viernes, 24 de abril de 2026

Regresar al valle.

 


La niña comienza a caminar tras dos meses desde el diagnóstico de la enfermedad y el inicio del tratamiento. Ya estamos en la segunda fase, la de consolidación. Llegar hasta aquí ya es mucho, para cómo empezó la cosa y cómo nos las veíamos. Es mirar alrededor, en la sala de oncología infantil, y todavía hay que dar gracias. Queda mucho camino por recorrer pero vamos en la dirección correcta, vamos saliendo de la pesadilla. Su enfermedad es nuestra enfermedad y su salud nuestra alegría. Creo que envejecí diez años de golpe la noche en que alguien dijo leucemia, algo se nos murió por dentro, pero hubo que disimular, seguir viviendo, sonreír, aparentar fortaleza y seguridad, volver a contar sílabas y otras cosas inútiles, pensar en el futuro, por ella y gracias a ella.

En lo peor, los niños siempre nos salvan aunque no haya salvación, nos dibujan una puerta en los muros más cerrados del alma, una puerta que da a lo mejor de nosotros y que solo pueden abrir ellos con su amor. Entre quimio y quimio, a veces, toca algún concentrado de hematíes, a veces también precisa pausa y descanso en el tratamiento por una excesiva bajada de defensas. La niña tiene mejor ánimo y ganas de jugar, nosotros respiramos un poco más tranquilos y esperanzados. Por fin se espacían un poco las visitas hospitalarias y la vida nos permite regresar a casa.


Es primavera en el valle que nos recibe con la sangre de las amapolas desparramada por sus sembradíos, con la humildad imbatible de las margaritas, con su verdura alfombrando los campos, con sus cumbres y hondonadas innumerables. Volvemos a un tiempo privilegiado que pasa lento y amable, lejos de las grandes ciudades, un tiempo que transcurre por cielos cargados de azur y de vencejos, de un presente más humano y sosegado, siempre en sazón, que fluye por espacios mansos, dulces, lejos de gentrificaciones, por la extensión perfecta y definitiva de los sueños que nos resultan más gratos y confortables, como nubes lenticulares, un recién nacido en los brazos de su madre, letanías o rebaños que se encaminan al aprisco cuando anochece. 


Transcurrimos por sus carreteras vacías, sinuosas, por sus aldeas deshabitadas, ruinosas y telúricas. Sus fuentes y sus ríos nos esperaban arpegiando sin descanso una música ansiolítica, fresca y mecedora, una bienvenida, un silencio redondo de pasto jugoso y sombras semovientes. Otra vez las calles adoquinadas, los campanarios, lo que queda de sus castillos y los muros defensivos, las paredes enjalbegadas, las hornacinas, los santos del lugar, también sus pecadores numerosos, las plazas soleadas del pueblo, los mercados milagrosos, las terrazas, las cuatro tiendas y los tres bares, la pequeña banda de música, la farmacia y el centro médico, las lindes dudosas, los ribazos y las acequias, la quema de rastrojos, la siembra, las esparragueras, los ciervos por las pinadas, la buena gente que es franca y generosa y huye de lisonjas y alharacas, los amigos que hemos encontrado como quien encuentra oro, la familia que elegimos, las raíces trashumantes y el hogar definitivo.


La próxima semana nos esperan más pasos sobre agujas, brasas y citotóxicos, y es desde el valle fronterizo desde donde queremos seguir pisando la cola fibrosa, deforme y astillada del monstruo repugnante de esa muerte engalanada con ataúdes blancos y angelitos de Rubens, esa perra muerte insoportable con interiores de terciopelo o satén que todavía no, entre caballos negros desbocados y danzas truncadas de la vida, todavía no, coronas de claveles blancos, rosas y liliums, no nos toca lo inconsolable ni la elegía ni el hueco que deja una cuerda rota en la guitarra absurda, intolerable y desafinada de unos padres huérfanos, ni el nido vacío, ni la habitación rosa y clausurada, ni el frío crónico, filarmónico y medular del desahucio, el desamparo y los crematorios.

miércoles, 18 de marzo de 2026

El espigón.

