viernes, 24 de abril de 2026

Regresar al valle.

 


La niña comienza a caminar tras dos meses desde el diagnóstico de la enfermedad y el inicio del tratamiento. Ya estamos en la segunda fase, la de consolidación. Llegar hasta aquí ya es mucho, para cómo empezó la cosa y cómo nos las veíamos. Es mirar alrededor, en la sala de oncología infantil, y todavía hay que dar gracias. Queda mucho camino por recorrer pero vamos en la dirección correcta, vamos saliendo de la pesadilla. Su enfermedad es nuestra enfermedad y su salud nuestra alegría. Creo que envejecí diez años de golpe la noche en que alguien dijo leucemia, algo se nos murió por dentro, pero hubo que disimular, seguir viviendo, sonreír, aparentar fortaleza y seguridad, volver a contar sílabas y otras cosas inútiles, pensar en el futuro, por ella y gracias a ella.

En lo peor, los niños siempre nos salvan aunque no haya salvación, nos dibujan una puerta en los muros más cerrados del alma, una puerta que da a lo mejor de nosotros y que solo pueden abrir ellos con su amor. Entre quimio y quimio, a veces, toca algún concentrado de hematíes, a veces también precisa pausa y descanso en el tratamiento por una excesiva bajada de defensas. La niña tiene mejor ánimo y ganas de jugar, nosotros respiramos un poco más tranquilos y esperanzados. Por fin se espacían un poco las visitas hospitalarias y la vida nos permite regresar a casa.


Es primavera en el valle que nos recibe con la sangre de las amapolas desparramada por sus sembradíos, con la humildad imbatible de las margaritas, con su verdura alfombrando los campos, con sus cumbres y hondonadas innumerables. Volvemos a un tiempo privilegiado que pasa lento y amable, lejos de las grandes ciudades, un tiempo que transcurre por cielos cargados de azur y de vencejos, de un presente más humano y sosegado, siempre en sazón, que fluye por espacios mansos, dulces, lejos de gentrificaciones, por la extensión perfecta y definitiva de los sueños que nos resultan más gratos y confortables, como nubes lenticulares, un recién nacido en los brazos de su madre, letanías o rebaños que se encaminan al aprisco cuando anochece. 


Transcurrimos por sus carreteras vacías, sinuosas, por sus aldeas deshabitadas, ruinosas y telúricas. Sus fuentes y sus ríos nos esperaban arpegiando sin descanso una música ansiolítica, fresca y mecedora, una bienvenida, un silencio redondo de pasto jugoso y sombras semovientes. Otra vez las calles adoquinadas, los campanarios, lo que queda de sus castillos y los muros defensivos, las paredes enjalbegadas, las hornacinas, los santos del lugar, también sus pecadores numerosos, las plazas soleadas del pueblo, los mercados milagrosos, las terrazas, las cuatro tiendas y los tres bares, la pequeña banda de música, la farmacia y el centro médico, las lindes dudosas, los ribazos y las acequias, la quema de rastrojos, la siembra, las esparragueras, los ciervos por las pinadas, la buena gente que es franca y generosa y huye de lisonjas y alharacas, los amigos que hemos encontrado como quien encuentra oro, la familia que elegimos, las raíces trashumantes y el hogar definitivo.


La próxima semana nos esperan más pasos sobre agujas, brasas y citotóxicos, y es desde el valle fronterizo desde donde queremos seguir pisando la cola fibrosa, deforme y astillada del monstruo repugnante que es esa muerte engalanada con ataúdes blancos y angelitos de Rubens, esa perra muerte insoportable con interiores de terciopelo o satén que todavía no, entre caballos negros desbocados y danzas truncadas de la vida, todavía no, coronas de claveles blancos, rosas y liliums, no nos toca lo inconsolable ni la elegía ni el hueco que deja una cuerda rota en la guitarra absurda, intolerable y desafinada de unos padres huérfanos, ni el nido vacío, ni la habitación rosa y clausurada, ni el frío crónico, filarmónico y medular del desahucio, el desamparo y los crematorios.

miércoles, 18 de marzo de 2026

El espigón.

 


Un espigón es la voluntad de los hombres queriendo cambiar el curso de las aguas y de la historia, es la necesidad de apaciguar la embestida de las olas del mar y de los acontecimientos imponderables. Además es símbolo y monumento, avance frente a lo adverso y pura resistencia numantina. Una escollera habla también sobre esperanza, quimioterapias y hospitales, de lo frágil poniéndose en pie y de la sonrisa a pesar de la merma de nuestras potencias, cuenta algo acerca de los niños enfermos que siguen con sus juegos, con sus fantasías, sobre la fe y el amor descollando contra la costa abrupta de la enfermedad y de la muerte.

De los rompeolas me gusta esa infinita paciencia que tienen frente al desgaste que van produciendo los elementos en su precaria arquitectura, su estoicismo ante la terca persistencia del tiempo y el desgaste de los materiales, ese estar siempre en su sitio pese a los partes meteorológicos adversos y los bárbaros avances enemigos.

Claudia acaba de cumplir tres años y el diecinueve de marzo es San José, el Día del Padre en Valencia. El regalo grande, el de importancia, es el que me hace ella cada día con su actitud y su presencia, con la luz que lo ilumina todo cuando sonríe y domeña su cansancio, con ese pensamiento mágico que le nace muy de dentro ante la fatalidad, que es la magia del pensamiento, y el puro vivir el momento sin pensar.

Creo que fue Picasso quien dijo que hacía falta toda una vida de desaprendizaje para poder volver a pintar como un niño, yo voy aprendiendo de mi hija otras pericias y experiencias, la fortaleza de los débiles, la sabiduría de quien ignora, el fulgor que desprendemos al ser acorralados, el gesto generoso de quien apenas puede moverse cuando la fiebre y nos roza con su mano en la mejilla por consolarnos, la genialidad de quien nos transmite en unas pocas palabras el resumen perfecto de todos los libros sagrados, y descubro además que una niña con leucemia es un poema andante aunque no pueda caminar, un malecón que taja el mar para que yo pueda acercarme un poco más a un horizonte que no lograba ver porque el cielo mediterráneo era todo un amasijo perverso e incomprensible de grisalla, silencio de Dios y leucemias.

Ahora sé que en las venas quimioterápicas y ardientes de mi hija vive un nuevo yo que es mucho más y mejor que el yo que yo no era y me mataba. A pesar de todo, soy afortunado, tengo una vida por estrenar en las manos con estigmas de mi niña Claudia, en toda esta santidad que Dios nos ha regalado y no queríamos. 

miércoles, 11 de marzo de 2026

Un Matisse perdido.

 


Un nuevo paisaje viene siempre acompañado de una ampliación de nuestro vocabulario, ese escenario que titubeantes pisamos por primera vez nos enriquece el lexicón, aunque en ocasiones como esta, dadas las circunstancias, no quisiéramos. La vida nos obliga ahora a aprender palabros desagradables, términos científicos con carga semántica negativa, vocablos como metotrexato, vincristina y asparaginasa, difíciles tecnicismos como citometría de flujo, linfoblasto y marcadores inmunofenotípicos. Nos dice un pediatra que las células malignas se esconden de los tratamientos en zonas de difícil acceso como el Sistema Nervioso Central y los testículos, y que a estos lugares se les llama santuarios. Así pues, el cáncer que nos mata, cuando le vienen mal dadas, tiene sus refugios, sus lugares predilectos, trincheras en las que se pone a hibernar, ermitas recónditas donde acude para rezarse a sí mismo, catedrales ateas que la muerte codiciosa tiene diseminadas por nuestro cuerpo. 

Por suerte, no todo en el mundo son inventos para la destrucción y el sometimiento. Está el bombardero B-2, la ametralladora ligera M249, las armas ultrasónicas o el futuro submarino nuclear francés bautizado como El Invencible, actualmente en fabricación, listo para su uso en 2035. Pero también tenemos la inmunoterapia personalizada contra el cáncer, las plantas de desalinización submarina o los marcapasos inalámbricos y biodegradables para bebés. La esperanza, como el lirio de agua, crece en los barrizales. Es el mismo mundo el del odio y el del amor. Del caos surge la armonía perfecta, del silencio la música, tras la caída del humanismo regresará un humanismo distinto, pulido y refinado, como si fuera primigenio, aforismo perfecto, apotegmático, para hacernos caer del caballo, igual que Saulo, ante el nacimiento del nuevo punk o el advenimiento de un viento paráclito. De la norma brota la excepción y la luz más necesaria nos viene siempre dada del costado más opaco de la oscuridad, de la herida o el desgarro, con ánimo científico y espiritual, como cuando un hombre que dudaba metió sus dedos incrédulos en la carne separada por la hoja del venablo, para rendirse ante la evidencia.

