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sábado, 27 de enero de 2024

Donostiarra.

 


Desde la avenida de Zumalacárregui se llega en un santiamén a la playa de Ondarreta. Allí, apoyado en la baranda, tras años sin venir por San Sebastián, vuelvo a extasiarme con la belleza de su bahía como si fuera la primera vez. Llegué de madrugada, cruzando las sábanas blancas de una niebla fantasma, la lluvia fina en monótonas e hipnóticas punzadas, los largos túneles porosos que serpean por las montañas pesadas del cansancio. Sin premeditación, por pura necesidad, he venido a pasear una y otra vez por la playa de La Concha, a hermanarme con la isla de Santa Clara. Sin descanso, por despejarme, para pensar en qué es lo que debo hacer con mi vida o para no pensar en nada en absoluto. Hasta que me duelan las piernas, caminar junto al mar, pues tengo que sobrevivirme. Desde la parte más meditativa del Peine de los Vientos de Eduardo Chillida hasta el Aquarium y el Museo Marítimo Vasco, y pasar con respeto ante la estatua de aquel marinero que salvó a tantos de morir ahogados tras el naufragio de sus naves, tantas veces que al final, no podía ser de otra manera, encontró su destino definitivo, tras un naufragio, en el fondo del mar. O seguir un poco más allá, donde la Construcción Vacía de Jorge Oteiza y poco después, bordeando la costa, llegar hasta la desembocadura del río Urumea.

El sirimiri arrecia, voy por el casco antiguo, toca comprar un paraguas en una tienda de suvenires, también algo para Elena y los niños. Encuentro refugio en la iglesia de Santa María, donde hay una preciosa cruz de alabastro esculpida por Chillida a mediados de los setenta y un imponente órgano Cavaille Coll que en ese momento sonaba a ensayo de misterios graves de fantasmagoría y levitación. Almuerzo cerca del hotel, en un bar de menús para currantes: alubias rojas, chicharro con refrito de ajos, cuajada de postre. Todo muy bueno y bien regado con sidra del lugar. El café llega acompañado por una copa de pacharán y retales de conversaciones de las mesas vecinas. Se puede apreciar, a poco que uno mire, algo del costumbrismo donostiarra, esas cosas distintas que tanto me interesan, también lo que a todos nos asemeja, tan parecidos al fin. Descanso un poco en el hotel y retomo las caminatas por La Concha. Palacio de Miramar, la noria, el hotel Inglés, La Perla, la elegancia de los grises, ese toque afrancesado que tienen algunos edificios en San Sebastián, las farolas dignas de museo, los tejados, las azoteas oscuras, la noche que desciende cadenciosa, las luces de la ciudad temblando en la lámina negra de las aguas, el puerto, las traineras, los perfiles intuidos, suena una tamborada en la distancia, sigue lloviendo, pintxos y txakoli en el Bare Bare, regreso al hotel donde me esperan los cuentos de Isaak Bábel, un peso en los párpados, queman, olvido el reloj, queda a un lado el cuerpo, me arrastra hacia sus profundidades el simulacro de una muerte perfecta, la luz de lectura ha quedado encendida.


A la mañana siguiente paso por Errenteria para saludar a la gente de la librería Noski!, Sihara Nuño y Juan Manuel Uría, poetas, pintores y aforistas. Allí presenté Los propios pasos hace poco más de un año y no puedo olvidar, ni sé cómo agradecer, la acogida tan cálida que me brindaron. No hay doblez en los abrazos. Hablamos sobre proyectos, de la vida, de la familia y la crianza. Compro una antología de aforismos, Diario de Corea de Pablo Cerezal y El porvenir no llega, el pasado no importa de Diego Vasallo. Juan Manuel, siempre generoso, me regala La tertulia errante. Ya en Valencia descubro en este libro a Rafael Berrio, cantautor que murió en los inicios de la pandemia. Llevo dos semanas con sus canciones como banda sonora de mis días, de mi reincorporación al trabajo tras casi seis meses en casa cuidando a Claudia. Estoy como un niño que ve el mar o la nieve por primera vez, así con la música de Berrio. Simulacro, Dadme la vida que amo, Niño futuro: obras maestras. Y se tejen nuevas conexiones inesperadas: Lou Reed, Jacques Brel, aparece también Pío Baroja y no sé cómo la negra luz de Pierre Soulages.


