domingo, 15 de febrero de 2026

Días de hospital.

 


Un hospital se convierte en el centro del mundo, son el magma de mis días sus niños céreos y ojerosos por los pasillos naranjas, verdes y azules, los infantes enfermos van empujando un pie de gotero hacia los grandes ventanales del incierto porvenir. El cielo es de un azul mediterráneo incontestable, a pesar de todo, nos consuela su luminosa palidez, y habla todavía de vida y esperanza, de sueños y futuros dichosos. A veces, el cielo también nos miente con piedad, por dar ese consuelo que nos hace falta como el pan. Hay en la sala gritos de niños que sufren, llantos que traspasan las paredes, hay niñas que dicen tengo miedo o ya me siento mejor, para ver si nos lo creemos, por si nos marchamos pronto a casa, de una vez por todas y para siempre. Hay una pequeña escuela al final del pasillo para los niños que viven a duras penas, también para los que mueren sin remedio. La esperanza está en el ambiente, también se intuyen tristes historias indecibles por truncadas, tragedias griegas. Y siempre hay una sonrisa enfermera llenando de amor el aire, velando por nosotros en la hora oscura, cuando estamos completamente solos, locos y desamparados entre multitudes que sufren.

Es 14 de febrero, san Valentín, y este año comemos con prisa y sin romanticismos de la bandeja amarga del acompañante. El que cuida engulle con urgencia para estar disponible de inmediato, por estar fuera de juego el menor tiempo posible. La niña come bien y es regalo suficiente, las lentejas viudas y el solomillo correoso nos saben a gloria bendita porque la vida sigue con ella entre nosotros y no queremos ni necesitamos ni podemos permitirnos nada más. Por la tarde regresa el dolor con sus olas crispadas, con sus perfiles de Guernicas picassianos, con su látigo fustigando nuestros nervios cansados de padres descompuestos que a duras penas disimulan. No pisamos en firme desde el día del diagnóstico, que es la forma en que vagan los padres que se sienten impotentes cuando sus hijos peligran. Esperar, acompañar, cuidar es la única manera de darlo todo cuando no podemos hacer nada más. La noche la paso solo en un hotel de carretera, por descansar un poco y evitar tanto kilometraje pesando ya demasiado sobre nuestra extenuación, vivir a hora y media de Valencia tiene un precio, la vida rural se paga cara cuando la vida va en juego. Elena se queda con la niña en el hospital, yo ceno solo en el restaurante del hotel, el vino pésimo arruina los platos que dejo a medias, descanso poco y mal, rodeado por un viento salvaje que agita hasta los cimientos del edificio, un viento desaforado y ululante que mete miedo y nos recuerda que lo amado pende de un hilo inconsistente.


Domingo, día del Señor y del cáncer infantil, día de carreteras y bulevares vacíos, de luz sagrada y sombras ateas, día de regresar al gran hospital, junto a mi niña que se cura de la muerte y que se muere un poco también por la cura, ay, quimioterapias, día de mi bella durmiente y cansada, de la pequeña princesa del bosque y la polifarmacia, día del dolor y la analgesia, del dormir, dormir y tal vez soñar. Pasamos la mañana rodeados por una claridad lenta y un tiempo que pasa extraño, ajeno, descabezado como un recuerdo incompleto, como niebla clara o lluvia fina en la distancia, nubes sucias desfilando fotograma a fotograma, la nada y el acabamiento susurrando satanismos incomprensibles, como esa intrincada pesadilla que no recordamos y nos sobrecoge al despertar. Llega el menú del mediodía y me lanza directamente hacia un verano mío de la infancia, hacia todos los veranos de la infancia. Ensalada y paella valenciana, de postre una naranja es suficiente para devolverme a algún chiringuito playero de mi niñez. En la memoria de aquellos tiempos me salvo, mientras lo escribo no hay leucemia ni goteros, y veo con claridad a mi niña, junto a mí, con el niño aquel que todavía soy, comiéndose la naranja, cantando y sonriendo, y me quito un peso de encima, se aquieta el pecho enfebrecido, surge una calma que me ayuda a surfear la ola densa, aceitosa y salina de este domingo, día del Señor de la leucemia, y respiro hondo como un rezo, cada gesto de amor es plegaria, y ya sé que mi hija y sus veranos serán siempre inmortales, pase lo que pase, si yo estoy vivo y puedo recordar. Hay un olor a salitre en la habitación del hospital mientras mi niña va comiéndose la naranja de mi niñez y ya no hay habitación ni hospital, la niña se ha curado y escucho con claridad el rumor de unas olas inmarcesibles. 

viernes, 13 de febrero de 2026

Como niebla en las cumbres.

