lunes, 28 de octubre de 2024

Poda y tala.

 


Día de poda y tala con Sergei. Han ido muriéndose algunos árboles del jardín, hace poco apareció uno de ellos derribado por el viento y comenzamos a pensar que era peligroso mantener en pie algo tan inerte y de raíces desmayadas que pueda ceder sobre los niños al no resistir un mínimo empellón de las ventiscas recias que a veces cruzan traicioneras por nuestra loma pelada. Resulta poético, lo frágil puede ser demoledor con el preciso empuje del viento, con una sutil caricia bien dada. Así también la memoria, que no deja de lacerarnos mientras escarba entre los muertos propios, pura niebla, y los errores pretéritos, deshilachados, en tonos sepia y desvaídos.

Un par de pinos, una morera y un pitosporo del Japón o azahar de la China: extintos y en pie, como tantos hombres. Motosierra, astillas, aserrín y leña abundante para el invierno. Mientras trabajamos, Sergei me cuenta que Járkov se ha convertido en una ciudad fantasma, su familia está bien pero apenas salen a la calle, lo justo y necesario, y solo las mujeres, como en todas las guerras, tienen miedo de que si algún adolescente sale a dar una vuelta sea capturado y obligado a alistarse en el ejercito. Y eso sucede en ambos bandos, de ahí el gran éxodo de rusos y ucranianos por toda Europa. Parece que Putin, tras perder entre 130000 y 200000 soldados, ha incorporado en sus filas a mercenarios chinos, chechenos, mongoles buriatos y se rumorea que en breve, también, cuerpos de élite norcoreanos. Mientras caen a capazos los ciudadanos de a pie, civiles buscando alimento y soldados a la fuerza, Vladimiro y Kim Jong-Un engordan plácidamente y sin remordimiento alguno en sus confortables refugios secretos. Vamos, lo normal de las guerras. Si es que en ellas hay algo normal.


No debe de ser ya muy diferente lo que sucede con Zelenski y sus aliados. Cuanto más se alargan las contiendas, más inocentes asesinados, más pillaje y más listos sin escrúpulos haciendo fortuna, como  sucedió también en las guerras carlistas, la guerra Civil Española o en la Francia de Vichy durante la Segunda Guerra Mundial, festín de malnacidos, no hubo otra París tan modianesca. Los mismos de siempre a bolsillos llenos, entre lujos regios y en lugar seguro, a cubierto, sanos y salvos. Como escribió Ramón Eder, maestro del aforismo, un político es un ciudadano menos. Dicen que la democracia es el menos malo de los sistemas políticos, así lo creo yo también, pero qué mal nos está saliendo esta manzana, toda podrida y tan llena de gusanos que, a veces, disculpen la osadía, no sé cómo adjetivarla con acierto pero no parece una democracia verdadera o no aquella, tan utópica ahora, que un día soñábamos con sus buenas dosis de libertad, igualdad, fraternidad y demás palabros que han quedado arrumbados y demodés bajo la bota acharolada y chúpamelapunta de la banca, las empresas transnacionales que cotizan en bolsa y sus lacayos principescos de la Eurocámara.


Tras apilar la leña, se avecina tormenta y decidimos comer dentro de casa. Chuletón de Angus con 45 días de maduración acompañado con Aalto, un Ribera del Duero fabuloso. De postre una tarta de manzana que ha hecho Elena, pura delicia. Desde la terraza veo los huecos que han dejado los árboles talados y siento que esta casa está llegando para nosotros a su fin, ha cumplido ya su ciclo, empieza a mostrarse ausente, va borrándose y borrándonos, como le pasa a mi madre con el Alzheimer y al padre de Elena tras morir tan rápido, sin morir del todo y matándonos, y siguen ahí, seguirán ahí, seguiremos aunque estemos en otro tiempo y otro espacio, difuminados, nebulosos, sagrados, fantasmagorías. Hay un huayno clásico boliviano de Los Errantes que canta “la rama tiembla como quien dice ¡Ay! tú no sabes lo que es amar”, y no, no sabemos amar, somos torpes, queremos retenerlo todo cuando hay que dejarlo partir, que vaya a su aire, que sea el aire mismo que respiramos y nos da el aliento. Lo que dejamos libre, cuando abrimos las manos, nunca se marcha, se queda de algún modo con nosotros aunque no esté, próximo permanece.


