lunes, 27 de noviembre de 2023

En un pequeño temblor.


 Mora de Rubielos y Rubielos de Mora, escapada turolense, ternasco de Aragón y estofado de ciervo, trufa negra, Tomás Postigo calentándonos el morro de forma inmejorable. Hemos huido del barullo que cada año nos trae muy cerca de casa el Gran Premio de motociclismo en el circuito Ricardo Tormo de Cheste y buscamos refugio por la comarca de Gúdar-Javalambre, entre vestigios del medievo y la calma, entre piedras centenarias, torres, adoquines y campanarios, mampostería, grandes puertas de madera con aldabas mitológicas, iglesias, ermitas, humilladeros, su imponente castillo, el aire aromado de sopas de ajo, callos, caldereta de cordero, y el lujo de la lentitud por unas calles sin nadie, bellas y misteriosas, como de cuento gótico. El silencio, azulado por el frío y la fina niebla, nos lleva de la mano hacia regiones del alma que estaban adormecidas, lejanas en su agonía. Un ritmo de vida más amable, pausado, todavía es posible en los pueblos y aldeas del mundo rural. Hay esperanza.

Wilco, Frank Sinatra y Dean Martin amenizan los trayectos. Let it snow! Let it snow! Let it snow! En la maleta, Plegaria para pirómanos de Eloy Tizón y Sobre la naturaleza de Javier Sánchez Menéndez. Soñamos cambios de vida, mudanzas, volver a empezar, despertamos con un leve poso de amargura y realidad en el cielo de la boca sabiendo que hay cosas que nos son vedadas por las circunstancias, imposibles por las ataduras del miedo y la familia. Qué agridulce es el vicio antiguo de imaginar nuevas vidas posibles en los lugares que visitamos. Ese hogar podría ser el nuestro. Pequeños balones de oxígeno para el camino de regreso hacia el origen, hacia el último umbral conocido. Asomados a los pretiles, nos dejamos llevar viendo el tímido cauce del río Mora desde el Puente Viejo o del Milagro, con un arco apuntado y otro de medio punto, con esos árboles pensativos de otoñales ocres y amarillos, con su imagen de la Virgen del Primer Dolor sobre el tajamar, en lo alto. Mira cómo va nuestra vida, mi amor, fluye perfecta a pesar de todo, como las hojas rubias de los álamos llevadas por la corriente. De repente un remanso, piedras, basura y ramas, nos miramos y ahí quedamos detenidos, de la mano, en un pequeño temblor imperceptible, dulce como la miel, como tus labios, mientras los niños juegan despreocupados, somos pálpito, aleteo, fulgor, el abrigo de unos ojos, para siempre.

Imagen: Mora de Rubielos.

viernes, 24 de noviembre de 2023

Por si mañana me voy.


 Chimenea a pleno rendimiento, más madera, troncos y ramas de naranjo y algarrobo, piñas, pinocha, sarmientos del año pasado, lo vetusto suele ir muy bien para empezar nuevos fuegos. Anochece y el frío se queda fuera velando un jardín ya oculto entre las sombras, no se ven sus filos pero continúa la punzada de belleza en el costado. No hay problema demasiado grande que no pueda arder ahora, ante nosotros, en esta hoguera tan pequeña. El fuego y las desaceleraciones, las brasas y la suspensión de los ejes espaciotemporales, gravedad cero, sentir la clarividente ceguera de Homero, las alas de los místicos, en la ceniza puede leerse el futuro de todos nuestros afanes y aun así las pavesas serán pequeñas aves Fénix cantando esperanzas en su nido incandescente. Crepita la madera dócil pulsada por las llamas, comienza el relato de su música arrebatadora, el mundo y sus aristas dejan de existir por un momento de confort que nos parece infinito y perfecto. Contemplación, meditación, la mente en blanco alternándose con remembranzas. Aun permaneciendo estáticos, una fogata proporciona un alto en el camino. Abrigo, descanso y sostén. Un gato chino moviendo la patita zen en bucle incansable con aromas de té verde y jengibre. 