 


Un espigón es la voluntad de los hombres queriendo cambiar el curso de las aguas y de la historia, es la necesidad de apaciguar la embestida de las olas del mar y de los acontecimientos imponderables. Además es símbolo y monumento, avance frente a lo adverso y pura resistencia numantina. Una escollera habla también sobre esperanza, quimioterapias y hospitales, de lo frágil poniéndose en pie y de la sonrisa a pesar de la merma de nuestras potencias, cuenta algo acerca de los niños enfermos que siguen con sus juegos, con sus fantasías, sobre la fe y el amor descollando contra la costa abrupta de la enfermedad y de la muerte.

De los rompeolas me gusta esa infinita paciencia que tienen frente al desgaste que van produciendo los elementos en su precaria arquitectura, su estoicismo ante la terca persistencia del tiempo y el desgaste de los materiales, ese estar siempre en su sitio pese a los partes meteorológicos adversos y los bárbaros avances enemigos.

Claudia acaba de cumplir tres años y el diecinueve de marzo es San José, el Día del Padre en Valencia. El regalo grande, el de importancia, es el que me hace ella cada día con su actitud y su presencia, con la luz que lo ilumina todo cuando sonríe y domeña su cansancio, con ese pensamiento mágico que le nace muy de dentro ante la fatalidad, que es la magia del pensamiento, y el puro vivir el momento sin pensar.

Creo que fue Picasso quien dijo que hacía falta toda una vida de desaprendizaje para poder volver a pintar como un niño, yo voy aprendiendo de mi hija otras pericias y experiencias, la fortaleza de los débiles, la sabiduría de quien ignora, el fulgor que desprendemos al ser acorralados, el gesto generoso de quien apenas puede moverse cuando la fiebre y nos roza con su mano en la mejilla por consolarnos, la genialidad de quien nos transmite en unas pocas palabras el resumen perfecto de todos los libros sagrados, y descubro además que una niña con leucemia es un poema andante aunque no pueda caminar, un malecón que taja el mar para que yo pueda acercarme un poco más a un horizonte que no lograba ver porque el cielo mediterráneo era todo un amasijo perverso e incomprensible de grisalla, silencio de Dios y leucemias.

Ahora sé que en las venas quimioterápicas y ardientes de mi hija vive un nuevo yo que es mucho más y mejor que el yo que yo no era y me mataba. A pesar de todo, soy afortunado, tengo una vida por estrenar en las manos con estigmas de mi niña Claudia, en toda esta santidad que Dios nos ha regalado y no queríamos. 

miércoles, 11 de marzo de 2026

Un Matisse perdido.

 


Un nuevo paisaje viene siempre acompañado de una ampliación de nuestro vocabulario, ese escenario que titubeantes pisamos por primera vez nos enriquece el lexicón, aunque en ocasiones como esta, dadas las circunstancias, no quisiéramos. La vida nos obliga ahora a aprender palabros desagradables, términos científicos con carga semántica negativa, vocablos como metotrexato, vincristina y asparaginasa, difíciles tecnicismos como citometría de flujo, linfoblasto y marcadores inmunofenotípicos. Nos dice un pediatra que las células malignas se esconden de los tratamientos en zonas de difícil acceso como el Sistema Nervioso Central y los testículos, y que a estos lugares se les llama santuarios. Así pues, el cáncer que nos mata, cuando le vienen mal dadas, tiene sus refugios, sus lugares predilectos, trincheras en las que se pone a hibernar, ermitas recónditas donde acude para rezarse a sí mismo, catedrales ateas que la muerte codiciosa tiene diseminadas por nuestro cuerpo. 

Por suerte, no todo en el mundo son inventos para la destrucción y el sometimiento. Está el bombardero B-2, la ametralladora ligera M249, las armas ultrasónicas o el futuro submarino nuclear francés bautizado como El Invencible, actualmente en fabricación, listo para su uso en 2035. Pero también tenemos la inmunoterapia personalizada contra el cáncer, las plantas de desalinización submarina o los marcapasos inalámbricos y biodegradables para bebés. La esperanza, como el lirio de agua, crece en los barrizales. Es el mismo mundo el del odio y el del amor. Del caos surge la armonía perfecta, del silencio la música, tras la caída del humanismo regresará un humanismo distinto, pulido y refinado, como si fuera primigenio, aforismo perfecto, apotegmático, para hacernos caer del caballo, igual que Saulo, ante el nacimiento del nuevo punk o el advenimiento de un viento paráclito. De la norma brota la excepción y la luz más necesaria nos viene siempre dada del costado más opaco de la oscuridad, de la herida o el desgarro, con ánimo científico y espiritual, como cuando un hombre que dudaba metió sus dedos incrédulos en la carne separada por la hoja del venablo, para rendirse ante la evidencia.

