miércoles, 27 de septiembre de 2023

Recuerdos de anís.


 Pastis marsellés bien cargado de hielo en la terraza frente a las lomas en sombra y acude inmediato el recuerdo de aquella trilogía de Jean-Claude Izzo, magnífica novela negra ambientada en Marsella, en la que descubrí de la mano de Fabio Montale, entre otras muchas cosas, la existencia  ahumada y salina del inigualable Lagavulin y al cantante argelino Lili Boniche haciendo de la nostalgia canción con su Alger, Alger. Además desfila ante mí, entre tragos lentos, aquella boda por la campiña de Aviñón, más larga que una boda zíngara, en la que alguno que otro terminó al borde del coma etílico, con la camisa partida, entre los coches del aparcamiento. Amigos ucranianos y bolivianos me comentan que sus fiestas también son extenuantes, excesivas, maratonianas. No importa la cultura, el estrato social, el país o el continente, en la celebración y en el duelo, el alcohol siempre abunda alrededor en cantidades industriales. La música también, pero de una manera más irracional y misteriosa, chamánica, rozando lo ritual y lo mágico.

Dice José Mateos, “cuando escucho la música y me conmueve, ya no soy yo quien se conmueve”. No se me ocurre una mejor manera de decirlo y me da rabia no haber podido acudir hace unos días, por el maldito covid, a la presentación que hizo de La hora del Lobo en Valencia, su último poemario hasta la fecha. Mateos es un poeta de los grandes, uno de mis favoritos, trato de comprar todo lo que publica. Su palabra clara y honda logra lo más difícil: hablar sobre los grandes misterios de la manera más limpia y cristalina, con temblor, como hablan sobre la vida el agua que corre, el aire en su fuga y la nube que pasa. Conmigo siempre ha sido muy generoso y le estaré eternamente agradecido. Fue el primero que aceptó leer un poemario mío, cuando todavía no había publicado nada, y me hizo el gran regalo de sus sabios consejos y sus valoraciones sinceras, sin lisonjas, realmente útiles, curas de humildad por la vía rápida. Para crecer es necesario desprenderse del ego y de las alas, aceptar lo que no esperábamos escuchar, saber que podemos mejorar si honestos dejamos que llegue la ayuda y nos trastoque los planes que durante demasiado tiempo han dado en nada o en poca cosa. También fue el primero en llamarme poeta, lo cual todavía me ruboriza y a la vez me motiva a seguir contando sílabas. Aquel primer poemario que leyó José Mateos ya no existe, o no debería. Si queda algo de él no sé por dónde andará, en qué cajas mohosas o en qué baúles perdidos ni se sabe dónde, por fortuna. Ha cambiado mi voz, los temas o su tratamiento, mi forma de expresarme. Soy otro, escribo de otra manera, no miro igual, no veo lo mismo.


Después vino Antonio Praena, con igual generosidad, a obsequiarme su magisterio. Una suerte y un lujo haber podido contar con un poeta así en mi ciudad, tan accesible, alguien a quien hoy considero maestro y amigo. Y se fueron sucediendo los proyectos poéticos, y parecía que sí pero resultaba que no, algo faltaba, algo fallaba en cada una de las tentativas, cundía la desconfianza y el desánimo, la duda, todos los intentos terminaron al fondo de algún cajón irrevocable riéndose con insolencia de mí. Divago. Otro pastis, por favor.


