martes, 24 de septiembre de 2024

Cuarenta y siete.


Mañana paseada sin rumbo fijo por el mercado de Ruzafa, algarabía, los puestos lucen la mercancía con mimo, parecen homenajes a Ceres, ofrendas a Deméter o remedos de Arcimboldo. Cafés de especialidad, 100% arábica, chiles habaneros, chipotle, queso feta, aceitunas kalamata, pasta trafilata al bronzopak choi, colmenillas, trompetas de la muerte, salicornia o espárrago de mar, atún rojo, sardinas, boquerones, salmonetes, palayas y molleras como las que comía mi abuela Juanita, enharinadas, fritas, humildes, deliciosas. Quesos y vinos de todas partes, debilidad la que siento por el stilton o el comté, salazones, embutidos, fiambres, buenas carnes de corte argentino para el asado dominical, compro en una bodega cercana un vino tinto de Toro, otro del Bierzo y otro de la Ribera del Duero. Suena JJ Grey & Mofro por mis auriculares, Lochloosa is on my mind, canción que siempre me emociona, a mí, que soy de todas y de ninguna parte.

Descuideros, carteristas, gitanos de teclado electrónico y griterío, pedigüeños, turistas despistados, ancianas que avanzan con su carro de la compra como un tanque, compradores compulsivos, ciegos vendiendo cupones, borrachos sin brújula, miradores, merodeadores, paseantes, los hay escoteros y los hay que van cargados como aparapitas, también concurren solitarios, parejas, tríos, gorriones en pos de la miga de pan, tórtolas de amor galante. Los mejores buñuelos que he probado se hacen frente al mercado de Ruzafa, en Fallas elaboran unos con ralladura de limón que son deliciosos. Paso por la librería Imperio y me hago con un poemario de Hugo Mujica, su poesía me atrae porque siempre va a lo esencial, a la raíz, despojada, entre mística y metafísica, al grano y sin tonterías, al centro más recóndito de la almendra, poemas necesarios que ayudan a bienvivir. Como me quedan pocos días de vacaciones voy con Elena y los niños a comer a L’Alquimista, uno de mis italianos favoritos de siempre, son de la Emilia-Romaña, hacen ellos la pasta, las salsas, tienen buenos vinos y saben recomendarlos, la suya es auténtica cocina casera, un verdadero gozo para los sentidos.


Cumplo cuarenta y siete años, Elena y los niños me regalan La guerra carlista de Valle-Inclán, La cuerda rota de Pablo Antoñana, Háblame del tercer hombre de José Carlos Llop y Trecientas prosas de César González-Ruano. Variado e inactual, como a mí me gusta. Mi familia ucraniana viene a casa para felicitarme con una botella de Lagavulin 16 y Pío Baroja, una biografía a contrapelo, de Miguel Sánchez-Ostiz. Nunca podré demostrar lo suficiente mi agradecimiento por tener a tanta gente buena pendiente de mí, que me quiere, personas a las que sé que les importo y a las que mis penas y alegrías no les son indiferentes. Me siento afortunado, poco más se puede pedir.


En mi jardín creció estramonio junto al laurel, como las adelfas que rodean la piscina, no sé si vienen a hablarme de la intrincada relación entre lo bello y lo terrible, el veneno mortal y la vida en su apogeo, la victoria limpia o marrullera y despiadada, la traición y la desdicha en la derrota. Algo dicen también sobre los polos opuestos e irreconciliables que son necesarios para existir. Tensión permanente, vieja contienda sin final. Beben de las mismas aguas, sus raíces se enredan y confunden, su existencia y destino son similares, por no decir idénticos. Su significado es radicalmente opuesto. Y así vamos nosotros por la vida también, rompiéndonos, recomponiéndonos, enfrentándonos al espejo, tratando de entendernos mejor y poner un poco de paz entre todas las contradicciones que nos conforman y hacen que seamos también la noche devorando el día, un rayo de luz partiendo las sombras más cerradas, ese momento preciso en el que no sabemos si es la aurora o el ocaso lo que se acerca, cuando cada horizonte es un misterio reclamándonos y en ese confuso delirio entre el bien y el mal todo parece posible y vale la pena.