Un mes llevamos ya con todo esto, con la leucemia de la niña y nuestro mal dormir, lejos de casa y del trabajo, de nuevo en la gran ciudad, con la vida y los proyectos en suspenso permanente hasta nueva orden. Sigue el refugio playero cercano a Valencia y las caminatas por un paseo marítimo en temporada baja, las terrazas sin gente, las tardes interminables, algo de vino y literatura para abrigar un poco el corazón, días de frío y lluvia que calan hasta el hueso como la enfermedad de una hija, su dolor y el apretado cilicio de su miedo sobre nuestra impotencia como un cielo cerrado y gris. Decía José Jiménez Lozano que, en una época de excesos y espanto como la nuestra, si no nos habíamos convertido ya en serpientes era porque todavía nos quedaba la esperanza y la alegría, y porque además “a nuestro mundo tampoco le han faltado los maravillosos vivires de Matisse”. Hoy, aunque canten los pájaros y la primavera comience a dibujar su anuncio sobre todas las cosas, hay mañanas así, solo tengo una esperanza frágil, temblorosa como un cachorro mojado a la intemperie, una alegría intermitente y desconfiada, pequeña y coja, con demasiadas piedras en sus zapatos gastados, y no logro ver los maravillosos vivires de Matisse por ninguna parte, en este marzo de hospitales. Tan solo hay un Cristo de Grünewald con mi cara exangüe y desfallecida, si me pongo en lo peor, y eso, por la pequeña Claudia, no me lo puedo permitir. Habrá que seguir buscando un Matisse perdido entre las sombras.

sábado, 28 de febrero de 2026

Después del alta hospitalaria.

 


Llega el vértigo del alta hospitalaria y el tratamiento ambulatorio. Os vais, te dicen, con una sonrisa en la cara, eso sí, a cero de defensas, o sea, desprotegidos y vulnerables, porque la inmunidad propia es el caballo de Troya del trastorno, el flanco expuesto por donde se infiltra el virus, la bacteria o el hongo oportunista. Habrá que regresar varias veces por semana a Hospital de Día para seguir con los ciclos quimioterápicos y las revisiones médicas, con las analíticas sanguíneas y las punciones lumbares. Uno tiene la extraña sensación de que es arrancado de la teta nutricia, del lecho de algodón nosocomial, nos sacan de nuestra burbuja sobreprotectora y quedamos de nuevo solos, expuestos, a la intemperie. Llega y nos domina el miedo al aire, a la ráfaga traicionera, se extiende el pánico a las aglomeraciones, al estrecho ascensor de la tos y la febrícula, nos invade el terror ante el abrazo, la caricia o los niños saltarines con mocos y uñas enlutadas abarrotando los parques. Jamás pensé que sentiríamos repulsión por el beso en la mejilla o el apretón de manos, pánico cerval por la cercanía.

Nos prestan un apartamento en la playa, a media hora del hospital, nada que ver con la hora y media que hay de camino hasta nuestra casa, en el centro justo del valle fronterizo. Los médicos cuentan con que surja alguna complicación, algún desajuste, es muy frecuente el reingreso, así que ahora no hay nada mejor para nosotros que este paseo marítimo en temporada baja, las calles sin gente, las tiendas cerradas, los columpios vacíos y oxidados mientras aguardamos la próxima cita en oncología infantil. Como la niña no puede caminar dejamos que juegue con su hermano y sus cubos, rastrillos y palas sobre la arena. Desentierran piedras y sonrisas olvidadas, nos alivian la congoja con su lúdico estar en el mundo sin un antes ni un después. Son presente continuo, ahora o nunca, lo pequeño adueñándose del centro del mundo. El niño enfermo, en cuanto mejora un poco, solo quiere volver a jugar, a vivir su vida, entre dolores o entre fiebres, pero pasarla bien, divertirse, que es su sabia manera de no pensar en la vida y sus aristas, ni tampoco en la muerte con toda esa carga de misterio que nos paraliza y nos engulle. No pierden el tiempo, lo cabalgan. El niño es impulso y acción, aun quieto es movimiento, centrífugo, marginal y oblicuo. siempre está en fuga, en otro lugar y en la cosa siguiente. Se entregan, se regalan, a cada instante ponen toda la carne en el asador porque es la mejor forma de no permanecer en nada para estar en todo. En sus gestos hay siempre magia y magisterio, ubicuidad, rito y elevación. Los niños enfermos son ejemplo de cómo deberíamos vivir la vida. Animales mitológicos, están hechos a imagen y semejanza de Dios.