Un mes llevamos ya con todo esto, con la leucemia de la niña y nuestro mal dormir, lejos de casa y del trabajo, de nuevo en la gran ciudad, con la vida y los proyectos en suspenso permanente hasta nueva orden. Sigue el refugio playero cercano a Valencia y las caminatas por un paseo marítimo en temporada baja, las terrazas sin gente, las tardes interminables, algo de vino y literatura para abrigar un poco el corazón, días de frío y lluvia que calan hasta el hueso como la enfermedad de una hija, su dolor y el apretado cilicio de su miedo sobre nuestra impotencia como un cielo cerrado y gris. Decía José Jiménez Lozano que, en una época de excesos y espanto como la nuestra, si no nos habíamos convertido ya en serpientes era porque todavía nos quedaba la esperanza y la alegría, y porque además “a nuestro mundo tampoco le han faltado los maravillosos vivires de Matisse”. Hoy, aunque canten los pájaros y la primavera comience a dibujar su anuncio sobre todas las cosas, hay mañanas así, solo tengo una esperanza frágil, temblorosa como un cachorro mojado a la intemperie, una alegría intermitente y desconfiada, pequeña y coja, con demasiadas piedras en sus zapatos gastados, y no logro ver los maravillosos vivires de Matisse por ninguna parte, en este marzo de hospitales. Tan solo hay un Cristo de Grünewald con mi cara exangüe y desfallecida, si me pongo en lo peor, y eso, por la pequeña Claudia, no me lo puedo permitir. Habrá que seguir buscando un Matisse perdido entre las sombras.

sábado, 28 de febrero de 2026

Después del alta hospitalaria.

 


Llega el vértigo del alta hospitalaria y el tratamiento ambulatorio. Os vais, te dicen, con una sonrisa en la cara, eso sí, a cero de defensas, o sea, desprotegidos y vulnerables, porque la inmunidad propia es el caballo de Troya del trastorno, el flanco expuesto por donde se infiltra el virus, la bacteria o el hongo oportunista. Habrá que regresar varias veces por semana a Hospital de Día para seguir con los ciclos quimioterápicos y las revisiones médicas, con las analíticas sanguíneas y las punciones lumbares. Uno tiene la extraña sensación de que es arrancado de la teta nutricia, del lecho de algodón nosocomial, nos sacan de nuestra burbuja sobreprotectora y quedamos de nuevo solos, expuestos, a la intemperie. Llega y nos domina el miedo al aire, a la ráfaga traicionera, se extiende el pánico a las aglomeraciones, al estrecho ascensor de la tos y la febrícula, nos invade el terror ante el abrazo, la caricia o los niños saltarines con mocos y uñas enlutadas abarrotando los parques. Jamás pensé que sentiríamos repulsión por el beso en la mejilla o el apretón de manos, pánico cerval por la cercanía.

Nos prestan un apartamento en la playa, a media hora del hospital, nada que ver con la hora y media que hay de camino hasta nuestra casa, en el centro justo del valle fronterizo. Los médicos cuentan con que surja alguna complicación, algún desajuste, es muy frecuente el reingreso, así que ahora no hay nada mejor para nosotros que este paseo marítimo en temporada baja, las calles sin gente, las tiendas cerradas, los columpios vacíos y oxidados mientras aguardamos la próxima cita en oncología infantil. Como la niña no puede caminar dejamos que juegue con su hermano y sus cubos, rastrillos y palas sobre la arena. Desentierran piedras y sonrisas olvidadas, nos alivian la congoja con su lúdico estar en el mundo sin un antes ni un después. Son presente continuo, ahora o nunca, lo pequeño adueñándose del centro del mundo. El niño enfermo, en cuanto mejora un poco, solo quiere volver a jugar, a vivir su vida, entre dolores o entre fiebres, pero pasarla bien, divertirse, que es su sabia manera de no pensar en la vida y sus aristas, ni tampoco en la muerte con toda esa carga de misterio que nos paraliza y nos engulle. No pierden el tiempo, lo cabalgan. El niño es impulso y acción, aun quieto es movimiento, centrífugo, marginal y oblicuo. siempre está en fuga, en otro lugar y en la cosa siguiente. Se entregan, se regalan, a cada instante ponen toda la carne en el asador porque es la mejor forma de no permanecer en nada para estar en todo. En sus gestos hay siempre magia y magisterio, ubicuidad, rito y elevación. Los niños enfermos son ejemplo de cómo deberíamos vivir la vida. Animales mitológicos, están hechos a imagen y semejanza de Dios.

Me cuenta Elena que leyó en una publicación de una asociación de padres de niños con cáncer que, al año, en España, se dan unos 350 casos de leucemia linfoblástica aguda, de los cuales un tercio ocurren en niños menores de cuatro años. De esos ciento y pico niños escasos nos ha tocado a nosotros uno ellos. La vida es así. El azar es un arcano y reparte su baraja sin sentido aparente ni razones que la lógica pueda ensillar. Aherrojados por el antojo severo de la ventura, cada uno de nosotros vamos tomando, como podemos, lo que nos cae encima, la suerte, a veces negra, que nos viene pisando los talones desde antiguo. Creíamos que tras la pandemia, la muerte fulminante de mi suegro y la dana de Valencia pasándonos muy cerca, creíamos, decía, que ya habíamos cumplido el cupo de fatalidades por un largo periodo, pero no, el reverso de la calma y la bonanza no es otro que el desequilibrio y la fatalidad. El absurdo, tenaz y perverso, se ensaña con los seres humanos y nosotros, viendo cómo va el mundo, todavía tenemos que dar las gracias porque la racha mala aún podría ser peor, no hay más que fijarse en los demás usuarios de las consultas de oncología infantil o escuchar un rato las conversaciones que surgen entre derrotados en las lavanderías del extrarradio. Y así van pasando las semanas, yendo y viniendo al hospital, preguntándonos el porqué de todo esto sin esperar respuestas, entre goteros y quebrantos, mascarillas, protocolos, ensayos clínicos, cuidados exquisitos y sabias recomendaciones. Así vamos tirando, día a día y paso a paso, viendo cómo pasa el tiempo más confuso de nuestras vidas, junto a grandes ventanales, frente a piscinas vacías y relojes densos, pidiendo, como Ramón Eder, que el dolor produzca una perla, y sabiendo, como Amalia Bautista, en estas horas de amenaza y temor, que “al cabo, son poquísimas las cosas que de verdad importan en la vida: poder querer a alguien, que nos quieran y no morir después que nuestros hijos”.

domingo, 15 de febrero de 2026

Días de hospital.

 


Un hospital se convierte en el centro del mundo, son el magma de mis días sus niños céreos y ojerosos por los pasillos naranjas, verdes y azules, los infantes enfermos van empujando un pie de gotero hacia los grandes ventanales del incierto porvenir. El cielo es de un azul mediterráneo incontestable, a pesar de todo, nos consuela su luminosa palidez, y habla todavía de vida y esperanza, de sueños y futuros dichosos. A veces, el cielo también nos miente con piedad, por dar ese consuelo que nos hace falta como el pan. Hay en la sala gritos de niños que sufren, llantos que traspasan las paredes, hay niñas que dicen tengo miedo o ya me siento mejor, para ver si nos lo creemos, por si nos marchamos pronto a casa, de una vez por todas y para siempre. Hay una pequeña escuela al final del pasillo para los niños que viven a duras penas, también para los que mueren sin remedio. La esperanza está en el ambiente, también se intuyen tristes historias indecibles por truncadas, tragedias griegas. Y siempre hay una sonrisa enfermera llenando de amor el aire, velando por nosotros en la hora oscura, cuando estamos completamente solos, locos y desamparados entre multitudes que sufren.