Y así voy, viviendo del viaje exprés y sus dádivas innumerables, de los recodos inesperados del camino, de la tregua que brindan los miradores, del cansancio lenitivo, del horizonte siempre cambiante, del peso de un alma hambrienta, de la sed que no cesa, de lo nuevo, lo siempre nuevo, del recuerdo de lo grato y bondadoso sin sorpresas agrias ni decepcionantes, de las segundas y terceras oportunidades. De lo que pinta Uría, de la unión que Nuño siempre encuentra entre ciencia y poesía, de lo que cantaba Berrio: El signo variable de las intemperies. El vagar errante y solitario. El alma elevada en los alcoholes fuertes. La fiereza en los ojos deslumbrados. El pasar con nada, el mendrugo de pan. La indolencia a orillas del río. Dadme al clarear lo que es mío: La hermosa vida que amo

sábado, 2 de diciembre de 2023

Ahora que se acerca.

 


El monóculo de Bulgákov, The Chieftains con sus violines acompañando a Chavela Vargas en su Luz de luna mientras voy atravesando el cerro pelado, el café 100% arábica de Pablo Cerezal impregnando con su aroma el ambiente, la nieve recién caída sobre los paisajes de Ucrania que Tania me muestra en su móvil mientras aquí seguimos metiendo sin problemas leña en la chimenea, la delicadeza magistral de Eloy Tizón para elegir el adjetivo exacto, el mordisco de astringencia amable del té Assam que me regaló Laura hace un par de semanas, queso de cabra a la trufa, fuet a la pimienta negra y unas rebanadas de pan de centeno. Un tren de cercanías que pasa lento y cansado junto a mi casa mientras Claudia juega en su parque infantil, los libros que entran por los que salen, la luz atravesando vidrieras góticas, tocándome, el recuerdo de la niebla en los puentes de Praga, el jazz en clubs subterráneos, el humo del tabaco, cigarro tras cigarro cuando fumaba, recuerdos, ficciones entreveradas en el tejido de lo real y viceversa, hoy que vivo y revivo todo este tapiz que se hilvana de veras y de inciertas, historias que me conforman, escritura, mentiras también, piadosas, tan necesarias,  para hacer más soportable tanto absurdo.

Aquella noche en vela leyendo Pedro Páramo completamente abducido, el amanecer que llegó distinto para siempre, los paseos entre arrozales por el puerto de Catarroja, unas anguilas que guisó mi abuela y que sabían a tarquín, el taller de mi abuelo lleno de virutas metálicas y grasa de barco, el mercado del Cabañal, las pertenencias que se extraviaron en cada mudanza, el presente, el intrincado y en ocasiones abyecto presente, Sergei que ha venido a casa para preparar unas cajas con comida que mandar a su familia de Járkov, lo afortunados que todavía somos, Marcos viendo dibujos animados de Papá Noel en la televisión, Judy Garland cantando have yourself a merry little Christmas, let your heart be light, y a mí que me da por soñar la conversión de todos los Ebenezer Scrooge del mundo, me pongo dickensiano porque lo habitual se vuelve kafkiano, o algo parecido, ojalá un rayo de justicia cayendo sobre toda esa mala gente que camina y va apestando la tierra.


