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viernes, 12 de enero de 2024

Para que no nos devore.


 El árbol de Navidad con todos sus aderezos ha regresado a las cajas de cartón y al garaje, en lo alto de la estantería metálica, junto a los buenos propósitos, ahí donde no se llega fácilmente, para engordar penumbras húmedas, cebando el polvo antiguo y las arañas. Volvemos a la rutina y sus metástasis. Lo cotidiano en gris, carente de maquillajes, sin luminarias ni moralidades. Ya no es necesario fingir que poseemos un corazón de niño en el pecho, tierno y rosado como el de un corderillo, bien puro, sin muescas y además resplandeciente. Regresa el monstruo, la fiera, el ser humano descarnado y sin afeites, peligrosísimo. Es menester algo de alpiste del alma para que no nos devore. Este año, los Reyes Magos me han traído Los ensayos de Montaigne, una de esas obras capitales que admiten relecturas infinitas, nos abrigan cuando el mal tiempo y dan juego mental hasta el final de nuestros días. También un libro de cuentos de Isaac Bashevis Singer, el poemario Fingimientos y desarraigos de Miguel Sánchez-Ostiz y El ruido de una época, de Ariana Harwicz, ensayo sobre la necesidad urgente de ejercer una escritura libre en estos tiempos de autocensura y cancelaciones.

En un par de semanas finaliza mi permiso de paternidad y toca reincorporarse al trabajo. No hay ganas como tampoco hay remedio. Intentaremos hacerlo lo mejor que podamos, con buen talante, sonrisa en ristre, con ese entusiasmo superior de los que han perdido el entusiasmo pero no la decencia, a pesar del ala de la ilusión rota y varias circunstancias adversas revoloteando, bien chingonas, alrededor. Claudia ya va a la guardería y aprovecho los trayectos en coche para empaparme de Bach interpretado por Glenn Gould, Mahler y Strauss bajo la dirección de Otto Klemperer, el Black Market de Weather Report, Sonny Rollins y algunos clásicos del soul como Aretha Franklin o Solomon Burke con su everybody needs somebody to love. Terapia sobre ruedas, medicina orquestada, música amansando íncubos, súcubos, bestias desatadas, demonios en falange, parlamento de sombras, abriendo las ventanas en interiores victorianos constrictores, derrocando príncipes del mal, melodías disolviendo a nuestros ángeles de la muerte más recónditos, caen torres oscuras, maldiciones rotas bajo el peso pluma de los pentagramas, corre el aire.


Encuentro en las redes una cita atribuida a Horkheimer que me viene como anillo al dedo para ilustrar la sensación que más me acompaña en estos tiempos: “Pesimismo en lo grande, optimismo en lo pequeño”. Así sospecho el año que comienza, de belicismo expansivo, hambre creciente, esperpento, desigualdad, pobreza en aumento, desastroso en lo geopolítico, deseando que sea al menos un tiempo fructífero en lo minúsculo, en lo íntimo y personal. En lo insobornable. Lo insólito tiene su morada en lo ordinario, la maravilla se despliega cerca, muy cerca, en un abrazo, en un atadillo de humildes hierbas aromáticas, a este lado de las lindes y los cerros, por mi vereda, entre ramas desnudas y tierra sedienta, bajo los nidos y el canto, por los minutos desechados, vi el arder de nubes cárdenas y me importaba, dolía la tarde en fuga y algo más que siempre se marcha sin remedio, en ese horizonte hacia donde hace tiempo que casi ya no miro, entre los míos alejándose, junto a la nada o lo tibio, bebiendo sorbos de vida hasta en el agua estancada y verde de la piscina, huele a sepia, ajo y apio bailando en el aceite caliente, ¿qué vino derramaste en mi boca que me duele y si me falta más me duele todavía? Miro hacia donde ladran los perros, la sangre se acelera, veo fantasmas que cuentan sílabas mientras van hablando, aguardentosos, de lo bello y lo terrible, componen letanías derrotadas, insistiendo, pronunciaban salmos deliciosos para los dioses ausentes, contra el frío y el fracaso, en mi pequeño jardín descuidado de una calle difícil, sinuosa y sin salida.

sábado, 1 de julio de 2023

Temporada de baño.


 Caliente y nublado, denso, pegajoso día de bochorno. La poca lluvia no aclara esta melaza insoportable. Todavía falta mucho para las vacaciones y ya ardieron sin nosotros las hogueras de san Juan, el solsticio de verano ha esparcido por el aire amor y otras cosas deliciosas que solemos confundir, no sin grave riesgo, con el amor. Las calles, aromadas de sudor, perfume y concupiscencia. La nieve en Louveciennes es un consuelo frente a la prosaica realidad del termómetro, pintada por Alfred Sisley, refresca el ambiente y baja la temperatura hasta el escalofrío cuando nos demoramos con deleite en cada una de sus pinceladas. Siempre hay resquicios para el arte, esa mirada distinta que nos salva, por mucho sol que venga a castigarnos.

Hemos llenado la piscina y quedó inaugurada la temporada de baño. Viene a casa María para darle clases de natación a Marcos, mientras a la sombra de un olivo, con Claudia dormida en mis brazos, como un rey exiliado entre las ruinas de su inteligencia, pienso en las aguas cloradas de David Hockney y unos reveladores versos de Juan Antonio González Iglesias resuenan en mi mente: A pesar de lo que pudiera parecer, lo complicado no prevalecerá.


Cierto es, hay que valorar la importancia de lo sencillo, cuántas veces la resta multiplica. Qué poco nos hace falta para la felicidad y cuánto cuesta lograrlo. A menudo lleva toda una vida aprender a bajar la guardia. Una hora entregado a la belleza y ya no seré el mismo, lo que contemplo con cariño me restaura, me cura este instante que atesoro en las manos como un pedazo de pan. Un niño que aprende jugando, chapotea, y al fondo las montañas negras difuminadas por la luz de junio. La pequeña, dormida en mi regazo, desarmada, frágil, haciéndome sentir tan útil y necesario todavía. El tiempo remansado es un tiempo remendado. Árboles frutales, mirlos, celaje, Aretha Franklin. Dádivas, alivio, señales o manifestaciones de Dios. 


Habrá que andar con ojo, evitar excesos y errores, soltar lo superfluo aunque nos guste con locura, huir de toda sofisticación, tratar de ser mejor persona cada día, releer a Montaigne y a Marco Aurelio. El cobijo incondicional del olivo, la inocencia de mi hija, su mirada que no juzga, lecciones magistrales de filosofía en tiempos de sumisión constante ante lo absurdamente innecesario. De tanto soñar con hangares repletos de aviones comerciales ya no distinguimos entre nidos de gorriones y nidos de golondrinas. La infancia sepultada pugna por resurgir, quiere encaramarse, sube la mirada a un árbol y ahí podrá construir el corazón una casa indestructible que nadie pondrá en duda aunque no se vea.


Imagen: Portrait of an artist (pool with two figures), David Hockney (1972).

Regresar al valle.

  La niña comienza a caminar tras dos meses desde el diagnóstico de la enfermedad y el inicio del tratamiento. Ya estamos en la segunda fase...