Es 14 de febrero, san Valentín, y este año comemos con prisa y sin romanticismos de la bandeja amarga del acompañante. El que cuida engulle con urgencia para estar disponible de inmediato, por estar fuera de juego el menor tiempo posible. La niña come bien y es regalo suficiente, las lentejas viudas y el solomillo correoso nos saben a gloria bendita porque la vida sigue con ella entre nosotros y no queremos ni necesitamos ni podemos permitirnos nada más. Por la tarde regresa el dolor con sus olas crispadas, con sus perfiles de Guernicas picassianos, con su látigo fustigando nuestros nervios cansados de padres descompuestos que a duras penas disimulan. No pisamos en firme desde el día del diagnóstico, que es la forma en que vagan los padres que se sienten impotentes cuando sus hijos peligran. Esperar, acompañar, cuidar es la única manera de darlo todo cuando no podemos hacer nada más. La noche la paso solo en un hotel de carretera, por descansar un poco y evitar tanto kilometraje pesando ya demasiado sobre nuestra extenuación, vivir a hora y media de Valencia tiene un precio, la vida rural se paga cara cuando la vida va en juego. Elena se queda con la niña en el hospital, yo ceno solo en el restaurante del hotel, el vino pésimo arruina los platos que dejo a medias, descanso poco y mal, rodeado por un viento salvaje que agita hasta los cimientos del edificio, un viento desaforado y ululante que mete miedo y nos recuerda que lo amado pende de un hilo inconsistente.


Domingo, día del Señor y del cáncer infantil, día de carreteras y bulevares vacíos, de luz sagrada y sombras ateas, día de regresar al gran hospital, junto a mi niña que se cura de la muerte y que se muere un poco también por la cura, ay, quimioterapias, día de mi bella durmiente y cansada, de la pequeña princesa del bosque y la polifarmacia, día del dolor y la analgesia, del dormir, dormir y tal vez soñar. Pasamos la mañana rodeados por una claridad lenta y un tiempo que pasa extraño, ajeno, descabezado como un recuerdo incompleto, como niebla clara o lluvia fina en la distancia, nubes sucias desfilando fotograma a fotograma, la nada y el acabamiento susurrando satanismos incomprensibles, como esa intrincada pesadilla que no recordamos y nos sobrecoge al despertar. Llega el menú del mediodía y me lanza directamente hacia un verano mío de la infancia, hacia todos los veranos de la infancia. Ensalada y paella valenciana, de postre una naranja es suficiente para devolverme a algún chiringuito playero de mi niñez. En la memoria de aquellos tiempos me salvo, mientras lo escribo no hay leucemia ni goteros, y veo con claridad a mi niña, junto a mí, con el niño aquel que todavía soy, comiéndose la naranja, cantando y sonriendo, y me quito un peso de encima, se aquieta el pecho enfebrecido, surge una calma que me ayuda a surfear la ola densa, aceitosa y salina de este domingo, día del Señor de la leucemia, y respiro hondo como un rezo, cada gesto de amor es plegaria, y ya sé que mi hija y sus veranos serán siempre inmortales, pase lo que pase, si yo estoy vivo y puedo recordar. Hay un olor a salitre en la habitación del hospital mientras mi niña va comiéndose la naranja de mi niñez y ya no hay habitación ni hospital, la niña se ha curado y escucho con claridad el rumor de unas olas inmarcesibles. 

viernes, 13 de febrero de 2026

Como niebla en las cumbres.

 


Lo del vivir es de locos. Uno está pensando en el alicatado que se podría poner en los baños, en el porcelánico ese que tan bien queda, el que imita el rojo y elegante abrazo del cerezo, para los suelos de la casa que nos están reformando, y hablamos con el aparejador, ultimamos detalles con la empresa constructora, se proyecta la bodega, el patio interior y la barbacoa, uno piensa, decía, en el extractor de la cocina, la isla y la chimenea, y se le cae encima el andamio asqueroso e incomprensible de la urgencia y la leucemia, el tejado de una cambra de vigas podridas, de maderas con veta perforada de incertidumbre, carcoma, radiografías y punciones lumbares, el horror, los hijos en la cuerda floja, los padres tambaleándose, una niña enferma que ya no quiere jugar, claros resultados analíticos del desastre, diagnósticos rotundos, incontestables, y plantas coloridas de oncología infantil en hospitales de referencia con grandes ventanales que dan a circunvalaciones, descampados y polígonos industriales.

Todo lo que nos parecía importante lo ofreceríamos en sacrificio con tal de no pasar por esta pesadilla, por el arco del triunfo de una muerte pueril y absurda. Va el tiempo ya desasido de los relojes y las planillas laborales, viene denso, confuso, agrio, vértigo del tiempo fuera del tiempo, ya todo gira en torno a la vida herida de una niña que no puede ausentarse, no nos puede faltar, jamás, de ninguna manera. Es decir, que desde el día del ingreso hospitalario nada gira ni se mueve si hay una pequeña princesa con fiebre y artralgias, nadie descansa si mi niña tiene anemia o la inmunidad comprometida. Nos hace falta su risa como el respirar, la música y esos amaneceres que solo harían daño sin ella. Nos hace falta su vida más que la vida nuestra. Qué doble asesinato el de los hijos que mueren antes, el de los padres que se quedan con un vacío infinito y en pie, con el alma tropezando con violencia contra todas las cosas. ¿Qué podría contestar Dios ante tamaña injusticia? ¿Qué diría un Dios tan humano sobre la enfermedad, el sufrimiento y la muerte? Silencio, solo es posible el silencio y a veces una presencia total que solo pueden ver los que lo han perdido todo, los muy atentos, los que siguen esperando un regreso desde donde saben que nadie vuelve.


Casi una semana ya desde el gran golpe, desde el gancho en el hígado de todas nuestras certezas. Mi amigo el fraile reza por nosotros, hay un grupo de oración de un compañero de trabajo que también anda en esos menesteres, a nadie puede parecerle fuera de contexto un padre nuestro con su líbranos del mal. Amén. A mí me reconforta y lo agradezco. Todo vale para que mi hija salga adelante, me sirve la ciencia y también la fe, todo lo que esté al alcance de mis manos y lo que no podré jamás ni imaginar de tan presente y verdadero. Mucha gente se ha ofrecido para lo que sea necesario y notamos la cercanía y el abrazo de nuestros vecinos, conocidos, familia y amigos, hay un valle que se estrecha, que se pliega sobre sí mismo con cariño para darnos aliento y calor. Están floreciendo los almendros, será por algo distinto a lo de todos los años. Los pediatras son optimistas y eso se contagia, la niña está mejor y nosotros, poco a poco, vamos volviendo a ser personas. La pena más honda es animal como el aullido y el zarpazo, es aporía, nada sabe del raciocinio ni de las enciclopedias o los logaritmos. Sé que hay un dolor umbraliano, mortal y rosa, un sufrimiento que Lorca, Miguel Hernandez o Jaime Sabines balbucearon, también Manrique, entre muchos otros. Ninguno ha logrado retratar fielmente mi desgarro, ni por asomo. Mi pena es original, nueva, crucial, íntima y definitiva, mi pena es perfecta, me rompe con precisión quirúrgica, me mira con ojos de yegua en agonía, nace en mí porque viene de mi hija y conmigo morirá sin que la diga aunque lo intente en bucle, lírico, en bucle, delirante, en bucle, en loop, mi piedra de Sísifo.


Igual que cuando hay niebla en las cumbres, a veces, se esconde lo fundamental para que volvamos a apreciarlo como se merece. Lo frágil, lo roto, la ruina, el pedazo, los añicos: licores fuertes en los que mejor probamos el sentido de lo que nos da sentido. Amamos más lo amado por lo efímero, lo bello es más bello porque muere y lo transitorio permanece inmarcesible, precisamente, por la llaga terca de su fugacidad. Una familia está emborronada por el cáncer, difuminada por una boira trágica en la que se harán más fuertes sus lazos, para que entiendan su importancia existencial, para que luego, cuando escampe la tormenta, nada pueda robarles la rara luz compartida que nació de donde la luz es escasa, apenas un destello, una hoguera en la noche y en la distancia, ese fulgor que viene de donde la luz es amenazada por la muerte y pese a todo permanece, prevalece, para que algo bueno y mejor nos crezca del áspero muñón de la realidad. Esa trémula luz que resiste y nos alumbra es la luz más clara de la luz, la que surge de la noche oscura del alma, la que nos une por siempre, la más limpia y hermosa, la luz de mi luz, la sangre sin cáncer de mi sangre, la más cierta y poderosa razón de nuestras vidas.

miércoles, 21 de enero de 2026

Al final de mi calle.

