Un espigón es la voluntad de los hombres queriendo cambiar el curso de las aguas y de la historia, es la necesidad de apaciguar la embestida de las olas del mar y de los acontecimientos imponderables. Además es símbolo y monumento, avance frente a lo adverso y pura resistencia numantina. Una escollera habla también sobre esperanza, quimioterapias y hospitales, de lo frágil poniéndose en pie y de la sonrisa a pesar de la merma de nuestras potencias, cuenta algo acerca de los niños enfermos que siguen con sus juegos, con sus fantasías, sobre la fe y el amor descollando contra la costa abrupta de la enfermedad y de la muerte.
De los rompeolas me gusta esa infinita paciencia que tienen frente al desgaste que van produciendo los elementos en su precaria arquitectura, su estoicismo ante la terca persistencia del tiempo y el desgaste de los materiales, ese estar siempre en su sitio pese a los partes meteorológicos adversos y los bárbaros avances enemigos.
Claudia acaba de cumplir tres años y el diecinueve de marzo es San José, el Día del Padre en Valencia. El regalo grande, el de importancia, es el que me hace ella cada día con su actitud y su presencia, con la luz que lo ilumina todo cuando sonríe y domeña su cansancio, con ese pensamiento mágico que le nace muy de dentro ante la fatalidad, que es la magia del pensamiento, y el puro vivir el momento sin pensar.
Creo que fue Picasso quien dijo que hacía falta toda una vida de desaprendizaje para poder volver a pintar como un niño, yo voy aprendiendo de mi hija otras pericias y experiencias, la fortaleza de los débiles, la sabiduría de quien ignora, el fulgor que desprendemos al ser acorralados, el gesto generoso de quien apenas puede moverse cuando la fiebre y nos roza con su mano en la mejilla por consolarnos, la genialidad de quien nos transmite en unas pocas palabras el resumen perfecto de todos los libros sagrados, y descubro además que una niña con leucemia es un poema andante aunque no pueda caminar, un malecón que taja el mar para que yo pueda acercarme un poco más a un horizonte que no lograba ver porque el cielo mediterráneo era todo un amasijo perverso e incomprensible de grisalla, silencio de Dios y leucemias.
Ahora sé que en las venas quimioterápicas y ardientes de mi hija vive un nuevo yo que es mucho más y mejor que el yo que yo no era y me mataba. A pesar de todo, soy afortunado, tengo una vida por estrenar en las manos con estigmas de mi niña Claudia, en toda esta santidad que Dios nos ha regalado y no queríamos.

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