La flor del estramonio laureada, poderosa imagen, algo dice de la tan franciscana hermana muerte, algo que no entendemos nos impele y nos activa, hacemos las maletas y pasamos el fin de semana en un hotel perdido por el valle de Guadalest, en el interior de Alicante, por mi cumpleaños, por la gastroscopia y la colonoscopia de la semana que viene, Elena y yo, solos, sin niños, amantes de nuevo, como al principio, como cuando el big bang o el cantar de los cantares, unidos sin fisuras, cuando uno más uno era uno, como un mar y un cielo aglutinados, o el amor en su cenit impecable de carne y alas, de sexo divino, desconexión y calma entre la sierra de Aitana y la de la Xortá. Llevo un par de libros en la mochila que casi ni abro de tan embobados y en trance que pasamos las horas frente a los grandes ventanales de la habitación. Parece irreal tanta belleza, el olvido de todo el sufrimiento y el cansancio, poder guardar silencio juntos sin distancia o dolor, reunidos, pura ataraxia y nada más. Las nubes bajas se deslizan sin daño sobre las peñas afiladas, llueve y descendemos al embalse por sendas resbaladizas de barro, hierba silvestre y grava, sus aguas turquesas son perfectas, sin nadie, solo en la superficie el leve aleteo de un viento paráclito, un misterio mostrándose cuando el cielo no es azul y ya no importa, amenaza de tormenta a media mañana, regresamos al hotel felices y enfangados, todo es como debe de ser, todo es casi inmerecido, el mundo, su vértigo, estramonio y laurel, nosotros, y el corazón sosegado. 

martes, 3 de septiembre de 2024

Lluvia de septiembre.

 


En septiembre la lluvia viene, entre otras cosas, para malbaratar los cultivos y ajustarnos las cuentas. Tolai, tontolaba, memo, nos susurra al compás del repiqueteo de sus gotas furiosas sobre la baranda de la terraza vacía, no has exprimido el verano como debieras, lo que has perdido lo has perdido para siempre, en todas partes, o como diría Kavafis, la vida que aquí perdiste la has destruido en toda la tierra. De nada te servirá la medalla de san Benito de Nursia, su vade retro satana, no podría ayudarte el padre Amorth con sus exorcismos plagados de arcanos latines en estancias humildes de luz tenue y viciada, no contrates a brujos nigerianos o a los yatiris del lado fosco aunque hayan sobrevivido al impacto del rayo y aseguren que pueden devolverte tu ajayu, el espíritu, la psique, el alma o algo así, un ente parecido, digo yo. No pidas socorro, es en balde, que ante la lluvia de septiembre siempre irás solo y desamparado.

La cosa va por otros derroteros, llueve para que sepas que algo ha cambiado irremediablemente, que ha pasado de largo esa estación tan prestigiada, el verano y su desnudez de ensueño, símbolo solar por excelencia, en donde más y mejor se expresa la vida en sazón, el vigor de la juventud y su belleza. Para que mires por la ventana y te pongas como Antonio Machado, un poco melancólico, o te des a la bebida o llegues a sentirte como César Vallejo muriendo en París con aguacero pero en tu casa o en tu lugar de vacaciones favorito y recurrente. Puedes poner un disco de Thelonius Monk si quieres, puedes echar sal en las heridas. Déjate llevar por la corriente, entre hojas secas, pequeñas ramas rotas y flores mustias, restos de un tiempo esfumado, símbolo poderoso, hacia los sumideros.


Llueve y se pone verde de algas el agua de la piscina, regresan las goteras impertinentes que habíamos olvidado, queda desmantelado el parque de atracciones, clausurada la zona de recreo. La lluvia es pausa, recogimiento, intimidad, pero también fractura, distanciamiento y esa constatación amarga de que la fiesta del verano terminó, cerraron los chiringuitos de la playa y las barracas de feria, el circo dejó la ciudad, queda solo humo entre tus manos, arena que se escurre entre los dedos, se marcha la orquesta, huele a chamusquina y a polilla en los armarios, a viejo y calavera apestan las maletas de viaje que ya no, nunca, jamás de los jamases, un sutil hedor a cadaverina impregna el azogue desgastado de los espejos. La memoria es lluvia removiendo un aire viciado de naftalina y formol, y llueve sobre la copa dorada de ambrosía en la que apenas diste un par de sorbos, al comienzo de la canción, cuando los primeros acordes, para que en las horas malas, cuando no guarden silencio las bestias hambrientas del pasado, te mate de sed la evocación del sabor de aquellos tragos, te rompan con saña y desprecio aquellas cuatro gotas mal trasegadas por impericia, y te vuelva loco su recuerdo frente a la chimenea, en el último refugio del invierno, ese licor fuerte de los instantes lejanos, el veneno de lo crucial en la distancia, al ver que el magro álbum de fotos no contiene alguna imagen que pueda salvarte de la lluvia, de todo aquello que tuviste y no has vivido.