 


Voy paseando a la perra por el pueblo y recuerdo que Francisco Umbral creía en la magia de lo sin magia y que Christian Bobin esperaba lo que no se esperaba. Así voy yo atravesando horas que parecen vanas e insustanciales y están repletas de oro molido. Solo hay que aprender a mirar, que no es poco. Mientras enfilo la última pendiente de mi calle adoquinada recuerdo que para Max Jacob, en poesía, lo inexpresable es lo que cuenta. Paso frente a la última casa, encalada y centenaria, y no me es ajeno Joubert anotando en su diario que si no la llevas dentro no podrás encontrarla en ninguna parte. Dijo Sánchez-Ostiz que escribir es una forma de respirar y en José Mateos aprendimos que poesía no es algo que se dice sino la única manera de decirlo. Bellas y sabias palabras para acompañarme en la ronda. Palabras, digno refugio en la derrota. Palabras, pecios del barco naufragado de la vida. 

Al final de mi calle empieza el campo, sus lenguas innumerables, caminos pedregosos, polvorientos, plantaciones, cultivos, arboledas susurrantes o taciturnas, según el momento, también están las vistas que nos sitúan en el centro del valle, a veces la niebla en las cumbres, y a veces el sol y el azul jugando como niños alegres entre gasas de leche clara y misterio. Música en las acequias, terapéutica del borbotón. Al final de mi calle se concentra la noche con su carga de constelaciones y hierba mojada, lo presentido y lo inexplicable, desde allí miro hacia el pasado y el futuro, con su salsa agridulce de errores, aciertos, presentimientos y sospechas. Pero siempre está la belleza, por encima de todo, esa gran belleza de un presente perfecto y pleno que nos vuelve ojipláticos, líricos, alados y mejores, weilianamente atentos y agradecidos, momentos irrepetibles, date cuenta, supercalifragilisticoespialidosos. Es la vida renovándose a cada instante mientras nos deja atónitos, maravillados, y viene a masajearnos el pecho si le prestamos el interés suficiente, nos resucita, nos recompone y nos salva.


Hay una pizarra negra, ahí, en el cielo, al final de mi calle, el lomo aterciopelado de un toro de lidia, algo fosco y lorquiano, doloroso, jazmines pisoteados y guitarras rotas, navajas de filos herrumbrosos, botellas vacías, poemas, hambre eternizada entre guerras que casi se solapan y parecen no terminar nunca, una época asquerosa, lo muy humano en busca y captura, asediado, tragedias griegas de rabiosa actualidad, Sófocles, Esquilo y Eurípides, clarividentes. Hay al final de mi calle un mundo en retroceso y una pesadilla que avanza, malas noticias que llegan con frecuencia desalentadora, trenes que descarrilan en un país ineficiente, políticos como alimañas, estructuras y basamentos fundamentales cayéndose a pedazos, instituciones agusanadas, corrupción, desesperanza.


Y también concurre todavía la pena penetrativa de Santa Teresa, la flecha de la transververación, Bernini y El Éxtasis, el canto roto de un gallo viejo, un pastor cruzando la noche con su rebaño de cencerros y murmuraciones, letanías, humo de imprecación, alharacas, hay al final de mi calle mil voces que me invitan a la rendición, al escapismo, voces que azuzan con violencia y tiran de mí, mil voces de puro nervio y de locura, aguanieve, amanecidas de fuego y azafrán, hay voces frente a las que sigo manteniéndome en pie a pesar del cansancio y la creciente dificultad, no lo niego, y trato de hacerlo con un verso en la boca a punto de decirse, guardando silencio todavía, llegando mal y tarde al final de mi calle, pero que llega, donde comienza el campo, por donde paseo a mi perra que no se aleja demasiado porque huele el miedo y la soledad bajo el peso del orbe desbocado, bajo la gran incógnita existencial, llega el verso, mi perra me mira con ojos de piedad canina, que es posiblemente la más alta forma de piedad, y no me juzga, y tiene un corazón de ángel barroco y peludo que perdona, mi perra me ama también por el campo, cuando la noche más oscura, y sé a ciencia cierta que nunca me abandonará aunque descienda, al final de mi calle, un poema perfecto como un filo para destruirme. 

domingo, 11 de enero de 2026

Del pan de la vida.


Han cerrado el horno de uno de los pueblos del valle. Tras toda una vida entre harinas su dueño se ha ganado la jubilación y no hay relevo generacional, nadie quiere tomar las riendas del negocio y eso es un acontecimiento trágico para cualquier zona rural. La carga simbólica es descorazonadora. Un pueblo sin horno es como un pueblo sin campanario o sin parque infantil, le falta algo fundamental, queda cojo, tuerto y enlutado, más lúgubre, doliéndose en silencio de su miembro amputado y fantasma. No habrá magdalenas para las beatas que salen de misa ni bollo de tajadas para los que vuelven de quitarles los pollizos a las oliveras. ¿Qué hogaza partiremos ahora con las manos? La de la muerte lenta de los pueblos, esa que esconde la agonía de los cuatro gatos que se quedan sin pan.

Se encuentra la chacinería sola y desangelada, y el vino, sin pan, es menos vino. Ya nadie hará las tortas para los gazpachos manchegos ni los pasteles de cumpleaños de los escasos niños. Por imperativo circunstancial suprimiremos de la dieta las rosquillas de anís, los rosegones, los palitos salados rellenos de anchoa y sobrasada, los curasanes, las ensaimadas, el pan de aceite y el de pueblo, la sacra oblea, las rosquilletas con llavoretes, los panquemaos, la calabaza asada, el agua de azahar y los hojaldres. Si queda en sombra suspendida, herida de muerte, la levadura en la tahona abandonada, quedamos un poco huérfanos todos por las aldeas y en los pequeños pueblos del valle, sin la gracia cereal, sin el trigo, ni el maíz o el centeno, sin su pizca justa de sal, sin la nata montada, sin el panadero y sus arcanos, sin ese poema perfecto que es una barra de pan recién horneada en las mañanas de invierno, brújula en la niebla, sin esa intención suya tan panaria de ser alimento, sostén, refugio y abrigo para el cuerpo y el alma de los que cada vez nos hemos quedado más solos, aquí, en un rincón olvidado, lejos de las megalópolis y las baguettes precocidas de los grandes supermercados.

Solo es posible el pan sincero para los que viven más en la intemperie, no admiten bien los sucedáneos desde su periférico aparte, en los pequeños colmados que heroicamente resisten como aldeas galas, en los pocos bares que les quedan, por los minúsculos mercados y las plazas de los pueblos que se vacían. Son una suerte de humanidad en resistencia los que todavía aprecian el pan verdadero, son el salmón que nada contracorriente. Los últimos mohicanos necesitan algo de pan artesano para seguir en pie sobre los vestigios de un mundo que con su muerte cerrará las últimas puertas, se tapiarán los quicios de las viejas casas y la mano del tiempo apagará, algún día, para siempre, la lumbre nutricia y bella de todas sus panaderías. Será la oscuridad total, algo así como borrar las hogazas de los bodegones que pintara en el siglo XVIII el gran Luis Egidio Meléndez, de forma irrevocable será el fin del mundo conocido. Mientras esto sucede, llenemos las copas de vino, cabalgad a pelo el lento animal del valle, contad estrellas en la noche penúltima de vuestras vidas, dadme un pedazo de pan como quien da un abrazo.

miércoles, 7 de enero de 2026

Resacas de año nuevo.


Los primeros días del año vamos enlentecidos, exhaustos, soportando con dificultad el peso que viene aparejado a la resaca del exceso, ese caro peaje que pagamos por tanto festival sin freno, por tanto ágape pantagruélico sin mesura. Bacanales de cordero y vino tinto, carrilleras con patatas panaderas, canapés innumerables, vermut a chorro, pasteles trufados de hiperglucemia y saturación sensitiva, torpes bailes desacompasados al límite del ángor, digestiones largas como un mal gobierno, cotillón, champán, las doce campanadas, los abrazos extremados, las conversaciones repetidas, automatismos, el turrón, las uvas y una retahíla de brindis por nuestra salud, por el amor, ay, siempre el amor, un chinchín para que algo de dinero venga, y por la muerte de algún sátrapa y el sufrimiento eterno de toda su guardia pretoriana. Pero de esta resaca se sale, en cuestión de semanas no recordamos el abuso y volvemos a estar en disposición de caer de nuevo en descuidos burbujeantes y espumosos, encanallados.

