miércoles, 28 de agosto de 2024

Valencia suite: 2024.

 


París suite: 1940, de José Carlos Llop, deliciosa intriga sobre los turbios años de dandi sablista y estafador sin escrúpulos que César Gonzalez-Ruano vivió en el París de la ocupación nazi. Venta de salvoconductos y pasaportes a judíos necesitados, timos con obras de arte falsificadas, cualquier inmoralidad resultaba pequeña con tal de proseguir con un tren de vida que cruzaba las noches parisinas cargado de joyas, lujo, champán y mujeres. Tras la guerra fue condenado en Francia, in absentia, a veinte años de trabajos forzados por “inteligencia con el enemigo”, pena que nunca cumplió por haber logrado regresar a España en 1943.

Pienso en mi familia ucraniana y en las diferentes formas que hay de comportarse ante una guerra. Sergei, Irina y Tania lo perdieron todo, salieron de Járkov con lo puesto y poco más. Sus coches, los pisos recién reformados, la dacha, los negocios, familia, amigos, toda quedó en suspenso, esperando la bomba que hiciera blanco y ruina de todo aquello que una vez fue su vida. Lo fácil es estropearse, volverse medio loco, dejar a un lado ética, vergüenza y miramiento,  arrasar con todo cuanto se ponga a nuestro paso. Pero ellos son buena gente, están del lado correcto, del de las víctimas que vuelven a salir adelante sin hacer ruido ni aspavientos, como si nada, por no molestar, lo que llevan haciendo desde tiempos inmemoriales sus antepasados, han vuelto a empezar aquí desde la honradez y la alegría, siempre con una sonrisa en la boca, trabajando duro por hacer realidad sus sueños, sin desfallecer. Son víctimas pero no se rinden. Aman la vida con locura. Dice Sergei que solo hay una vida, y luego Dios dirá.


Jamás harían como la ajedrecista que en Dagestan envenenó recientemente a su rival untando con mercurio sus piezas y su parte del tablero. Jamás. Pongo la mano en el fuego por ellos. No son de esa calaña. Tampoco tendrían la actitud que mantuvo César González-Ruano en el París tomado por los nazis, ni la de Maurice Sachs, escritor judío delator de judíos. Mis ucranianos son otro tipo de personas, de otra pasta, de las que vale la pena conocer y hay que cuidar en la medida de lo posible. Cuando he necesitado algo, siempre han estado ahí. Solo puedo reprocharles el poco español que han aprendido en todo este tiempo junto a nosotros. Pero ese es un mal menor y tiene remedio.


Esta tarde vendrá Sergei a tomar algo y volverá a hablarme de los murales que pintaba su padre cuando la URSS, me contará que los mongoles, ante la falta de sal, ponían pedazos de grasa de cerdo entre la silla de montar y el caballo para que fuese curándose con la sal del sudor de sus corceles durante el trote estepario, de los frutos que cogían en el campo de su infancia en Jarkóv para hacer licores o mermeladas, me dirá que de joven aprendió boxeo con un profesor judío y posiblemente nombraremos a Isaak Bábel, Odessa, el mar de Azov, su amada Crimea, de paisaje tan parecido al de Valencia, dirá, hablaremos del samagon que destilaba Tania, de cuando esquiaban por los Cárpatos rumanos, del viaje a Israel para acompañar a su ahijado por un implante coclear, de cuando trabajó en Arabia Saudí compartiendo piso con trabajadores filipinos y el día de cobro comían montañas de cangrejo maridado con whisky en cantidades industriales.


Volverá a hablarme de todas esas cosas, de todo aquello que había ignorado de mi pasado hasta hace bien poco, de una parte fundamental de mí, de la parte eslava de mi vida que yo desconocía. Le hablaré de su lado mediterráneo, de mi infancia, de ese lado latino de su infancia, entre arrozales, olivos y naranjos, muy cerca de la costa valenciana, que él, hasta hace un par de años, no podría imaginar, no sabía. Brindáremos al final de la tarde, mientras se anuncia sutil el otoño con signos tan claros que son difíciles de ver si falta la atención, cuando la brisa refresca y anuncia postrimerías, y la sombra obliga a entrar en casa a por algo de ropa para seguir la conversación, brindaremos, decía, por todas las cosas que en estos días morirán solo para regresar como nuevas, como nunca, tal vez la paz, alguna tórtola malherida, el júbilo, el deseo, unas migajas de amor son suficientes, con eso bastará, para el próximo verano.

domingo, 18 de agosto de 2024

Dichosa maldición.