 


Lo del vivir es de locos. Uno está pensando en el alicatado que se podría poner en los baños, en el porcelánico ese que tan bien queda, el que imita el rojo y elegante abrazo del cerezo, para los suelos de la casa que nos están reformando, y hablamos con el aparejador, ultimamos detalles con la empresa constructora, se proyecta la bodega, el patio interior y la barbacoa, uno piensa, decía, en el extractor de la cocina, la isla y la chimenea, y se le cae encima el andamio asqueroso e incomprensible de la urgencia y la leucemia, el tejado de una cambra de vigas podridas, de maderas con veta perforada de incertidumbre, carcoma, radiografías y punciones lumbares, el horror, los hijos en la cuerda floja, los padres tambaleándose, una niña enferma que ya no quiere jugar, claros resultados analíticos del desastre, diagnósticos rotundos, incontestables, y plantas coloridas de oncología infantil en hospitales de referencia con grandes ventanales que dan a circunvalaciones, descampados y polígonos industriales.

Todo lo que nos parecía importante lo ofreceríamos en sacrificio con tal de no pasar por esta pesadilla, por el arco del triunfo de una muerte pueril y absurda. Va el tiempo ya desasido de los relojes y las planillas laborales, viene denso, confuso, agrio, vértigo del tiempo fuera del tiempo, ya todo gira en torno a la vida herida de una niña que no puede ausentarse, no nos puede faltar, jamás, de ninguna manera. Es decir, que desde el día del ingreso hospitalario nada gira ni se mueve si hay una pequeña princesa con fiebre y artralgias, nadie descansa si mi niña tiene anemia o la inmunidad comprometida. Nos hace falta su risa como el respirar, la música y esos amaneceres que solo harían daño sin ella. Nos hace falta su vida más que la vida nuestra. Qué doble asesinato el de los hijos que mueren antes, el de los padres que se quedan con un vacío infinito y en pie, con el alma tropezando con violencia contra todas las cosas. ¿Qué podría contestar Dios ante tamaña injusticia? ¿Qué diría un Dios tan humano sobre la enfermedad, el sufrimiento y la muerte? Silencio, solo es posible el silencio y a veces una presencia total que solo pueden ver los que lo han perdido todo, los muy atentos, los que siguen esperando un regreso desde donde saben que nadie vuelve.


Casi una semana ya desde el gran golpe, desde el gancho en el hígado de todas nuestras certezas. Mi amigo el fraile reza por nosotros, hay un grupo de oración de un compañero de trabajo que también anda en esos menesteres, a nadie puede parecerle fuera de contexto un padre nuestro con su líbranos del mal. Amén. A mí me reconforta y lo agradezco. Todo vale para que mi hija salga adelante, me sirve la ciencia y también la fe, todo lo que esté al alcance de mis manos y lo que no podré jamás ni imaginar de tan presente y verdadero. Mucha gente se ha ofrecido para lo que sea necesario y notamos la cercanía y el abrazo de nuestros vecinos, conocidos, familia y amigos, hay un valle que se estrecha, que se pliega sobre sí mismo con cariño para darnos aliento y calor. Están floreciendo los almendros, será por algo distinto a lo de todos los años. Los pediatras son optimistas y eso se contagia, la niña está mejor y nosotros, poco a poco, vamos volviendo a ser personas. La pena más honda es animal como el aullido y el zarpazo, es aporía, nada sabe del raciocinio ni de las enciclopedias o los logaritmos. Sé que hay un dolor umbraliano, mortal y rosa, un sufrimiento que Lorca, Miguel Hernandez o Jaime Sabines balbucearon, también Manrique, entre muchos otros. Ninguno ha logrado retratar fielmente mi desgarro, ni por asomo. Mi pena es original, nueva, crucial, íntima y definitiva, mi pena es perfecta, me rompe con precisión quirúrgica, me mira con ojos de yegua en agonía, nace en mí porque viene de mi hija y conmigo morirá sin que la diga aunque lo intente en bucle, lírico, en bucle, delirante, en bucle, en loop, mi piedra de Sísifo.