El ambiente se va poniendo veterotestamentario, denso, vengativo, miro a mis hijos y palidezco al pensar en lo que nos cuentan las rotativas y los noticieros, en los fúnebres colores del futuro, en las especies que se extinguen, en las desapariciones, en la que les espera a los niños, en el curso sucio de la historia devorándonos, con tanto chisme y mala baba desviando nuestra mirada del cambio de las estaciones, de trinos y afluentes, de la música de las esferas, de lo invisible, de un horizonte distinto, de los buenos actos morales. Ahora que se acerca, quiero un espíritu de la Navidad permanente y hereditario que reine sobre la tierra o que termine todo en este preciso instante, las ciudades retorcidas y el orbe desmedido, el odio y su gangrena, muy rápido, de súbito, en esta playa de la farra y del dolor, ¿verdad, Chavela? O esperanza para mis hijos o fundido en negro y final imprevisto, cortante, que nadie sufra nunca más, que no sea necesario ahogarse en alcohol, tal vez todo siga y vaya mejor sin nosotros, que pare toda esta muerte de una vez por todas.


Imagen: Mijaíl Bulgákov.

viernes, 13 de octubre de 2023

Tecno-feudal.


 Yanis Varoufakis afirma que “el capitalismo está muerto. El nuevo orden es una economía tecno-feudal”, y no puedo estar más de acuerdo. Si rascas un poco se nos ve el peor medievo escondido bajo el vistoso disfraz posmoderno, nos pone a cien la inquisición y la sociedad estamental, el odio, la ignorancia, el oscurantismo y el miedo. Tras el neón, la peor de las tinieblas. Hay a quien se le congestiona el sexo cuando ve al prójimo caer en desgracia. Política de la cancelación, lapidaciones en las redes sociales, antorchas, asesinato civil: drogas más poderosas que el fentanilo, goloso caramelo para mediocres tristes y almíbar supremo para viejavisillistas. Son tiempos de vasallaje feliz, de estar con el agua al cuello y la sonrisa Profidén impasible. Jodidos pero contentos, que decía mi abuela. Al menos, que lo parezca. Ir en el coche mentando los muertos de media humanidad pero escuchando My favorite things de John Coltrane con cara de tener la sensibilidad entrenada y disponible. Camino de la ópera y deseas que advenga el Apocalipsis. Son días de espanto a poco que dejes que la cruda actualidad entre a tu refugio por algún resquicio descuidado. Hablan de mujeres violadas, jóvenes masacrados, niños secuestrados, en jaulas, rehenes, y bebés decapitados en nombre de Dios. Misiles y bombardeos entre Israel y Gaza. Sufrimiento desatado y expandido. Parece que esta contienda no va a tener fin, enquistada, la pescadilla que se muerde la cola. Hay demasiados que viven de la guerra y de la muerte. El estómago sensible se revuelve, el asco se hace físico y es mejor apagar la televisión por un rato, mirar con ternura y agradecimiento a nuestros hijos que duermen sanos y salvos un día más a nuestro lado. En los tiempos que corren no es cosa baladí. Somos afortunados y eso que cada vez llevamos más humo en las seseras, más insatisfacción violenta erizándonos los nervios, más bombas de racimo entre pecho y espalda.

Leo en La caballería roja de Isaak Babel que Nicolás I ordenó construir, con huesos de campesinos, una carretera de Brest a Varsovia. Lo de los huesos como material de construcción, de ser solo una sinécdoque, retrata la realidad con manos quirúrgicas. Una descripción detallada y escrupulosa de los hechos no podría ser tan acertada porque la realidad suele superar con creces a la ficción, nos deja sin palabras, y es preciso algo de ficción, algo de literatura, para poder soportarla, para decir mejor lo indecible, lo absurdo. Justo hoy encuentro en Arábica, librazo de Pablo Cerezal que recomiendo sinceramente, una cita de H. P. Lovecraft que me viene que ni pintada: “Si conociéramos todo, el terror nos haría enloquecer”. Como suele suceder, el poderoso crea sus megalomanías sobre las espaldas rotas del ciudadano raso. Pirámides egipcias, templos mayas o budistas, catedrales, mezquitas, palacios… no importa lo que sueñe el emperador iluminado o el dictador de turno, sus caprichos se harán realidad indefectiblemente, derramando sangre de pobre, sudor de disidente y lágrimas de niños huérfanos, todos hambrientos. Por los siglos de los siglos, y no nos enteraremos de la misa la mitad. Allá donde habite el hombre en comunidad de horda caníbal e insaciable hay una estructura piramidal, ansias de poder, reyezuelos, presidentes y esbirros, la ética termina pasando por el arco del triunfo o por el aro y todo lo que nos aportó el humanismo va por el desagüe hacia el mar, que es el manriqueño morir. Y aun así hay esperanza. Para no creérselo.


