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lunes, 27 de noviembre de 2023

En un pequeño temblor.


 Mora de Rubielos y Rubielos de Mora, escapada turolense, ternasco de Aragón y estofado de ciervo, trufa negra, Tomás Postigo calentándonos el morro de forma inmejorable. Hemos huido del barullo que cada año nos trae muy cerca de casa el Gran Premio de motociclismo en el circuito Ricardo Tormo de Cheste y buscamos refugio por la comarca de Gúdar-Javalambre, entre vestigios del medievo y la calma, entre piedras centenarias, torres, adoquines y campanarios, mampostería, grandes puertas de madera con aldabas mitológicas, iglesias, ermitas, humilladeros, su imponente castillo, el aire aromado de sopas de ajo, callos, caldereta de cordero, y el lujo de la lentitud por unas calles sin nadie, bellas y misteriosas, como de cuento gótico. El silencio, azulado por el frío y la fina niebla, nos lleva de la mano hacia regiones del alma que estaban adormecidas, lejanas en su agonía. Un ritmo de vida más amable, pausado, todavía es posible en los pueblos y aldeas del mundo rural. Hay esperanza.

Wilco, Frank Sinatra y Dean Martin amenizan los trayectos. Let it snow! Let it snow! Let it snow! En la maleta, Plegaria para pirómanos de Eloy Tizón y Sobre la naturaleza de Javier Sánchez Menéndez. Soñamos cambios de vida, mudanzas, volver a empezar, despertamos con un leve poso de amargura y realidad en el cielo de la boca sabiendo que hay cosas que nos son vedadas por las circunstancias, imposibles por las ataduras del miedo y la familia. Qué agridulce es el vicio antiguo de imaginar nuevas vidas posibles en los lugares que visitamos. Ese hogar podría ser el nuestro. Pequeños balones de oxígeno para el camino de regreso hacia el origen, hacia el último umbral conocido. Asomados a los pretiles, nos dejamos llevar viendo el tímido cauce del río Mora desde el Puente Viejo o del Milagro, con un arco apuntado y otro de medio punto, con esos árboles pensativos de otoñales ocres y amarillos, con su imagen de la Virgen del Primer Dolor sobre el tajamar, en lo alto. Mira cómo va nuestra vida, mi amor, fluye perfecta a pesar de todo, como las hojas rubias de los álamos llevadas por la corriente. De repente un remanso, piedras, basura y ramas, nos miramos y ahí quedamos detenidos, de la mano, en un pequeño temblor imperceptible, dulce como la miel, como tus labios, mientras los niños juegan despreocupados, somos pálpito, aleteo, fulgor, el abrigo de unos ojos, para siempre.

Imagen: Mora de Rubielos.

jueves, 27 de abril de 2023

Me mira fijamente.


 Hemos ido a una notaría para dejar firmado el testamento. A través del gran ventanal de uno de sus despachos, las acacias con sus racimos de flores blancas nos acompañan y dan fe. Es inevitable hablar de fantasmas, de ausencias y muertos recientes. Hace unos meses asistíamos a la boda in articulo mortis del padre de Elena, que entonces todavía estaba embarazada de Claudia, mal trago de veras, el notario se desplazó hasta el domicilio dada la gravedad de la situación. Se brindó con champán, qué absurdo todo, flotábamos en una nube agridulce, irreales, nadie se podía creer lo que estaba pasando, se nos saltaban las lágrimas, felicitamos a los recién casados, no faltó el vivan los novios, que se besen, y a los dos días mi suegro murió viendo cumplida su última voluntad. De profundis. Real como la vida misma. En el crematorio sonaron Frank Sinatra y Pavarotti, una mañana luminosa de octubre. 


Como no podría ser de otra manera, salimos de la notaría y vamos a comer a un restaurante en el que nos sentimos como en casa. Huerto Martínez: alcachofas, fuagrás y arroz a banda. Todo bien regado con un buen vino blanco, xarel.lo del Penedés. De postre torrijas y de repente todos los fantasmas congregándose de nuevo alrededor de la mesa. Esto le habría gustado a tu padre, si tu madre viviese, si yo me muero antes, si tú te mueres antes, y otros temas colindantes y afines. Los dos disimulamos como podemos la emoción. La mejor forma de resistir la punzada del dolor irremediable, el mejor sistema para sostener sobre nuestras espaldas el absurdo, la aparente injusticia de la vida, es sentarse a una buena mesa y celebrar los días plenos en los que tuvimos y gozamos lo ya perdido, entregarse al disfrute, dejar a un lado lo incomprensible, asumir que hay cosas que son, muy a nuestro pesar, irreparables, irrecuperables. Y aún así brindar por todo. No olvidar que morir es estar en todas partes en secreto, como escribió Jaime Sabines. Qué poco dulce sería lo dulce sin lo amargo. ¿Qué clase de monstruo sería el hombre sin la muerte? Como Miguel Hernández, no perdono a la muerte enamorada, por eso, hasta en su maldita presencia, hoy que se muestra inoportuna en el banquete, con más motivo, porque sí, celebremos la vida. Ponme café y copa, y a los fantasmas lo que pidan, déjanos hablar así, un poco más, en silencio, en estos raros minutos sin minutos, no me ofrezcas la caja de los habanos que hace tres meses que no fumo. Se lo prometí a mi suegro y me está mirando fijamente.


Imagen: Vincent van Gogh, Ramas de acacia en flor (1890).

Regresar al valle.

  La niña comienza a caminar tras dos meses desde el diagnóstico de la enfermedad y el inicio del tratamiento. Ya estamos en la segunda fase...