Me cuenta Elena que leyó en una publicación de una asociación de padres de niños con cáncer que, al año, en España, se dan unos 350 casos de leucemia linfoblástica aguda, de los cuales un tercio ocurren en niños menores de cuatro años. De esos ciento y pico niños escasos nos ha tocado a nosotros uno ellos. La vida es así. El azar es un arcano y reparte su baraja sin sentido aparente ni razones que la lógica pueda ensillar. Aherrojados por el antojo severo de la ventura, cada uno de nosotros vamos tomando, como podemos, lo que nos cae encima, la suerte, a veces negra, que nos viene pisando los talones desde antiguo. Creíamos que tras la pandemia, la muerte fulminante de mi suegro y la dana de Valencia pasándonos muy cerca, creíamos, decía, que ya habíamos cumplido el cupo de fatalidades por un largo periodo, pero no, el reverso de la calma y la bonanza no es otro que el desequilibrio y la fatalidad. El absurdo, tenaz y perverso, se ensaña con los seres humanos y nosotros, viendo cómo va el mundo, todavía tenemos que dar las gracias porque la racha mala aún podría ser peor, no hay más que fijarse en los demás usuarios de las consultas de oncología infantil o escuchar un rato las conversaciones que surgen entre derrotados en las lavanderías del extrarradio. Y así van pasando las semanas, yendo y viniendo al hospital, preguntándonos el porqué de todo esto sin esperar respuestas, entre goteros y quebrantos, mascarillas, protocolos, ensayos clínicos, cuidados exquisitos y sabias recomendaciones. Así vamos tirando, día a día y paso a paso, viendo cómo pasa el tiempo más confuso de nuestras vidas, junto a grandes ventanales, frente a piscinas vacías y relojes densos, pidiendo, como Ramón Eder, que el dolor produzca una perla, y sabiendo, como Amalia Bautista, en estas horas de amenaza y temor, que “al cabo, son poquísimas las cosas que de verdad importan en la vida: poder querer a alguien, que nos quieran y no morir después que nuestros hijos”.

domingo, 15 de febrero de 2026

Días de hospital.

 


Un hospital se convierte en el centro del mundo, son el magma de mis días sus niños céreos y ojerosos por los pasillos naranjas, verdes y azules, los infantes enfermos van empujando un pie de gotero hacia los grandes ventanales del incierto porvenir. El cielo es de un azul mediterráneo incontestable, a pesar de todo, nos consuela su luminosa palidez, y habla todavía de vida y esperanza, de sueños y futuros dichosos. A veces, el cielo también nos miente con piedad, por dar ese consuelo que nos hace falta como el pan. Hay en la sala gritos de niños que sufren, llantos que traspasan las paredes, hay niñas que dicen tengo miedo o ya me siento mejor, para ver si nos lo creemos, por si nos marchamos pronto a casa, de una vez por todas y para siempre. Hay una pequeña escuela al final del pasillo para los niños que viven a duras penas, también para los que mueren sin remedio. La esperanza está en el ambiente, también se intuyen tristes historias indecibles por truncadas, tragedias griegas. Y siempre hay una sonrisa enfermera llenando de amor el aire, velando por nosotros en la hora oscura, cuando estamos completamente solos, locos y desamparados entre multitudes que sufren.