En la era de la sobreinformación es higiénico y necesario crear paréntesis de ignorancia, lagunas de la mente en blanco, espacios limpios, tabula rasa, donde poder dejar de saber sobre lo horrible por un tiempo reparador, necesario y razonable. Desintoxicarse, volver a creer en el ser humano, sin reticencias, tratarlo sin prejuicios pero de a uno. En grupo, normalmente, damos miedo. Cómo olvidar los precedentes, la despiadada historia universal. Demasiadas tribus, demasiadas manadas.


Todo por los aires y yo en mi madriguera. ¿Qué más se puede hacer que verlas venir? Le doy la papilla a Claudia mientras escucho a Mozart y tengo una botella de cava enfriándose en la nevera. Tuve suerte, lo sé, vivo en el lado más cómodo del mundo aunque eso también esté cambiando. Se avecina el fin de la Pax Romana pero mantengo todavía privilegios de nuevo patricio. Existencia plácida, vía de la ataraxia, puedo detenerme en el camino a embelesarme con las flores, buscar en la web las pinturas de Reiji Hiramatsu o de Marc Chagall, pedir en Amazon té irlandés, ron guatemalteco o la poesía reunida de Philip Larkin. Puedo permitirme el lujo obsceno de desperdiciar comida, cambiar de coche, pedir una hipoteca, planear un viaje por Navidad, aburrirme de no hacer nada. Puedo enfermar con la tranquilidad de seguir cobrando mi salario, llevar a mis hijos a un colegio católico, engordar, deprimirme y recibir tratamiento, envejecer, morir sin dolor, sin pena pero sin gloria.


Un mundo viniéndose abajo, el orbe entero ardiendo, el Vesuvio entrando en erupción, reviviremos el último día de Pompeya y yo trataré de seguir contando sílabas, tenaz, dedicándome a lo inútil, a escribir prosa poética, cómo no. Que el volcán me pille con las manos en la masa y en mi bolsillo chamusque un papel con aquel último verso de Antonio Machado, el de “estos días azules y este sol de la infancia”, y el alma que se esfume por combustión espontánea, que es como deben empezar el vuelo las almas de los justos, interferencias, bombas de fósforo, lanzallamas, soldado, soldado, ¿qué maldito canal de radio están utilizando?, y el cuerpo qué importará si se vuelve confeti o purpurina pues le aguarda la resurrección de los cuerpos o la nada, tal vez dos caras de la misma moneda misteriosa. Cantaré lo del what a wonderful world impostando una voz negra, dulce y desgarrada, hasta el preciso instante en que la gran ola de lava venga y me cubra para siempre, gas mostaza, haciendo de mi vida una tesela que encaje por fin, única, bombas nucleares, irrepetible, del lado de las víctimas, hemos perdido la comunicación, mi sargento, y cobre sentido profundo en el más grande y bello mosaico que jamás haya existido, cierto o irreal, estamos solos, solicito apoyo, mi teniente, ¿mi teniente? ¿Está ahí? Mosaico cierto o irreal, a estas alturas qué más dará si nos fue tan urgente y necesario. 

miércoles, 30 de agosto de 2023

Pero estuvieron muy cerca ayer.