miércoles, 28 de agosto de 2024

Valencia suite: 2024.

 


París suite: 1940, de José Carlos Llop, deliciosa intriga sobre los turbios años de dandi sablista y estafador sin escrúpulos que César Gonzalez-Ruano vivió en el París de la ocupación nazi. Venta de salvoconductos y pasaportes a judíos necesitados, timos con obras de arte falsificadas, cualquier inmoralidad resultaba pequeña con tal de proseguir con un tren de vida que cruzaba las noches parisinas cargado de joyas, lujo, champán y mujeres. Tras la guerra fue condenado en Francia, in absentia, a veinte años de trabajos forzados por “inteligencia con el enemigo”, pena que nunca cumplió por haber logrado regresar a España en 1943.

Pienso en mi familia ucraniana y en las diferentes formas que hay de comportarse ante una guerra. Sergei, Irina y Tania lo perdieron todo, salieron de Járkov con lo puesto y poco más. Sus coches, los pisos recién reformados, la dacha, los negocios, familia, amigos, toda quedó en suspenso, esperando la bomba que hiciera blanco y ruina de todo aquello que una vez fue su vida. Lo fácil es estropearse, volverse medio loco, dejar a un lado ética, vergüenza y miramiento,  arrasar con todo cuanto se ponga a nuestro paso. Pero ellos son buena gente, están del lado correcto, del de las víctimas que vuelven a salir adelante sin hacer ruido ni aspavientos, como si nada, por no molestar, lo que llevan haciendo desde tiempos inmemoriales sus antepasados, han vuelto a empezar aquí desde la honradez y la alegría, siempre con una sonrisa en la boca, trabajando duro por hacer realidad sus sueños, sin desfallecer. Son víctimas pero no se rinden. Aman la vida con locura. Dice Sergei que solo hay una vida, y luego Dios dirá.


Jamás harían como la ajedrecista que en Dagestan envenenó recientemente a su rival untando con mercurio sus piezas y su parte del tablero. Jamás. Pongo la mano en el fuego por ellos. No son de esa calaña. Tampoco tendrían la actitud que mantuvo César González-Ruano en el París tomado por los nazis, ni la de Maurice Sachs, escritor judío delator de judíos. Mis ucranianos son otro tipo de personas, de otra pasta, de las que vale la pena conocer y hay que cuidar en la medida de lo posible. Cuando he necesitado algo, siempre han estado ahí. Solo puedo reprocharles el poco español que han aprendido en todo este tiempo junto a nosotros. Pero ese es un mal menor y tiene remedio.


Esta tarde vendrá Sergei a tomar algo y volverá a hablarme de los murales que pintaba su padre cuando la URSS, me contará que los mongoles, ante la falta de sal, ponían pedazos de grasa de cerdo entre la silla de montar y el caballo para que fuese curándose con la sal del sudor de sus corceles durante el trote estepario, de los frutos que cogían en el campo de su infancia en Jarkóv para hacer licores o mermeladas, me dirá que de joven aprendió boxeo con un profesor judío y posiblemente nombraremos a Isaak Bábel, Odessa, el mar de Azov, su amada Crimea, de paisaje tan parecido al de Valencia, dirá, hablaremos del samagon que destilaba Tania, de cuando esquiaban por los Cárpatos rumanos, del viaje a Israel para acompañar a su ahijado por un implante coclear, de cuando trabajó en Arabia Saudí compartiendo piso con trabajadores filipinos y el día de cobro comían montañas de cangrejo maridado con whisky en cantidades industriales.