El aforismo, de  una manera natural, fue desplazando a los poemas que hoy casi no escribo. Algún haiku sí, tankas, algo en arte menor muy rara vez, pero nada de los endecasílabos que trataba de hacer perfectos a lo Julio Martínez Mesanza. Ya vendrán los poemas si tienen que venir, no desesperes, dice Antonio. Me tranquiliza, yo también lo creo así. Paciencia. Pero como decía aquel, que cuando vengan las musas me encuentren trabajando. En su lugar, tres libros de aforismos, uno de ellos a cuatro voces y ocho manos. También estos textos breves que voy compartiendo regularmente en mi blog y que no sé muy bien hacia dónde van, hacia dónde me llevan. Cae la noche en la terraza y yo que insisto en mis cuidados. No queda hielo. El pastis se inventó en 1916 como sustituto de la absenta recién prohibida. Anís estrellado, anís verde, hinojo, regaliz y otras hierbas, el grado alcohólico máximo que la ley permitía, tal vez la bebida de moda entreguerras, todo muy modianesco, después llegaría la Segunda Guerra Mundial, el gobierno títere de Vichy, para arrasar con todo, para crear un mundo peor, para que la gente volviese a beber duro buscando ansiosa algún olvido momentáneo o el hundimiento definitivo. ¿Queda pastis? Noto un vaivén, escucho el recio rumor de las aguas desatándose, siento cómo me mece cada vez más violenta la corriente, la casa entera se desprende, se desgaja de la tierra y allá que va, surcando lo oscuro, palabra y melodía resultan hoy pequeños fanales de luz insuficiente, no tengo otra cosa entre las manos, no hay otro fulgor que llevarme al alma. Ilusiones derrotadas, sueños deshilachados, cascarilla, picadura, la copa vacía y rota, los días desportillados. Mi familia duerme ajena a esa otra delirante realidad que vivo a solas y me alivia su descanso plácido, la maldición no les toca, todavía están lejos de esa herida, y yo voy adentrándome en un viaje dans l’Hivern et dans la Nuit, insomne o sonámbulo, ya no sé, buscando algún camino posible, una vía de escape, dans le Ciel où rien luit.

martes, 19 de septiembre de 2023

Hijuelas, barrancos y derrotas.


 ¿Para qué caminar ausente por los campos? ¿Por qué perderse por las sendas y las trochas, por hijuelas, barrancos y derrotas? Para alejarme un poco de mí y de las tercas circunstancias, también de vosotros y vuestros filos, de este mundo escacharrado, tomar perspectiva y si es posible, además, para mejor encontrarme y conocerme en el extravío. Por intentar dormir a Claudia que ayer tuvo su primera fiebre y anda un poco inquieta, pachucha. Un hijo enfermo es la constatación del gran absurdo universal y de algo todavía mayor: el amor y el sufrimiento que unos padres son capaces de acarrear sin doblegarse. Aporías, misterios que guardan misterios. Tras los primeros pasos, se apacigua el avispero del corazón en cuanto tomo el camino de la cantera, entre naranjales y viñedos geométricos, pinos, algarrobos árabes, olivos y almendros grecolatinos. El cielo, un trapo sucio, anuncio de tormenta inminente. Este septiembre viene pasado por agua y vinagre de inclemencias. Los cañaverales, mecidos por una brisa que anuncia el final del verano, arpegian un rumor sedante, caricia, consuelo del alma.

Los caminos rurales, sus bordes pedregosos, van llenos de hinojo y romero en flor. El fruto del lentisco luce estos días de rojo pasión, imponente. Encuentro también en las orillas de las veredas la hierba de alacrán, zapaticos de la virgen, espino negro, coscoja. Junto a un contenedor de basura, a la vera de unos bancales, crecen lantana, ricino, la olivarda de preciosas flores amarillas y algunas mal llamadas malas hierbas. Por los herbazales creo distinguir la delicada flor rosada del dragoncillo. Y hay muchas más especies de las que nunca sabré el nombre, de otras ni su existencia, tanta delicia sospechada y por siempre desconocida. Y así he pasado media mañana, como un Livingstone de secarral descubriendo la campiña chestana, cruzándome con tractores y vecinos hasta que Claudia se duerme y yo me borro entre lo pequeño, humilde y frágil del mundo, junto a lo que siempre está ahí reafirmando la vida aunque nadie preste atención, hablando por los codos en silencio, con lo que refresca y alumbra aunque no haya salido el sol y gobierne un bochorno pegajoso que aprieta duro antes de que las nubes descarguen la esperada lluvia que suele llegar escasa, tibia, insuficiente.