 


Ensimismarse es cualquier cosa menos estar a solas con uno mismo. Pareces un dálmata de escayola en su imperturbable majestad pero por dentro llevas un caballo de Troya repleto de bulla, guerra y jaleo. Tajan tus ojos idos como cuchillo de almogávar. ¿Qué se hizo en tu sangre enfebrecida de la calma y la quietud? Faltan décadas de práctica meditativa intensa y puede que cientos de varazos en la espalda mediante la caña reglamentaria de bambú (keisaku) de algún maestro zen perteneciente a la escuela Rinzai. Pequeño saltamontes, resiste un poco más, no desesperes ni tires la toalla. Lo bueno tarda en llegar o nunca llega.

A poco que uno se quede aprisionado en sus adentros, desfilan gárgolas góticas y antiguos fantasmas nipones, crepitan goznes y cadenas en la bodega, suenan hipidos apagados, carcajadas dementes, peroratas, filípicas excesivas, brulotes obstinados, al otro lado de la pared desconchada y cetrina, intramuros, bajo la dermis, entre asaduras, miedo, incertidumbre y mondongos varios, ahí las bestias, los endriagos, todos tus monstruos, esperpentos. Todo lo que nos hiere largo tiempo y regresa y no nos deja en paz y regresa de nuevo a la carga es un espectro, un viejo conocido de límites imprecisos como de bruma o picadura que viene a visitarnos sin permiso, vendedor de humo y crecepelos, falsas soluciones milagrosas en la hora más inadecuada. Bumerán de incordios, lo que duele y pesa es ese vacío existencial que es un hartazgo del alma, tanto desperdicio apilado, la luz de los días inadvertida, su joyel en extravío, nos rompe ese esperar en el bar de la derrota por si regresa la felicidad de un tiempo ya perdido, alguna revelación inicial velada nuevamente, tal vez, tres o cuatro epifanías.


Es de sabios rebajar las expectativas, reconocer nuestras limitaciones, dejemos lo absoluto a los filósofos, también las aporías, podemos desear solo la calma o algún instante pequeño, grato, humilde, animal de compañía erizándonos la piel como lo hace la caricia de un viento amable bajo las parras o la higuera de una casa encalada en el centro de un verano de campiña inglesa o mediterránea, plantaciones de té o lavanda, también aquella hierbaluisa que llenaba un patio interior de una casa con linaje en Jaraíz de la Vera que nos iba emborrachando mientras le dábamos poda y conversación.


Guido Finzi dice que las cosas sencillas son menos agresivas para el espíritu, como él, quiero espetos de sardinas asadas en la playa de la Carihuela, un vinho verde de Ponte de Lima, pasear por las viejas juderías sefardíes, por ciudadelas medievales amuralladas, con calles empedradas y soportales, balcones en voladizo, campanarios, iglesias, catedrales, belenas, callejones, nieve en los inviernos y tardes infinitas de libros, crepitar de chimeneas, conversaciones fraternas, amor y tragos lentos. Que suene un piano en la distancia por Satie o Chopin, cualquiera vale para regodearse en el dolor, extraer la miel dulcísima del opio amargo de la muerte y sus esbirros. Algún iconostasio ortodoxo traído desde Járkov, reproducciones de las telas más emblemáticas de Chagall, su Crucifixión blanca, por ejemplo, Henri Matisse, La alegría de vivir, Gaugin, George Braque, alguna veneciana de Signac, saber que no muy lejos queda la costa, aunque nunca acudamos a pasear por la arena de sus playas. La bondad, abrirse de par en par a su paso, a pesar de que escasas veces aguijonee nuestro oscuro cuerpo perdido tendente al pillaje y la rapiña.