Volverá a hablarme de todas esas cosas, de todo aquello que había ignorado de mi pasado hasta hace bien poco, de una parte fundamental de mí, de la parte eslava de mi vida que yo desconocía. Le hablaré de su lado mediterráneo, de mi infancia, de ese lado latino de su infancia, entre arrozales, olivos y naranjos, muy cerca de la costa valenciana, que él, hasta hace un par de años, no podría imaginar, no sabía. Brindáremos al final de la tarde, mientras se anuncia sutil el otoño con signos tan claros que son difíciles de ver si falta la atención, cuando la brisa refresca y anuncia postrimerías, y la sombra obliga a entrar en casa a por algo de ropa para seguir la conversación, brindaremos, decía, por todas las cosas que en estos días morirán solo para regresar como nuevas, como nunca, tal vez la paz, alguna tórtola malherida, el júbilo, el deseo, unas migajas de amor son suficientes, con eso bastará, para el próximo verano.

domingo, 18 de agosto de 2024

Dichosa maldición.

 


Ensimismarse es cualquier cosa menos estar a solas con uno mismo. Pareces un dálmata de escayola en su imperturbable majestad pero por dentro llevas un caballo de Troya repleto de bulla, guerra y jaleo. Tajan tus ojos idos como cuchillo de almogávar. ¿Qué se hizo en tu sangre enfebrecida de la calma y la quietud? Faltan décadas de práctica meditativa intensa y puede que cientos de varazos en la espalda mediante la caña reglamentaria de bambú (keisaku) de algún maestro zen perteneciente a la escuela Rinzai. Pequeño saltamontes, resiste un poco más, no desesperes ni tires la toalla. Lo bueno tarda en llegar o nunca llega.

A poco que uno se quede aprisionado en sus adentros, desfilan gárgolas góticas y antiguos fantasmas nipones, crepitan goznes y cadenas en la bodega, suenan hipidos apagados, carcajadas dementes, peroratas, filípicas excesivas, brulotes obstinados, al otro lado de la pared desconchada y cetrina, intramuros, bajo la dermis, entre asaduras, miedo, incertidumbre y mondongos varios, ahí las bestias, los endriagos, todos tus monstruos, esperpentos. Todo lo que nos hiere largo tiempo y regresa y no nos deja en paz y regresa de nuevo a la carga es un espectro, un viejo conocido de límites imprecisos como de bruma o picadura que viene a visitarnos sin permiso, vendedor de humo y crecepelos, falsas soluciones milagrosas en la hora más inadecuada. Bumerán de incordios, lo que duele y pesa es ese vacío existencial que es un hartazgo del alma, tanto desperdicio apilado, la luz de los días inadvertida, su joyel en extravío, nos rompe ese esperar en el bar de la derrota por si regresa la felicidad de un tiempo ya perdido, alguna revelación inicial velada nuevamente, tal vez, tres o cuatro epifanías.


Es de sabios rebajar las expectativas, reconocer nuestras limitaciones, dejemos lo absoluto a los filósofos, también las aporías, podemos desear solo la calma o algún instante pequeño, grato, humilde, animal de compañía erizándonos la piel como lo hace la caricia de un viento amable bajo las parras o la higuera de una casa encalada en el centro de un verano de campiña inglesa o mediterránea, plantaciones de té o lavanda, también aquella hierbaluisa que llenaba un patio interior de una casa con linaje en Jaraíz de la Vera que nos iba emborrachando mientras le dábamos poda y conversación.


Guido Finzi dice que las cosas sencillas son menos agresivas para el espíritu, como él, quiero espetos de sardinas asadas en la playa de la Carihuela, un vinho verde de Ponte de Lima, pasear por las viejas juderías sefardíes, por ciudadelas medievales amuralladas, con calles empedradas y soportales, balcones en voladizo, campanarios, iglesias, catedrales, belenas, callejones, nieve en los inviernos y tardes infinitas de libros, crepitar de chimeneas, conversaciones fraternas, amor y tragos lentos. Que suene un piano en la distancia por Satie o Chopin, cualquiera vale para regodearse en el dolor, extraer la miel dulcísima del opio amargo de la muerte y sus esbirros. Algún iconostasio ortodoxo traído desde Járkov, reproducciones de las telas más emblemáticas de Chagall, su Crucifixión blanca, por ejemplo, Henri Matisse, La alegría de vivir, Gaugin, George Braque, alguna veneciana de Signac, saber que no muy lejos queda la costa, aunque nunca acudamos a pasear por la arena de sus playas. La bondad, abrirse de par en par a su paso, a pesar de que escasas veces aguijonee nuestro oscuro cuerpo perdido tendente al pillaje y la rapiña.


