resulta ser de doble rasero, ejerce caprichosa y ciega, inclinando su balanza del lado del poderoso. Así ha sido por milenios. Entelequia y añagaza.


Quisiera dejar a un lado este veneno, escribir sobre las amapolas de los ribazos, sobre la época de recogida de la algarroba y ese aroma anisado que desprende cuando están bien secas sus vainas, sobre las pocas olivas que han hecho este año nuestros olivos debido a la falta de agua y a las altas temperaturas, también sobre la flor del azafrán obrando su milagro para septiembre, tal vez octubre, y la liebre siempre en fuga por las cuatro estaciones. Quiero escribir sobre la brisa que da tregua en el punto más caliente de agosto, sobre los cuerpos y las piscinas como apologética de la vida en sazón. No siempre es posible, claro, la cara más sucia de lo real se impone y no nos deja al vaivén de lo dulce ni al frufrú sensual del cariño en la hora de la siesta. Escribir como Christian Bobin para “buscar todo lo que en nuestras vidas ha sido abandonado, descuidado, todo lo que el mundo deja, y volver a situarlo en un lugar privilegiado; es ir a rebuscar en lo que el mundo rechaza y encontrar oro” o como dejó escrito Miguel Sánchez-Ostiz en Ahora o nunca, uno de sus excelentes diarios: “Escribir como quien desbasta un tronco muerto a golpes de gubia”. No sé si quedó claro, si este torpe y caótico cúmulo muestra algo importante de mi sombra, quise decir que voy por campos abrasados buscando una flor mental que me apacigüe, que escribo por la cabeza en el cesto de mimbre antes que con el hacha ensangrentada del verdugo, que vivo sin vivir en mí y ya no muero porque muero todo lo que puedo de amor pero también porque me alejo por los arrabales mientras atardece, sabiendo que lo perdido es sin remedio, y silbo entre sonrisas, sin girarme, como si fuera mía, Cambalache, obra maestra de don Carlos Gardel.


Imagen: Erzsébet Bathory.

viernes, 7 de abril de 2023

Delirio pascual.

 


Jueves Santo, los centros comerciales abarrotados. Los que viven apurados, al día, también quieren adorar al dios Mammón, guardián de la riqueza y la abundancia. Y nosotros, allá que fuimos de cabeza como abnegados feligreses. Dos cajas de tornillos inoxidables para la valla de pino que Sergei nos está haciendo en la entrada de casa, un metro y un paquete de cemento cola para reparar el suelo que se ha levantado en el dormitorio. Comemos en el Foster’s Hollywood, no cabe ni un alfiler. Costilla de ternera y un par de Mahou Maestra, mejor la cerveza que la carne. A Elena le llama la atención que la mayoría de la clientela sean madres con hijos o grupos de señoras mayores. ¿Dónde están hoy obturando sus arterias los obreros? ¿Dónde se revientan los hígados para olvidar los polígonos industriales? Cada uno adereza la vida desabrida con lo que puede o con lo que más tiene a mano. Como me dijo hace poco un ebanista de la familia, hay que meterse algo, alcoholizarse como mínimo, para no pensar mucho en los días que se esfuman en el taller ni en quién somos, partículas de serrín suspendidas en el aire, entre rayos de luz y sombras perpetuas. Trabajo duro y sin ilusión. Es más fácil inmolarse cuando se sabe que no hay salida, que la vida ya será para siempre una jornada laboral tan larga como desagradable.


Por la tarde, en casa, me reúno con Chaim Soutine y su mujer de rojo: elegante, sonriente, el rostro con una deformidad que debe venir del alma, todo muy alegórico y actual. Lo descubrí en el blog de Claudio Ferrufino-Coqueugniot, a quien llegué a través de Miguel Sánchez-Ostiz, uno de mis escritores predilectos. El autor navarro tiene varias obras magníficas de temática boliviana, entre ellas Diablada y Chuquiago: deriva de La Paz. Ambas muy recomendables. De Ferrufino hay que leer El exilio voluntario y pasearse de vez en cuando por su blog. Por desgracia poco más se puede encontrar, a este lado de las Montañas Rocosas, de la ingente obra de este escritor boliviano afincado en Denver.