Lo visto en el paseo fue un espejo claro de lo que de mí no había visto todavía. Y lo tenía delante, a la intemperie, gratis total, entregado en dadivosa desnudez, oreándose, libre. Todo me contaba una historia íntima, la esencia más propia de mi ser y dónde era mejor mi estar. Y yo escuchaba fuera del yo, con todos los sentidos como antenas, en carne viva. De regreso a casa vi el jazmín irresistible, sus pétalos de seda limpia tocados por una tímida luz, cubriendo una reja herrumbrosa con miramiento y elegancia, y en su gesto delicado me habló de un instante mínimo, perfecto, tal vez único, en el que no estaba ni la reja, ni el óxido, ni el tiempo, ni el carrito de bebé, tampoco mi mirada torpe, ni siquiera mi ceguera. Todo era el jazmín y nada más existía. Y no importaba. Me tambaleo, se me cae encima hasta la cordura que me falta. Claroscuros. Amargas revelaciones. Deseé la destrucción de la belleza, su erradicación. Sigo celebrando lo efímero de su arrollador encantamiento, lo fugaz de su existencia entre lo feo. Todo fue el jazmín y sus raíces oscuras, constrictoras, queriendo retenerme. Sentí un escalofrío, una congoja súbita al salir aturdido y desorientado de esa extraña plenitud que por un momento, tan hermoso, terrible, me había subido hasta el cielo, me había robado a mi hija Claudia.


Imagen: Viñedos chestanos.



jueves, 14 de septiembre de 2023

Cuarenta y seis.


 Cuarenta y seis. Hoy es mi cumpleaños. Para la ocasión escribí un texto pretendidamente celebratorio sobre el que se posó un tono sombrío que me estaba disgustando. Tarquín del alma y la memoria a borbotones, dietario incómodo, quintal de grava en los zapatos. Rómpelo y a la trituradora de papelones burdos, a la hoguera donde terminan esos folios impostados, tediosos, que resultan más falsos que un euro de madera. A veces, la teatralidad, el exceso de literatura, también la ambición artística, esconden, ocultan la realidad desnuda, lo cierto, lo verdadero, lo auténtico, ese raro joyel que todos buscamos en el barro de la pocilga, entre legajos barrocos y vidas farragosas. Qué difícil resulta humillarse ante la sencillez, darse a lo natural y sincero, a lo que no tiene dobleces ni recovecos. La alegría no viene del laberinto, nos llega con la salida del laberinto tras recorrerlo entero, angustiados. Como cuando de niños salíamos aterrados del tren de la bruja y un nervio eléctrico nos recorría el cuerpo haciéndonos sonreír como nunca. Y frecuentemente se nos olvida, lo ignoramos con alevosía y premeditación. Pues eso, que nada de máscaras trágicas, ni enrevesados ejercicios mentales, hoy no toca hacer recuentos crueles de la vida. Queden a un lado los errores que no me perdono, las decepciones, los sueños que ya nunca podrán hacerse realidad. Hoy no saldrán a pasear los duendecillos de la mala baba, esos seres aviesos que me hablan de arrepentimiento y culpa, mediocridad y estupidez atávicas.