Una vida prosaica es una vida tullida, algo crucial le falta. La levadura, el fundamento. Poesía, poesía, como la sal que arregla los guisos y los besos que apañan lo averiado, vendaje, friegas que olían a alcohol de romero, manantiales, poesía, la casa mítica de la infancia en la que, como escribiera José María Álvarez, errarás por sus salas vacías buscando algo, que solo tuviste en el principio y verás al final, dichosa maldición, poco más tenemos, poesía, para soportar tanta intemperie, este puro éxodo de leprosos arrastrándose por angostos caminos entre rosaledas de pétalos perfectos y espinas afiladas, hacia un desierto o una noche interminable, fue la vida y se fue la vida, poesía, los oasis, las estrellas, poesía, para oler el salitre cuando el mar todavía queda insoportablemente lejos y nos fallan las fuerzas.

domingo, 11 de agosto de 2024

Agradecido.


 En el buzón, Fermat’s night, una plaquette del poeta malagueño David Delfín, a quien tuve el honor de acompañar en la presentación de su poemario Equívocos Árboles Caligrafías Personas en la librería Imperio del barrio de Ruzafa. También, Préstame tu nombre, la última novela de la autora venezolana Niria Suárez, que vive en Florida junto a mi querido amigo Antonio Mantilla. Termino con el magnífico Relato cruento de Pablo Antoñana, historia de brutalidad y venganzas ambientada entre la segunda guerra carlista y la guerra civil española, y me pondré con ellos sin más dilación.  

Pienso en toda la buena gente que me ha aportado la literatura y me siento afortunado. Los primerísimos consejos de José Mateos, el magisterio y la amistad de Antonio Praena, un libro a ocho manos junto a Jon Bengoetxea, Michel F. Y Daniel Rivallo, la generosidad de Javier Sánchez Menéndez al ofrecerme la posibilidad de publicar en La isla de Siltolá, un nuevo hermano en Madrid llamado Víctor Colden, el interés por mi obra desde el primer momento y la cálida hospitalidad de Sihara Nuño y Juan Manuel Uría de la librería Noski! de Errenteria, la gente de la revista Purgante que aceptó mis colaboradores sin pega alguna y me hicieron sentir uno más de su gran familia, Hilario Barrero y sus Cuadernos de Humo, la lectura desprendida y sincera que Vicente Gallego hizo de mis poemas, la obra superlativa, en la que poder mirarse siempre, de un escritor total como lo es Miguel Sánchez-Ostiz y la suerte de poder intercambiar libros y palabras afectuosas con uno de los grandes, y a través de él llegaron el inefable Pablo Cerezal y el boliviano Claudio Ferrufino-Coqueugniot, que siempre siento cerca, amigo ya, inspiración y acicate. El lujo de ver mis textos en su blog Sugiero leer y también en el blog chileno, capitaneado por Jorge Muzam y Maurizio Bagatin, Plumas hispanoamericanas. Y pido ahora mismo disculpas por los muchos más que en estos momentos no puedo recordar y me dejo en la trastienda, la recámara o el tintero. Según. Les debo más de una y lo saben.


Domingo de agosto, se arrastra lento por la ola de calor un reptil antiguo, la tarde me abre en canal como la quilla de un barco parte las aguas oscuras del Sena mientras en el sofá, de reojo y con el justo interés, veo algo de las olimpiadas. Van saliendo de mis profundidades versos innumerables como espumas que ya son de todos y de nadie, escolios que me nombran, palabras que he recibido tan de gratis y me sustentan, pienso como Mateos que el alma que agradece, ¿qué podrá mancharla?, y que, como canta Praena, no sabe del amor quien sale indemne de la vida del otro. Digo como Bengoetxea: nos alejamos tanto de nuestra infancia que llegamos a creer que lo que no vemos no existe, y he sentido junto a Michel F. que la autoexigencia suple la falta de enemigos, con Rivallo quisiera ser breve, de forma profusa. Sánchez Menéndez me ha enseñado que la naturaleza tiende a mostrarse, y es transparente, y de mi querido Víctor Colden aprendí que algo le falta a la belleza cuando se disfruta a solas.