En su último libro, Mañana me voy, un diario sobre una caminata por el norte de Soria, dice Víctor Colden que saborea “el silencio que solo existe cerca de la lumbre” y que “envuelto en ese silencio sería posible olvidarse del mundo”. Y en la alternancia de los deseos voy pasando la tarde, a veces nube blanca y a veces nube cenicienta, las ganas de silencio, la soledad, la melancolía, los preciosos escritos de Colden, el olvido necesario, van dejando paso a la voz de Iliá Ehrenburg, también la necesidad de recordar, en sus descomunales memorias recomendadas por Claudio Ferrufino, relatando su riquísima historia personal en un siglo plagado de horrores y muertos en hileras inacabables buscando aterrorizados unas puertas del cielo que no se encuentran fácilmente. Porque soy duda y contradicción, humores revueltos buscando el equilibrio, me siento vivo y no me rindo, sigo con tesón el camino. Quiero una paz permanente o la evanescencia. Crepitan dulces los rescoldos, suena una algarabía creciente entre las llamas, Marcos da vueltas a la mesa con la bicicleta en el sentido contrario a las agujas del reloj mientras Claudia duerme en su carrito de bebé, tan ligera de equipaje, todavía, que solo duerme, y si sueña es sin dolor, y yo, que cuando la noche se aposenta voy jugando una partida de póquer a los dados con mis fantasmas, alzo la copa de anís seco mientras Elena prepara malvaviscos y castañas, ruego salud y bondad eterna para mis hijos, brindo por el amor inquebrantable, para no dejar nada en el aire, por si mañana me voy, y solo puedo dar las gracias por seguir aquí.



jueves, 16 de noviembre de 2023

Escapismos.


 Hay una inclinación natural a la desaparición desde hace muchos años, al escapismo, a las bombas de humo, tal vez la tendencia sea intrínseca, como un hilo que forma parte esencial de esta madeja inextricable que soy, de este atadillo de enigmas y pasiones que anda (con sobrepeso) y cuenta sílabas (fatigándose). Hubo un tiempo de tribus y ninguna era la mía. Eso deja huella, cicatrices, callo en la fractura, psicología y perspicacia. A la fuerza ahorcan. Descreo desde entonces de toda estructura piramidal, me incomodan las multitudes, la arenga y su escabeche, me espantan las sectas, las peñas, los partidos. Voy o trato de ir por otras veredas menos transitadas, con más aire. La ausencia, el desapego, la disolución del ego, ser como un gran Buda de bronce que pude ver en Nara, en el templo Tōdai-ji, monolítico y etéreo, estar y no estar o viceversa, no sé, ir cruzando el cielo con aquella bandada de grullas, gris en lo gris, que vi sobre mi cabeza en una gasolinera navarra, los atardeceres impagables de la Albufera de Valencia contemplados desde su embarcadero, prestar atención a lo desatendido, guardar silencio y dejar que el mundo hable en mí, para mí, por mí y por todos mis compañeros, con sencillez y hondura, que esa es la verdadera esencia del quedar callado, enmudecido, para que lo otro se diga mejor por nuestros cauces finalmente silenciosos y entregados, tácitos, por entero disponibles.

En estos días movedizos igual se inauguran museos de arte contemporáneo que se lanzan misiles, así de contradictorios somos. El hombre es mosca cojonera para el hombre. Un mismo ser humano es capaz de lo mejor y lo peor, del machete y la caricia, lo sabemos por experiencia. Odiosos y adorables en alternancia impetuosa mientras dure la vida o el vigor. Por eso, todavía, la esperanza o el Apocalipsis, depende del día o del humor, todo es posible. La política hiede a estiércol, cada día una guerra nueva y la amenaza constante, creciente, de una tercera guerra mundial, la economía de los ciudadanos de a pie acusa el efecto mariposa gravemente y las familias cada vez se distancian más, cada uno por su lado con sus claves bancarias, su wifi y sus ilusiones, como islas flotantes a la deriva de un desamor que suele resultar estúpido, torpe y ridículo. Tristes hundimientos. Todas las direcciones son contrarias cuando no contamos con el prójimo y su equipaje. Distopías cruzando nuestras noches en vela como fuegos artificiales sobre la bahía.

