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domingo, 19 de octubre de 2025

Jacintos de agua.


 Me regalan unas hebras de azafrán, oro rojo que llevo ahora en el pensamiento como un delicado talismán incandescente para cruzar el valle, alejando el miedo, cuando la noche y la niebla densa, camino de mi nuevo trabajo en un pequeño hospital comarcal a casi una hora de casa. Al pasar por el puerto de la Chirrichana hay que ir con los sentidos aguzados. Cabras, corzos, ciervos, muflones, zorros o jabalís pueden aparecer de súbito en la carretera sinuosa y provocar algún accidente irreparable. Para colmo, la lluvia recia, el granizo y los desprendimientos. Suena el saxofón barítono de Leo Parker, Pepper Adams o de Leo Pellegrino, la voz seductora de Zaz, Carla Bruni o la de Norah Jones, el blues de Houndog Taylor o Robert Finley. Siempre la música para amansar a las fieras, para quitarle al alma un poco de peso, para hacer más soportables las brasas que van por dentro y nos acongojan. En no pocas ocasiones hemos mantenido el buen temple ante situaciones extremas gracias al abrigo que nos proporciona el arte y esas cosas minúsculas o inútiles que nos salvan la vida.

A diario el mismo camino, salgo del valle y está la llanura que se vuelve infinita en lo oscuro. Comienza a amanecer y la visión se ensancha, vienen formas, extensiones y aristas a mostrar retales aún sucios de una luz que nace titubeando, todavía confusa. Cruzo la meseta labrada en viñedos y olivares, las pinadas, los almendros, aldeas casi sin gente que hablan de su muerte lenta, gasolineras abandonadas, algún bar y algún pequeño horno que de milagro resisten, humildes cooperativas agrícolas, pequeñas bodegas y un pub con nombre de ciudad norteamericana y mala reputación donde terminan los perdidos de la zona y su contorno. Cada mañana soy espectador privilegiado de la lenta agonía del mundo rural, de su extinción, decadencia y asesinato, del óxido y los desconchones, de cultivos echados a perder, también de su capacidad de resistencia y su indómita belleza. Cuando el tiempo lo permite me detengo en una quesería artesanal y compro oro en cuñas hecho con leche de cabra, hemos bebido con gusto los vinos de Alpera o Almansa, probamos las tortas para el gazpacho manchego que hacen en el horno de leña de Ayora, el pan o los melocotones de Cofrentes, el embutido de Jarafuel, las setas de chopo y los espárragos trigueros que crecen por el campo, los bollos de tajadillas que hacen en Requena y tantas cosas de gran valor que son amenazadas por el mundo posmoderno, maravillas salidas de minúsculos y recónditos comercios tradicionales que en muchos casos no esperan relevo generacional, tienen los días contados y no deberían desaparecer. Lo auténtico asediado por la copia burda y el plasticurri insípido, la polipiel, el bótox y las esferificaciones, lo sencillo y lo humano desplazados por el algoritmo inmisericorde, la estadística, los réditos y la inteligencia artificial.

Llega el fin de semana como respiro y oportunidad para estar en familia y celebrarlo. Vienen a casa los ucranianos y traen pollo Kiev y una tarta con crema muselina que estaba de rechupete, sacamos el chorizo y el fuet de la Otilia, queso de Los Pedrones, las olivas partidas y las setas de almez que nos ha regalado mi amigo Jaime, Elena prepara un gazpacho manchego al estilo jarafuelino, el vino es de la ribera del Duero y con el postre llega el solera gran reserva de Fernando de Castilla. En la sobremesa surgen historias de Járkov, la guerra y el exilio, también la sonrisa, el encuentro y los nuevos lazos, no podemos dejar de buscar ventanas con vistas en los muros opacos de los hábitos y las costumbres, anhelamos salidas en el laberinto de lo cotidiano y sus humedales, se habla de perderlo todo y volver a empezar, de los sueños engañosos, del porvenir y sus añagazas, de las fuerzas que flaquean, de trabajos transitorios que solo mantenemos para poder procurarnos el sustento, de todas las ilusiones que nos hacen seguir caminando hacia lo desconocido, quizás como le sucede al burro con la zanahoria, ya lo teorizaba el filósofo inglés Jeremy Bentham en el siglo XIX, decía más o menos que siempre tratamos de evitar el dolor y disfrutar de la vida, como hacemos hoy en esta terraza en el centro de un valle fronterizo y despoblado, hablando de lo terrible como quien se toma de un trago algún licor fuerte, como quien toma carrerilla o baja al fondo del mar a pulmón, porque sabemos ya de qué elementos dispares se compone la existencia, de lo amargo y el almíbar, del tarquín y las estrellas, de filos y algodones, el aire huele a colonia de bebés y a cadaverina entremezcladas. Tenemos mapas del tesoro en las cicatrices, la alegría como forma de exorcismo, reímos y la muerte queda relegada al rincón de lo impensable, a la abrupta extensión de lo imposible, mientras logramos sacar de todo esto, en amistad, algo reluciente y valioso del fondo de un saco oscuro que no tiene fondo. Sabemos, como Idea Vilariño, que el tiempo es un pantano, seamos, pues, por un instante, jacintos de agua, fuegos fatuos.