Igual que cuando hay niebla en las cumbres, a veces, se esconde lo fundamental para que volvamos a apreciarlo como se merece. Lo frágil, lo roto, la ruina, el pedazo, los añicos: licores fuertes en los que mejor probamos el sentido de lo que nos da sentido. Amamos más lo amado por lo efímero, lo bello es más bello porque muere y lo transitorio permanece inmarcesible, precisamente, por la llaga terca de su fugacidad. Una familia está emborronada por el cáncer, difuminada por una boira trágica en la que se harán más fuertes sus lazos, para que entiendan su importancia existencial, para que luego, cuando escampe la tormenta, nada pueda robarles la rara luz compartida que nació de donde la luz es escasa, apenas un destello, una hoguera en la noche y en la distancia, ese fulgor que viene de donde la luz es amenazada por la muerte y pese a todo permanece, prevalece, para que algo bueno y mejor nos crezca del áspero muñón de la realidad. Esa trémula luz que resiste y nos alumbra es la luz más clara de la luz, la que surge de la noche oscura del alma, la que nos une por siempre, la más limpia y hermosa, la luz de mi luz, la sangre sin cáncer de mi sangre, la más cierta y poderosa razón de nuestras vidas.

miércoles, 21 de enero de 2026

Al final de mi calle.

 


Voy paseando a la perra por el pueblo y recuerdo que Francisco Umbral creía en la magia de lo sin magia y que Christian Bobin esperaba lo que no se esperaba. Así voy yo atravesando horas que parecen vanas e insustanciales y están repletas de oro molido. Solo hay que aprender a mirar, que no es poco. Mientras enfilo la última pendiente de mi calle adoquinada recuerdo que para Max Jacob, en poesía, lo inexpresable es lo que cuenta. Paso frente a la última casa, encalada y centenaria, y no me es ajeno Joubert anotando en su diario que si no la llevas dentro no podrás encontrarla en ninguna parte. Dijo Sánchez-Ostiz que escribir es una forma de respirar y en José Mateos aprendimos que poesía no es algo que se dice sino la única manera de decirlo. Bellas y sabias palabras para acompañarme en la ronda. Palabras, digno refugio en la derrota. Palabras, pecios del barco naufragado de la vida. 

Al final de mi calle empieza el campo, sus lenguas innumerables, caminos pedregosos, polvorientos, plantaciones, cultivos, arboledas susurrantes o taciturnas, según el momento, también están las vistas que nos sitúan en el centro del valle, a veces la niebla en las cumbres, y a veces el sol y el azul jugando como niños alegres entre gasas de leche clara y misterio. Música en las acequias, terapéutica del borbotón. Al final de mi calle se concentra la noche con su carga de constelaciones y hierba mojada, lo presentido y lo inexplicable, desde allí miro hacia el pasado y el futuro, con su salsa agridulce de errores, aciertos, presentimientos y sospechas. Pero siempre está la belleza, por encima de todo, esa gran belleza de un presente perfecto y pleno que nos vuelve ojipláticos, líricos, alados y mejores, weilianamente atentos y agradecidos, momentos irrepetibles, date cuenta, supercalifragilisticoespialidosos. Es la vida renovándose a cada instante mientras nos deja atónitos, maravillados, y viene a masajearnos el pecho si le prestamos el interés suficiente, nos resucita, nos recompone y nos salva.


Hay una pizarra negra, ahí, en el cielo, al final de mi calle, el lomo aterciopelado de un toro de lidia, algo fosco y lorquiano, doloroso, jazmines pisoteados y guitarras rotas, navajas de filos herrumbrosos, botellas vacías, poemas, hambre eternizada entre guerras que casi se solapan y parecen no terminar nunca, una época asquerosa, lo muy humano en busca y captura, asediado, tragedias griegas de rabiosa actualidad, Sófocles, Esquilo y Eurípides, clarividentes. Hay al final de mi calle un mundo en retroceso y una pesadilla que avanza, malas noticias que llegan con frecuencia desalentadora, trenes que descarrilan en un país ineficiente, políticos como alimañas, estructuras y basamentos fundamentales cayéndose a pedazos, instituciones agusanadas, corrupción, desesperanza.