No siempre es posible quedarse entre los demás, hay que reservar momentos para estar con nadie, o sea, con lo más cierto de uno mismo. Me escoro y me alejo un poco, que uno aprende a esquivar los golpes a golpes. Las ves venir cuando, por desgracia, no has visto venir muchas otras parecidas que hicieron daño irreparable en la línea de flotación y en el currículum. No huyo de la realidad y su aspereza, no evito su contacto ni el de sus gentes, pero me es preciso como el respirar, cada vez con mayor frecuencia, el irme por las ramas o por peteneras, pensar en las musarañas y no salir en la foto. Por un rato hacer apología de lo inútil y lo improductivo, hacer un nucciordine en toda regla, y que viva el dolce far niente, la hora del vermú, la siesta con pijama y orinal, el ir por libre, el loco del pueblo también, la mente en blanco. Simpatía por Robert Walser, Thoreau, la vida retirada de Fray Luis de León, la casa emboscada de Christian Bobin muy cerca de Saint Fermin, las certeras soledades al óleo de Edward Hopper. Simeón el Estilita, hazme un sitio que voy corriendo, en el desierto cabemos todos. None but the lonely heart de Tchaikovsky, only the lonely (know the way i feel) que cantaba Roy Orbison tras las grandes gafas oscuras de su timidez.


Hoy seremos Oimiakón en el frío siberiano, La Rinconada andina, Rapa Nui, la recóndita isla de Tristán de Acuña, el archipiélago Juan Fernández en donde estuvo Miguel Sánchez-Ostiz siguiendo los pasos novelescos de Alexander Selkirk, dejadme en el centro exacto de la puszta húngara, hoy toca perderme sin retorno por los Apalaches o por la estepa infinita de Mongolia, permitídmelo, que mañana volveré a ser pachinko en Shinjuku, mercado de las especias en Nueva Delhi, rascacielos desmedido en Shanghái, vendedor de café en el gran bazar cairota de Jan el-Jalili, seré todos nosotros, con todo nuestro vértigo, un atasco interminable en la pinche hora pico de la Ciudad de México.


Imagen: Houdini.

martes, 7 de noviembre de 2023

Por castillos y alquimias.

 


Hemos pasado la mañana paseando por Buñol para disfrutar de su castillo. Construido sobre anteriores asentamientos islámicos, sus orígenes se insertan entre los siglos XI-XII, Jaime I lo conquistó en 1238 y su estructura actual fue realizada entre los siglos XIV y XIX. Gozaba de una gran importancia estratégica ya que desde sus almenas era posible vigilar el camino real de Madrid y la frontera entre los reinos de Castilla y Valencia. Fue utilizado como cuartel militar en la Guerra de Sucesión del siglo XVIII entre los partidarios del archiduque Carlos y las tropas de Felipe V, en la Guerra de Independencia a principios del XIX frente al imperio francés y en las posteriores guerras carlistas. Rumor de alfanjes, cimitarras, gritos, sables, mosquetones, cañonazos, bayonetas, revólveres, polvareda, fusiles, cargas de caballería. Huelen todavía sus callejuelas empedradas a humo, miedo y rabia, fidelidades, traiciones, heroicidades, cobardías, amor y odio, la compleja salsa bien especiada con que se cocinan las contiendas más feroces. ¿Qué historias que no sabemos quieren contarnos sus saeteras? Fue también cárcel y puede que lugar de ejecuciones. Hoy hay casas habitadas en su Plaza de Armas, macetas en los balcones, a pesar de tanto estrago la vida continúa siempre. La esperanza florece en el horror como en ningún otro sustrato universal.