La chelista alemana Anja Lechner me desgarra el corazón mientras arrastro unas ramas hacia el leñero, barro la pinocha seca y acude Mikis Theodorakis con los primeros acordes de La danza de Zorba, el griego, para repararlo todo con su luz mediterránea. Ese ir y venir es la vida, esa danza, ese ganar y perder, las uvas dulces, las naranja amargas, los huecos tan llenos que dejan las ausencias, rebosantes, la memoria haciendo su trabajo, sus inventos, sus ideaciones parásitas, sus prospecciones, la nube en fuga, los cerros incendiados, los horizontes perdidos y los encontrados, lo que no es suficiente, lo que nos falta, lo que nos llena aunque nos mate, los que nos hace inmortales por un instante y nos vacía, cada aleteo sobre el abismo, este amor sin condiciones, este hermoso daño y la sutura.

jueves, 24 de octubre de 2024

Crónica de sucesos.

 


Tiroteo a diez minutos de casa, domingo, mediodía, tras las fiestas de la Vendimia que se celebran cada año en honor a san Lucas Evangelista, el patrón. Súbita la pólvora, sangre, un muerto y varias versiones de los hechos. No aparece el arma homicida por ningún lado, han buscado a conciencia cerca de la estación de trenes, por los naranjales, comentan que es un asunto de drogas o un ajuste de cuentas mafioso, el presunto asesino afirma que fue en defensa propia, que el cadáver era un sicario colombiano. Parece ser que tres balas entraron por la espalda del tiroteado, mientras trataba de huir, en un rellano del edificio donde vivía el tipo de gatillo fácil que, según dice, iba puesto hasta los topes de ketamina. Historias truculentas,  como la peste, bisbiseos, filtrándose por los visillos. De vieja en vieja. La Guardia Civil encuentra balanzas de precisión y narcóticos varios. Alguien piensa en Los Tigres del Norte y en sus célebres narcocorridos mientras se empolva ansioso la nariz golosa. Comienzan a rodar el chisme y la conjetura, pareja habitual de baile y farra, padre putativo y madre amantísima de familia conocida y numerosa. Desfilan sus vástagos, su lepra: el escarnio, la infamia, la hoz, el bieldo y la antorcha, la siete muelles, la escopeta de caza, el juicio popular en descampado fosco, apriorístico, justiciero, y el ajuste de unas cuentas más viejas que el hilo negro o la escarapela.

Todo muy ibérico, veterotestamentario y brutal. A poco que rasques sale el animal que llevamos dentro, la dentellada. Lo del ya lejano crimen de Puerto Hurraco se presiente bien vivo por el aire agrio y denso de cada calle polvorienta, presente, actual, en esta tierra de venganzas y deudas pendientes, de mujeres o lindes disputadas, de obsesiones, encontronazos, afrentas, duelos de honor, maldiciones, de guerras civiles que no acaban. Recuerdo El Caso, aquel periódico de sucesos escabrosos que a veces aparecía sobre las melifluas revistas del corazón en un velador estilo Luis XVI que había en casa de mis abuelos. El crimen de Cuenca, el de los marqueses de Urquijo, Juan Díaz de Garayo más conocido como El Sacamantecas, el crimen de la calle Fuencarral o el crimen del Expreso de Andalucía, El Arropiero, El Mataviejas. Más que rojigualda, España negra. Mañana o pasado mañana, a lo sumo en dos semanas, sucederán otras noticias, otros eventos que captarán nuestra atención y, en apariencia, dejaremos de lado, con facilidad, este asunto cruento pero nunca, jamás, realmente no, no olvidaremos ni habrá perdón posible.

La historia continuará velada en los gestos, las miradas y los silencios esperando paciente su momento, la trampilla o el resorte para saltarnos encima. Será como si nada pero todo queda apuntado en turbios libros de contabilidad por si un día alguien tiene que pagar cara la osadía y el despropósito o simplemente llega la tarde en la que no hay ningún tema interesante de conversación. Suculento material de habladurías, la hiel que pone en marcha el motor de los que solo intuyen raquíticos límites infranqueables marcando su mísero y cerrado microcosmos insustancial. El mundo gira cada vez más enfebrecido en el tormento y no parece, ni por asomo, que vaya a aminorar su marcha hacia el abismo si ya hemos pasado varias veces por los nueve círculos del infierno de Dante y por ahí desfilamos estelares, como peces en el agua o verdugos por el cadalso. El Bosco pinta sus delirios mientras va sonando en su cabeza La cabalgata de las valquirias. Hay quien ruega por una segunda oportunidad durante años y años, en el fondo de una celda fría, clamando por un milagro, quisieran volver al lugar exacto del crimen, de la caída y la perdición, estar en la encrucijada, regresar al tiempo preciso del cuchillo rasgando la carótida o la femoral, con saña, repetidas veces, a ese instante del dedo en el gatillo y el fogonazo certero, suplican con todas sus fuerzas volver a empezar, por hacerlo mejor, para no dejar supervivientes.

