miércoles, 11 de marzo de 2026

Un Matisse perdido.

 


Un nuevo paisaje viene siempre acompañado de una ampliación de nuestro vocabulario, ese escenario que titubeantes pisamos por primera vez nos enriquece el lexicón, aunque en ocasiones como esta, dadas las circunstancias, no quisiéramos. La vida nos obliga ahora a aprender palabros desagradables, términos científicos con carga semántica negativa, vocablos como metotrexato, vincristina y asparaginasa, difíciles tecnicismos como citometría de flujo, linfoblasto y marcadores inmunofenotípicos. Nos dice un pediatra que las células malignas se esconden de los tratamientos en zonas de difícil acceso como el Sistema Nervioso Central y los testículos, y que a estos lugares se les llama santuarios. Así pues, el cáncer que nos mata, cuando le vienen mal dadas, tiene sus refugios, sus lugares predilectos, trincheras en las que se pone a hibernar, ermitas recónditas donde acude para rezarse a sí mismo, catedrales ateas que la muerte codiciosa tiene diseminadas por nuestro cuerpo. 

Por suerte, no todo en el mundo son inventos para la destrucción y el sometimiento. Está el bombardero B-2, la ametralladora ligera M249, las armas ultrasónicas o el futuro submarino nuclear francés bautizado como El Invencible, actualmente en fabricación, listo para su uso en 2035. Pero también tenemos la inmunoterapia personalizada contra el cáncer, las plantas de desalinización submarina o los marcapasos inalámbricos y biodegradables para bebés. La esperanza, como el lirio de agua, crece en los barrizales. Es el mismo mundo el del odio y el del amor. Del caos surge la armonía perfecta, del silencio la música, tras la caída del humanismo regresará un humanismo distinto, pulido y refinado, como si fuera primigenio, aforismo perfecto, apotegmático, para hacernos caer del caballo, igual que Saulo, ante el nacimiento del nuevo punk o el advenimiento de un viento paráclito. De la norma brota la excepción y la luz más necesaria nos viene siempre dada del costado más opaco de la oscuridad, de la herida o el desgarro, con ánimo científico y espiritual, como cuando un hombre que dudaba metió sus dedos incrédulos en la carne separada por la hoja del venablo, para rendirse ante la evidencia.

Un mes llevamos ya con todo esto, con la leucemia de la niña y nuestro mal dormir, lejos de casa y del trabajo, de nuevo en la gran ciudad, con la vida y los proyectos en suspenso permanente hasta nueva orden. Sigue el refugio playero cercano a Valencia y las caminatas por un paseo marítimo en temporada baja, las terrazas sin gente, las tardes interminables, algo de vino y literatura para abrigar un poco el corazón, días de frío y lluvia que calan hasta el hueso como la enfermedad de una hija, su dolor y el apretado cilicio de su miedo sobre nuestra impotencia como un cielo cerrado y gris. Decía José Jiménez Lozano que, en una época de excesos y espanto como la nuestra, si no nos habíamos convertido ya en serpientes era porque todavía nos quedaba la esperanza y la alegría, y porque además “a nuestro mundo tampoco le han faltado los maravillosos vivires de Matisse”. Hoy, aunque canten los pájaros y la primavera comience a dibujar su anuncio sobre todas las cosas, hay mañanas así, solo tengo una esperanza frágil, temblorosa como un cachorro mojado a la intemperie, una alegría intermitente y desconfiada, pequeña y coja, con demasiadas piedras en sus zapatos gastados, y no logro ver los maravillosos vivires de Matisse por ninguna parte, en este marzo de hospitales. Tan solo hay un Cristo de Grünewald con mi cara exangüe y desfallecida, si me pongo en lo peor, y eso, por la pequeña Claudia, no me lo puedo permitir. Habrá que seguir buscando un Matisse perdido entre las sombras.

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