Es curioso cómo vamos haciendo conexiones insospechadas a través de nuestras lecturas, cómo nuestro mundo se ensancha tanto sin casi salir de casa. El carácter, la forma de mirar el mundo, se moldean con el arte que elegimos y mucho más aún con el arte que nos elige. Quijotescos llegamos a confundir realidad con ficción, que viendo cómo están los telediarios y las rotativas, más nos vale. Creamos un mundo a nuestra medida y en nuestra mano está la elección de la banda sonora: Bach o Lady Gaga, depende del momento y la compañía. 


Se marcha Soutine y paso después a Modigliani con quien se relacionó, entreguerras, en la mítica Escuela de París. El retrato de Maude Abrantes me cautiva, inquietante mujer demacrada, insomne (podríamos intuir tras ella una noche que ya clarea), que insinúa sin embargo un amago de sonrisa, un atisbo de ternura. Desapareció sin dejar rastro y su aura enigmática es perpetua. Modigliani murió joven y pobre, a consecuencia de una tuberculosis como Masaoka Shiki, el famoso haijin de Matsuyama. Otra conexión súbita, inesperada, me lleva a otra vida, otros años ya deshilachados, pasto de polillas y arcones oscuros.


Me atrapa de nuevo un aguacero pretérito, subiendo al castillo de la capital de Ehime, en Shikoku, surge la incómoda sensación de empezar a sentirme enfermo, empapado, el frío calando hasta roerme el tuétano, y encontrar en mi camino, por ensalmo quizás, un pequeño bar especializado en fideos udon que tomo en sopa bien caliente, acompañados con un sake seco, karakuchi. Salvíficos. Salir resucitado y subir al castillo, no era época de cerezos en flor, al contemplar el mar interior de Seto desde la altura, eso creo recordar, cada isla era un pétalo perfecto que no podría ocultar la desmemoria y su niebla espesa. En los pueblos pesqueros de la costa de Okayama se secaban los pulpos al sol. Tal vez fue en Washuzan, no en Matsuyama, desde donde vi el milagro de las islas como pétalos en un mar en calma que se esfumaba, como el gran puente de Seto, entre la bruma y el velo de gasa blanca, misteriosa, que ponía el sol de Japón, la luz, siempre la luz, sobre todas las cosas.


Cómo viene ahora todo enmarañado, aquel archipiélago fulgurante igual que los pétalos de la flor del cerezo, los eucaliptos de Cochabamba, san Juan de Luz y la costa del país Vasco, la Málaga de Víctor Colden, biznagas, la Umbría de Miguel Sánchez-Ostiz, el valle del Baztán, los paisajes esenciales, como de haiku o acuarela, que tan bien describe Jorge Muzam en su blog, Cuadernos de la Ira, sobre su querido san Fabián de Alico. En fin, lo soñado y lo vivido, lo leído, red de redes, cortocircuitos, derivaciones, esa maraña inextricable de belleza y dolor que nos hace ser quienes somos, nos afloja el nudo, aligera la carga, nos alimenta el corazón y por eso nos aleja del camino espinoso del odio y la violencia. Desconectar del mundo para mejor estar en el mundo. Reinventarlo. Dejen el zapping para los muertos. La humanidad se redescubre en cada frase, en cada verso, en cada párrafo, y se practica, como el amor, qué difícil, bien lo sé, en cada gesto.


Imagen: Amadeo Modigliani, Portrait of Maude Abrantes (1907).

Regresar al valle.

  La niña comienza a caminar tras dos meses desde el diagnóstico de la enfermedad y el inicio del tratamiento. Ya estamos en la segunda fase...