domingo, 20 de octubre de 2024

Manías del otoño.

 


El otoño tiene sus manías, vuelve como un viejo lunático imponiendo sus tics antiguos, esas cosas tan suyas que siempre nos pillan por sorpresa. Como mandato divino o capricho de su vetusta aristocracia, cada año regresan los paseos por los caminos polvorientos que van entre naranjales y viñedos no muy lejos de casa. No nos cruzamos con nadie y podemos estar en todo. Los racimos que no se vendimiaron han sido secados, deshidratados por el sol, dejando uvas pasas para los pájaros. Las hojas de las parras van adquiriendo tonos de hierro herrumbroso o de humilde sayal franciscano. Salir a caminar por los alrededores se convierte en la forma más certera de introspección, hay huecos en los troncos retorcidos de olivos y algarrobos centenarios que calientan el corazón igual que un beso, una copa de vino o el fuego hipnótico de alguna chimenea. Tomé de una rama rota un fruto rojo y era un recuerdo, quise forzar la memoria buscando algo de valor y fabulé como un bellaco por mí y por todos mis compañeros, por necesidad, por simpatía, pero por mí primero.

Había viejas masías derruidas, abandonadas, invadidas por las malas hierbas y las alimañas, caserones fantasmales, sin techumbres, rodeados de silencios tensos y trágicos, un aroma evocador de cítricos inmaduros y sombras húmedas bajo los árboles que el cielo azul y radiante del Mediterráneo no logra derrotar. Por donde pasa el hombre quedan rastros de basura y violencia, y allí, entre los arbustos que orillan los bancales, pude ver botellas rotas, cartuchos furtivos, latas de cerveza, condones usados, botes de pintura, escombros, pequeños muebles carcomidos, bolsas de plástico, maniquís, vestigios de invocaciones satánicas. Molicie, incuria y concupiscencia, así va el ser humano colocando banderitas por el violentado mapa del mundo mientras por donde pasa no volverá a crecer la hierba. Cruzamos por una pequeña granja de vacas que adensa el aire con su estiércol, algo nos acelera el pulso, de repente el golpe brutal e inesperado de algún mugido cansado, preso, sin esperanza, y el ladrido rabioso de los perros guardianes, tan humanos, igual de presos.


Y Chopin que tocaba el piano de cola en mi cocina, otro de los vicios del otoño, ya de regreso a casa tras la andada matutina, y allí que lo encontramos con su elegante melancolía, y surge el recuerdo de un arròs brut en aquella Valldemossa fría cubierta por la niebla, hace muchos años, después de un temblor frente a los panes y los peces que pintó Miquel Barceló en la Catedral de Mallorca, hace varias vidas ya, de cuando yo no era todavía yo, ni me parecía a mí en lo más mínimo. Tuve que irme a vivir a un mundo de ficción para poder soportar tanta realidad dilapidada, tanta locura.


El otoño también desempolva botillerías, alacenas, despensas, conservas, golosinas varias y muebles bar, pacharanes, vinos tintos, haces de leña, brasas, asados lentos, platos de cuchara, pucheros, sobremesas de órdago, conversaciones infinitas a media tarde, el otoño tiene la llave de estancias olvidadas y de puertas que sufrieron tres largas estaciones de clausura. De alguna manera el otoño nos aleja del presente común y nos aproxima a un presente íntimo, personal e intransferible, nos sitúa entre recuerdos e invenciones, también con nuestra gente, en la mejor compañía. Una bruma de música, trazos y letras nos rodea en otoño, Los ensayos de Montaigne, los diarios de Andrés Trapiello, siempre entre manos algo de Miguel Sánchez-Ostiz y de Claudio Ferrufino, las vísperas de Rachmaninov, Bach, Händel, Fenton Robinson, BB King, Charles Mingus, Chet Baker, Fito y Fitipaldis, Rafael Berrio, Goya, Velázquez, Van der Weyden, Rothko, El paraguas que Marie Bashkirtseff pintara un año antes de su muerte por tuberculosis en la París de 1884, artista que dejó escrito en su diarioconocedora de un final próximoque todo se presenta para mí bajo aspectos interesantes o sublimes: yo querría verlo todo, tenerlo todo, abrazarlo todo, confundirme con todo.