Hay otra cruda peor, más pegajosa, sostenida: la de cruzar un umbral con las manos vacías, la de cambiar de año como si nada, como si en balde, por pura inercia como la piedra que rueda por el precipicio, si me apuras, está la resaca de cruzar la frontera tan solo con algo de polvo de infinito bajo las uñas descuidadas y ralladura de lejanías que un viento metafísico y metafórico trae hacia los ojos cansados de mirar sin pausa y ver o intuir lo justo o lo innecesario. Hay resacas de ilusiones incumplidas y de sueños partidos por la mitad, de relojes parados, de brújulas sin norte y veletas que ya no giran, de la falta de juventud y la pérdida de la esperanza, de historias que ya no, nunca, del miedo tomando mando en plaza, de gastar pólvora en zopilotes, de estar perdido, de no encontrarse y sentir que ya no queda tiempo, de intentos y fracasos, de intentos y fracasos, hay resacas que duran toda la vida y está bien que así sea. 

miércoles, 17 de diciembre de 2025

La luz del mundo.

 


Barley wine infusionado en Oporto, 12 grados, viene a ser algo así como un vino de cebada, densa cerveza en la copa mientras suena nice boys de Rose Tattoo en la cervecería de los holandeses, la que hay en Ayora, en su plaza de la Glorieta. En la televisión una chimenea ardiendo que llega a calentarnos. La conversación trata sobre lo humano y lo divino, el amor y la muerte, lo sublime y la zafiedad, diálogos siempre interrumpidos por nuestros queridos vástagos. El frío se queda fuera, acechante, ocupando todas las sillas de la terraza. Hablamos también del futuro, de la casa de nuestra vida en construcción permanente, de quedarse a envejecer en el valle y traspasar sus límites lo justo y necesario.

Si uno insiste puede encontrar refugio incluso en la intemperie, en lo roto y abandonado. En valles despoblados, por pequeños pueblos que se vacían, bajo la sombra de los almeces hemos aprendido escapismo, frente a la sierra Palomera o el macizo de Caroche hemos llegado a ser invisibles, desapariciones. Qué gozo el de las nuevas amistades que sabemos definitivas, buena compañía que nos abrigará en la senda de los inviernos finales. Es aquí desde donde queremos iniciar la última parte del camino, todas esas veredas que nos quedan por recorrer, los nuevos horizontes que se multiplican al ser encarados, reflejos de piedras preciosas al sol. Los viajes soñados siempre son hacia el propio interior, iniciáticos, a las entrañas más recónditas de lo desconocido que nos habita, nos azuza y tiene nuestro mismo nombre y apellidos aunque no se refleje en los espejos. Somos siempre frontera y tierras ignotas, andar a tientas, ligeros de equipaje, huellas que son tan ciertas porque las borra el viento. Palabras, solo palabras fugaces. Estrellas mal dichas. Enigma y descubrimiento. 

Mis niños tienen fiebre, pasan las noches entre quejidos, medio en vela, en el limbo, importunados por la gripe que no cede frente a los antitérmicos ni ante nuestros cuidados. He pedido una semana de permiso sin sueldo para poder cuidar de ellos, aprovechando los ratos que me dejan libre para leer algo: Elegí perder, de Fernando Mañogil, los Cuentos completos de Joseph Roth, los textos breves que me va enviando mi querido Claudio Ferrufino. Llueve sin cesar, hay un temporal cruzando el país entero. Se acercan las Navidades y como siempre me da por pensar en los que ya no están, me crece por dentro la invasora raíz de la melancolía y me arrellano en el sillón del recuerdo, la mirada lanzada al infinito, la mente en blanco y a ver qué llega con las olas. Los niños, a poco que uno les preste atención, dan  sabias lecciones de vida. Y de muerte. Es bajarles la fiebre y empiezan a jugar, cabalgan a pelo el instante sin importarles lo que ha de venir. Ni lo pasado. Son puro carpe diem, pensamiento mágico y resiliente, fulgor poético, no saben nada del futuro y los sucesos pretéritos bien poco les importan. Aprender de ellos, ojalá fuera más fácil, quisiera disfrutar de lo poco que tengo entre las manos como lo hacen mis hijos, entre dosis de ibuprofeno y dosis de paracetamol, ese breve momento sin fiebre, con los ojos todavía velados por la enfermedad, y suenan de fondo las nanas de la cebolla de Miguel Hernández, sonriendo como sonríen, como lo hace Dios en las mañanas a pesar de la deriva violenta de su obra, como un tonto feliz que se muere y no lo sabe o como un loco inocente que sabe que va a morir y no le importa. Baño y pijamas, ya duermen los niños bajo el edredón. Luces tenues. Silencio. Quizás sueñan. Alondra de mi casa, ríete mucho. Es tu risa en los ojos la luz del mundo. Ríete tanto que en el alma, al oírte, bata el espacio.

martes, 2 de diciembre de 2025

Hongos oportunistas.

 


Aguanieve en Jarafuel, me cuentan, y ligera nevada por San Antonio. Esta semana baja la temperatura al sótano helado y nos arrastra. Y de repente regresa el frío de la infancia, ese golpe sordo que nada podía contra nuestra voluntad insobornable de juego y aventura. Pero pasaron los años y somos distintos. La ensoñación es una alfombra mágica que nos lleva directos a los brazos de los que ya marcharon, al centro de la niebla, al país del Nunca Jamás. Nevermore graznan los cuervos de Edgar Allan Poe, no volveré a ser joven, que decía Jaime Gil de Biedma. Un anciano me habla de la nieve en las montañas, por mayo, cuando la siega de la cebada, hace unos sesenta años. En su mirada hay un niño asomado que no quiere morir y yo recuerdo los charcos helados en el patio del colegio más triste del mundo, las castañas asadas junto a la estación de trenes, las cabalgatas de los Reyes Magos, a mi abuelo contando historias de indios y vaqueros o de la Guerra Civil mientras zumbaba a sus pies el viejo radiador y el salón olía a moscatel y Varón Dandy. Ahora estoy muy lejos de todo aquello pero desde el fondo de lo oscuro van subiendo recuerdos como tentáculos, espigas, hiedra o manchas de luz, humo de habanos, como una alfombra de moho aterciopelado extendiéndose sobre el terco olvido y la cerrazón.

Hay un hongo oportunista muy temido en los quirófanos, de crecimiento vertical, filamentoso, expansivo. He visto cómo el Mucor, nutrido en agar Sabouraud, llegaba a levantar la tapa de la placa de Petri con su pelusa algodonosa de esporas mortíferas. Imagínate en el pulmón, me dice mi preventivista de guardia. Las cosas invisibles, lo aparentemente insignificante, en el medio adecuado, con tiempo, al barbecho de circunstancias propicias, pueden llegar a parar una vida o reiniciarla, según el caso. Así funcionan la caricia y la mentira, el desdén, un guiño, la sonrisa, un leve susurro, el angor pianísimo, la música de las esferas o el silencio. Se limpian con celo los quirófanos, los conductos de ventilación, se cambian los filtros HEPA si es necesario, se extreman las medidas higiénicas y se limita el movimiento de personas por el área quirúrgica. Diques de contención contra la espora minúscula, muros, barricadas temporales con su talón de Aquiles, blindajes con siete llaves y un punto débil. Todo es en vano. Tarde o temprano volverá la vida para imponerse, como la flor por la grieta o el derrumbe en los ribazos, como la nube limpísima sobre los tanatorios, como viene un Aspergillus afilando su guadaña de muerte por la mesa de operaciones, como el amor, el fallo multiorgánico, la extinción de las especies, los fuegos de artificio, la pólvora, el semen, el polen y el poema, vendrá en avalancha la vida, la música, el pasado, mi abuelo con Toro Sentado y el general Custer, con Buenaventura Durruti y el cura Santa Cruz, como la nieve, como el frío y la infancia, como entra el agua del mar en los deltas de los ríos, y es bueno que así sea, para borrarnos lentamente o rompernos todas las cuerdas en mitad de un arpegio perfecto, cuentos, historias, trucos de magia, para cerrar el círculo de la mejor manera posible y de una vez por todas. 

domingo, 19 de octubre de 2025

Jacintos de agua.