Y también concurre todavía la pena penetrativa de Santa Teresa, la flecha de la transververación, Bernini y El Éxtasis, el canto roto de un gallo viejo, un pastor cruzando la noche con su rebaño de cencerros y murmuraciones, letanías, humo de imprecación, alharacas, hay al final de mi calle mil voces que me invitan a la rendición, al escapismo, voces que azuzan con violencia y tiran de mí, mil voces de puro nervio y de locura, aguanieve, amanecidas de fuego y azafrán, hay voces frente a las que sigo manteniéndome en pie a pesar del cansancio y la creciente dificultad, no lo niego, y trato de hacerlo con un verso en la boca a punto de decirse, guardando silencio todavía, llegando mal y tarde al final de mi calle, pero que llega, donde comienza el campo, por donde paseo a mi perra que no se aleja demasiado porque huele el miedo y la soledad bajo el peso del orbe desbocado, bajo la gran incógnita existencial, llega el verso, mi perra me mira con ojos de piedad canina, que es posiblemente la más alta forma de piedad, y no me juzga, y tiene un corazón de ángel barroco y peludo que perdona, mi perra me ama también por el campo, cuando la noche más oscura, y sé a ciencia cierta que nunca me abandonará aunque descienda, al final de mi calle, un poema perfecto como un filo para destruirme. 

domingo, 11 de enero de 2026

Del pan de la vida.


Han cerrado el horno de uno de los pueblos del valle. Tras toda una vida entre harinas su dueño se ha ganado la jubilación y no hay relevo generacional, nadie quiere tomar las riendas del negocio y eso es un acontecimiento trágico para cualquier zona rural. La carga simbólica es descorazonadora. Un pueblo sin horno es como un pueblo sin campanario o sin parque infantil, le falta algo fundamental, queda cojo, tuerto y enlutado, más lúgubre, doliéndose en silencio de su miembro amputado y fantasma. No habrá magdalenas para las beatas que salen de misa ni bollo de tajadas para los que vuelven de quitarles los pollizos a las oliveras. ¿Qué hogaza partiremos ahora con las manos? La de la muerte lenta de los pueblos, esa que esconde la agonía de los cuatro gatos que se quedan sin pan.

Se encuentra la chacinería sola y desangelada, y el vino, sin pan, es menos vino. Ya nadie hará las tortas para los gazpachos manchegos ni los pasteles de cumpleaños de los escasos niños. Por imperativo circunstancial suprimiremos de la dieta las rosquillas de anís, los rosegones, los palitos salados rellenos de anchoa y sobrasada, los curasanes, las ensaimadas, el pan de aceite y el de pueblo, la sacra oblea, las rosquilletas con llavoretes, los panquemaos, la calabaza asada, el agua de azahar y los hojaldres. Si queda en sombra suspendida, herida de muerte, la levadura en la tahona abandonada, quedamos un poco huérfanos todos por las aldeas y en los pequeños pueblos del valle, sin la gracia cereal, sin el trigo, ni el maíz o el centeno, sin su pizca justa de sal, sin la nata montada, sin el panadero y sus arcanos, sin ese poema perfecto que es una barra de pan recién horneada en las mañanas de invierno, brújula en la niebla, sin esa intención suya tan panaria de ser alimento, sostén, refugio y abrigo para el cuerpo y el alma de los que cada vez nos hemos quedado más solos, aquí, en un rincón olvidado, lejos de las megalópolis y las baguettes precocidas de los grandes supermercados.

Solo es posible el pan sincero para los que viven más en la intemperie, no admiten bien los sucedáneos desde su periférico aparte, en los pequeños colmados que heroicamente resisten como aldeas galas, en los pocos bares que les quedan, por los minúsculos mercados y las plazas de los pueblos que se vacían. Son una suerte de humanidad en resistencia los que todavía aprecian el pan verdadero, son el salmón que nada contracorriente. Los últimos mohicanos necesitan algo de pan artesano para seguir en pie sobre los vestigios de un mundo que con su muerte cerrará las últimas puertas, se tapiarán los quicios de las viejas casas y la mano del tiempo apagará, algún día, para siempre, la lumbre nutricia y bella de todas sus panaderías. Será la oscuridad total, algo así como borrar las hogazas de los bodegones que pintara en el siglo XVIII el gran Luis Egidio Meléndez, de forma irrevocable será el fin del mundo conocido. Mientras esto sucede, llenemos las copas de vino, cabalgad a pelo el lento animal del valle, contad estrellas en la noche penúltima de vuestras vidas, dadme un pedazo de pan como quien da un abrazo.

miércoles, 7 de enero de 2026

Resacas de año nuevo.