Esa sed quiero yo para este otoño. Y para el invierno que se avecina. Hoy he aprendido que hay un remanso de paz en el otoño en donde el tiempo camina lento y uno vive y muere con júbilo y plenitud cuando reúne por fin entre sus manos lo que fue y lo que nunca pudo ser, confundiéndose, reinterpretándonos, como nos rehacen esos cielos apocalípticos de nubes arreboladas que solo existen en otoño, cuando el día arrasa con todo, no hemos tenido casi tiempo para lo  importante y la noche es inminente, cielos únicos que dejan caer su tapiz sobre nosotros, otra oportunidad para poder decir que a pesar de los pesares valió la pena, por ese cendal de belleza irrepetible sobre todas las cosas buenas y sobre las malas, cielos de otoño para asesinarnos y dejarnos resucitar, asesinarnos y dejarnos resucitar, asesinarnos y dejarnos resucitar.

sábado, 12 de octubre de 2024

Propofol, paella y mezcal.


 Propofol, midazolam y remifentanilo, cóctel sedoanalgésico que me lleva a la desconexión total, todos los interruptores apagados, fundido a negro, desaparezco del mundo sin agonía. Tras la gastroscopia y la colonoscopia me despiertan como sacándome en brazos del fondo de la fosa de las Marianas. La baba colgandera, regreso al mundo flotando, como en una nube de algodón o en alfombra mágica, no me he enterado de nada, podrían haberme arrancado la piel a tiras y no padecería la más mínima perturbación. Placidez absoluta tras un sueño reparador que no experimentaba desde hacía muchos años. El nirvana debe ser este olvidarse de uno mismo en el centro de lo crucial. Sin miedo, sin dolor. Rumbo a lo desconocido, hacia la última puerta. Ojalá morir fuese así, les digo. Me miran raro y surge en sus rostros un mohín incómodo. No sé por qué este vivir de espaldas a la muerte, por qué tanta repulsa hacia la guinda del pastel. Hay una pieza que hace que todas las piezas cobren sentido y encajen, y está al otro lado, en la otra orilla, del lado del misterio. Cómo envidio la relación del pueblo mexicano con la parca, el colofón desdibujado, la frontera final desmantelada. Somos lo que somos porque esta función se acaba, el teatro termina y los actores desaparecen, de lo contrario seríamos mucho peores, más gestos de alimañas que de humanos brotarían de nosotros, más quehaceres de diablos que de personas ocuparían nuestra existencia, no tengo pruebas ni justificaciones pero tampoco dudas, veo todo este espanto en ciertas miradas, tiemblo al ver de lo que es capaz el ser humano cuando se agrupa, cuando crea bandos, famiglias, manadas. A veces veo los telediarios, leo con asco lo que mienten los periódicos, me espanto, pierdo por un rato la esperanza y regreso al refugio interior tratando de ponerme a salvo.

