domingo, 15 de febrero de 2026

Días de hospital.

 


Un hospital se convierte en el centro del mundo, son el magma de mis días sus niños céreos y ojerosos por los pasillos naranjas, verdes y azules, los infantes enfermos van empujando un pie de gotero hacia los grandes ventanales del incierto porvenir. El cielo es de un azul mediterráneo incontestable, a pesar de todo, nos consuela su luminosa palidez, y habla todavía de vida y esperanza, de sueños y futuros dichosos. A veces, el cielo también nos miente con piedad, por dar ese consuelo que nos hace falta como el pan. Hay en la sala gritos de niños que sufren, llantos que traspasan las paredes, hay niñas que dicen tengo miedo o ya me siento mejor, para ver si nos lo creemos, por si nos marchamos pronto a casa, de una vez por todas y para siempre. Hay una pequeña escuela al final del pasillo para los niños que viven a duras penas, también para los que mueren sin remedio. La esperanza está en el ambiente, también se intuyen tristes historias indecibles por truncadas, tragedias griegas. Y siempre hay una sonrisa enfermera llenando de amor el aire, velando por nosotros en la hora oscura, cuando estamos completamente solos, locos y desamparados entre multitudes que sufren.

Es 14 de febrero, san Valentín, y este año comemos con prisa y sin romanticismos de la bandeja amarga del acompañante. El que cuida engulle con urgencia para estar disponible de inmediato, por estar fuera de juego el menor tiempo posible. La niña come bien y es regalo suficiente, las lentejas viudas y el solomillo correoso nos saben a gloria bendita porque la vida sigue con ella entre nosotros y no queremos ni necesitamos ni podemos permitirnos nada más. Por la tarde regresa el dolor con sus olas crispadas, con sus perfiles de Guernicas picassianos, con su látigo fustigando nuestros nervios cansados de padres descompuestos que a duras penas disimulan. No pisamos en firme desde el día del diagnóstico, que es la forma en que vagan los padres que se sienten impotentes cuando sus hijos peligran. Esperar, acompañar, cuidar es la única manera de darlo todo cuando no podemos hacer nada más. La noche la paso solo en un hotel de carretera, por descansar un poco y evitar tanto kilometraje pesando ya demasiado sobre nuestra extenuación, vivir a hora y media de Valencia tiene un precio, la vida rural se paga cara cuando la vida va en juego. Elena se queda con la niña en el hospital, yo ceno solo en el restaurante del hotel, el vino pésimo arruina los platos que dejo a medias, descanso poco y mal, rodeado por un viento salvaje que agita hasta los cimientos del edificio, un viento desaforado y ululante que mete miedo y nos recuerda que lo amado pende de un hilo inconsistente.


Domingo, día del Señor y del cáncer infantil, día de carreteras y bulevares vacíos, de luz sagrada y sombras ateas, día de regresar al gran hospital, junto a mi niña que se cura de la muerte y que se muere un poco también por la cura, ay, quimioterapias, día de mi bella durmiente y cansada, de la pequeña princesa del bosque y la polifarmacia, día del dolor y la analgesia, del dormir, dormir y tal vez soñar. Pasamos la mañana rodeados por una claridad lenta y un tiempo que pasa extraño, ajeno, descabezado como un recuerdo incompleto, como niebla clara o lluvia fina en la distancia, nubes sucias desfilando fotograma a fotograma, la nada y el acabamiento susurrando satanismos incomprensibles, como esa intrincada pesadilla que no recordamos y nos sobrecoge al despertar. Llega el menú del mediodía y me lanza directamente hacia un verano mío de la infancia, hacia todos los veranos de la infancia. Ensalada y paella valenciana, de postre una naranja es suficiente para devolverme a algún chiringuito playero de mi niñez. En la memoria de aquellos tiempos me salvo, mientras lo escribo no hay leucemia ni goteros, y veo con claridad a mi niña, junto a mí, con el niño aquel que todavía soy, comiéndose la naranja, cantando y sonriendo, y me quito un peso de encima, se aquieta el pecho enfebrecido, surge una calma que me ayuda a surfear la ola densa, aceitosa y salina de este domingo, día del Señor de la leucemia, y respiro hondo como un rezo, cada gesto de amor es plegaria, y ya sé que mi hija y sus veranos serán siempre inmortales, pase lo que pase, si yo estoy vivo y puedo recordar. Hay un olor a salitre en la habitación del hospital mientras mi niña va comiéndose la naranja de mi niñez y ya no hay habitación ni hospital, la niña se ha curado y escucho con claridad el rumor de unas olas inmarcesibles. 

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