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sábado, 2 de diciembre de 2023

Ahora que se acerca.

 


El monóculo de Bulgákov, The Chieftains con sus violines acompañando a Chavela Vargas en su Luz de luna mientras voy atravesando el cerro pelado, el café 100% arábica de Pablo Cerezal impregnando con su aroma el ambiente, la nieve recién caída sobre los paisajes de Ucrania que Tania me muestra en su móvil mientras aquí seguimos metiendo sin problemas leña en la chimenea, la delicadeza magistral de Eloy Tizón para elegir el adjetivo exacto, el mordisco de astringencia amable del té Assam que me regaló Laura hace un par de semanas, queso de cabra a la trufa, fuet a la pimienta negra y unas rebanadas de pan de centeno. Un tren de cercanías que pasa lento y cansado junto a mi casa mientras Claudia juega en su parque infantil, los libros que entran por los que salen, la luz atravesando vidrieras góticas, tocándome, el recuerdo de la niebla en los puentes de Praga, el jazz en clubs subterráneos, el humo del tabaco, cigarro tras cigarro cuando fumaba, recuerdos, ficciones entreveradas en el tejido de lo real y viceversa, hoy que vivo y revivo todo este tapiz que se hilvana de veras y de inciertas, historias que me conforman, escritura, mentiras también, piadosas, tan necesarias,  para hacer más soportable tanto absurdo.

Aquella noche en vela leyendo Pedro Páramo completamente abducido, el amanecer que llegó distinto para siempre, los paseos entre arrozales por el puerto de Catarroja, unas anguilas que guisó mi abuela y que sabían a tarquín, el taller de mi abuelo lleno de virutas metálicas y grasa de barco, el mercado del Cabañal, las pertenencias que se extraviaron en cada mudanza, el presente, el intrincado y en ocasiones abyecto presente, Sergei que ha venido a casa para preparar unas cajas con comida que mandar a su familia de Járkov, lo afortunados que todavía somos, Marcos viendo dibujos animados de Papá Noel en la televisión, Judy Garland cantando have yourself a merry little Christmas, let your heart be light, y a mí que me da por soñar la conversión de todos los Ebenezer Scrooge del mundo, me pongo dickensiano porque lo habitual se vuelve kafkiano, o algo parecido, ojalá un rayo de justicia cayendo sobre toda esa mala gente que camina y va apestando la tierra.


El ambiente se va poniendo veterotestamentario, denso, vengativo, miro a mis hijos y palidezco al pensar en lo que nos cuentan las rotativas y los noticieros, en los fúnebres colores del futuro, en las especies que se extinguen, en las desapariciones, en la que les espera a los niños, en el curso sucio de la historia devorándonos, con tanto chisme y mala baba desviando nuestra mirada del cambio de las estaciones, de trinos y afluentes, de la música de las esferas, de lo invisible, de un horizonte distinto, de los buenos actos morales. Ahora que se acerca, quiero un espíritu de la Navidad permanente y hereditario que reine sobre la tierra o que termine todo en este preciso instante, las ciudades retorcidas y el orbe desmedido, el odio y su gangrena, muy rápido, de súbito, en esta playa de la farra y del dolor, ¿verdad, Chavela? O esperanza para mis hijos o fundido en negro y final imprevisto, cortante, que nadie sufra nunca más, que no sea necesario ahogarse en alcohol, tal vez todo siga y vaya mejor sin nosotros, que pare toda esta muerte de una vez por todas.


Imagen: Mijaíl Bulgákov.

lunes, 27 de noviembre de 2023

En un pequeño temblor.


 Mora de Rubielos y Rubielos de Mora, escapada turolense, ternasco de Aragón y estofado de ciervo, trufa negra, Tomás Postigo calentándonos el morro de forma inmejorable. Hemos huido del barullo que cada año nos trae muy cerca de casa el Gran Premio de motociclismo en el circuito Ricardo Tormo de Cheste y buscamos refugio por la comarca de Gúdar-Javalambre, entre vestigios del medievo y la calma, entre piedras centenarias, torres, adoquines y campanarios, mampostería, grandes puertas de madera con aldabas mitológicas, iglesias, ermitas, humilladeros, su imponente castillo, el aire aromado de sopas de ajo, callos, caldereta de cordero, y el lujo de la lentitud por unas calles sin nadie, bellas y misteriosas, como de cuento gótico. El silencio, azulado por el frío y la fina niebla, nos lleva de la mano hacia regiones del alma que estaban adormecidas, lejanas en su agonía. Un ritmo de vida más amable, pausado, todavía es posible en los pueblos y aldeas del mundo rural. Hay esperanza.

Wilco, Frank Sinatra y Dean Martin amenizan los trayectos. Let it snow! Let it snow! Let it snow! En la maleta, Plegaria para pirómanos de Eloy Tizón y Sobre la naturaleza de Javier Sánchez Menéndez. Soñamos cambios de vida, mudanzas, volver a empezar, despertamos con un leve poso de amargura y realidad en el cielo de la boca sabiendo que hay cosas que nos son vedadas por las circunstancias, imposibles por las ataduras del miedo y la familia. Qué agridulce es el vicio antiguo de imaginar nuevas vidas posibles en los lugares que visitamos. Ese hogar podría ser el nuestro. Pequeños balones de oxígeno para el camino de regreso hacia el origen, hacia el último umbral conocido. Asomados a los pretiles, nos dejamos llevar viendo el tímido cauce del río Mora desde el Puente Viejo o del Milagro, con un arco apuntado y otro de medio punto, con esos árboles pensativos de otoñales ocres y amarillos, con su imagen de la Virgen del Primer Dolor sobre el tajamar, en lo alto. Mira cómo va nuestra vida, mi amor, fluye perfecta a pesar de todo, como las hojas rubias de los álamos llevadas por la corriente. De repente un remanso, piedras, basura y ramas, nos miramos y ahí quedamos detenidos, de la mano, en un pequeño temblor imperceptible, dulce como la miel, como tus labios, mientras los niños juegan despreocupados, somos pálpito, aleteo, fulgor, el abrigo de unos ojos, para siempre.

Imagen: Mora de Rubielos.

Regresar al valle.

  La niña comienza a caminar tras dos meses desde el diagnóstico de la enfermedad y el inicio del tratamiento. Ya estamos en la segunda fase...