Voy directo a los días gratos, a lo que merece la pena, al epicentro de los instantes eternos que siempre están en fuga y valen más que el oro de todos los imperios. El otro día hice paella en casa para unos cuantos, compañeros de trabajo y amigos al mismo tiempo, cosa cada vez más inusual, rarísima. Los de Cuba, la Malagueña, el jarocho y la chilanga, la pareja gay que sufre mientras espera a que se resuelva el interminable proceso de su gestación subrogada. Cada uno con sus inquietudes, sus problemas y sus afanes, todos juntos en un día de fraternidad y celebración. El de Veracruz aporta un mezcal que viene mezclado con jugo de maracuyá, rico, entra demasiado bien, peligroso como una piedra del desierto escondiendo su alacrán. Caen cervezas y cervezas, empanada de sardinas y pimientos verdes que a Elena le sale deliciosa, ribera del Duero, cómo no, por fortuna la paella me sale decente, parece que gusta, nadie sabe la alta responsabilidad que siente un valenciano sobre su espalda cuando ejerce de maestro arrocero. Tartas coloridas, café 100% arábica, mientras nos entregamos a la larga sobremesa hay sorpresivos globos de agua y manguerazos en el jardín, todos empapados, risas, los niños contagian su alegría, el habanero con sus humoradas, así es fácil olvidar lo que nos aguarda agazapado a la vuelta de las esquinas hirientes de la realidad. Se suceden los temas de conversación, por ahí pasan también, entre muchas otras cosas, Juan Rulfo y Jaime Sabines, el béisbol, algún bateador cubano de la MLB, pienso en los Mets de Philip Roth, Carlos Velázquez y La Biblia Vaquera, Torreón, el Santos Laguna, el carnaval de Málaga, la Cariuela y sus espetos, la maternidad, el trabajo, la siempre agridulce educación de los hijos, los cambios de vivienda y de destino laboral, los sueños, el futuro, algún nahual y todas las esperanzas. Termina la fiesta con la anochecida. Si todos quieren y el tiempo lo permite, repetiremos.

Ya en la cama me da por pensar en que antes del empleo del óxido nitroso y del éter como anestésicos, en las cirugías, el más veloz era el mejor galeno. Robert Liston, el cuchillo más rápido del West End, como se le apodaba, era capaz de realizar una amputación en poco más de dos minutos y se cuenta que tuvo que sacar a rastras a un paciente que se había refugiado en el cuarto de baño tras huir en mitad de la intervención despavorido, finalmente pudo terminar la cirugía de vejiga que se había quedado a medias después de la inesperada fuga. Antes de 1840 se empleaban mejunjes y brebajes elaborados por sabios monjes en sus monasterios medievales, en el lejano oeste americano se le proporcionaba al paciente whisky a mansalva antes de arrancarle con más o menos atinada premura la certera y ponzoñosa flecha cheroqui o la bala cuatrera alojada en el hombro herido. Había quien moría colapsado al no poder soportar el dolor quirúrgico de una época que no sabía de cloroformo o gases anestésicos, de mórficos y barbitúricos. Cómo ha cambiado la medicina, el mundo, cómo también hemos cambiado nosotros. El siglo XX y su vértigo, desmesurado, generoso y brutal, benévolos descubrimientos alternándose con inventos repugnantes: el aeroplano, los reactores nucleares, la penicilina, internet, el fusil Kalashnikov, la asepsia y el maldito Zyklon B entreverados.


Voy cerrando los ojos y contemplo una mesa de operaciones en la que yace un cuerpo inerte que nadie reclama, pienso en una morgue de luces tenues llena de despojos abandonados, en esa profunda pena de morir sin familia ni amigos ni cariño, en la tristeza que acompaña a los que van de la nada a la nada, de lo insignificante a lo enteramente prescindible, en todo eso que un día rocé por error con los dedos, en los filos y las heridas, en aquello que quise tener aunque intoxicaba y por suerte o empeño quedó bien lejos, ya no, de ninguna manera. La biopsia habla de lesiones crónicas, la ciencia ayudará, también los seres queridos, a mi lado duermen Elena y Claudia, suena música de Bach para dormir a bebés, me arrulla también a mí, se me muestran borrosos los párrafos, cierro el libro, me duermo, estoy de nuevo en el quirófano, un líquido lechoso en el gotero, en la boca un regusto a mezcal, una mano invisible toma mi mano, los propios pasos hablan de un camino arduo que va de lo más oscuro hacia el amor.

martes, 24 de septiembre de 2024

Cuarenta y siete.


Mañana paseada sin rumbo fijo por el mercado de Ruzafa, algarabía, los puestos lucen la mercancía con mimo, parecen homenajes a Ceres, ofrendas a Deméter o remedos de Arcimboldo. Cafés de especialidad, 100% arábica, chiles habaneros, chipotle, queso feta, aceitunas kalamata, pasta trafilata al bronzopak choi, colmenillas, trompetas de la muerte, salicornia o espárrago de mar, atún rojo, sardinas, boquerones, salmonetes, palayas y molleras como las que comía mi abuela Juanita, enharinadas, fritas, humildes, deliciosas. Quesos y vinos de todas partes, debilidad la que siento por el stilton o el comté, salazones, embutidos, fiambres, buenas carnes de corte argentino para el asado dominical, compro en una bodega cercana un vino tinto de Toro, otro del Bierzo y otro de la Ribera del Duero. Suena JJ Grey & Mofro por mis auriculares, Lochloosa is on my mind, canción que siempre me emociona, a mí, que soy de todas y de ninguna parte.