Es 14 de febrero, san Valentín, y este año comemos con prisa y sin romanticismos de la bandeja amarga del acompañante. El que cuida engulle con urgencia para estar disponible de inmediato, por estar fuera de juego el menor tiempo posible. La niña come bien y es regalo suficiente, las lentejas viudas y el solomillo correoso nos saben a gloria bendita porque la vida sigue con ella entre nosotros y no queremos ni necesitamos ni podemos permitirnos nada más. Por la tarde regresa el dolor con sus olas crispadas, con sus perfiles de Guernicas picassianos, con su látigo fustigando nuestros nervios cansados de padres descompuestos que a duras penas disimulan. No pisamos en firme desde el día del diagnóstico, que es la forma en que vagan los padres que se sienten impotentes cuando sus hijos peligran. Esperar, acompañar, cuidar es la única manera de darlo todo cuando no podemos hacer nada más. La noche la paso solo en un hotel de carretera, por descansar un poco y evitar tanto kilometraje pesando ya demasiado sobre nuestra extenuación, vivir a hora y media de Valencia tiene un precio, la vida rural se paga cara cuando la vida va en juego. Elena se queda con la niña en el hospital, yo ceno solo en el restaurante del hotel, el vino pésimo arruina los platos que dejo a medias, descanso poco y mal, rodeado por un viento salvaje que agita hasta los cimientos del edificio, un viento desaforado y ululante que mete miedo y nos recuerda que lo amado pende de un hilo inconsistente.


Domingo, día del Señor y del cáncer infantil, día de carreteras y bulevares vacíos, de luz sagrada y sombras ateas, día de regresar al gran hospital, junto a mi niña que se cura de la muerte y que se muere un poco también por la cura, ay, quimioterapias, día de mi bella durmiente y cansada, de la pequeña princesa del bosque y la polifarmacia, día del dolor y la analgesia, del dormir, dormir y tal vez soñar. Pasamos la mañana rodeados por una claridad lenta y un tiempo que pasa extraño, ajeno, descabezado como un recuerdo incompleto, como niebla clara o lluvia fina en la distancia, nubes sucias desfilando fotograma a fotograma, la nada y el acabamiento susurrando satanismos incomprensibles, como esa intrincada pesadilla que no recordamos y nos sobrecoge al despertar. Llega el menú del mediodía y me lanza directamente hacia un verano mío de la infancia, hacia todos los veranos de la infancia. Ensalada y paella valenciana, de postre una naranja es suficiente para devolverme a algún chiringuito playero de mi niñez. En la memoria de aquellos tiempos me salvo, mientras lo escribo no hay leucemia ni goteros, y veo con claridad a mi niña, junto a mí, con el niño aquel que todavía soy, comiéndose la naranja, cantando y sonriendo, y me quito un peso de encima, se aquieta el pecho enfebrecido, surge una calma que me ayuda a surfear la ola densa, aceitosa y salina de este domingo, día del Señor de la leucemia, y respiro hondo como un rezo, cada gesto de amor es plegaria, y ya sé que mi hija y sus veranos serán siempre inmortales, pase lo que pase, si yo estoy vivo y puedo recordar. Hay un olor a salitre en la habitación del hospital mientras mi niña va comiéndose la naranja de mi niñez y ya no hay habitación ni hospital, la niña se ha curado y escucho con claridad el rumor de unas olas inmarcesibles. 

viernes, 13 de febrero de 2026

Como niebla en las cumbres.

 


Lo del vivir es de locos. Uno está pensando en el alicatado que se podría poner en los baños, en el porcelánico ese que tan bien queda, el que imita el rojo y elegante abrazo del cerezo, para los suelos de la casa que nos están reformando, y hablamos con el aparejador, ultimamos detalles con la empresa constructora, se proyecta la bodega, el patio interior y la barbacoa, uno piensa, decía, en el extractor de la cocina, la isla y la chimenea, y se le cae encima el andamio asqueroso e incomprensible de la urgencia y la leucemia, el tejado de una cambra de vigas podridas, de maderas con veta perforada de incertidumbre, carcoma, radiografías y punciones lumbares, el horror, los hijos en la cuerda floja, los padres tambaleándose, una niña enferma que ya no quiere jugar, claros resultados analíticos del desastre, diagnósticos rotundos, incontestables, y plantas coloridas de oncología infantil en hospitales de referencia con grandes ventanales que dan a circunvalaciones, descampados y polígonos industriales.