Como Elena bien sabe de mis obsesiones, también de las literarias, me ha regalado un diario de Miguel Sánchez-Ostiz, de acertadísimo título hoy que voy estando más cerca de la cincuentena, ya de bajada en mi Tourmalet vital: Rumbo a no sé dónde. Y que suene Le temps qui reste, de Serge Reggiani y su mantra magistral para los tiempos malos: Mon pays c'est la vie. Mi país es la vida y un mantel mi bandera, que corra el vino blanco, la música, la gozadera, los sustentos del cuerpo y del alma, al pil pil, a la strogonoff, que se derrame la pintura sobre los lienzos del gozo y la efervescencia de este día irrepetible sobre el corazón. Pían los pájaros, celestiales, la luz suaviza las aristas de las cosas y los hombres, aporta bondad, Charles Aznavour viene con La Bohème, Elvis Presley trae su rock de la cárcel. En las primeras páginas del diario de Sánchez-Ostiz ya encuentro un regalo impagable, una cita de R.L. Stevenson, que aparece en su Sermón de Navidad: “La cordialidad y la alegría deben preceder a cualquier norma ética: son obligaciones incondicionales”, que me recuerda al “ama y haz lo que quieras” agustiniano, también a aquel poema de Claudio Rodríguez que decía que “largo se le hace el día a quien no ama y él lo sabe. Y él oye ese tañido corto y duro del cuerpo, su cascada canción, siempre sonando a lejanía”. Abrid las ventanas, pues, oread, ventilad cada rincón, cada mirada y cada pensamiento. No sé hacia dónde voy, qué me deparará este año y el resto del tiempo que me quede por vivir. Tal vez sea mejor así, la incertidumbre, esa espuela que nos invita a seguir fallando con gusto, la duda y ese miedo que nos hace salir a por más. Venga lo que venga me obligo desde ahora mismo al júbilo efervescente, renuevo mis votos con el amor pasmado, con la mirada atenta y el noble temblor ilusionado, con la pasión buena y entregada, no le tenderé la mano al mal ni a la bajeza, quisiera no hablar más en vano, ser un poco mejor que ayer y no esperar nada a cambio, trataré de no hacer mucho más ruido, de no romper más cosas ni hacer daño, dejar en este mundo algo, un pellizco de belleza. Propósitos muy sólidos para tiempos inconsistentes. Un cielo de otoño reflejado en los charcos. Hay una brisa helada que ya tiene mi nombre, un día partiré cantando y todo habrá valido la pena.

miércoles, 6 de septiembre de 2023

Gota fría.


 Entramos en septiembre y es lluvia, viene la gota fría, los verdes parecen norteños, de tonos más jugosos, las hojas carnosas, oxigenadas, jóvenes. Se me llega a olvidar por completo que vivimos en un secarral cerca del mar. Bajan las temperaturas y el cielo gris, cárdeno, invita al cocido valenciano, el cuerpo se da al sofá y el alma a la introspección. Las siestas con aguacero son casi un regreso al útero materno. Despertar y que crujan las junturas, volver del más allá. Tiraremos de calvados y pipas de girasol ucranianas mientras se nos pasa la tarde en ver llover que es otra forma de hablar con Dios, con nosotros mismos o con nuestros propios muertos. Las grandes conversaciones siempre quedan pendientes, no concluyen, como nos pasa cuando dialogamos con la lluvia o la nieve, el prado, las olas encrespadas o el amor.

Avanzo en mis lecturas actuales: Julio Jurenito de Iliá Ehrenburg, Insomnio de Carlos Izquierdo y La belleza fragmentada de Juan Manuel Uría. Voy al trabajo con el coche nuevo, estrenar máquinas veloces nos enseñorea de alguna forma, falsamente, sientes que te rodea un resplandor, una fiebre como de gobernar las alturas, es adictiva la alucinación, el triunfo va sobre ruedas, parece que lo perdido es poco y la derrota menor, que valió la pena, y si aparece un nubarrón real entre pensamientos lelos se agradece algo de rock and roll clásico en el dial. Qué delicia el autoengaño con caviar ruso y coches alemanes. Por aquello de despistar, de que parezca que sí aunque sea que nunca, que definitivamente no. Sigo. Sobre los cerros desciende una tela sucia, humo manso y lacio, desvaneciéndolos. La carretera de Madrid ha recuperado el tráfico normal, las vacaciones y su fulgor van quedando arrinconadas por las obligaciones cotidianas y el asco reincidente. ¿Qué flor encarar fijamente sin bajar la mirada al instante con culpa y vergüenza?


Elena prepara croquetas y ensaladilla rusa con los restos del cocido, cocina de aprovechamiento, volvemos a la dieta sacrificada de las posguerras. El aceite a precio de oro y subiendo, a este paso habrá que prepararlo todo a la plancha, al vapor o volver a la manteca de cerdo aunque la náusea. Nuestras abuelas estarían orgullosas al ver cómo no desperdiciamos nada y tal vez apesadumbradas por lo que se cierne inevitable y funesto sobre el presente. La dieta mediterránea se postula como un lujo de ricos, para el resto de mortales quedan las neveras sórdidas, las azoteas de neones fundidos, la comida chatarra o el pienso de engorde.


