Un hospital se convierte en el centro del mundo, son el magma de mis días sus niños céreos y ojerosos por los pasillos naranjas, verdes y azules, los infantes enfermos van empujando un pie de gotero hacia los grandes ventanales del incierto porvenir. El cielo es de un azul mediterráneo incontestable, a pesar de todo, nos consuela su luminosa palidez, y habla todavía de vida y esperanza, de sueños y futuros dichosos. A veces, el cielo también nos miente con piedad, por dar ese consuelo que nos hace falta como el pan. Hay en la sala gritos de niños que sufren, llantos que traspasan las paredes, hay niñas que dicen tengo miedo o ya me siento mejor, para ver si nos lo creemos, por si nos marchamos pronto a casa, de una vez por todas y para siempre. Hay una pequeña escuela al final del pasillo para los niños que viven a duras penas, también para los que mueren sin remedio. La esperanza está en el ambiente, también se intuyen tristes historias indecibles por truncadas, tragedias griegas. Y siempre hay una sonrisa enfermera llenando de amor el aire, velando por nosotros en la hora oscura, cuando estamos completamente solos, locos y desamparados entre multitudes que sufren.
Domingo, día del Señor y del cáncer infantil, día de carreteras y bulevares vacíos, de luz sagrada y sombras ateas, día de regresar al gran hospital, junto a mi niña que se cura de la muerte y que se muere un poco también por la cura, ay, quimioterapias, día de mi bella durmiente y cansada, de la pequeña princesa del bosque y la polifarmacia, día del dolor y la analgesia, del dormir, dormir y tal vez soñar. Pasamos la mañana rodeados por una claridad lenta y un tiempo que pasa extraño, ajeno, descabezado como un recuerdo incompleto, como niebla clara o lluvia fina en la distancia, nubes sucias desfilando fotograma a fotograma, la nada y el acabamiento susurrando satanismos incomprensibles, como esa intrincada pesadilla que no recordamos y nos sobrecoge al despertar. Llega el menú del mediodía y me lanza directamente hacia un verano mío de la infancia, hacia todos los veranos de la infancia. Ensalada y paella valenciana, de postre una naranja es suficiente para devolverme a algún chiringuito playero de mi niñez. En la memoria de aquellos tiempos me salvo, mientras lo escribo no hay leucemia ni goteros, y veo con claridad a mi niña, junto a mí, con el niño aquel que todavía soy, comiéndose la naranja, cantando y sonriendo, y me quito un peso de encima, se aquieta el pecho enfebrecido, surge una calma que me ayuda a surfear la ola densa, aceitosa y salina de este domingo, día del Señor de la leucemia, y respiro hondo como un rezo, cada gesto de amor es plegaria, y ya sé que mi hija y sus veranos serán siempre inmortales, pase lo que pase, si yo estoy vivo y puedo recordar. Hay un olor a salitre en la habitación del hospital mientras mi niña va comiéndose la naranja de mi niñez y ya no hay habitación ni hospital, la niña se ha curado y escucho con claridad el rumor de unas olas inmarcesibles.