 Encontró la salvación en un óleo sobre lienzo de 60,5 x 50cm. Eso es lo que quiero pensar, que el arte puede sostener, aunque sea temporalmente, las vidas más atribuladas. Gustave Courbet pintó un autorretrato, Hombre enloquecido por el miedo (1846), en el que al borde de un acantilado, con expresión fúnebre, derrotada, parece preguntarse si debe saltar al vacío o permanecer aguantando el chaparrón a este lado desconchado de la eternidad. Por suerte para la historia del arte, el pintor salió del pozo más negro de sus demonios, dejó inconcluso este cuadro, tal vez también el rapto de una pulsión oscura quedó en suspenso y siguió con otros proyectos pictóricos unos cuantos años más hasta que en 1877 se lo llevó una cirrosis para siempre al cementerio de Ornans. Mientras uno plasma su caída al fondo del abismo, hay esperanza, no toca fondo. Pinceles, violines, plumas estilográficas, pueden conjurar vitalismos entusiastas mientras hablan de sufrimiento y dolor. Ahí su magia y su misterio, su capacidad adictiva, analgésica y revolucionaria. También está nuestro contumaz instinto de supervivencia. No hay cieno que nos haga pensar que sobre su superficie turbia no podríamos encontrar nenúfares, parvadas de patos, el cobre encendido del atardecer o el lomo hipnótico y lisérgico de las carpas japonesas. Algo que valga la pena. La realidad es un abanico que se abre y se cierra constantemente, siempre  distinto y nuevo, ante la mirada atenta. Gracias a la necesidad ineludible de plasmar y compartir sus voces, ¿cuánto soportaron Yukio Mishima o Stefan Zweig lo insoportable antes de dar el último paso? Testimonio de un descalabro, tiempo ganado a la Parca y generoso aviso para navegantes.

Escribe Pablo Cerezal que “de las tumbas que otros labran crecen mordiscos escuetos para amortiguar el daño y recorrerle senderos al tiempo”. Hay luz en lo turbio, flores en los basurales, algo que aprehender en el vacío y en la muerte. La desgracia narrada tiene propiedades lenitivas como el terror que se susurra al oído puede resultar terapéutico. Emil Cioran decía que al saber que siempre cabía la opción del suicidio había tenido fuerzas suficientes para vivir sin tener que recurrir a él. Para un acorralado que todavía quiere escapar la pared que tiene detrás es un punto de apoyo para tomar impulso, nunca un paredón o el final de una una calleja sin salida. Aprendemos a golpes pero también de las historias que nos cuentan los demás sobre los golpes que han recibido. Somos puzles a los que les faltan las piezas capitales, matrioskas desparejadas, mosaicos inacabados soñando teselas. Solo con los pedazos de los otros, con lo que no tenemos, lograremos plenitud. Nos completamos con partes que tal vez no existen, con prójimos que nos dan la espalda y se alejan para siempre entre la niebla. Y cada vez más solitarios, como en los lienzos de Hopper, pero con tecnología 5G para comunicar nuestra incomunicación de la manera más eficiente.


Nadie podrá con nosotros pero estuvieron muy cerca ayer, que canta Quique González y suena a celebración de heridos, a nos hemos librado por los pelos, a tú eres Bonnie y yo soy Clyde en fuga por las carreteras de la costa alicantina, a brindis de desgraciados o a himno de perdedores empecinados que amañan nuevas oportunidades mientras planean escapatorias por si la cosa vuelve a salirles mal. Y si hay derrota lo cantaremos de algún modo, aunque sea desafinando, pero con cariño y pasión, como quien pone una férula en el esguince o aplica sobre una frente enfebrecida un paño frío, como quien unta la pomada sobre una úlcera y la cubre con cuidado enfermero, gasa de hilo, algodón y vendas cohesivas. Si hay saqueo le haremos una oda al botín perdido, también una elegía a la estrella extinguida mientras nos cubre la noche más opaca y lóbrega, nostálgicos, sin consuelo, sin saber a dónde ir, agradeciendo el breve, hermosísimo e incomprensible parpadeo que fue la vida.


Imagen: Yukio Mishima.

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  La niña comienza a caminar tras dos meses desde el diagnóstico de la enfermedad y el inicio del tratamiento. Ya estamos en la segunda fase...