Al igual que Sihara Nuño, si he de elegir, elijo lo desconocido, llega Uría con sus pinceles y como él no entiendo nada. Y nace en mí una flor. Y no me lo explico. Hilario Barrero afirmará desde Brooklyn, resolviendo alguna duda, que escribir poesía es sacar la palabra de paseo, vestida de domingo, y que al ver una rosa se desnude. La pasión humilde de Vicente Gallego aparece en escena y recuerda que no habremos sido nadie pero un hilo de voz allí en lo cierto agradecía. Miguel Sánchez-Ostiz sentencia que el fracaso de un escritor es dejar de escribir, desertar, abandonarse… lo otro es falta de éxito, algo que no depende de él. Pues eso, no queda otra que seguir, como el maestro, reincidir, tratar de hacerlo mejor que quienes éramos ayer, honestamente, sin autocomplacencias, y Pablo Cerezal apostilla con conocimiento de causa: si has de ser error, traga barro como si no existiese la belleza. Ya estamos todos sentados a la mesa, celebremos. Al fondo, Claudio Ferrufino apura una copa de vino tinto de Tarija, guardando un silencio cargado de voces y sentidos tras determinar que hay tanto para decir y la garganta de los dedos se ha secado. No se me ocurre mejor manera de pagar tanta deuda, de agradecer tanto regalo, tanto pecio valioso en la playa desierta que he sido, en las arenas movedizas, múltiples y poliédricas que me definen. Sea este pastiche un abrazo, una ronda de alegría que corre por mi cuenta, cuando tantas veces calmé mi sed en la sed de los otros y renací, no lo esperaba, de las cenizas vuestras. 

lunes, 5 de agosto de 2024

Todos los agostos.

 


Vienen, clamando justicia, se congregan, repleta dejan la terraza en sombra, todos los agostos de mi vida solicitando hueco y atención, tablao, escenario y platea abarrotada. Aquelarre de rostros e instantes desdibujados, escenografías goyescas o de Gutiérrez-Solana, también de Sorolla, claro, o de Berthe Morisot y sus recogedoras de cerezas. Agostos eternos de niño en los bloques de astilleros de la avenida de la Malvarrosa, agostos en una avenida de luz cerca del mar. La abuela Amparo era vecina de Tonica la pescadera, su mejor amiga, y siempre tenía en casa buen producto para elaborar platos de cocina marinera, mis favoritos eran la sepia sucia, la titaina, el mero o los calamares encebollados. En la galería, un ligero perfume de anís saliendo del botijo sudoroso. El abuelo Luis, ya ausente, seguía contándonos historias del lejano oeste, de las mil y una noches y de batallas perdidas no tan lejanas como podríamos suponer. En el salón las obras completas de Blasco Ibáñez, Tolstoi, Dostoievski, casetes de coplas republicanas de cuando la Guerra Civil, don Quijote y Sancho Panza tallados en madera por el abuelo siempre presente, enigmático y mítico, con su gabardina y el sombrero de ala ancha, porque ya hacía unos cuantos años que no estaba, se fue al galope, montado en un cáncer de hígado con crines de escarcha y humo, dejando el vacío y la desgarradura.

Agostos de juegos innumerables, de fútbol sin cesar en las calles polvorientas, pillapilla, globos de agua y un, dos, tres, pollito inglés, veranos de literas como barcos surcando mares procelosos con los primos que ya no trato, días de aventura y descampados, niños sin horarios ni límites precisos. El miedo todavía era menor que la alegría. Después vinieron los agostos adolescentes, los del joven solo en el piso de Valencia, muy cerca de la estación y el mercado del Cabañal. Agosto de parques con litronas, locales de ensayo por el camino hondo del Grao, calimocho a espuertas, garitos de mala muerte y peor fama. Agostos entre Bob Marley y el Master of Puppets de Metallica, de noches largas en las que la marea subía violenta hasta las comisuras de los labios sedientos y los días eran lagunas calientes, sudor y calambres en jóvenes de pronta recuperación e inmortalidad a flor de piel. También hubo agostos que pesaron mucho, dejaron profunda mella y que resulta imposible recordar.


