domingo, 11 de enero de 2026

Del pan de la vida.


Han cerrado el horno de uno de los pueblos del valle. Tras toda una vida entre harinas su dueño se ha ganado la jubilación y no hay relevo generacional, nadie quiere tomar las riendas del negocio y eso es un acontecimiento trágico para cualquier zona rural. La carga simbólica es descorazonadora. Un pueblo sin horno es como un pueblo sin campanario o sin parque infantil, le falta algo fundamental, queda cojo, tuerto y enlutado, más lúgubre, doliéndose en silencio de su miembro amputado y fantasma. No habrá magdalenas para las beatas que salen de misa ni bollo de tajadas para los que vuelven de quitarles los pollizos a las oliveras. ¿Qué hogaza partiremos ahora con las manos? La de la muerte lenta de los pueblos, esa que esconde la agonía de los cuatro gatos que se quedan sin pan.

Se encuentra la chacinería sola y desangelada, y el vino, sin pan, es menos vino. Ya nadie hará las tortas para los gazpachos manchegos ni los pasteles de cumpleaños de los escasos niños. Por imperativo circunstancial suprimiremos de la dieta las rosquillas de anís, los rosegones, los palitos salados rellenos de anchoa y sobrasada, los curasanes, las ensaimadas, el pan de aceite y el de pueblo, la sacra oblea, las rosquilletas con llavoretes, los panquemaos, la calabaza asada, el agua de azahar y los hojaldres. Si queda en sombra suspendida, herida de muerte, la levadura en la tahona abandonada, quedamos un poco huérfanos todos por las aldeas y en los pequeños pueblos del valle, sin la gracia cereal, sin el trigo, ni el maíz o el centeno, sin su pizca justa de sal, sin la nata montada, sin el panadero y sus arcanos, sin ese poema perfecto que es una barra de pan recién horneada en las mañanas de invierno, brújula en la niebla, sin esa intención suya tan panaria de ser alimento, sostén, refugio y abrigo para el cuerpo y el alma de los que cada vez nos hemos quedado más solos, aquí, en un rincón olvidado, lejos de las megalópolis y las baguettes precocidas de los grandes supermercados.

Solo es posible el pan sincero para los que viven más en la intemperie, no admiten bien los sucedáneos desde su periférico aparte, en los pequeños colmados que heroicamente resisten como aldeas galas, en los pocos bares que les quedan, por los minúsculos mercados y las plazas de los pueblos que se vacían. Son una suerte de humanidad en resistencia los que todavía aprecian el pan verdadero, son el salmón que nada contracorriente. Los últimos mohicanos necesitan algo de pan artesano para seguir en pie sobre los vestigios de un mundo que con su muerte cerrará las últimas puertas, se tapiarán los quicios de las viejas casas y la mano del tiempo apagará, algún día, para siempre, la lumbre nutricia y bella de todas sus panaderías. Será la oscuridad total, algo así como borrar las hogazas de los bodegones que pintara en el siglo XVIII el gran Luis Egidio Meléndez, de forma irrevocable será el fin del mundo conocido. Mientras esto sucede, llenemos las copas de vino, cabalgad a pelo el lento animal del valle, contad estrellas en la noche penúltima de vuestras vidas, dadme un pedazo de pan como quien da un abrazo.

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