Lo que más me atrae de las fortalezas inexpugnables es que, tarde o temprano, son vencidas, expugnadas. Eso, o lo que viene después, define minuciosamente nuestra naturaleza más valiosa. Los que se alzan tras ser derrotados, entre ruinas,  escriben algunas de las mejores páginas de la historia de la humanidad. Me apasiona el talón de Aquiles, los flancos descubiertos, las guardias descuidadas y los puntos débiles. Lo que nos hace más humildes porque nos supera y hay que aprender a vivir con eso, tras la caída, de otra manera, con otros ojos y otro corazón más cristalino si es posible. Lo que está ahí, brillando en el barro, quebrado, lo que tenía todas las cualidades para ganar y fue humillado. Lo que viene después de la desgracia, lo que surge cuando termina la tragedia. Hay que seguir adelante con lo que quede, cantar bajo la lluvia ácida, ponerse de puntillas con el agua al cuello. Me seduce cada cosa rota, las astillas, lo inservible, los pedazos, los fragmentos, las fisuras de lo indestructible, la visita de los sueños que ya no se cumplirán, y soportarlo, esas cosas que fueron cruciales y ahora ocupan, inútiles, molestas, un rincón húmedo, punzante y polvoriento. Es fundamental la pérdida para encontrar algo nuevo y tal vez mejor, otro punto de vista, otros horizontes, la desnudez que nos abriga como nunca antes lo hiciera nada, soportar el abandono lento o la muerte inesperada de nuestros seres queridos. Tras tanta saña en la tortura hay una segunda oportunidad, debe de haberla, como existe la ceguera que ayuda a ver lo cotidiano diferente, la rutina saltando por los aires, el sexo que sabe a gloria y ahuyenta a todos los demonios, esa melodía, ese silencio, esos relojes deteniéndose, un gesto de cariño cuando lo oscuro, una mano tendida rasgando la soledad, palabras palpitantes que nos salvan, verdaderas, encendidas, determinantes y decisivas, la alquímica sabiduría de hallar un nuevo camino en el camino de siempre, también esos fuegos metafísicos que en las tardes apocalípticas de otoño se apagan obstinados, mientras nosotros estamos ausentes, hablando con detalle de nuestras pequeñas vidas.


Imagen: Castillo de Buñol.

jueves, 2 de noviembre de 2023

De todos los santos.


 Rodríguez & Sanzo bajo velo para brindar por nuestros muertos en este Día de Todos los Santos. Risotto de rebollones en honor a los ausentes. El cielo viene vestido de azul mediterráneo y nubes blanquísimas, fulgurantes, veloces. No hay cielos más hermosos que los del otoño. Recuerdan, a poco que mires, la existencia del alma y de otros elementos axiales pasados de moda. Algo se encoge en el pecho, tiembla, y nos hace recordar lo pequeños que somos ante la belleza absoluta. Aceptar nuestras fragilidades, ahí puede estar nuestra mayor grandeza, en saber que nuestro lugar no está en el centro del mundo y que no nos importe. El día empezó de frío y sombra, con ese polvo de lapislázuli que por estas fechas brilla tenue y misterioso al depositarse sobre las cosas. Copos de azur, ralladuras cerúleas, melancolía. Mansion on the hill de Bruce Springsteen y Eric Clapton tocando por Robert Johnson. Me visitan los rostros desdibujados de mis muertos más antiguos, también, de contornos más precisos, los de aquellos que hasta hace poco lucían frescos, vigorosos, de este lado de la vida. En compañía de fantasmas van pasando las horas, se calienta el corazón con la memoria agridulce de lo que siempre estará presente porque nos duele que nos falte ya sin remedio. Solo el amor puede abrir puertas que ni intuimos en la gran oscuridad.