Los niños ya necesitan el retorno al colegio y nosotros que vuelvan a sus aulas. En unos días me quedaré en casa para disfrutar los meses de permiso de paternidad que me quedan. O para sufrirlos, a qué engañarse. Tendré que cuidar de Claudia, llevar a Marcos a la escuela, hacer las compras, cocinar… deseo estar a la altura y espero que me sobre algo de tiempo para el vicio de la lectura y la escritura, esa necesidad vital tan poco apreciada. Tengo miedo, no lo niego, no. No sé si podré ser un digno padre de familia, si estaré a la altura de lo que se espera de mí o daré en espantajo. Habrá días difíciles, momentos tensos llenos de olvidos y torpezas, hay planes de fuga, refugios ya inventariados, cuando lo malo apriete mucho, cuando el agobio, pasearé hacia la cantera, entre naranjos, por los viñedos, con el miedo de un padre que ama y no soporta el fracaso, el abandono o el desprecio, dejaré la comida preparada, bien temprano, para perderme por los caminos rurales mientras empujo un carro de bebé y busco bajo las piedras resecas un escorpión, aprendí que es mi nahual, y si lo encuentro que me explique por qué tanto dolor si tengo todo lo importante, por qué lo pierdo sin remedio si tanto lo quise, si no soy sin ello, ¿no lo veis claro? Jirón sin vosotros, fundido a negro de mi propia historia. ¿Dónde estará el alebrije que me aparte de estas ganas de puro trago violento que me calme?, sueño cortocircuitos, desconexiones, ese trago bien duro que se lleve a mis demonios de una vez por todas aunque algo fundamental de mí se lleve al otro lado para siempre. Por fortuna, Escribe Víctor Colden: “¿Me duele? Lo escribo. Cauterizo heridas con palabras”. Así lo siento yo también en el centro de esta encrucijada del diablo rodeada de precipicios y zarzales, cumbres, tormentas, madrigueras, laberintos y raras, espinosas, flores de montaña mojadas por la lluvia y por la sangre. Y así, escribiendo, casi sin darme cuenta va pasando el chaparrón, un tiempo distinto, más soportable, sucedió al tiempo adusto. Tímidamente amanece, me quito el awayo del luto de mí mismo, silencio las rancheras desesperadas, los boleros melancólicos, el blues de la frontera y vuelvo a darme sin reservas, en carne viva, vehemente, niño, loco, enamorado, al duro y difícil trabajo de la alegría.

miércoles, 30 de agosto de 2023

Pero estuvieron muy cerca ayer.


 Encontró la salvación en un óleo sobre lienzo de 60,5 x 50cm. Eso es lo que quiero pensar, que el arte puede sostener, aunque sea temporalmente, las vidas más atribuladas. Gustave Courbet pintó un autorretrato, Hombre enloquecido por el miedo (1846), en el que al borde de un acantilado, con expresión fúnebre, derrotada, parece preguntarse si debe saltar al vacío o permanecer aguantando el chaparrón a este lado desconchado de la eternidad. Por suerte para la historia del arte, el pintor salió del pozo más negro de sus demonios, dejó inconcluso este cuadro, tal vez también el rapto de una pulsión oscura quedó en suspenso y siguió con otros proyectos pictóricos unos cuantos años más hasta que en 1877 se lo llevó una cirrosis para siempre al cementerio de Ornans. Mientras uno plasma su caída al fondo del abismo, hay esperanza, no toca fondo. Pinceles, violines, plumas estilográficas, pueden conjurar vitalismos entusiastas mientras hablan de sufrimiento y dolor. Ahí su magia y su misterio, su capacidad adictiva, analgésica y revolucionaria. También está nuestro contumaz instinto de supervivencia. No hay cieno que nos haga pensar que sobre su superficie turbia no podríamos encontrar nenúfares, parvadas de patos, el cobre encendido del atardecer o el lomo hipnótico y lisérgico de las carpas japonesas. Algo que valga la pena. La realidad es un abanico que se abre y se cierra constantemente, siempre  distinto y nuevo, ante la mirada atenta. Gracias a la necesidad ineludible de plasmar y compartir sus voces, ¿cuánto soportaron Yukio Mishima o Stefan Zweig lo insoportable antes de dar el último paso? Testimonio de un descalabro, tiempo ganado a la Parca y generoso aviso para navegantes.