 Me regalan unas hebras de azafrán, oro rojo que llevo ahora en el pensamiento como un delicado talismán incandescente para cruzar el valle, alejando el miedo, cuando la noche y la niebla densa, camino de mi nuevo trabajo en un pequeño hospital comarcal a casi una hora de casa. Al pasar por el puerto de la Chirrichana hay que ir con los sentidos aguzados. Cabras, corzos, ciervos, muflones, zorros o jabalís pueden aparecer de súbito en la carretera sinuosa y provocar algún accidente irreparable. Para colmo, la lluvia recia, el granizo y los desprendimientos. Suena el saxofón barítono de Leo Parker, Pepper Adams o de Leo Pellegrino, la voz seductora de Zaz, Carla Bruni o la de Norah Jones, el blues de Houndog Taylor o Robert Finley. Siempre la música para amansar a las fieras, para quitarle al alma un poco de peso, para hacer más soportables las brasas que van por dentro y nos acongojan. En no pocas ocasiones hemos mantenido el buen temple ante situaciones extremas gracias al abrigo que nos proporciona el arte y esas cosas minúsculas o inútiles que nos salvan la vida.

A diario el mismo camino, salgo del valle y está la llanura que se vuelve infinita en lo oscuro. Comienza a amanecer y la visión se ensancha, vienen formas, extensiones y aristas a mostrar retales aún sucios de una luz que nace titubeando, todavía confusa. Cruzo la meseta labrada en viñedos y olivares, las pinadas, los almendros, aldeas casi sin gente que hablan de su muerte lenta, gasolineras abandonadas, algún bar y algún pequeño horno que de milagro resisten, humildes cooperativas agrícolas, pequeñas bodegas y un pub con nombre de ciudad norteamericana y mala reputación donde terminan los perdidos de la zona y su contorno. Cada mañana soy espectador privilegiado de la lenta agonía del mundo rural, de su extinción, decadencia y asesinato, del óxido y los desconchones, de cultivos echados a perder, también de su capacidad de resistencia y su indómita belleza. Cuando el tiempo lo permite me detengo en una quesería artesanal y compro oro en cuñas hecho con leche de cabra, hemos bebido con gusto los vinos de Alpera o Almansa, probamos las tortas para el gazpacho manchego que hacen en el horno de leña de Ayora, el pan o los melocotones de Cofrentes, el embutido de Jarafuel, las setas de chopo y los espárragos trigueros que crecen por el campo, los bollos de tajadillas que hacen en Requena y tantas cosas de gran valor que son amenazadas por el mundo posmoderno, maravillas salidas de minúsculos y recónditos comercios tradicionales que en muchos casos no esperan relevo generacional, tienen los días contados y no deberían desaparecer. Lo auténtico asediado por la copia burda y el plasticurri insípido, la polipiel, el bótox y las esferificaciones, lo sencillo y lo humano desplazados por el algoritmo inmisericorde, la estadística, los réditos y la inteligencia artificial.

Llega el fin de semana como respiro y oportunidad para estar en familia y celebrarlo. Vienen a casa los ucranianos y traen pollo Kiev y una tarta con crema muselina que estaba de rechupete, sacamos el chorizo y el fuet de la Otilia, queso de Los Pedrones, las olivas partidas y las setas de almez que nos ha regalado mi amigo Jaime, Elena prepara un gazpacho manchego al estilo jarafuelino, el vino es de la ribera del Duero y con el postre llega el solera gran reserva de Fernando de Castilla. En la sobremesa surgen historias de Járkov, la guerra y el exilio, también la sonrisa, el encuentro y los nuevos lazos, no podemos dejar de buscar ventanas con vistas en los muros opacos de los hábitos y las costumbres, anhelamos salidas en el laberinto de lo cotidiano y sus humedales, se habla de perderlo todo y volver a empezar, de los sueños engañosos, del porvenir y sus añagazas, de las fuerzas que flaquean, de trabajos transitorios que solo mantenemos para poder procurarnos el sustento, de todas las ilusiones que nos hacen seguir caminando hacia lo desconocido, quizás como le sucede al burro con la zanahoria, ya lo teorizaba el filósofo inglés Jeremy Bentham en el siglo XIX, decía más o menos que siempre tratamos de evitar el dolor y disfrutar de la vida, como hacemos hoy en esta terraza en el centro de un valle fronterizo y despoblado, hablando de lo terrible como quien se toma de un trago algún licor fuerte, como quien toma carrerilla o baja al fondo del mar a pulmón, porque sabemos ya de qué elementos dispares se compone la existencia, de lo amargo y el almíbar, del tarquín y las estrellas, de filos y algodones, el aire huele a colonia de bebés y a cadaverina entremezcladas. Tenemos mapas del tesoro en las cicatrices, la alegría como forma de exorcismo, reímos y la muerte queda relegada al rincón de lo impensable, a la abrupta extensión de lo imposible, mientras logramos sacar de todo esto, en amistad, algo reluciente y valioso del fondo de un saco oscuro que no tiene fondo. Sabemos, como Idea Vilariño, que el tiempo es un pantano, seamos, pues, por un instante, jacintos de agua, fuegos fatuos.

lunes, 29 de septiembre de 2025

Lecturas veraniegas.

 


Ahora que llega el otoño me da por pensar en mis lecturas veraniegas. Entre dos mudanzas y con la biblioteca empaquetada hasta que se realice la reforma en la casa centenaria que hemos comprado, uno ha ido leyendo lo que ha podido, de aquella manera, como le han ido dejando las circunstancias y el cansancio. De Javier Sánchez Menéndez leí sus Fragmentos, finos pensamientos poéticos y sugerentes reflexiones metafísicas a los que nos tiene acostumbrados el autor. De Víctor Colden, La cinta verde, un magnífico libro de relatos sobre el amor y sobre lo que queda tras su extinción y todavía nos da aliento y calor, sus pavesas y los restos del naufragio en medio de la ausencia insoportable y oscura del alma, o algo así, que decían los místicos en el medievo. De Pierre Mac Orlan devoré El muelle de las brumas, libro mítico, turbio, oscuro y desconcertante como un puerto lleno de gente derrotada que ha visto hundirse todas las naves y no espera nada ya, tal vez solo una salida brusca y violenta de un tiempo de descuento desabrido que les sobra. De Ramón Palomar su dietario Tu mentira es mi verdad (2006-2007), pícaro, vividor, simpático y desvergonzado a manos llenas. También su primera novela negra, 60 kilos, excelente noir mediterráneo, no será la última novela que lea de este escritor. De José Mateos, su deliciosa novela Los años decisivos, entre cuyas páginas he entrevisto alguna imagen desdibujada de mi propio pasado, salvando las distancias. Un lúcido retrato generacional que se repite en cada generación. Mi aforista favorito, Ramón Eder, publicó El libro de las frases transparentes, obra que devoré con devoción y alegría, y que espera paciente relecturas futuras que sin duda llegarán algún día. Y ya en brazos de la seronda, que le dicen en Asturias, me entrego a los preciosos haikus que Juan Manuel Uría nos ha obsequiado en La arquitectura del azar. También me ha regalado la familia, asesorada por Claudio Ferrufino, tres librazos mayúsculos a cual mejor: la poesía completa de George Trakl, la de Idea Vilariño y un libro que recoge poesía y prosa de Oliverio Girondo. Ya tengo buen abrigo para los meses de frío y el zurriagazo inmisericorde de la melancolía. Por supuesto, la lectura más importante no faltará en este nuevo escenario al que hemos venido a vivir: lo escrito en la tierra, el braille de los ribazos, la modulación de los colores mientras se va desarrollando el otoño, los amarillos creciendo en las hojas, los verdes dejando paso, los cielos enrojecidos de puro éxtasis, el arrebol de las nubes que pasan siempre y siempre quedan, el blanco de la niebla sobre las cimas, el amor renovándose, dando sus frutos, y los hijos creciendo felices en pueblos pequeños que la inmensa mayoría desconoce, pequeñas villas de tempos reposados, aldeas recónditas a las que todavía no ha llegado la posmodernidad con la gangrena de sus tentáculos, la velocidad, el vértigo, el ruido, los triunfos, los fondos buitres, el as de oros y todas sus malditas zarandajas.

sábado, 20 de septiembre de 2025

El alma de las ruinas.