Descuideros, carteristas, gitanos de teclado electrónico y griterío, pedigüeños, turistas despistados, ancianas que avanzan con su carro de la compra como un tanque, compradores compulsivos, ciegos vendiendo cupones, borrachos sin brújula, miradores, merodeadores, paseantes, los hay escoteros y los hay que van cargados como aparapitas, también concurren solitarios, parejas, tríos, gorriones en pos de la miga de pan, tórtolas de amor galante. Los mejores buñuelos que he probado se hacen frente al mercado de Ruzafa, en Fallas elaboran unos con ralladura de limón que son deliciosos. Paso por la librería Imperio y me hago con un poemario de Hugo Mujica, su poesía me atrae porque siempre va a lo esencial, a la raíz, despojada, entre mística y metafísica, al grano y sin tonterías, al centro más recóndito de la almendra, poemas necesarios que ayudan a bienvivir. Como me quedan pocos días de vacaciones voy con Elena y los niños a comer a L’Alquimista, uno de mis italianos favoritos de siempre, son de la Emilia-Romaña, hacen ellos la pasta, las salsas, tienen buenos vinos y saben recomendarlos, la suya es auténtica cocina casera, un verdadero gozo para los sentidos.


Cumplo cuarenta y siete años, Elena y los niños me regalan La guerra carlista de Valle-Inclán, La cuerda rota de Pablo Antoñana, Háblame del tercer hombre de José Carlos Llop y Trecientas prosas de César González-Ruano. Variado e inactual, como a mí me gusta. Mi familia ucraniana viene a casa para felicitarme con una botella de Lagavulin 16 y Pío Baroja, una biografía a contrapelo, de Miguel Sánchez-Ostiz. Nunca podré demostrar lo suficiente mi agradecimiento por tener a tanta gente buena pendiente de mí, que me quiere, personas a las que sé que les importo y a las que mis penas y alegrías no les son indiferentes. Me siento afortunado, poco más se puede pedir.


En mi jardín creció estramonio junto al laurel, como las adelfas que rodean la piscina, no sé si vienen a hablarme de la intrincada relación entre lo bello y lo terrible, el veneno mortal y la vida en su apogeo, la victoria limpia o marrullera y despiadada, la traición y la desdicha en la derrota. Algo dicen también sobre los polos opuestos e irreconciliables que son necesarios para existir. Tensión permanente, vieja contienda sin final. Beben de las mismas aguas, sus raíces se enredan y confunden, su existencia y destino son similares, por no decir idénticos. Su significado es radicalmente opuesto. Y así vamos nosotros por la vida también, rompiéndonos, recomponiéndonos, enfrentándonos al espejo, tratando de entendernos mejor y poner un poco de paz entre todas las contradicciones que nos conforman y hacen que seamos también la noche devorando el día, un rayo de luz partiendo las sombras más cerradas, ese momento preciso en el que no sabemos si es la aurora o el ocaso lo que se acerca, cuando cada horizonte es un misterio reclamándonos y en ese confuso delirio entre el bien y el mal todo parece posible y vale la pena.


La flor del estramonio laureada, poderosa imagen, algo dice de la tan franciscana hermana muerte, algo que no entendemos nos impele y nos activa, hacemos las maletas y pasamos el fin de semana en un hotel perdido por el valle de Guadalest, en el interior de Alicante, por mi cumpleaños, por la gastroscopia y la colonoscopia de la semana que viene, Elena y yo, solos, sin niños, amantes de nuevo, como al principio, como cuando el big bang o el cantar de los cantares, unidos sin fisuras, cuando uno más uno era uno, como un mar y un cielo aglutinados, o el amor en su cenit impecable de carne y alas, de sexo divino, desconexión y calma entre la sierra de Aitana y la de la Xortá. Llevo un par de libros en la mochila que casi ni abro de tan embobados y en trance que pasamos las horas frente a los grandes ventanales de la habitación. Parece irreal tanta belleza, el olvido de todo el sufrimiento y el cansancio, poder guardar silencio juntos sin distancia o dolor, reunidos, pura ataraxia y nada más. Las nubes bajas se deslizan sin daño sobre las peñas afiladas, llueve y descendemos al embalse por sendas resbaladizas de barro, hierba silvestre y grava, sus aguas turquesas son perfectas, sin nadie, solo en la superficie el leve aleteo de un viento paráclito, un misterio mostrándose cuando el cielo no es azul y ya no importa, amenaza de tormenta a media mañana, regresamos al hotel felices y enfangados, todo es como debe de ser, todo es casi inmerecido, el mundo, su vértigo, estramonio y laurel, nosotros, y el corazón sosegado. 