Escribe Pablo Cerezal que “de las tumbas que otros labran crecen mordiscos escuetos para amortiguar el daño y recorrerle senderos al tiempo”. Hay luz en lo turbio, flores en los basurales, algo que aprehender en el vacío y en la muerte. La desgracia narrada tiene propiedades lenitivas como el terror que se susurra al oído puede resultar terapéutico. Emil Cioran decía que al saber que siempre cabía la opción del suicidio había tenido fuerzas suficientes para vivir sin tener que recurrir a él. Para un acorralado que todavía quiere escapar la pared que tiene detrás es un punto de apoyo para tomar impulso, nunca un paredón o el final de una una calleja sin salida. Aprendemos a golpes pero también de las historias que nos cuentan los demás sobre los golpes que han recibido. Somos puzles a los que les faltan las piezas capitales, matrioskas desparejadas, mosaicos inacabados soñando teselas. Solo con los pedazos de los otros, con lo que no tenemos, lograremos plenitud. Nos completamos con partes que tal vez no existen, con prójimos que nos dan la espalda y se alejan para siempre entre la niebla. Y cada vez más solitarios, como en los lienzos de Hopper, pero con tecnología 5G para comunicar nuestra incomunicación de la manera más eficiente.


Nadie podrá con nosotros pero estuvieron muy cerca ayer, que canta Quique González y suena a celebración de heridos, a nos hemos librado por los pelos, a tú eres Bonnie y yo soy Clyde en fuga por las carreteras de la costa alicantina, a brindis de desgraciados o a himno de perdedores empecinados que amañan nuevas oportunidades mientras planean escapatorias por si la cosa vuelve a salirles mal. Y si hay derrota lo cantaremos de algún modo, aunque sea desafinando, pero con cariño y pasión, como quien pone una férula en el esguince o aplica sobre una frente enfebrecida un paño frío, como quien unta la pomada sobre una úlcera y la cubre con cuidado enfermero, gasa de hilo, algodón y vendas cohesivas. Si hay saqueo le haremos una oda al botín perdido, también una elegía a la estrella extinguida mientras nos cubre la noche más opaca y lóbrega, nostálgicos, sin consuelo, sin saber a dónde ir, agradeciendo el breve, hermosísimo e incomprensible parpadeo que fue la vida.


Imagen: Yukio Mishima.

viernes, 25 de agosto de 2023

Opio de la lejanía.


 Un rosario ortodoxo de Kutaisi, Georgia. Mi compañera de trabajo ha querido tener el detalle y me lo trajo de su viaje por tierras de la antigua Cólquida. Habla del senderismo hasta los glaciares de Ushguli, las torres defensivas medievales de Mestia, Svaneti, el valle del Juta. Vuelve alucinada, cansada y feliz de mucho andar con la mente en blanco como si fuera por el fin del mundo, disfrutando de un paisaje que parece de otra galaxia, de las flores silvestres que crecen en medio de esa nada que muchas veces resulta ser un todo desconocido. Los monasterios apuntalados, las casas medio derruidas, niños alegres cruzando a caballo la corriente revuelta de los ríos. Jachapuri tres veces al día, ensalada de tomate y pepino, también khinkali. Sopas, guisos de ternera y cerdo, brochetas, cilantro en casi todos los platos. La gente muy amable, humilde, sinceramente acogedora. Hay un par de zonas del país que son controladas por los rusos y dicen que se está construyendo una gran autopista para evitar que las comunicaciones y las rutas comerciales terrestres pasen inevitablemente por Rusia. Para variar, la empresa es de capital chino y la mano de obra filipina. Hay quien comenta que cuando llegue el progreso a Georgia quizás reluzca como nunca pero habrá perdido algo de su más auténtico sabor, irremediablemente. Los zopilotes no tardarán en revolotear sobre Tiflis cuando haya posibilidad clara de negocio y pillaje.