Paréntesis, formateo del disco duro, compuertas que se abren y cierran a su antojo, el curso interrumpido y reiniciado, pasan los años y van llegando los agostos adultos del pluriempleo por hospitales, psiquiátricos y ambulancias, centros de salud y postas sanitarias en las playas de la costa valenciana, agostos que se suceden dejando hijos, viajes, rupturas, mudanzas, cansancio, también ilusiones renovadas, lo inesperado, nuevas y doradas oportunidades. Agostos como este agosto de lecturas lentas, de tragos pausados, de jardín y piscina bajo los pinos. Borges, Salgari, Bukowski y otros asideros imprescindibles nacieron en agosto. Agostos como este mes de trabajo y familia con hijos nerviosos sin vacaciones, estabulados, la casa como una olla a presión, la ansiedad, puedo oír el silbido, días sin turismo, sin alternativa, lo mismo de siempre pero agotados, ni un solo lugar al que escapar por un rato de uno mismo, de la frustración, ni mucho menos de los otros, de su agresividad, agosto asfixiante sin otro oasis que estas frases, sin otro refugio que unas cuantas palabras mal escogidas, aproximativas, torpes, mezcla de agua fresca y sal, de arena del desierto y leche de coco, rara mixtura agridulce de carne asada y tarquín, cerveza fría y chiles habaneros, sexo entre animales y éxtasis divino, agostos de muerte y resurrección, de esperanza y desamparo, de lenta muerte a secas.


Imagen: terraza en agosto.

viernes, 26 de julio de 2024

Por el valle de Ayora.

 


Fin de semana en el valle de Ayora, lugar fronterizo que linda al oeste con Castilla-La Mancha, a unos cien kilómetros de la costa valenciana. Vamos buscando posibles destinos para cuanto nos toque elegir plaza en propiedad a final de año. Nos alojamos en Ayora que con algo más de  cinco mil habitantes es el municipio con mayor población en la zona. comemos un par de veces en el restaurante Pinea, excelente, debe de ser de lo mejor de la comarca. Rape marinado en miso, gamba blanca de Cullera, arroz de callos de cordero, jabalí con una salsa tipo satay, ciervo marinado en vino blanco y chuletón de vaca con 85 días de maduración entre otras pequeñas alegrías generosamente regadas con un tinto de la bodega alicantina Pepe Mendoza, variedades monastrell, giró y Alicante Bouschet.

El castillo de Ayora perteneció a Mencía de Mendoza, marquesa de Zenete, humanista discípula de Juan Luis Vives, la cual enriqueció y embelleció la fortificación con pinturas, reformas arquitectónicas y finísimas artes suntuarias. Muchos años después, durante la Guerra de Sucesión, las tropas de Felipe V destruyeron y saquearon la fortaleza. Casi todas las poblaciones del valle tienen su propio castillo. Tierras fronterizas, tierras defensivas. Codiciadas. Durante las guerras carlistas, además del de Ayora, dicen que también fueron de importancia como refugios los castillos vecinos de Jalance, Jarafuel y Cofrentes. 


Cenamos en una terraza de la plaza Mayor de Ayora con nuestra compañera Rosa, su familia y amigos. Hablo largo y tendido con David sobre grupos que él disfruta todavía y que yo escuchaba en mi juventud primera: MCD, Kortatu, RIP, Extremoduro, Slayer, Metallica, Eskorbuto, Bad Religion, The Ramones, Iron Maiden, Helloween… la banda sonora de unos años que aparecen distorsionados, brumosos de tan lejanos, desdibujados, parece que apenas fueron reales. Luego descubrí el blues, el soul, la música negra, aprendí con estas músicas que el sufrimiento se puede cantar y que algo muy adentro de nosotros se reconforta al dejar fluir la voz rota de un alma malherida. Mi hijo Marcos consigue un nuevo amigo en cuanto llegamos, en cuatro días sería uno más del pueblo, los niños echan raíces rápido y en cualquier lugar, como el romero que parte la piedra si es preciso. En estos lugares las familias con niños suelen ser bien recibidas, hay que repoblar los fundamentos y la esencia, volver a la ausencia de complejidades. Soñamos despiertos con una vida amable, casi idílica, de aldea, dejando a un lado, por el momento, aquello de pueblo pequeño, infierno grande. A menudo olvidamos que todo locus amoenus colinda con un locus horribilis, no es infrecuente que un infierno nazca del centro de una Arcadia perfecta y dichosa.