martes, 3 de septiembre de 2024

Lluvia de septiembre.

 


En septiembre la lluvia viene, entre otras cosas, para malbaratar los cultivos y ajustarnos las cuentas. Tolai, tontolaba, memo, nos susurra al compás del repiqueteo de sus gotas furiosas sobre la baranda de la terraza vacía, no has exprimido el verano como debieras, lo que has perdido lo has perdido para siempre, en todas partes, o como diría Kavafis, la vida que aquí perdiste la has destruido en toda la tierra. De nada te servirá la medalla de san Benito de Nursia, su vade retro satana, no podría ayudarte el padre Amorth con sus exorcismos plagados de arcanos latines en estancias humildes de luz tenue y viciada, no contrates a brujos nigerianos o a los yatiris del lado fosco aunque hayan sobrevivido al impacto del rayo y aseguren que pueden devolverte tu ajayu, el espíritu, la psique, el alma o algo así, un ente parecido, digo yo. No pidas socorro, es en balde, que ante la lluvia de septiembre siempre irás solo y desamparado.

La cosa va por otros derroteros, llueve para que sepas que algo ha cambiado irremediablemente, que ha pasado de largo esa estación tan prestigiada, el verano y su desnudez de ensueño, símbolo solar por excelencia, en donde más y mejor se expresa la vida en sazón, el vigor de la juventud y su belleza. Para que mires por la ventana y te pongas como Antonio Machado, un poco melancólico, o te des a la bebida o llegues a sentirte como César Vallejo muriendo en París con aguacero pero en tu casa o en tu lugar de vacaciones favorito y recurrente. Puedes poner un disco de Thelonius Monk si quieres, puedes echar sal en las heridas. Déjate llevar por la corriente, entre hojas secas, pequeñas ramas rotas y flores mustias, restos de un tiempo esfumado, símbolo poderoso, hacia los sumideros.


Llueve y se pone verde de algas el agua de la piscina, regresan las goteras impertinentes que habíamos olvidado, queda desmantelado el parque de atracciones, clausurada la zona de recreo. La lluvia es pausa, recogimiento, intimidad, pero también fractura, distanciamiento y esa constatación amarga de que la fiesta del verano terminó, cerraron los chiringuitos de la playa y las barracas de feria, el circo dejó la ciudad, queda solo humo entre tus manos, arena que se escurre entre los dedos, se marcha la orquesta, huele a chamusquina y a polilla en los armarios, a viejo y calavera apestan las maletas de viaje que ya no, nunca, jamás de los jamases, un sutil hedor a cadaverina impregna el azogue desgastado de los espejos. La memoria es lluvia removiendo un aire viciado de naftalina y formol, y llueve sobre la copa dorada de ambrosía en la que apenas diste un par de sorbos, al comienzo de la canción, cuando los primeros acordes, para que en las horas malas, cuando no guarden silencio las bestias hambrientas del pasado, te mate de sed la evocación del sabor de aquellos tragos, te rompan con saña y desprecio aquellas cuatro gotas mal trasegadas por impericia, y te vuelva loco su recuerdo frente a la chimenea, en el último refugio del invierno, ese licor fuerte de los instantes lejanos, el veneno de lo crucial en la distancia, al ver que el magro álbum de fotos no contiene alguna imagen que pueda salvarte de la lluvia, de todo aquello que tuviste y no has vivido.

miércoles, 28 de agosto de 2024

Valencia suite: 2024.