Todo lo que nos parecía importante lo ofreceríamos en sacrificio con tal de no pasar por esta pesadilla, por el arco del triunfo de una muerte pueril y absurda. Va el tiempo ya desasido de los relojes y las planillas laborales, viene denso, confuso, agrio, vértigo del tiempo fuera del tiempo, ya todo gira en torno a la vida herida de una niña que no puede ausentarse, no nos puede faltar, jamás, de ninguna manera. Es decir, que desde el día del ingreso hospitalario nada gira ni se mueve si hay una pequeña princesa con fiebre y artralgias, nadie descansa si mi niña tiene anemia o la inmunidad comprometida. Nos hace falta su risa como el respirar, la música y esos amaneceres que solo harían daño sin ella. Nos hace falta su vida más que la vida nuestra. Qué doble asesinato el de los hijos que mueren antes, el de los padres que se quedan con un vacío infinito y en pie, con el alma tropezando con violencia contra todas las cosas. ¿Qué podría contestar Dios ante tamaña injusticia? ¿Qué diría un Dios tan humano sobre la enfermedad, el sufrimiento y la muerte? Silencio, solo es posible el silencio y a veces una presencia total que solo pueden ver los que lo han perdido todo, los muy atentos, los que siguen esperando un regreso desde donde saben que nadie vuelve.


Casi una semana ya desde el gran golpe, desde el gancho en el hígado de todas nuestras certezas. Mi amigo el fraile reza por nosotros, hay un grupo de oración de un compañero de trabajo que también anda en esos menesteres, a nadie puede parecerle fuera de contexto un padre nuestro con su líbranos del mal. Amén. A mí me reconforta y lo agradezco. Todo vale para que mi hija salga adelante, me sirve la ciencia y también la fe, todo lo que esté al alcance de mis manos y lo que no podré jamás ni imaginar de tan presente y verdadero. Mucha gente se ha ofrecido para lo que sea necesario y notamos la cercanía y el abrazo de nuestros vecinos, conocidos, familia y amigos, hay un valle que se estrecha, que se pliega sobre sí mismo con cariño para darnos aliento y calor. Están floreciendo los almendros, será por algo distinto a lo de todos los años. Los pediatras son optimistas y eso se contagia, la niña está mejor y nosotros, poco a poco, vamos volviendo a ser personas. La pena más honda es animal como el aullido y el zarpazo, es aporía, nada sabe del raciocinio ni de las enciclopedias o los logaritmos. Sé que hay un dolor umbraliano, mortal y rosa, un sufrimiento que Lorca, Miguel Hernandez o Jaime Sabines balbucearon, también Manrique, entre muchos otros. Ninguno ha logrado retratar fielmente mi desgarro, ni por asomo. Mi pena es original, nueva, crucial, íntima y definitiva, mi pena es perfecta, me rompe con precisión quirúrgica, me mira con ojos de yegua en agonía, nace en mí porque viene de mi hija y conmigo morirá sin que la diga aunque lo intente en bucle, lírico, en bucle, delirante, en bucle, en loop, mi piedra de Sísifo.


Igual que cuando hay niebla en las cumbres, a veces, se esconde lo fundamental para que volvamos a apreciarlo como se merece. Lo frágil, lo roto, la ruina, el pedazo, los añicos: licores fuertes en los que mejor probamos el sentido de lo que nos da sentido. Amamos más lo amado por lo efímero, lo bello es más bello porque muere y lo transitorio permanece inmarcesible, precisamente, por la llaga terca de su fugacidad. Una familia está emborronada por el cáncer, difuminada por una boira trágica en la que se harán más fuertes sus lazos, para que entiendan su importancia existencial, para que luego, cuando escampe la tormenta, nada pueda robarles la rara luz compartida que nació de donde la luz es escasa, apenas un destello, una hoguera en la noche y en la distancia, ese fulgor que viene de donde la luz es amenazada por la muerte y pese a todo permanece, prevalece, para que algo bueno y mejor nos crezca del áspero muñón de la realidad. Esa trémula luz que resiste y nos alumbra es la luz más clara de la luz, la que surge de la noche oscura del alma, la que nos une por siempre, la más limpia y hermosa, la luz de mi luz, la sangre sin cáncer de mi sangre, la más cierta y poderosa razón de nuestras vidas.

miércoles, 21 de enero de 2026

Al final de mi calle.