Recibo casi al mismo tiempo la noticia del cáncer de la estanquera y el suicidio en Italia de un antiguo compañero de estudios. Pena y estupor. Elena y Pavel juegan a la ruleta rusa cada vez que pasean las calles de Járkov, por unos minutos se libraron de un bombazo hace unas semanas y el otro día la decisión de no ir a refrescarse a la piscina municipal les ha evitado una muerte casi segura. Valentía o insensatez, quizás ambas cosas. Hay que seguir con lo cotidiano a pesar del terror. Comenzamos a enumerar muertos recientes y no puedo evitar pensar en la familia desgajada, la que tanto amábamos, como esos planetas a la deriva, describiendo órbitas erráticas entre nebulosas y polvo de estrellas extinguidas que se alejan cada vez más y más sin remedio. Otra forma de muerte, el olvido. Es imposible emprender viaje alguno sin sobrecarga de equipaje en el corazón, la vida es herida y cicatriz, carga y descarga, campanas de bodas y de difuntos, pétalos de rosas, espinas, palomas en vuelo hablando de paz y sucias buitreras llenas de hambre despiadada. 


Desde Ayora vamos pasando por todos los pueblos hasta llegar a Cofrentes, donde confluyen el río Júcar y el Cabriel. Las dos chimeneas de la central nuclear no dejan de exhalar vapor de agua en forma de nubes blancas alargadas como cuernos retorcidos o cucuruchos de nata. Leo en sus ráfagas desflecadas el aviso de que todo tiene su haz y su envés, su cara y su cruz. El progreso va siempre por pasarelas inestables sobre un abismo pavoroso. Bajo la inteligencia artificial, un foso lleno de cocodrilos que requiere templanza y cautela. Hacemos una impresionante ruta fluvial en un pequeño crucero por los Cañones del Júcar. Nos hablan de su flora y fauna, de los caminos de herradura, de la pesca del black bass, el lucio y el alburno, de la antigua cementera y de los maquis que, tras la Guerra Civil, por aquí se escondieron durante años como fue el caso de Basiliso Serrano, El Manco de Pesquera, detenido en Cofrentes, juzgado y fusilado en Valencia.


Nos dejamos muchas cosas por ver para así seguir deseando un pronto regreso: el volcán de Cerro Agrás, el Castillo de Chirel, las Cuevas de don Juan, el balneario, cómo no pasar por la ermita de la Soledad, la que tarde o temprano nos toca experimentar a todos en los momentos cruciales de la vida. Regresamos a Cheste por la fuente de la Chirrichana con su tramo de carreteras elevadas y sinuosas, bellas vistas de embobarse entre pinadas, seguimos por aldeas como Los Pedrones, La Portera, El Pontón, en la mirada la caricia de los viñedos, hasta llegar a Requena donde hacemos un alto para comprar su delicioso bollo con jamón y salchicha, cargamos embutidos, queso de cabra, lomo de orza, una buena ristra de longaniza pascuera, pan y algo de vino del terreno. Tras la parada técnica para desagües y avituallamientos llegamos a casa en media hora escasa a ritmo de Otis Redding, cansados pero con la certeza feliz de que otra realidad más humana existe todavía, que aún cabe la posibilidad remota, el derecho irrenunciable a escoger el camino menos transitado, la orilla más lejana, la aldea, los humedales, la fronda, y mientras tiembla nuestro reflejo en las aguas claras del río, desaparecer al caer la tarde sobre el curso esmeralda del Júcar, desaparecer como un pez que rompe el anzuelo, como un niño se fuga por la madeja de su imaginación, como se borran las almenas en la niebla y la alambrada no se ve cuando el amor, cambiar ya la vida, de una vez por todas, quemar el último cartucho, desaparecer.


