Lo del vivir es de locos. Uno está pensando en el alicatado que se podría poner en los baños, en el porcelánico ese que tan bien queda, el que imita el rojo y elegante abrazo del cerezo, para los suelos de la casa que nos están reformando, y hablamos con el aparejador, ultimamos detalles con la empresa constructora, se proyecta la bodega, el patio interior y la barbacoa, uno piensa, decía, en el extractor de la cocina, la isla y la chimenea, y se le cae encima el andamio asqueroso e incomprensible de la urgencia y la leucemia, el tejado de una cambra de vigas podridas, de maderas con veta perforada de incertidumbre, carcoma, radiografías y punciones lumbares, el horror, los hijos en la cuerda floja, los padres tambaleándose, una niña enferma que ya no quiere jugar, claros resultados analíticos del desastre, diagnósticos rotundos, incontestables, y plantas coloridas de oncología infantil en hospitales de referencia con grandes ventanales que dan a circunvalaciones, descampados y polígonos industriales.
Casi una semana ya desde el gran golpe, desde el gancho en el hígado de todas nuestras certezas. Mi amigo el fraile reza por nosotros, hay un grupo de oración de un compañero de trabajo que también anda en esos menesteres, a nadie puede parecerle fuera del contexto un padre nuestro con su líbranos del mal. Amén. A mí me reconforta y lo agradezco. Todo vale para que mi hija salga adelante, me sirve la ciencia y también la fe, todo lo que esté al alcance de mis manos y lo que no podré jamás ni imaginar de tan presente y verdadero. Mucha gente se ha ofrecido para lo que sea necesario y notamos la cercanía y el abrazo de nuestros vecinos, conocidos, familia y amigos, hay un valle que se estrecha, que se pliega sobre sí mismo con cariño para darnos aliento y calor. Están floreciendo los almendros, será por algo distinto a lo de todos los años. Los pediatras son optimistas y eso se contagia, la niña está mejor y nosotros, poco a poco, vamos volviendo a ser personas. La pena más honda es animal como el aullido y el zarpazo, es aporía, nada sabe del raciocinio ni de las enciclopedias o los logaritmos. Sé que hay un dolor umbraliano, mortal y rosa, un sufrimiento que Lorca, Miguel Hernandez o Jaime Sabines balbucearon, también Manrique, entre muchos otros. Ninguno ha logrado retratar fielmente mi desgarro, ni por asomo. Mi pena es original, nueva, crucial, íntima y definitiva, mi pena es perfecta, me rompe con precisión quirúrgica, me mira con ojos de yegua en agonía, nace en mí porque viene de mi hija y conmigo morirá sin que la diga aunque lo intente en bucle, lírico, en bucle, delirante, en bucle, en loop, mi piedra de Sísifo.
Igual que cuando hay niebla en las cumbres, a veces, se esconde lo fundamental para que volvamos a apreciarlo como se merece. Lo frágil, lo roto, la ruina, el pedazo, los añicos: licores fuertes en los que mejor probamos el sentido de lo que nos da sentido. Amamos más lo amado por lo efímero, lo bello es más bello porque muere y lo transitorio permanece inmarcesible, precisamente, por la llaga terca de su fugacidad. Una familia está emborronada por el cáncer, difuminada por una boira trágica en la que se harán más fuertes sus lazos, para que entiendan su importancia existencial, para que luego, cuando escampe la tormenta, nada pueda robarles la rara luz compartida que nació de donde la luz es escasa, apenas un destello, una hoguera en la noche y en la distancia, ese fulgor que viene de donde la luz es amenazada por la muerte y pese a todo permanece, prevalece, para que algo bueno y mejor nos crezca del áspero muñón de la realidad. Esa trémula luz que resiste y nos alumbra es la luz más clara de la luz, la que surge de la noche oscura del alma, la que nos une por siempre, la más limpia y hermosa, la luz de mi luz, la sangre sin cáncer de mi sangre, la más cierta y poderosa razón de nuestras vidas.