Una vida prosaica es una vida tullida, algo crucial le falta. La levadura, el fundamento. Poesía, poesía, como la sal que arregla los guisos y los besos que apañan lo averiado, vendaje, friegas que olían a alcohol de romero, manantiales, poesía, la casa mítica de la infancia en la que, como escribiera José María Álvarez, errarás por sus salas vacías buscando algo, que solo tuviste en el principio y verás al final, dichosa maldición, poco más tenemos, poesía, para soportar tanta intemperie, este puro éxodo de leprosos arrastrándose por angostos caminos entre rosaledas de pétalos perfectos y espinas afiladas, hacia un desierto o una noche interminable, fue la vida y se fue la vida, poesía, los oasis, las estrellas, poesía, para oler el salitre cuando el mar todavía queda insoportablemente lejos y nos fallan las fuerzas.

domingo, 11 de agosto de 2024

Agradecido.


 En el buzón, Fermat’s night, una plaquette del poeta malagueño David Delfín, a quien tuve el honor de acompañar en la presentación de su poemario Equívocos Árboles Caligrafías Personas en la librería Imperio del barrio de Ruzafa. También, Préstame tu nombre, la última novela de la autora venezolana Niria Suárez, que vive en Florida junto a mi querido amigo Antonio Mantilla. Termino con el magnífico Relato cruento de Pablo Antoñana, historia de brutalidad y venganzas ambientada entre la segunda guerra carlista y la guerra civil española, y me pondré con ellos sin más dilación.  

Pienso en toda la buena gente que me ha aportado la literatura y me siento afortunado. Los primerísimos consejos de José Mateos, el magisterio y la amistad de Antonio Praena, un libro a ocho manos junto a Jon Bengoetxea, Michel F. Y Daniel Rivallo, la generosidad de Javier Sánchez Menéndez al ofrecerme la posibilidad de publicar en La isla de Siltolá, un nuevo hermano en Madrid llamado Víctor Colden, el interés por mi obra desde el primer momento y la cálida hospitalidad de Sihara Nuño y Juan Manuel Uría de la librería Noski! de Errenteria, la gente de la revista Purgante que aceptó mis colaboradores sin pega alguna y me hicieron sentir uno más de su gran familia, Hilario Barrero y sus Cuadernos de Humo, la lectura desprendida y sincera que Vicente Gallego hizo de mis poemas, la obra superlativa, en la que poder mirarse siempre, de un escritor total como lo es Miguel Sánchez-Ostiz y la suerte de poder intercambiar libros y palabras afectuosas con uno de los grandes, y a través de él llegaron el inefable Pablo Cerezal y el boliviano Claudio Ferrufino-Coqueugniot, que siempre siento cerca, amigo ya, inspiración y acicate. El lujo de ver mis textos en su blog Sugiero leer y también en el blog chileno, capitaneado por Jorge Muzam y Maurizio Bagatin, Plumas hispanoamericanas. Y pido ahora mismo disculpas por los muchos más que en estos momentos no puedo recordar y me dejo en la trastienda, la recámara o el tintero. Según. Les debo más de una y lo saben.


Domingo de agosto, se arrastra lento por la ola de calor un reptil antiguo, la tarde me abre en canal como la quilla de un barco parte las aguas oscuras del Sena mientras en el sofá, de reojo y con el justo interés, veo algo de las olimpiadas. Van saliendo de mis profundidades versos innumerables como espumas que ya son de todos y de nadie, escolios que me nombran, palabras que he recibido tan de gratis y me sustentan, pienso como Mateos que el alma que agradece, ¿qué podrá mancharla?, y que, como canta Praena, no sabe del amor quien sale indemne de la vida del otro. Digo como Bengoetxea: nos alejamos tanto de nuestra infancia que llegamos a creer que lo que no vemos no existe, y he sentido junto a Michel F. que la autoexigencia suple la falta de enemigos, con Rivallo quisiera ser breve, de forma profusa. Sánchez Menéndez me ha enseñado que la naturaleza tiende a mostrarse, y es transparente, y de mi querido Víctor Colden aprendí que algo le falta a la belleza cuando se disfruta a solas.