La luz llegó para limpiar la plata y el jade de los olivos trágicos mientras un viento violento sacude sus copas llevando al límite la resiliencia de las ramas en esa danza del aire que embiste y las hojas iluminadas apartándose, aire que embiste y hojas apartándose, aire… relato certero y veraz de nuestra existencia. Y poco más. Tal vez, esas copas derramando su haz de verde esperanza, ese envés de cenizas presentidas, sean mensaje crucial de nuestros muertos que brindan hoy por nosotros, que nos acompañan por cañadas oscuras, que nos sostienen y nos abrigan, o quizá tan solo sea la vida acariciando la herida de llanto y risas que va abriéndose cada vez más profunda en nuestra biografía, zanja lírica, luces y sombras en la llanura, caídas, levitaciones, abrazos y ganchos en el hígado, lo que guardamos celosos y lo que vamos perdiendo con el paso dubitativo del tiempo insondable que nunca regresa y nos arrolla, que nunca regresa, también por eso no hay precio para tanto que se nos regala aun cuando luego se nos quite todo, al final es lo mismo, todo cuenta y nos relata, nada pesa tanto como para no desear seguir el camino y nada es solo ligereza en la intemperie como para no querer regresar a casa, confusión de los finales desconocidos, no hay palabras suficientes, cumbres y abismos, brotes verdes en tumbas abiertas, la vida, y estas alas que arden y nos queman, porque no existen, mientras nos dan un vuelo irrepetible que solemos valorar como es debido demasiado tarde, demasiado poco, y por eso se acaba. Así. Súbito. Portazo y silencio.


Imagen: Robert Johnson.

viernes, 27 de octubre de 2023

Contra viento y marea.


 Días ventosos. Desde casa, a persiana bajada, el oído se engaña por supervivencia, insiste, y cree captar el rumor del mar, la miel sonora en avance y retroceso simultáneos, opio irresistible para el martillo, el yunque y el estribo, cantos de sirena meciéndome hacia el fondo, paz abisal, amniótica, y de repente el desengaño, el mar y sus procelas quedan todavía bastante lejos de este páramo. Oleaje de enramadas, crujidos de aire violento y goznes herrumbrosos, murmullos remotos, evocaciones imprecisas, llueve recio y bajan las temperaturas, crecen por todas partes malezas introspectivas, amarillean los limones, se anuncian las primeras nieves. Otoño se enseñorea del tiempo escaso y del espacio insuficiente, gobierna sin pactos ni miramientos, desde sus remotos reinos del norte.

La niña duerme, preparo té oolong, suena la Danza Macabra de Camille Saint-Saëns y en el sofá me dejo llevar por unos pensamientos que van sin remedio hacia los rompientes. Turner colorea el cielo de gris, John Lee Hooker lo vuelve soportable. Hace unos días, en el bautizo de Claudia, con las copas de la sobremesa surgen antiguos rencores familiares que estropean la velada. Menú y júbilo desestructurados, deconstruidos. Solomillo a la agria recriminación y de postre torrijas con bola de corazón helado. El vino se avinagra y los entrantes ya insinuaban un desenlace brusco sin despedidas. Hay distancias insalvables, hay cosas que no serán igual que en el pasado, cada decisión tiene su consecuencia, el tejido que rellena las cicatrices nunca es idéntico al tejido sano. La sangre, la genealogía, no son pegamento suficiente ni tienen la pericia de algunos cirujanos plásticos. No podemos obviar la sutura ni el recuerdo de la herida. La técnica japonesa del kintsugi recupera la pieza cerámica rota, incluso a veces la mejora al revestirla de una nueva dignidad, une con su hilo de oro los fragmentos y restablece la función del objeto. Pero no puede ser de nuevo el mismo. Nunca idéntico. Hubo un cataclismo, un cisma, las siete plagas. Podrá saber mejor o peor, pero el agua no es igual en un vaso restaurado que en un vaso a estrenar, adquiere un significado distinto, como el vino no despliega su sensualidad en vasos de plástico igual que lo hace en copas de cristal de Bohemia. Jamás.