Escuchando los relatos de los amigos que regresan, las historias amenas sobre sus aventuras lejanas, alguna anécdota interesante en los viajes de los demás, nos damos a la ensoñación fácil y a la proyección de travesías más o menos posibles. Nos entregamos. Ese brillo entusiasmado en sus ojos cuando hablan, el nimbo de haber vuelto diferentes, transformados, beatos de la belleza, ese trémulo fulgor es el que nos arrebata y siempre queremos más.


Soñamos con viajes iniciáticos, odiseas, el vellocino de oro, descubrir el Arca de la Alianza, haber encontrado La Ciudad Perdida de La Sierra Nevada de Santa Marta en Colombia, pirámides desconocidas, o los templos de Angkor en la selva camboyana. Pero eso sucede una o ninguna vez en toda la existencia de un ser humano normal. Debemos cambiar el chip, la hoja de ruta y las coordenadas, terminar con la mentira del tiempo lineal y del espacio limitado. El único viaje de la vida es la propia vida en viaje, remotos, recónditos, fuera de nuestras zonas de confort, incluso en casa, del otro lado de nuestra piel, extramuros en lo cotidiano, también en nuestros barrios o en el pueblo, en el trabajo, cada día, buscando nuevas aristas a las viejas palabras de siempre para mejor explicarlo todo o explicarnos un poco más en el intento.


Opio de la lejanía y de lo exótico, adormidera de la imaginación, llévanos en vuelo libre hacia lo otro por ver si hallamos en el filo de lo diferente, tal vez allí, a tientas sobre brasas, lo más nuestro de lo nuestro, esa ceguera que se rasga, y empezar a ver de nuevo, como por primera vez, más amplio y más profundo, ya casi no hay límites, abiertos de par en par, sabiendo que en la sombra hay algún pespunte de luces indomeñables y en la luz danza sin descanso una sombra esclarecida, desnudos, sin máscaras, inermes, en la cara oculta de la luna, en el lado más vivo de lo vivo, crin de estrellas fugaces cruzando la noche, y seremos más nosotros, redivivos, en la dulce llaga de lo extraño.


Imagen: Ushguli, Georgia.

domingo, 20 de agosto de 2023

Torpe cúmulo de agosto.


 Goyeneche, Troilo que canta aquello de primero un querer, después un dolor. Café largo y tangos viejos para desperezar la mañana cuando queda todavía algo de fresca noche suspendida en la terraza. Todos los pájaros cantan, cada uno a su aire, en la misma dirección, por la misma armonía en tonos diferentes. Un nido es todos los nidos como un vuelo simboliza todos los vuelos, hasta los que se nos quedaron por hacer ayer mismo y hoy parece que fue hace siglos porque la aflicción que acarreamos es homérica. A veces creo que las aves llevan años de ventaja evolutiva respecto a los hombres, como la floresta que se muestra feraz y feérica, y la playa que contiene dunas contemplativas, sapienciales. Hemos quedado en menos que nada. La nada conlleva la posibilidad del todo, nosotros devenimos en otra cosa diferente, deformada, triste y grotesca. Vamos llenos de humo, obturados de tanta quincalla cegadora, y ya no nos cabe ni un sueño más, de tan hartos, ni una quimera. Insaciables espantajos, autómatas, sufrimos sed de sed con ansiedad eviterna y sadomasoquista. Somos más valleinclanescos que cervantinos, como era de esperar, lo esperpéntico le ha ganando el pulso al manco de Lepanto. El humanismo quedó como un jarrón chino, arrinconado, hecho trizas por infantiles bárbaros, y se impone la chandalización atroz de las mentes, el culto a lo delincuencial, la dictadura de los niñatos malcriados y ese apetito desenfrenado de los salvajes que ya es casi un derecho fundamental. Vivimos entre 1984, Un mundo feliz y La naranja mecánica. Algo de Matrix hay, también algo de Barbie. 