Al igual que Sihara Nuño, si he de elegir, elijo lo desconocido, llega Uría con sus pinceles y como él no entiendo nada. Y nace en mí una flor. Y no me lo explico. Hilario Barrero afirmará desde Brooklyn, resolviendo alguna duda, que escribir poesía es sacar la palabra de paseo, vestida de domingo, y que al ver una rosa se desnude. La pasión humilde de Vicente Gallego aparece en escena y recuerda que no habremos sido nadie pero un hilo de voz allí en lo cierto agradecía. Miguel Sánchez-Ostiz sentencia que el fracaso de un escritor es dejar de escribir, desertar, abandonarse… lo otro es falta de éxito, algo que no depende de él. Pues eso, no queda otra que seguir, como el maestro, reincidir, tratar de hacerlo mejor que quienes éramos ayer, honestamente, sin autocomplacencias, y Pablo Cerezal apostilla con conocimiento de causa: si has de ser error, traga barro como si no existiese la belleza. Ya estamos todos sentados a la mesa, celebremos. Al fondo, Claudio Ferrufino apura una copa de vino tinto de Tarija, guardando un silencio cargado de voces y sentidos tras determinar que hay tanto para decir y la garganta de los dedos se ha secado. No se me ocurre mejor manera de pagar tanta deuda, de agradecer tanto regalo, tanto pecio valioso en la playa desierta que he sido, en las arenas movedizas, múltiples y poliédricas que me definen. Sea este pastiche un abrazo, una ronda de alegría que corre por mi cuenta, cuando tantas veces calmé mi sed en la sed de los otros y renací, no lo esperaba, de las cenizas vuestras. 

lunes, 5 de agosto de 2024

Todos los agostos.

 


Vienen, clamando justicia, se congregan, repleta dejan la terraza en sombra, todos los agostos de mi vida solicitando hueco y atención, tablao, escenario y platea abarrotada. Aquelarre de rostros e instantes desdibujados, escenografías goyescas o de Gutiérrez-Solana, también de Sorolla, claro, o de Berthe Morisot y sus recogedoras de cerezas. Agostos eternos de niño en los bloques de astilleros de la avenida de la Malvarrosa, agostos en una avenida de luz cerca del mar. La abuela Amparo era vecina de Tonica la pescadera, su mejor amiga, y siempre tenía en casa buen producto para elaborar platos de cocina marinera, mis favoritos eran la sepia sucia, la titaina, el mero o los calamares encebollados. En la galería, un ligero perfume de anís saliendo del botijo sudoroso. El abuelo Luis, ya ausente, seguía contándonos historias del lejano oeste, de las mil y una noches y de batallas perdidas no tan lejanas como podríamos suponer. En el salón las obras completas de Blasco Ibáñez, Tolstoi, Dostoievski, casetes de coplas republicanas de cuando la Guerra Civil, don Quijote y Sancho Panza tallados en madera por el abuelo siempre presente, enigmático y mítico, con su gabardina y el sombrero de ala ancha, porque ya hacía unos cuantos años que no estaba, se fue al galope, montado en un cáncer de hígado con crines de escarcha y humo, dejando el vacío y la desgarradura.

Agostos de juegos innumerables, de fútbol sin cesar en las calles polvorientas, pillapilla, globos de agua y un, dos, tres, pollito inglés, veranos de literas como barcos surcando mares procelosos con los primos que ya no trato, días de aventura y descampados, niños sin horarios ni límites precisos. El miedo todavía era menor que la alegría. Después vinieron los agostos adolescentes, los del joven solo en el piso de Valencia, muy cerca de la estación y el mercado del Cabañal. Agosto de parques con litronas, locales de ensayo por el camino hondo del Grao, calimocho a espuertas, garitos de mala muerte y peor fama. Agostos entre Bob Marley y el Master of Puppets de Metallica, de noches largas en las que la marea subía violenta hasta las comisuras de los labios sedientos y los días eran lagunas calientes, sudor y calambres en jóvenes de pronta recuperación e inmortalidad a flor de piel. También hubo agostos que pesaron mucho, dejaron profunda mella y que resulta imposible recordar.