 


Voy paseando a la perra por el pueblo y recuerdo que Francisco Umbral creía en la magia de lo sin magia y que Christian Bobin esperaba lo que no se esperaba. Así voy yo atravesando horas que parecen vanas e insustanciales y están repletas de oro molido. Solo hay que aprender a mirar, que no es poco. Mientras enfilo la última pendiente de mi calle adoquinada recuerdo que para Max Jacob, en poesía, lo inexpresable es lo que cuenta. Paso frente a la última casa, encalada y centenaria, y no me es ajeno Joubert anotando en su diario que si no la llevas dentro no podrás encontrarla en ninguna parte. Dijo Sánchez-Ostiz que escribir es una forma de respirar y en José Mateos aprendimos que poesía no es algo que se dice sino la única manera de decirlo. Bellas y sabias palabras para acompañarme en la ronda. Palabras, digno refugio en la derrota. Palabras, pecios del barco naufragado de la vida. 

Al final de mi calle empieza el campo, sus lenguas innumerables, caminos pedregosos, polvorientos, plantaciones, cultivos, arboledas susurrantes o taciturnas, según el momento, también están las vistas que nos sitúan en el centro del valle, a veces la niebla en las cumbres, y a veces el sol y el azul jugando como niños alegres entre gasas de leche clara y misterio. Música en las acequias, terapéutica del borbotón. Al final de mi calle se concentra la noche con su carga de constelaciones y hierba mojada, lo presentido y lo inexplicable, desde allí miro hacia el pasado y el futuro, con su salsa agridulce de errores, aciertos, presentimientos y sospechas. Pero siempre está la belleza, por encima de todo, esa gran belleza de un presente perfecto y pleno que nos vuelve ojipláticos, líricos, alados y mejores, weilianamente atentos y agradecidos, momentos irrepetibles, date cuenta, supercalifragilisticoespialidosos. Es la vida renovándose a cada instante mientras nos deja atónitos, maravillados, y viene a masajearnos el pecho si le prestamos el interés suficiente, nos resucita, nos recompone y nos salva.


Hay una pizarra negra, ahí, en el cielo, al final de mi calle, el lomo aterciopelado de un toro de lidia, algo fosco y lorquiano, doloroso, jazmines pisoteados y guitarras rotas, navajas de filos herrumbrosos, botellas vacías, poemas, hambre eternizada entre guerras que casi se solapan y parecen no terminar nunca, una época asquerosa, lo muy humano en busca y captura, asediado, tragedias griegas de rabiosa actualidad, Sófocles, Esquilo y Eurípides, clarividentes. Hay al final de mi calle un mundo en retroceso y una pesadilla que avanza, malas noticias que llegan con frecuencia desalentadora, trenes que descarrilan en un país ineficiente, políticos como alimañas, estructuras y basamentos fundamentales cayéndose a pedazos, instituciones agusanadas, corrupción, desesperanza.


Y también concurre todavía la pena penetrativa de Santa Teresa, la flecha de la transververación, Bernini y El Éxtasis, el canto roto de un gallo viejo, un pastor cruzando la noche con su rebaño de cencerros y murmuraciones, letanías, humo de imprecación, alharacas, hay al final de mi calle mil voces que me invitan a la rendición, al escapismo, voces que azuzan con violencia y tiran de mí, mil voces de puro nervio y de locura, aguanieve, amanecidas de fuego y azafrán, hay voces frente a las que sigo manteniéndome en pie a pesar del cansancio y la creciente dificultad, no lo niego, y trato de hacerlo con un verso en la boca a punto de decirse, guardando silencio todavía, llegando mal y tarde al final de mi calle, pero que llega, donde comienza el campo, por donde paseo a mi perra que no se aleja demasiado porque huele el miedo y la soledad bajo el peso del orbe desbocado, bajo la gran incógnita existencial, llega el verso, mi perra me mira con ojos de piedad canina, que es posiblemente la más alta forma de piedad, y no me juzga, y tiene un corazón de ángel barroco y peludo que perdona, mi perra me ama también por el campo, cuando la noche más oscura, y sé a ciencia cierta que nunca me abandonará aunque descienda, al final de mi calle, un poema perfecto como un filo para destruirme. 

Regresar al valle.

  La niña comienza a caminar tras dos meses desde el diagnóstico de la enfermedad y el inicio del tratamiento. Ya estamos en la segunda fase...