Los primeros días del año vamos enlentecidos, exhaustos, soportando con dificultad el peso que viene aparejado a la resaca del exceso, ese caro peaje que pagamos por tanto festival sin freno, por tanto ágape pantagruélico sin mesura. Bacanales de cordero y vino tinto, carrilleras con patatas panaderas, canapés innumerables, vermut a chorro, pasteles trufados de hiperglucemia y saturación sensitiva, torpes bailes desacompasados al límite del ángor, digestiones largas como un mal gobierno, cotillón, champán, las doce campanadas, los abrazos extremados, las conversaciones repetidas, automatismos, el turrón, las uvas y una retahíla de brindis por nuestra salud, por el amor, ay, siempre el amor, un chinchín para que algo de dinero venga, y por la muerte de algún sátrapa y el sufrimiento eterno de toda su guardia pretoriana. Pero de esta resaca se sale, en cuestión de semanas no recordamos el abuso y volvemos a estar en disposición de caer de nuevo en descuidos burbujeantes y espumosos, encanallados.

Hay otra cruda peor, más pegajosa, sostenida: la de cruzar un umbral con las manos vacías, la de cambiar de año como si nada, como si en balde, por pura inercia como la piedra que rueda por el precipicio, si me apuras, está la resaca de cruzar la frontera tan solo con algo de polvo de infinito bajo las uñas descuidadas y ralladura de lejanías que un viento metafísico y metafórico trae hacia los ojos cansados de mirar sin pausa y ver o intuir lo justo o lo innecesario. Hay resacas de ilusiones incumplidas y de sueños partidos por la mitad, de relojes parados, de brújulas sin norte y veletas que ya no giran, de la falta de juventud y la pérdida de la esperanza, de historias que ya no, nunca, del miedo tomando mando en plaza, de gastar pólvora en zopilotes, de estar perdido, de no encontrarse y sentir que ya no queda tiempo, de intentos y fracasos, de intentos y fracasos, hay resacas que duran toda la vida y está bien que así sea. 

miércoles, 17 de diciembre de 2025

La luz del mundo.

 


Barley wine infusionado en Oporto, 12 grados, viene a ser algo así como un vino de cebada, densa cerveza en la copa mientras suena nice boys de Rose Tattoo en la cervecería de los holandeses, la que hay en Ayora, en su plaza de la Glorieta. En la televisión una chimenea ardiendo que llega a calentarnos. La conversación trata sobre lo humano y lo divino, el amor y la muerte, lo sublime y la zafiedad, diálogos siempre interrumpidos por nuestros queridos vástagos. El frío se queda fuera, acechante, ocupando todas las sillas de la terraza. Hablamos también del futuro, de la casa de nuestra vida en construcción permanente, de quedarse a envejecer en el valle y traspasar sus límites lo justo y necesario.

Si uno insiste puede encontrar refugio incluso en la intemperie, en lo roto y abandonado. En valles despoblados, por pequeños pueblos que se vacían, bajo la sombra de los almeces hemos aprendido escapismo, frente a la sierra Palomera o el macizo de Caroche hemos llegado a ser invisibles, desapariciones. Qué gozo el de las nuevas amistades que sabemos definitivas, buena compañía que nos abrigará en la senda de los inviernos finales. Es aquí desde donde queremos iniciar la última parte del camino, todas esas veredas que nos quedan por recorrer, los nuevos horizontes que se multiplican al ser encarados, reflejos de piedras preciosas al sol. Los viajes soñados siempre son hacia el propio interior, iniciáticos, a las entrañas más recónditas de lo desconocido que nos habita, nos azuza y tiene nuestro mismo nombre y apellidos aunque no se refleje en los espejos. Somos siempre frontera y tierras ignotas, andar a tientas, ligeros de equipaje, huellas que son tan ciertas porque las borra el viento. Palabras, solo palabras fugaces. Estrellas mal dichas. Enigma y descubrimiento. 

Mis niños tienen fiebre, pasan las noches entre quejidos, medio en vela, en el limbo, importunados por la gripe que no cede frente a los antitérmicos ni ante nuestros cuidados. He pedido una semana de permiso sin sueldo para poder cuidar de ellos, aprovechando los ratos que me dejan libre para leer algo: Elegí perder, de Fernando Mañogil, los Cuentos completos de Joseph Roth, los textos breves que me va enviando mi querido Claudio Ferrufino. Llueve sin cesar, hay un temporal cruzando el país entero. Se acercan las Navidades y como siempre me da por pensar en los que ya no están, me crece por dentro la invasora raíz de la melancolía y me arrellano en el sillón del recuerdo, la mirada lanzada al infinito, la mente en blanco y a ver qué llega con las olas. Los niños, a poco que uno les preste atención, dan  sabias lecciones de vida. Y de muerte. Es bajarles la fiebre y empiezan a jugar, cabalgan a pelo el instante sin importarles lo que ha de venir. Ni lo pasado. Son puro carpe diem, pensamiento mágico y resiliente, fulgor poético, no saben nada del futuro y los sucesos pretéritos bien poco les importan. Aprender de ellos, ojalá fuera más fácil, quisiera disfrutar de lo poco que tengo entre las manos como lo hacen mis hijos, entre dosis de ibuprofeno y dosis de paracetamol, ese breve momento sin fiebre, con los ojos todavía velados por la enfermedad, y suenan de fondo las nanas de la cebolla de Miguel Hernández, sonriendo como sonríen, como lo hace Dios en las mañanas a pesar de la deriva violenta de su obra, como un tonto feliz que se muere y no lo sabe o como un loco inocente que sabe que va a morir y no le importa. Baño y pijamas, ya duermen los niños bajo el edredón. Luces tenues. Silencio. Quizás sueñan. Alondra de mi casa, ríete mucho. Es tu risa en los ojos la luz del mundo. Ríete tanto que en el alma, al oírte, bata el espacio.