A esta hora permanece un equilibrio amable entre la luz que viene y las sombras que van replegándose en el jardín, como en los lienzos de Joaquín Sorolla y en la Octaba Sinfonía de Beethoven. Hay días en los que no ver las noticias es cuestión de salud mental, es de sabios poder desconectar de lo que nos intoxica y desconecta. Spiderman, Hulk, Thor, Ironman… mis hijos nombran claves que abren puertas que dan a puertas que dan a un tiempo mítico de inocencia y luz, de tranvías a la Malvarrosa, cómics, balones de reglamento y barcos piratas. Fui un niño como ellos en Fort Apache y aún quedan esquirlas, destellos en el fondo, olor a pólvora quemada. Casi todos los rostros de aquellos años se han borrado, algunos ya son perfectos al otro lado del río Estigia, allá por el Inframundo.


Brindamos con un burdeos por el padre de Sergei, los difuntos también beben si bebemos por ellos con amor. Mientras nos vamos comiendo la paella que hice con mimo y esmero, cuenta Elena que, cuando era pequeña, su abuela le reservaba los corazones de pollo para que creciera más guapa. Horror y belleza siempre entreverados. Creencias atávicas bien presentes, el espíritu de Erzsébet Bathory sigue revoloteando sobre nuestras pasiones más arcaicas e inconfesables, también los del marqués de Sade y Vlad Tepes. No es de extrañar el auge de los populismos y las licencias de armas. Así de cafres somos. La historia de la humanidad alberga la lucha del hombre por el control de sus instintos más primitivos, la educación del deseo, sobre todo si uno es pobre. Los ricos, los aristócratas, siempre encontraron resquicios para seguir siendo brutales impunemente. La justicia resulta ser de doble rasero, ejerce caprichosa y ciega, inclinando su balanza del lado del poderoso. Así ha sido por milenios. Entelequia y añagaza.


Quisiera dejar a un lado este veneno, escribir sobre las amapolas de los ribazos, sobre la época de recogida de la algarroba y ese aroma anisado que desprende cuando están bien secas sus vainas, sobre las pocas olivas que han hecho este año nuestros olivos debido a la falta de agua y a las altas temperaturas, también sobre la flor del azafrán obrando su milagro para septiembre, tal vez octubre, y la liebre siempre en fuga por las cuatro estaciones. Quiero escribir sobre la brisa que da tregua en el punto más caliente de agosto, sobre los cuerpos y las piscinas como apologética de la vida en sazón. No siempre es posible, claro, la cara más sucia de lo real se impone y no nos deja al vaivén de lo dulce ni al frufrú sensual del cariño en la hora de la siesta. Escribir como Christian Bobin para “buscar todo lo que en nuestras vidas ha sido abandonado, descuidado, todo lo que el mundo deja, y volver a situarlo en un lugar privilegiado; es ir a rebuscar en lo que el mundo rechaza y encontrar oro” o como dejó escrito Miguel Sánchez-Ostiz en Ahora o nunca, uno de sus excelentes diarios: “Escribir como quien desbasta un tronco muerto a golpes de gubia”. No sé si quedó claro, si este torpe y caótico cúmulo muestra algo importante de mi sombra, quise decir que voy por campos abrasados buscando una flor mental que me apacigüe, que escribo por la cabeza en el cesto de mimbre antes que con el hacha ensangrentada del verdugo, que vivo sin vivir en mí y ya no muero porque muero todo lo que puedo de amor pero también porque me alejo por los arrabales mientras atardece, sabiendo que lo perdido es sin remedio, y silbo entre sonrisas, sin girarme, como si fuera mía, Cambalache, obra maestra de don Carlos Gardel.


Imagen: Erzsébet Bathory.

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  La niña comienza a caminar tras dos meses desde el diagnóstico de la enfermedad y el inicio del tratamiento. Ya estamos en la segunda fase...