Yo me curo la desilusión con literatura, petricor y nubes arreboladas, destenso los nervios del estómago conduciendo por el cerro, son bálsamo los pinos, las matas de romero, la pura roca partida donde crece sin problemas un almendro, el arrullo dulce de las tórtolas, el gorjeo vitalista de los gorriones, los colores de la tarde, The Teskey Brothers cantando it could be forever, a lifetime spent together, el pequeño arroyo que no se seca y los caminos que comienzan cuando se termina el camino, Laphroaig 10 con hielo al regresar a casa, Bessie Smith recordándonos que Nobody knows you when you’re down and out, y para desmentir sus palabras, el abrigo de mi mujer y mis hijos siempre cerca, remedio poderoso contra la locura, las ramas de los olivos en la ventana siendo water, my friend, frente al vendaval, lecciones impagables del buen vivir ante lo oscuro, ahora lo entiendo todo o ya poco importa no entender casi nada, sonríe, por favor, como José Hierro, llegué por el dolor a la alegría.

viernes, 13 de octubre de 2023

Tecno-feudal.


 Yanis Varoufakis afirma que “el capitalismo está muerto. El nuevo orden es una economía tecno-feudal”, y no puedo estar más de acuerdo. Si rascas un poco se nos ve el peor medievo escondido bajo el vistoso disfraz posmoderno, nos pone a cien la inquisición y la sociedad estamental, el odio, la ignorancia, el oscurantismo y el miedo. Tras el neón, la peor de las tinieblas. Hay a quien se le congestiona el sexo cuando ve al prójimo caer en desgracia. Política de la cancelación, lapidaciones en las redes sociales, antorchas, asesinato civil: drogas más poderosas que el fentanilo, goloso caramelo para mediocres tristes y almíbar supremo para viejavisillistas. Son tiempos de vasallaje feliz, de estar con el agua al cuello y la sonrisa Profidén impasible. Jodidos pero contentos, que decía mi abuela. Al menos, que lo parezca. Ir en el coche mentando los muertos de media humanidad pero escuchando My favorite things de John Coltrane con cara de tener la sensibilidad entrenada y disponible. Camino de la ópera y deseas que advenga el Apocalipsis. Son días de espanto a poco que dejes que la cruda actualidad entre a tu refugio por algún resquicio descuidado. Hablan de mujeres violadas, jóvenes masacrados, niños secuestrados, en jaulas, rehenes, y bebés decapitados en nombre de Dios. Misiles y bombardeos entre Israel y Gaza. Sufrimiento desatado y expandido. Parece que esta contienda no va a tener fin, enquistada, la pescadilla que se muerde la cola. Hay demasiados que viven de la guerra y de la muerte. El estómago sensible se revuelve, el asco se hace físico y es mejor apagar la televisión por un rato, mirar con ternura y agradecimiento a nuestros hijos que duermen sanos y salvos un día más a nuestro lado. En los tiempos que corren no es cosa baladí. Somos afortunados y eso que cada vez llevamos más humo en las seseras, más insatisfacción violenta erizándonos los nervios, más bombas de racimo entre pecho y espalda.

Leo en La caballería roja de Isaak Babel que Nicolás I ordenó construir, con huesos de campesinos, una carretera de Brest a Varsovia. Lo de los huesos como material de construcción, de ser solo una sinécdoque, retrata la realidad con manos quirúrgicas. Una descripción detallada y escrupulosa de los hechos no podría ser tan acertada porque la realidad suele superar con creces a la ficción, nos deja sin palabras, y es preciso algo de ficción, algo de literatura, para poder soportarla, para decir mejor lo indecible, lo absurdo. Justo hoy encuentro en Arábica, librazo de Pablo Cerezal que recomiendo sinceramente, una cita de H. P. Lovecraft que me viene que ni pintada: “Si conociéramos todo, el terror nos haría enloquecer”. Como suele suceder, el poderoso crea sus megalomanías sobre las espaldas rotas del ciudadano raso. Pirámides egipcias, templos mayas o budistas, catedrales, mezquitas, palacios… no importa lo que sueñe el emperador iluminado o el dictador de turno, sus caprichos se harán realidad indefectiblemente, derramando sangre de pobre, sudor de disidente y lágrimas de niños huérfanos, todos hambrientos. Por los siglos de los siglos, y no nos enteraremos de la misa la mitad. Allá donde habite el hombre en comunidad de horda caníbal e insaciable hay una estructura piramidal, ansias de poder, reyezuelos, presidentes y esbirros, la ética termina pasando por el arco del triunfo o por el aro y todo lo que nos aportó el humanismo va por el desagüe hacia el mar, que es el manriqueño morir. Y aun así hay esperanza. Para no creérselo.