 


París suite: 1940, de José Carlos Llop, deliciosa intriga sobre los turbios años de dandi sablista y estafador sin escrúpulos que César Gonzalez-Ruano vivió en el París de la ocupación nazi. Venta de salvoconductos y pasaportes a judíos necesitados, timos con obras de arte falsificadas, cualquier inmoralidad resultaba pequeña con tal de proseguir con un tren de vida que cruzaba las noches parisinas cargado de joyas, lujo, champán y mujeres. Tras la guerra fue condenado en Francia, in absentia, a veinte años de trabajos forzados por “inteligencia con el enemigo”, pena que nunca cumplió por haber logrado regresar a España en 1943.

Pienso en mi familia ucraniana y en las diferentes formas que hay de comportarse ante una guerra. Sergei, Irina y Tania lo perdieron todo, salieron de Járkov con lo puesto y poco más. Sus coches, los pisos recién reformados, la dacha, los negocios, familia, amigos, toda quedó en suspenso, esperando la bomba que hiciera blanco y ruina de todo aquello que una vez fue su vida. Lo fácil es estropearse, volverse medio loco, dejar a un lado ética, vergüenza y miramiento,  arrasar con todo cuanto se ponga a nuestro paso. Pero ellos son buena gente, están del lado correcto, del de las víctimas que vuelven a salir adelante sin hacer ruido ni aspavientos, como si nada, por no molestar, lo que llevan haciendo desde tiempos inmemoriales sus antepasados, han vuelto a empezar aquí desde la honradez y la alegría, siempre con una sonrisa en la boca, trabajando duro por hacer realidad sus sueños, sin desfallecer. Son víctimas pero no se rinden. Aman la vida con locura. Dice Sergei que solo hay una vida, y luego Dios dirá.


Jamás harían como la ajedrecista que en Dagestan envenenó recientemente a su rival untando con mercurio sus piezas y su parte del tablero. Jamás. Pongo la mano en el fuego por ellos. No son de esa calaña. Tampoco tendrían la actitud que mantuvo César González-Ruano en el París tomado por los nazis, ni la de Maurice Sachs, escritor judío delator de judíos. Mis ucranianos son otro tipo de personas, de otra pasta, de las que vale la pena conocer y hay que cuidar en la medida de lo posible. Cuando he necesitado algo, siempre han estado ahí. Solo puedo reprocharles el poco español que han aprendido en todo este tiempo junto a nosotros. Pero ese es un mal menor y tiene remedio.


Esta tarde vendrá Sergei a tomar algo y volverá a hablarme de los murales que pintaba su padre cuando la URSS, me contará que los mongoles, ante la falta de sal, ponían pedazos de grasa de cerdo entre la silla de montar y el caballo para que fuese curándose con la sal del sudor de sus corceles durante el trote estepario, de los frutos que cogían en el campo de su infancia en Jarkóv para hacer licores o mermeladas, me dirá que de joven aprendió boxeo con un profesor judío y posiblemente nombraremos a Isaak Bábel, Odessa, el mar de Azov, su amada Crimea, de paisaje tan parecido al de Valencia, dirá, hablaremos del samagon que destilaba Tania, de cuando esquiaban por los Cárpatos rumanos, del viaje a Israel para acompañar a su ahijado por un implante coclear, de cuando trabajó en Arabia Saudí compartiendo piso con trabajadores filipinos y el día de cobro comían montañas de cangrejo maridado con whisky en cantidades industriales.


Volverá a hablarme de todas esas cosas, de todo aquello que había ignorado de mi pasado hasta hace bien poco, de una parte fundamental de mí, de la parte eslava de mi vida que yo desconocía. Le hablaré de su lado mediterráneo, de mi infancia, de ese lado latino de su infancia, entre arrozales, olivos y naranjos, muy cerca de la costa valenciana, que él, hasta hace un par de años, no podría imaginar, no sabía. Brindáremos al final de la tarde, mientras se anuncia sutil el otoño con signos tan claros que son difíciles de ver si falta la atención, cuando la brisa refresca y anuncia postrimerías, y la sombra obliga a entrar en casa a por algo de ropa para seguir la conversación, brindaremos, decía, por todas las cosas que en estos días morirán solo para regresar como nuevas, como nunca, tal vez la paz, alguna tórtola malherida, el júbilo, el deseo, unas migajas de amor son suficientes, con eso bastará, para el próximo verano.

Regresar al valle.

  La niña comienza a caminar tras dos meses desde el diagnóstico de la enfermedad y el inicio del tratamiento. Ya estamos en la segunda fase...