 


Se abren las puertas del garaje para que corra la brisa fresca de septiembre, bien temprano, lo mejor es acercar la mesa al umbral. Hay quien corta unos tomates recién cogidos de su huerto, hay quien hace un revuelto con serranas y perfuma de romero el aire. Descorchad el vino, que respire, que venga a darnos su aliento de celebración ahora que las almendras se secan al sol y los olivares piden su vendimia. Completan las viandas unos bollos de jamón y longaniza, otro de sardina y pimientos verdes del horno de Jalance, las olivas que por aquí se hacen con dedicación y buena mano, y unos quesos artesanos de la aldea de Los Pedrones. La conversación fluye en amistad, las risas, las historias compartidas, esos regalos de la vida que siempre nos alargan la vida. Nadie mira el reloj, el tiempo ni apremia ni coacciona, nada puede el segundero en estos almuerzos que duran la mañana entera. Hablad de níscalos, de poleo y manzanilla, de espárragos trigueros, de aquella época remota de las matanzas y los rebaños, de cuando se estaba construyendo la central nuclear y el colegio cantaba lleno de niños, y en el pueblo había un pub, una discoteca y hasta tiendas de ropa y calzado. Enseñadme los caminos, las trochas, las veredas, los atajos, el Alto de la Cruz, los ribazos donde encontrar morquera o tomillo, contad viejas historias, transmitid el fuego, que no muera lo sencillo, que no pierda su importancia este momento, lo minúsculo, lo insignificante, lo cotidiano, lo irrepetible, y todo eso que dicen que está anticuado, pasado de moda, el bien, la verdad y la belleza.

viernes, 29 de agosto de 2025

La sombra del almez.

 


La sombra del almez huele a higos, sandía y hierba recién cortada, es densa y refrescante, a veces, al pasar por ella en los días más calurosos del estío, deja sobre la piel quemada un bálsamo que ayuda a seguir el camino. También está el agua que corre por las acequias, su música que sosiega, acompaña y ahuyenta el cansancio y la manía cioranesca. Llevamos desde el inicio del verano viviendo aquí, en una isla que se esconde tierra adentro. El valle es sabio y posee innumerables formas de ayudarnos a bienvivir. Entregarse a una nueva geografía es abrirse también a sus gentes y costumbres, descubrir un tesoro inagotable. Hay palabras nuevas que aquí hemos aprendido, otras han cobrado para nosotros un hondo significado que antes no tenían. Ardachos, dondiego de noche, cardo espinado, ontina y marrubio, ¡nene, que grandes están ya tus guachos!, hay que ir a quitar pollizos de las oliveras, ¡no hay caracol que iguale a la serrana!, si llueve bien en agosto tendremos níscalos y setas de chopo en abundancia cuando se desarrolle el otoño, aquí hay que darle su justo valor a cada cosa, a cada puro instante sin precio, es de oro el silencio de las plazas en la hora de la siesta, las calles adoquinadas, el castillo, las campanadas remachando con belleza las horas que pasan, es digna de conocer también su gastronomía, sus embutidos, los palomos son unas minihamburguesas con hígado y carne de cerdo envueltas con los redaños (en otros sitios de Valencia se las llaman figatells), los grullos y las toñas son dulces típicos de origen árabe, el pan que aquí sabe a pan, los tomates a tomates, el arroz de matanza es una grata y deliciosa sorpresa, el calducho, los castaños, chopos y perales dialogan siempre sabios con las almas que quieren escuchar y sin violencias las mejoran, también están los caminos infinitos, los ribazos, las zarzamoras, la hiedra en los bancales y el musgo en las acequias pulsando melancolías futuras para cuando llegue el frío, algún manzano, las higueras, la fuente de las Anguilas y la del Ral, fuente Bella, Tobarro y el Tollo Pillete, las chimeneas, la leña apilada, los paseos sin prisa ni rumbo, en la distancia la central nuclear de Cofrentes, sus chimeneas humeantes, los castaños de la ronda de los Tornajos, las montañas y los campos de labranza, nuevos horizontes, nuevas amistades, el ritmo pausado de lo que realmente importa, la presencia permanente de lo que no se alcanza a ver y se intuye, los adoquines, las casas centenarias, los vencejos, la filarmónica, acabamos de aterrizar aquí, como quien dice, hace tres o cuatro días y qué grande y profunda se nos ha hecho de repente la vida en el centro de este valle en donde dicen, los que no saben, que no hay nada, que nada importa, que ya no vive nadie. 

lunes, 5 de mayo de 2025

Luz medicinal.

 


Con el primer café, encuentro en un diario de José Jiménez Lozano una cita de Miguel Ángel que marida a la perfección con mi estado de ánimo de las últimas semanas, un remolino ciego que me empuja contra todo: no hay pintura ni escultura capaces de apaciguar el alma. El cambio de vida y la mudanza me tienen de los nervios y no hay alivio que dure al escuchar música barroca, al leer algún poema no encuentro la paz ni el equilibrio, tampoco al seguir con embeleso los trazos dados por Claude Monet. Para rematar, una conversación con Claudio Ferrufino que anda estos días a orillas del tramo serbio del Danubio, hombre de escritura y vida trashumantes, con el rumbo ahora puesto hacia Bulgaria y Rumanía, tal vez también Moldavia. Ambos tenemos poca esperanza en el porvenir de la humanidad, nos da por pensar en que las cosas solo pueden ir a peor, aunque quisiéramos estar equivocados, por sus hijas que viven en Denver, por mis hijos que me llevo, buscando un refugio duradero, al fondo de un valle todavía dejado de las zarpas de los zopilotes y sus fondos de inversión. Hace unos días vi El príncipe de Egipto con los niños y qué envidia la confianza inquebrantable de los judíos al cruzar junto a Moisés entre las aguas separadas del mar Rojo. Ahora poca fe hay alrededor, pocos milagros. La llaga en la que meter los dedos, no es que esté ausente, la llevamos en el centro del corazón. Josquin des Prés suena como un paño limpio sobre la fiebre. No mires fijamente a los ojos de los cuervos y toma la senda menos transitada. Valora el delirio, busca siempre un bello equilibrio aunque te caigas del caballo, venera el silencio, lo sencillo y la bondad.

Hombreadentro quedan las tinieblas exteriores, encuentran siempre caminos, grietas, son tenaces, ponen fonda, anidan, como quedan intracraneales los horizontes más sombríos, intratorácicos el ansia, el miedo, las peores pesadillas se encuentran en el confuso dentroafuera de las animas incarnatas, hipodérmicas, intraorgánicas, como lienzos del Bosco o purgatorios dantescos, allí también las embestidas más violentas de las bestias bifrontes, de seres escindidos con heráldica deslucida, decrépita, y testaruda desazón. Paisajes patinir en el fondo del alma y de los ojos enceguecidos por la plomiza realidad. Mundus est fabula, hay días que gracias a Dios y días que gracias al diablo. Lo que creíamos luciérnagas eran polillas, y qué hacer con todo el polvo de mariposa que la vida usada nos dejó, como al poeta, entre los torpes dedos. Qué hacer cuando miramos hacia todas partes, no tocamos fondo, queremos dejarnos llevar, y no encontramos entre las olas ni sirenas ni ángeles, ni la estrella o el ancla de la esperanza, ni en lo negro las orillas. Y alguien habla de repente desde nadie hacia mi nada, algo habla desde la nada hacia este nadie que tanto nos pesa. Surge una tímida luz, no estamos completamente solos en la tiniebla.


Me hablaron, dije, de cosas inútiles, de la peña Trevinca, de la ulupica y el ají de fideos, de hermosos tejidos aymaras, de Mungo Park por el río Níger, del corned beef hash, de las máscaras que pintara James Ensor, de la hidra de Lerna montando campamento permanente en nuestras fobias, de Minos, Radamantis y Eaco, jueces del inframundo, de Kreminná, del vino de Besarabia, de nubes de albayalde, del aroma del cedrón que emborracha en los días más ardientes del verano, del rigor inmisericorde de las Erinias, sobre Jaques Prevert, Giovanni Battista della Porta y su club secreto de alquimia, acerca del reverendo Robert Walker patinando en el lago Duddingston o la tumba de Tolstói en Yásnaia Poliana. Me contaron sobre una muchacha comiéndose un pájaro, pintada por Magritte, de un réquiem en mi honor, del Alzheimer de mi madre en el Día de la Madre, del amor, de melodías rembétikas masajeando el alma, de la muerte de todos los tiranos, del fin de las guerras, de calles empedradas en pequeños pueblos fronterizos con castillos arruinados y huellas románicas que esconde la niebla o la floración de los cerezos. Me han confesado que hay una luz medicinal que pinta Sorolla cuando ni la luz ni el azul nos son suficientes, una luz al óleo que logra darnos claridad, asideros, ganas de ser alegría y agradecimiento, el canto de un pequeño pájaro, apenas nada, por eso quiero escribirlo, que quede claro, estoy aquí porque me hablaron y hablaron, por fortuna, cuando menos quería o podía escuchar, de lo que no sirve para nada, de lo que no cotiza en bolsa, de bagatelas que al fin lograron salvarnos de esa horrible, lenta, insoportable muerte que sigue siendo vivir en balde y tratar de encubrir tanta tragedia.

sábado, 19 de abril de 2025

Mudanzas.