Imagen: Cofrentes.

miércoles, 17 de julio de 2024

Confidencial de espectros.

 


Ese cajón en el que metes la mano contiene alacranes, agujas de coser a mano, tijeras abiertas, cuchillas de afeitar oxidadas, la vida que no quieres recordar y te envenena. No siempre fuiste tan poco desequilibrado, tan poco sanguíneo, hubo un tiempo de zozobras y brújulas desnortadas. También naciste en el siglo XX, brutal siglo de monstruos. Hay cajas que no has podido abrir, tu propio museo de los horrores. Como a Raúl Zurita, te hablan ahora los rompientes de tu vida. La memoria tiene sus riesgos, su oneroso peaje, gavetas que no cierran y dejan entrever, impertinentes, en los momentos más inesperados, la vida desperdiciada, una hilera de velas kavafianas consumidas, y por encima de todo, metiendo miedo, el vuelo avieso y rapaz de los errores irreparables.

Se te nota en la mirada, vas como ido, espectral, escudriñas de vez en cuando ese infinito que en tu caso es otear casi siempre hacia atrás con los ojos en blanco satén, como en trance, cabeceando ausente y compungido. Retrospectivas recurrentes hacia el pasado irremediable, te ofuscas y te reconcomes, se te agrian en la boca las cerezas y el buen vino, los días soleados se emborronan, suenan cerrojos, puertas atrancadas, los perros callejeros van ladrando a tu paso. Hueles a tabaco rancio, ropa húmeda y pólvora quemada. Alcoholes recios en compañía dudosa por locales turbios. Arengas, soflamas, peroratas y diatribas, el odio y la ignorancia en sus variantes innumerables copulando violentos sobre un corazón ignaro y curioso, de niño desatendido, de niño espantado, solitario, asolando los mejores años de tu juventud. Como le sucedió a Luis Rosales en el poema, puedes afirmarlo con rotundidad: me he equivocado en las cosas que yo más quería


Sobre la dulce música del canto monótono de los gorriones llega a la terraza, partiendo  de súbito la calma, el grito agudo de algún pájaro oscuro, mensajero de desgracias, impertinente, sus alas cargadas de símbolos. Así sucede también con algunos recuerdos que llegan parásitos, invasivos, tentaculares, reproduciéndose por esporas, aguando la fiesta, malbaratando la grata invención de un pasado idílico a nuestra medida, nos fue arrebatado sin piedad ese opio que adormece y reconforta. Estamos de nuevo perdidos entre divagaciones, flagelos romanos y esos necesarios mea culpa que vienen con mucho hielo y algo de soda en vaso tallado para whisky de fino cristal bohemio. Todo entre niebla, mucha niebla.


Entretelas, intersticios, intramundos, fuerapuertas. En cada recóndito recoveco hay la remembranza de un suceso indeseado, un tropiezo moral, el fallo en el relato ideal de una vida. Goteras, filtraciones, humedades que calan desde el pasado, la termita insaciable de la realidad horadando la impostura. Punkis, heavies, skins y otras hierbas. Pasquines revolucionarios, cartelería propagandística, afiches de la demagogia uniformada, grafitis hirientes, murales estúpidos, aluminosis del alma, torcimientos del espíritu. Anarquías, comunismos, neofascistas, encantadores de serpientes y otras sectas destructivas que vendían paraíso y libertad al módico precio de una servidumbre incondicional como quien vende humo o crecepelos mágicos. Canalladas. Banderías. En toda manzana podrida hay un escalafón, un estamento, una estructura piramidal expandiéndose. Alguien que saca beneficio y vive sin pegar un palo al agua. Todo fue entre el final de los ochenta y el inicio de los noventa. Qué estúpido, qué iluso fuiste. Cómo podrás perdonarte.


