La niña comienza a caminar tras dos meses desde el diagnóstico de la enfermedad y el inicio del tratamiento. Ya estamos en la segunda fase, la de consolidación. Llegar hasta aquí ya es mucho, para cómo empezó la cosa y cómo nos las veíamos. Es mirar alrededor, en la sala de oncología infantil, y todavía hay que dar gracias. Queda mucho camino por recorrer pero vamos en la dirección correcta, vamos saliendo de la pesadilla. Su enfermedad es nuestra enfermedad y su salud nuestra alegría. Creo que envejecí diez años de golpe la noche en que alguien dijo leucemia, algo se nos murió por dentro, pero hubo que disimular, seguir viviendo, sonreír, aparentar fortaleza y seguridad, volver a contar sílabas y otras cosas inútiles, pensar en el futuro, por ella y gracias a ella.
Es primavera en el valle que nos recibe con la sangre de las amapolas desparramada por sus sembradíos, con la humildad imbatible de las margaritas, con su verdura alfombrando los campos, con sus cumbres y hondonadas innumerables. Volvemos a un tiempo privilegiado que pasa lento y amable, lejos de las grandes ciudades, un tiempo que transcurre por cielos cargados de azur y de vencejos, de un presente más humano y sosegado, siempre en sazón, que fluye por espacios mansos, dulces, lejos de gentrificaciones, por la extensión perfecta y definitiva de los sueños que nos resultan más gratos y confortables, como nubes lenticulares, un recién nacido en los brazos de su madre, letanías o rebaños que se encaminan al aprisco cuando anochece.
Transcurrimos por sus carreteras vacías, sinuosas, por sus aldeas deshabitadas, ruinosas y telúricas. Sus fuentes y sus ríos nos esperaban arpegiando sin descanso una música ansiolítica, fresca y mecedora, una bienvenida, un silencio redondo de pasto jugoso y sombras semovientes. Otra vez las calles adoquinadas, los campanarios, lo que queda de sus castillos y los muros defensivos, las paredes enjalbegadas, las hornacinas, los santos del lugar, también sus pecadores numerosos, las plazas soleadas del pueblo, los mercados milagrosos, las terrazas, las cuatro tiendas y los tres bares, la pequeña banda de música, la farmacia y el centro médico, las lindes dudosas, los ribazos y las acequias, la quema de rastrojos, la siembra, las esparragueras, los ciervos por las pinadas, la buena gente que es franca y generosa y huye de lisonjas y alharacas, los amigos que hemos encontrado como quien encuentra oro, la familia que elegimos, las raíces trashumantes y el hogar definitivo.
La próxima semana nos esperan más pasos sobre agujas, brasas y citotóxicos, y es desde el valle fronterizo desde donde queremos seguir pisando la cola fibrosa, deforme y astillada del monstruo repugnante de esa muerte engalanada con ataúdes blancos y angelitos de Rubens, esa perra muerte insoportable con interiores de terciopelo o satén que todavía no, entre caballos negros desbocados y danzas truncadas de la vida, todavía no, coronas de claveles blancos, rosas y liliums, no nos toca lo inconsolable ni la elegía ni el hueco que deja una cuerda rota en la guitarra absurda, intolerable y desafinada de unos padres huérfanos, ni el nido vacío, ni la habitación rosa y clausurada, ni el frío crónico, filarmónico y medular del desahucio, el desamparo y los crematorios.