 


Nos vamos de aquí, tras cuatro años por el campo chestano, entre algarrobos, naranjos y viñedos de uva moscatel, tractores, caminos polvorientos, cañadas y barrancos, nos marchamos, hacemos mudanza, estuvo bien pero pronto supimos que no sería la casa definitiva, la de la vida, tampoco el lugar donde veríamos crecer a nuestros hijos y mermar nuestras potencias, no será aquí el ocaso, el invierno aguarda lejos todavía, en otro lugar las nieves del tiempo, la última puerta, la que da directamente al patio de luces del misterio. Nos trasladamos hacía el interior de la provincia, siendo ceniza enamorada, trashumante, a renacer y revivir, a empezar de nuevo en lo nuevo. Viviremos en un pequeño pueblo de un valle que se encuentra en la frontera con Castilla La-Mancha, entre fontanas y ruinas medievales, en un remanso de tiempo fuera del tiempo, en lo agreste y feraz, tal vez también tenga el lugar algo de feérico y ascético, sin duda un punto iniciático y mucho de terreno encantado y encantador. Me dice una ignorante que allí no hay nada, nada de lo que no es importante, respondo con poca esperanza puesta ya en el ser humano.

Atrás quedará la casa con su terraza orientada a un oeste de inigualables atardeceres otoñales, de cielos apocalípticos, y el algarrobo monumental, el almendro de Claudia, mi amado limonero, las malas hierbas mostrando su humilde belleza en flor, los mirlos, la golondrina que siempre vuelve a pesar de lo que digan, algún gorrión franciscano, las tórtolas y las liebres, el silencio de los trinos, los descampados, todo esto queda remoto e inaprensible porque ya es memoria que fluctúa, que se escurre, inconsistente o imborrable, sal para la herida, depende del ánimo y el momento, creación poética, arte inútil, vital, y me lo llevo todo en el saco, en el zacuto de pensar, como Sánchez-Ostiz, en la mochila de mi gypsy caravan, en danza, en romería, sin mirar atrás porque no puedo dejar de mirar atrás, a tientas, por el aire, en vuelo, hacia mí porque quiero y necesito alejarme de mí, encontrarme en los otros, en su belleza, volviendo a casa porque aún no tengo casa a estas alturas de la función, tocando violines judíos, darbukas magrebíes, guitarras gitanas, al paso de fanfarrias transilvánicas y charangas mediterráneas, acompañado por mariachis espectrales y músicos barrocos, cargando mi cruz, el remordimiento, tanto esfuerzo en balde, queriendo limpiar vuestros estigmas, besar la lepra, recordando que en cada día hay una muerte y una resurrección, suicidios y nacimientos, maravillas, ejecuciones, basta con atender y querer verlo, como en la gravedad y la gracia de Simone Weil, y allí, en nuestro nuevo hogar también sucederán los milagros cotidianos, lo trascendente en la insignificancia, lo valioso por inútil, allí también, en un valle perdido como refugio en la derrota, para echar raíces al fin, y seguir haciendo el amor a contramuerte, y volver a creer otra vez en los hombres y las tierras, en un apretón de manos, en la palabra y la esperanza, nos vamos lejos de todo lo que era nuestro para encontrar lo solo nuestro que hay en todo, vamos a echar raíces en la frontera para estar siempre como en casa, en el éxodo.

martes, 4 de marzo de 2025

Marineros en tierra.

 


Un agricultor de Vilamarxant nos trae leña en una vieja furgoneta destartalada y llena de abolladuras, mientras la descarga me comenta que es un desastre la cada vez más prematura floración de los almendros. Si en enero ya lucen los dedos rosados de la aurora en sus pétalos, cuando regrese el frío sufrirán daños irreparables, el proceso se interrumpirá en escarchas y caerá desmayado, el fruto no podrá saber jamás de tiempos prósperos o de sazón, y nosotros, desgraciadamente, nos quedaremos sin almendras, sin buena parte de nuestra repostería, sin el turrón ni el mazapán o las garrapiñadas. Lo mismo ocurrirá también con los árboles frutales. Para más inri, la borrasca Herminia ha tirado por tierra todas las naranjas, dice el rústico que las están recogiendo a toda prisa y solo valdrán ya para hacer zumo o confituras. Cambio súbito de tema conversacional, me informa también de que por Vilamarxant hay muchos chalets en propiedad de los bancos, por si me interesa, para que vaya a alguna sucursal a preguntar. Le habré caído simpático y me querrá de vecino o solo son ganas de hablar por hablar, sin orden ni concierto. Su ayudante asiente y balbucea sonidos incomprensibles mientras se tambalea, en principio pienso que recientemente ha sufrido un ictus del que le han quedado graves secuelas pero luego creo que lo que lleva encima es una melopea de las de campeonato y nada más. Se sienta a liarse un cigarrillo junto al melocotonero, mira al infinito y sus ojos parecen los de un santo bebedor. Toda una vida en el campo, la ingrata labor a la intemperie y sus secuelas. Tras una nueva voltereta temática, el locuaz labrador elogia mi limonero y cuenta además que trabajó hace poco con un marroquí que se llevaba garbas de hojas de malva a casa para comérselas en familia como si fueran espinacas o acelgas. Por el momento no las probaré pero sabemos bien que la necesidad nos hace, llegado el caso, insectívoros militantes o apologetas del canibalismo si es preciso. Citaba José Jiménez Lozano a un autor francés que, si no recuerdo mal, decía que no deberíamos sorprendernos de la brutalidad del ser humano sino del beso al leproso.

Cada día voy hacia Cheste para llevar a Marcos al colegio por la carretera que discurre pegada al barranco del Poyo, la rambla ha quedado ensanchada con violencia por la dana, la inundación arrancó los puentes sobre los que pasaba el tren, las carreteras en ciertos tramos desaparecieron, el paisaje es desolador y a pesar de todo muestra ya reflejos tímidos del tenaz joyel de la esperanza. Junto a las ruinas, como hormiguitas hacendosas, trabajan sin descanso las excavadoras. Cerca, los almendros en flor hablando de muerte y resurrección con su habitual sabiduría milenaria. La vigencia de Esquilo y Sófocles es innegable, no cabe soslayar tampoco la importancia de los nenúfares de Claude Monet, afortunadamente. Tiempos extremos, donde hay tragedias desaforadas concurre también la efervescencia de una extraña y valiosa alegría. Destrucción y belleza, drama y esperanza, el ser humano es la conjunción de fuerzas que se repelen y al mismo tiempo se necesitan para así poder manifestarse con pleno sentido. El Dios Jano en medio, abriendo y cerrando todas las puertas. Y nosotros, con la extensa incertidumbre de la estepa póntica, sabiendo que nos es inmerecido el paraíso, que el infierno ha estado siempre bien presente en estas almas estragadas, en el ancho mundo agusanado. Va sonando el Canon de Pachelbel mientras cansados esperamos la próxima gota fría, y tan solo deseamos ya anidar en tierra firme como las águilas de Calmuquia, como los viejos marineros jubilados, recordando sin descanso, borrachos de saudade, las travesías innumerables, los naufragios, las islas del tesoro, el Kraken, los arpones, los mapas incompletos, un ahorcado del palo mayor, algún motín a bordo, la aventura interminable, los mares del sur, la odisea y las Ítacas, la bandera pirata, el ron y la pólvora, la sed de sal, las muertes que no tuvimos, los abordajes, las sirenas varadas, un piélago opaco como el sexo o la fiebre, como niebla densa y abismo, un confuso sueño sin orillas, las máscaras, el no saber quiénes somos, lo poco que nos queda, el barco en llamas, y todas las vidas que nos robaron.

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  La niña comienza a caminar tras dos meses desde el diagnóstico de la enfermedad y el inicio del tratamiento. Ya estamos en la segunda fase...