Y el culmen fue beber de todos los dogmas hasta el hartazgo, de todas las quimeras hasta llegar a niveles tóxicos incompatibles con la vida, todo bien revuelto, insufrible, para acabar finalmente solo, desengañado, para salir de la crisálida y la ceniza, de la horma y el rebaño. Tocaste todos los extremos y de todos sacaste las manos heridas. Desconfías de los grupos sociales desde entonces, sabes de lo que son capaces. Clanes de alimañas, manadas que arrasan con todo a su paso. En cada tribu hay alguien que te recuerda con desprecio, con rencor, no eres ya de nadie y les eriza la osadía, si pudiesen, no lo dudes, te lo harían pasar muy mal y a cuchillo.


Crepúsculos alucinados, fantasmagorías, te nublaste tú y se nubló la tarde. Otro trago lento, amargo, de un licor peligroso que en ocasiones viene de visita, mientras se va oscureciendo poco a poco el horizonte y giran en el sentido contrario las manecillas del reloj. No llega el sueño todavía, sufres, lo aceptas, a veces hay que pagar caro por tanta desfachatez. Eres un espectro desvaneciéndose, lo he notado en tu cansada voz de ultratumba y en esa imagen deshilachada detrás de mí, por los espejos. Qué lejos estas de todo aquello y cómo te persigue. 

sábado, 6 de julio de 2024

Las adelfas.


 Hay adelfas de flores blanquísimas junto a la piscina. A veces, me quedo absorto en su elegancia cuando salgo del agua. Pienso que deberían ser comentadas en cualquier tratado solvente de estética. Son el resumen perfecto, la amalgama definitiva entre lo bello y lo terrible. Quién podría sospechar de primeras el veneno en una planta tan común por estas tierras, que abunda por caminos, jardines, carreteras, arcenes, medianas, redondas, parques y descampados. Es difícil atisbar lo letal en flores tan vistosas, tan traicioneras. Como sucede con el ser humano, es más fácil ser pérfido cuando se desfila entre los apolíneos, la mayor falacia llega tras unos ojos de un azul eléctrico y un traje a medida, el peor crimen viene de la mano de un necio con inmunidad parlamentaria, de arengas que suelen hablar de fe, entrega y sacrificio. Hombres como adelfas siempre hubo en Moscú, también en Washington. Ahora pueblan la faz de la tierra toda barajando prestancia y ponzoña.

Federico García Lorca le cantó a la adelfa como símbolo del amor, Blanca Andreu robó vuelos de adelfa y alarido, Van Gogh pintó un jarrón de adelfas en su etapa en Arlés y Joaquín Sorrolla las del patio de su casa. De hojas parecidas al laurel, pero ricas en un potente tóxico llamado saponina, cuentan que en la guerra contra la invasión napoleónica, por la serranía rondeña, murió envenenado todo un batallón francés bajo sus efectos. Su nombre en griego tiene que ver con Nereus, dios de las olas del mar, dicen, padre de las nereidas, hermosas ninfas del Mediterráneo, auxiliadoras de los Argonautas. A la adelfa en valenciano se le llama “baladre”, vocablo procedente del latín “veratrum” que significa “raíces oscuras”.


Los agrónomos medievales documentaban su uso para envenenar alimañas y como insecticida natural, en medicina se han empleado sus principios activos como cardiotónicos, antiinflamatorios y diuréticos. Si las escuchamos atentamente, las adelfas nos hablan del peligro que se esconde tras la belleza, dicen bien claro que no existe nada inocuo, que todo tiene un precio. Contienen la dualidad, la complementariedad y el equilibrio de fuerzas contrarias, como si de un yinyang valenciano se tratara, susurran que hay quien encontró en sus hojas una puerta de salida y que hay quien halló asideros en sus flores, motivos suficientes para quedarse un poco más. Cómo permanecer impasibles ante la gracia mortal de las adelfas, ante el violento encanto de sus pétalos, cómo no amar sus besos de azúcar y cianuro.


Imagen: adelfas blancas, atisbo de piscina y pinada al fondo.

Regresar al valle.

  La niña comienza a caminar tras dos meses desde el diagnóstico de la enfermedad y el inicio del tratamiento. Ya estamos en la segunda fase...