sábado, 28 de febrero de 2026

Después del alta hospitalaria.

 


Llega el vértigo del alta hospitalaria y el tratamiento ambulatorio. Os vais, te dicen, con una sonrisa en la cara, eso sí, a cero de defensas, o sea, desprotegidos y vulnerables, porque la inmunidad propia es el caballo de Troya del trastorno, el flanco expuesto por donde se infiltra el virus, la bacteria o el hongo oportunista. Habrá que regresar varias veces por semana a Hospital de Día para seguir con los ciclos quimioterápicos y las revisiones médicas, con las analíticas sanguíneas y las punciones lumbares. Uno tiene la extraña sensación de que es arrancado de la teta nutricia, del lecho de algodón nosocomial, nos sacan de nuestra burbuja sobreprotectora y quedamos de nuevo solos, expuestos, a la intemperie. Llega y nos domina el miedo al aire, a la ráfaga traicionera, se extiende el pánico a las aglomeraciones, al estrecho ascensor de la tos y la febrícula, nos invade el terror ante el abrazo, la caricia o los niños saltarines con mocos y uñas enlutadas abarrotando los parques. Jamás pensé que sentiríamos repulsión por el beso en la mejilla o el apretón de manos, pánico cerval por la cercanía.

Nos prestan un apartamento en la playa, a media hora del hospital, nada que ver con la hora y media que hay de camino hasta nuestra casa, en el centro justo del valle fronterizo. Los médicos cuentan con que surja alguna complicación, algún desajuste, es muy frecuente el reingreso, así que ahora no hay nada mejor para nosotros que este paseo marítimo en temporada baja, las calles sin gente, las tiendas cerradas, los columpios vacíos y oxidados mientras aguardamos la próxima cita en oncología infantil. Como la niña no puede caminar dejamos que juegue con su hermano y sus cubos, rastrillos y palas sobre la arena. Desentierran piedras y sonrisas olvidadas, nos alivian la congoja con su lúdico estar en el mundo sin un antes ni un después. Son presente continuo, ahora o nunca, lo pequeño adueñándose del centro del mundo. El niño enfermo, en cuanto mejora un poco, solo quiere volver a jugar, a vivir su vida, entre dolores o entre fiebres, pero pasarla bien, divertirse, que es su sabia manera de no pensar en la vida y sus aristas, ni tampoco en la muerte con toda esa carga de misterio que nos paraliza y nos engulle. No pierden el tiempo, lo cabalgan. El niño es impulso y acción, aun quieto es movimiento, centrífugo, marginal y oblicuo. siempre está en fuga, en otro lugar y en la cosa siguiente. Se entregan, se regalan, a cada instante ponen toda la carne en el asador porque es la mejor forma de no permanecer en nada para estar en todo. En sus gestos hay siempre magia y magisterio, ubicuidad, rito y elevación. Los niños enfermos son ejemplo de cómo deberíamos vivir la vida. Animales mitológicos, están hechos a imagen y semejanza de Dios.

Me cuenta Elena que leyó en una publicación de una asociación de padres de niños con cáncer que, al año, en España, se dan unos 350 casos de leucemia linfoblástica aguda, de los cuales un tercio ocurren en niños menores de cuatro años. De esos ciento y pico niños escasos nos ha tocado a nosotros uno ellos. La vida es así. El azar es un arcano y reparte su baraja sin sentido aparente ni razones que la lógica pueda ensillar. Aherrojados por el antojo severo de la ventura, cada uno de nosotros vamos tomando, como podemos, lo que nos cae encima, la suerte, a veces negra, que nos viene pisando los talones desde antiguo. Creíamos que tras la pandemia, la muerte fulminante de mi suegro y la dana de Valencia pasándonos muy cerca, creíamos, decía, que ya habíamos cumplido el cupo de fatalidades por un largo periodo, pero no, el reverso de la calma y la bonanza no es otro que el desequilibrio y la fatalidad. El absurdo, tenaz y perverso, se ensaña con los seres humanos y nosotros, viendo cómo va el mundo, todavía tenemos que dar las gracias porque la racha mala aún podría ser peor, no hay más que fijarse en los demás usuarios de las consultas de oncología infantil o escuchar un rato las conversaciones que surgen entre derrotados en las lavanderías del extrarradio. Y así van pasando las semanas, yendo y viniendo al hospital, preguntándonos el porqué de todo esto sin esperar respuestas, entre goteros y quebrantos, mascarillas, protocolos, ensayos clínicos, cuidados exquisitos y sabias recomendaciones. Así vamos tirando, día a día y paso a paso, viendo cómo pasa el tiempo más confuso de nuestras vidas, junto a grandes ventanales, frente a piscinas vacías y relojes densos, pidiendo, como Ramón Eder, que el dolor produzca una perla, y sabiendo, como Amalia Bautista, en estas horas de amenaza y temor, que “al cabo, son poquísimas las cosas que de verdad importan en la vida: poder querer a alguien, que nos quieran y no morir después que nuestros hijos”.

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