En la era de la sobreinformación es higiénico y necesario crear paréntesis de ignorancia, lagunas de la mente en blanco, espacios limpios, tabula rasa, donde poder dejar de saber sobre lo horrible por un tiempo reparador, necesario y razonable. Desintoxicarse, volver a creer en el ser humano, sin reticencias, tratarlo sin prejuicios pero de a uno. En grupo, normalmente, damos miedo. Cómo olvidar los precedentes, la despiadada historia universal. Demasiadas tribus, demasiadas manadas.


Todo por los aires y yo en mi madriguera. ¿Qué más se puede hacer que verlas venir? Le doy la papilla a Claudia mientras escucho a Mozart y tengo una botella de cava enfriándose en la nevera. Tuve suerte, lo sé, vivo en el lado más cómodo del mundo aunque eso también esté cambiando. Se avecina el fin de la Pax Romana pero mantengo todavía privilegios de nuevo patricio. Existencia plácida, vía de la ataraxia, puedo detenerme en el camino a embelesarme con las flores, buscar en la web las pinturas de Reiji Hiramatsu o de Marc Chagall, pedir en Amazon té irlandés, ron guatemalteco o la poesía reunida de Philip Larkin. Puedo permitirme el lujo obsceno de desperdiciar comida, cambiar de coche, pedir una hipoteca, planear un viaje por Navidad, aburrirme de no hacer nada. Puedo enfermar con la tranquilidad de seguir cobrando mi salario, llevar a mis hijos a un colegio católico, engordar, deprimirme y recibir tratamiento, envejecer, morir sin dolor, sin pena pero sin gloria.


Un mundo viniéndose abajo, el orbe entero ardiendo, el Vesuvio entrando en erupción, reviviremos el último día de Pompeya y yo trataré de seguir contando sílabas, tenaz, dedicándome a lo inútil, a escribir prosa poética, cómo no. Que el volcán me pille con las manos en la masa y en mi bolsillo chamusque un papel con aquel último verso de Antonio Machado, el de “estos días azules y este sol de la infancia”, y el alma que se esfume por combustión espontánea, que es como deben empezar el vuelo las almas de los justos, interferencias, bombas de fósforo, lanzallamas, soldado, soldado, ¿qué maldito canal de radio están utilizando?, y el cuerpo qué importará si se vuelve confeti o purpurina pues le aguarda la resurrección de los cuerpos o la nada, tal vez dos caras de la misma moneda misteriosa. Cantaré lo del what a wonderful world impostando una voz negra, dulce y desgarrada, hasta el preciso instante en que la gran ola de lava venga y me cubra para siempre, gas mostaza, haciendo de mi vida una tesela que encaje por fin, única, bombas nucleares, irrepetible, del lado de las víctimas, hemos perdido la comunicación, mi sargento, y cobre sentido profundo en el más grande y bello mosaico que jamás haya existido, cierto o irreal, estamos solos, solicito apoyo, mi teniente, ¿mi teniente? ¿Está ahí? Mosaico cierto o irreal, a estas alturas qué más dará si nos fue tan urgente y necesario. 

Regresar al valle.

  La niña comienza a caminar tras dos meses desde el diagnóstico de la enfermedad y el inicio del tratamiento. Ya estamos en la segunda fase...