martes, 2 de diciembre de 2025

Hongos oportunistas.

 


Aguanieve en Jarafuel, me cuentan, y ligera nevada por San Antonio. Esta semana baja la temperatura al sótano helado y nos arrastra. Y de repente regresa el frío de la infancia, ese golpe sordo que nada podía contra nuestra voluntad insobornable de juego y aventura. Pero pasaron los años y somos distintos. La ensoñación es una alfombra mágica que nos lleva directos a los brazos de los que ya marcharon, al centro de la niebla, al país del Nunca Jamás. Nevermore graznan los cuervos de Edgar Allan Poe, no volveré a ser joven, que decía Jaime Gil de Biedma. Un anciano me habla de la nieve en las montañas, por mayo, cuando la siega de la cebada, hace unos sesenta años. En su mirada hay un niño asomado que no quiere morir y yo recuerdo los charcos helados en el patio del colegio más triste del mundo, las castañas asadas junto a la estación de trenes, las cabalgatas de los Reyes Magos, a mi abuelo contando historias de indios y vaqueros o de la Guerra Civil mientras zumbaba a sus pies el viejo radiador y el salón olía a moscatel y Varón Dandy. Ahora estoy muy lejos de todo aquello pero desde el fondo de lo oscuro van subiendo recuerdos como tentáculos, espigas, hiedra o manchas de luz, humo de habanos, como una alfombra de moho aterciopelado extendiéndose sobre el terco olvido y la cerrazón.

Hay un hongo oportunista muy temido en los quirófanos, de crecimiento vertical, filamentoso, expansivo. He visto cómo el Mucor, nutrido en agar Sabouraud, llegaba a levantar la tapa de la placa de Petri con su pelusa algodonosa de esporas mortíferas. Imagínate en el pulmón, me dice mi preventivista de guardia. Las cosas invisibles, lo aparentemente insignificante, en el medio adecuado, con tiempo, al barbecho de circunstancias propicias, pueden llegar a parar una vida o reiniciarla, según el caso. Así funcionan la caricia y la mentira, el desdén, un guiño, la sonrisa, un leve susurro, el angor pianísimo, la música de las esferas o el silencio. Se limpian con celo los quirófanos, los conductos de ventilación, se cambian los filtros HEPA si es necesario, se extreman las medidas higiénicas y se limita el movimiento de personas por el área quirúrgica. Diques de contención contra la espora minúscula, muros, barricadas temporales con su talón de Aquiles, blindajes con siete llaves y un punto débil. Todo es en vano. Tarde o temprano volverá la vida para imponerse, como la flor por la grieta o el derrumbe en los ribazos, como la nube limpísima sobre los tanatorios, como viene un Aspergillus afilando su guadaña de muerte por la mesa de operaciones, como el amor, el fallo multiorgánico, la extinción de las especies, los fuegos de artificio, la pólvora, el semen, el polen y el poema, vendrá en avalancha la vida, la música, el pasado, mi abuelo con Toro Sentado y el general Custer, con Buenaventura Durruti y el cura Santa Cruz, como la nieve, como el frío y la infancia, como entra el agua del mar en los deltas de los ríos, y es bueno que así sea, para borrarnos lentamente o rompernos todas las cuerdas en mitad de un arpegio perfecto, cuentos, historias, trucos de magia, para cerrar el círculo de la mejor manera posible y de una vez por todas. 

Días de hospital.

  Un hospital se convierte en el centro del mundo, son el magma de mis días sus niños céreos y ojerosos por los pasillos naranjas, verdes y ...