Paréntesis, formateo del disco duro, compuertas que se abren y cierran a su antojo, el curso interrumpido y reiniciado, pasan los años y van llegando los agostos adultos del pluriempleo por hospitales, psiquiátricos y ambulancias, centros de salud y postas sanitarias en las playas de la costa valenciana, agostos que se suceden dejando hijos, viajes, rupturas, mudanzas, cansancio, también ilusiones renovadas, lo inesperado, nuevas y doradas oportunidades. Agostos como este agosto de lecturas lentas, de tragos pausados, de jardín y piscina bajo los pinos. Borges, Salgari, Bukowski y otros asideros imprescindibles nacieron en agosto. Agostos como este mes de trabajo y familia con hijos nerviosos sin vacaciones, estabulados, la casa como una olla a presión, la ansiedad, puedo oír el silbido, días sin turismo, sin alternativa, lo mismo de siempre pero agotados, ni un solo lugar al que escapar por un rato de uno mismo, de la frustración, ni mucho menos de los otros, de su agresividad, agosto asfixiante sin otro oasis que estas frases, sin otro refugio que unas cuantas palabras mal escogidas, aproximativas, torpes, mezcla de agua fresca y sal, de arena del desierto y leche de coco, rara mixtura agridulce de carne asada y tarquín, cerveza fría y chiles habaneros, sexo entre animales y éxtasis divino, agostos de muerte y resurrección, de esperanza y desamparo, de lenta muerte a secas.


Imagen: terraza en agosto.

viernes, 26 de julio de 2024

Por el valle de Ayora.

 


Fin de semana en el valle de Ayora, lugar fronterizo que linda al oeste con Castilla-La Mancha, a unos cien kilómetros de la costa valenciana. Vamos buscando posibles destinos para cuanto nos toque elegir plaza en propiedad a final de año. Nos alojamos en Ayora que con algo más de  cinco mil habitantes es el municipio con mayor población en la zona. comemos un par de veces en el restaurante Pinea, excelente, debe de ser de lo mejor de la comarca. Rape marinado en miso, gamba blanca de Cullera, arroz de callos de cordero, jabalí con una salsa tipo satay, ciervo marinado en vino blanco y chuletón de vaca con 85 días de maduración entre otras pequeñas alegrías generosamente regadas con un tinto de la bodega alicantina Pepe Mendoza, variedades monastrell, giró y Alicante Bouschet.

El castillo de Ayora perteneció a Mencía de Mendoza, marquesa de Zenete, humanista discípula de Juan Luis Vives, la cual enriqueció y embelleció la fortificación con pinturas, reformas arquitectónicas y finísimas artes suntuarias. Muchos años después, durante la Guerra de Sucesión, las tropas de Felipe V destruyeron y saquearon la fortaleza. Casi todas las poblaciones del valle tienen su propio castillo. Tierras fronterizas, tierras defensivas. Codiciadas. Durante las guerras carlistas, además del de Ayora, dicen que también fueron de importancia como refugios los castillos vecinos de Jalance, Jarafuel y Cofrentes. 


Cenamos en una terraza de la plaza Mayor de Ayora con nuestra compañera Rosa, su familia y amigos. Hablo largo y tendido con David sobre grupos que él disfruta todavía y que yo escuchaba en mi juventud primera: MCD, Kortatu, RIP, Extremoduro, Slayer, Metallica, Eskorbuto, Bad Religion, The Ramones, Iron Maiden, Helloween… la banda sonora de unos años que aparecen distorsionados, brumosos de tan lejanos, desdibujados, parece que apenas fueron reales. Luego descubrí el blues, el soul, la música negra, aprendí con estas músicas que el sufrimiento se puede cantar y que algo muy adentro de nosotros se reconforta al dejar fluir la voz rota de un alma malherida. Mi hijo Marcos consigue un nuevo amigo en cuanto llegamos, en cuatro días sería uno más del pueblo, los niños echan raíces rápido y en cualquier lugar, como el romero que parte la piedra si es preciso. En estos lugares las familias con niños suelen ser bien recibidas, hay que repoblar los fundamentos y la esencia, volver a la ausencia de complejidades. Soñamos despiertos con una vida amable, casi idílica, de aldea, dejando a un lado, por el momento, aquello de pueblo pequeño, infierno grande. A menudo olvidamos que todo locus amoenus colinda con un locus horribilis, no es infrecuente que un infierno nazca del centro de una Arcadia perfecta y dichosa.