lunes, 29 de septiembre de 2025

Lecturas veraniegas.

 


Ahora que llega el otoño me da por pensar en mis lecturas veraniegas. Entre dos mudanzas y con la biblioteca empaquetada hasta que se realice la reforma en la casa centenaria que hemos comprado, uno ha ido leyendo lo que ha podido, de aquella manera, como le han ido dejando las circunstancias y el cansancio. De Javier Sánchez Menéndez leí sus Fragmentos, finos pensamientos poéticos y sugerentes reflexiones metafísicas a los que nos tiene acostumbrados el autor. De Víctor Colden, La cinta verde, un magnífico libro de relatos sobre el amor y sobre lo que queda tras su extinción y todavía nos da aliento y calor, sus pavesas y los restos del naufragio en medio de la ausencia insoportable y oscura del alma, o algo así, que decían los místicos en el medievo. De Pierre Mac Orlan devoré El muelle de las brumas, libro mítico, turbio, oscuro y desconcertante como un puerto lleno de gente derrotada que ha visto hundirse todas las naves y no espera nada ya, tal vez solo una salida brusca y violenta de un tiempo de descuento desabrido que les sobra. De Ramón Palomar su dietario Tu mentira es mi verdad (2006-2007), pícaro, vividor, simpático y desvergonzado a manos llenas. También su primera novela negra, 60 kilos, excelente noir mediterráneo, no será la última novela que lea de este escritor. De José Mateos, su deliciosa novela Los años decisivos, entre cuyas páginas he entrevisto alguna imagen desdibujada de mi propio pasado, salvando las distancias. Un lúcido retrato generacional que se repite en cada generación. Mi aforista favorito, Ramón Eder, publicó El libro de las frases transparentes, obra que devoré con devoción y alegría, y que espera paciente relecturas futuras que sin duda llegarán algún día. Y ya en brazos de la seronda, que le dicen en Asturias, me entrego a los preciosos haikus que Juan Manuel Uría nos ha obsequiado en La arquitectura del azar. También me ha regalado la familia, asesorada por Claudio Ferrufino, tres librazos mayúsculos a cual mejor: la poesía completa de George Trakl, la de Idea Vilariño y un libro que recoge poesía y prosa de Oliverio Girondo. Ya tengo buen abrigo para los meses de frío y el zurriagazo inmisericorde de la melancolía. Por supuesto, la lectura más importante no faltará en este nuevo escenario al que hemos venido a vivir: lo escrito en la tierra, el braille de los ribazos, la modulación de los colores mientras se va desarrollando el otoño, los amarillos creciendo en las hojas, los verdes dejando paso, los cielos enrojecidos de puro éxtasis, el arrebol de las nubes que pasan siempre y siempre quedan, el blanco de la niebla sobre las cimas, el amor renovándose, dando sus frutos, y los hijos creciendo felices en pueblos pequeños que la inmensa mayoría desconoce, pequeñas villas de tempos reposados, aldeas recónditas a las que todavía no ha llegado la posmodernidad con la gangrena de sus tentáculos, la velocidad, el vértigo, el ruido, los triunfos, los fondos buitres, el as de oros y todas sus malditas zarandajas.

Regresar al valle.

  La niña comienza a caminar tras dos meses desde el diagnóstico de la enfermedad y el inicio del tratamiento. Ya estamos en la segunda fase...