Recibo casi al mismo tiempo la noticia del cáncer de la estanquera y el suicidio en Italia de un antiguo compañero de estudios. Pena y estupor. Elena y Pavel juegan a la ruleta rusa cada vez que pasean las calles de Járkov, por unos minutos se libraron de un bombazo hace unas semanas y el otro día la decisión de no ir a refrescarse a la piscina municipal les ha evitado una muerte casi segura. Valentía o insensatez, quizás ambas cosas. Hay que seguir con lo cotidiano a pesar del terror. Comenzamos a enumerar muertos recientes y no puedo evitar pensar en la familia desgajada, la que tanto amábamos, como esos planetas a la deriva, describiendo órbitas erráticas entre nebulosas y polvo de estrellas extinguidas que se alejan cada vez más y más sin remedio. Otra forma de muerte, el olvido. Es imposible emprender viaje alguno sin sobrecarga de equipaje en el corazón, la vida es herida y cicatriz, carga y descarga, campanas de bodas y de difuntos, pétalos de rosas, espinas, palomas en vuelo hablando de paz y sucias buitreras llenas de hambre despiadada. 


Desde Ayora vamos pasando por todos los pueblos hasta llegar a Cofrentes, donde confluyen el río Júcar y el Cabriel. Las dos chimeneas de la central nuclear no dejan de exhalar vapor de agua en forma de nubes blancas alargadas como cuernos retorcidos o cucuruchos de nata. Leo en sus ráfagas desflecadas el aviso de que todo tiene su haz y su envés, su cara y su cruz. El progreso va siempre por pasarelas inestables sobre un abismo pavoroso. Bajo la inteligencia artificial, un foso lleno de cocodrilos que requiere templanza y cautela. Hacemos una impresionante ruta fluvial en un pequeño crucero por los Cañones del Júcar. Nos hablan de su flora y fauna, de los caminos de herradura, de la pesca del black bass, el lucio y el alburno, de la antigua cementera y de los maquis que, tras la Guerra Civil, por aquí se escondieron durante años como fue el caso de Basiliso Serrano, El Manco de Pesquera, detenido en Cofrentes, juzgado y fusilado en Valencia.


Nos dejamos muchas cosas por ver para así seguir deseando un pronto regreso: el volcán de Cerro Agrás, el Castillo de Chirel, las Cuevas de don Juan, el balneario, cómo no pasar por la ermita de la Soledad, la que tarde o temprano nos toca experimentar a todos en los momentos cruciales de la vida. Regresamos a Cheste por la fuente de la Chirrichana con su tramo de carreteras elevadas y sinuosas, bellas vistas de embobarse entre pinadas, seguimos por aldeas como Los Pedrones, La Portera, El Pontón, en la mirada la caricia de los viñedos, hasta llegar a Requena donde hacemos un alto para comprar su delicioso bollo con jamón y salchicha, cargamos embutidos, queso de cabra, lomo de orza, una buena ristra de longaniza pascuera, pan y algo de vino del terreno. Tras la parada técnica para desagües y avituallamientos llegamos a casa en media hora escasa a ritmo de Otis Redding, cansados pero con la certeza feliz de que otra realidad más humana existe todavía, que aún cabe la posibilidad remota, el derecho irrenunciable a escoger el camino menos transitado, la orilla más lejana, la aldea, los humedales, la fronda, y mientras tiembla nuestro reflejo en las aguas claras del río, desaparecer al caer la tarde sobre el curso esmeralda del Júcar, desaparecer como un pez que rompe el anzuelo, como un niño se fuga por la madeja de su imaginación, como se borran las almenas en la niebla y la alambrada no se ve cuando el amor, cambiar ya la vida, de una vez por todas, quemar el último cartucho, desaparecer.


Imagen: Cofrentes.

Regresar al valle.

  La niña comienza a caminar tras dos meses desde el diagnóstico de la enfermedad y el inicio del tratamiento. Ya estamos en la segunda fase...