viernes, 24 de mayo de 2024

Osadías.


Tampoco quiero ni puedo desdeñar lo malo o dejar atrás para siempre en el olvido las rencillas familiares, la disolución de un árbol genealógico, los fardos pesados del odio y el desprecio. Por las viejas heridas mana sangre fresca que no se acaba, el dolor siempre es novedoso y creativo, metamórfico. Estamos vivos también porque algo que falta nos roe y nos mata por dentro. Mientras peroramos sobre lo humano y lo divino, elegimos un bar donde humedecer el gaznate. Entre los cacaos y las olivas, en el pequeño plato donde ponemos cáscaras y huesos, con su tremenda carga simbólica, ahí veo también, junto a las cervezas, cuando decae la conversación durante el almuerzo o pasa un ángel y guardamos silencio, ahí veo, decía, un hueco de sombra reclamándonos, el pálpito de una ausencia futura que ya vibra a media mañana de un día laborable en la terraza de una taberna cualquiera del remoto mundo rural. Es en lo más cotidiano donde mejor podemos leernos. Hay una gran proeza en soportar los días sin épica. Déjalo escrito en una servilleta y trata de que no se la lleve el viento. Dos ancianos se eutanasian lentamente en la mesa de al lado a base de vino peleón y caliqueños de estraperlo. Cae una hoja de algarrobo con la brisa, grácil, describiendo envidiables arabescos. Y seguimos hablando de hipotecas imposibles y de cínicos con inmunidad parlamentaria.

Esta semana he visto boxear a gitanos irlandeses hasta romperse las manos, bailar lezginka a hombres aguerridos con una daga al cinto, ucranianas devorando nísperos en mi jardín mientras Sergei me cuenta cómo van los constantes ataques rusos sobre su amada Járkov. Cuando todo termine quiero pasear contigo por tu ciudad, le digo, y si es posible por el barrio de la Moldavanka, siguiendo los pasos de Benya Krik, y por el inmenso puerto de Odesa para ver las aguas opacas del mar Negro. Pregunto a mi amigo Claudio Ferrufino sobre qué hacer con un tarro de pasta de locotos y me recomienda preparar llajwa cochabambina, salsa picante de tomates, locotos, perejil, sal, un poco de agua y cebolla picada. Ideal para comer con pan francés, nachos, huevos o patatas hervidas. Suena el nessun dorma, Pavarotti analgesia y teletransporta con su portento de voz irrepetible. Ayer mismo pude oler el perfume de las rosas en un lienzo de Ramón Gaya, sentir un frío de muerte por unos ojos que trazara Julio Romero de Torres.

Osadías y descalabros, así se llama el último libro de Miguel Sánchez-Ostiz, el de después del ictus, el que más esperábamos, grave y hondo poemario en prosa rebosante de palabras verdaderas que el maestro arranca de las avaras manos sarmentosas de la enfermedad, sus secuelas y la vejez averiada. Dice el poeta que te has derrotado y lo sabes, y sin embargo insistes, osado y sin futuro alguno, en poner una palabra detrás de otra, persiguiendo fantasmas y oscuridades y unos versos que se sostengan y te sostengan, pero que huyen sin remedio. Qué añadir, solo cabe disfrutar de su regreso y concederle la razón. Sensato y cabal pero que no falte el soliloqueo, dándole al desbarre, libre, despojado, de vuelta ya de todo, a su aire, a lo de siempre, a lo esencial, aireratu, por pura necesidad vital de lo que verdaderamente importa. Imprescindible. Sus lectores estamos de celebración sincera.

Solemos querer que la vida venga hacia nosotros como lo hace un labrador retriever cada vez que regresamos a casa, nada más lejos de la realidad. Llega un día en que nos rompemos, falla la ilusión y las fuerzas, se mustian los sueños, la curiosidad y las potencias, muere el perro y hasta la rabia, advertimos que no todos los árboles que hemos plantado han crecido, ni todos los niños que tuvimos nos quieren, ni todos los libros que dejamos escritos valen la pena, y con eso que nos queda entre los huesos y las cáscaras, en el centro del plato desportillado, entre el hueco en sombra y el pálpito de todas las ausencias, debemos seguir viviendo, descalabrados, escribiendo con osadía, y como diría Sánchez-Ostiz en su Diablada, hoy más que nunca, como si fuera por primera vez: escribir, esa forma de respirar.

jueves, 9 de mayo de 2024

Cosas de mayo.

 


Seguimos escarbando en lo que nos dejaron los muertos. Vamos abriendo cajas que almacenábamos en el garaje, desechando trastos, descartando chismes, apartando cachivaches. Telarañas y humedades por las frágiles cajas de la memoria, algo tenía en la punta de la lengua y se ha perdido para siempre. Hay cosas que pueden tener utilidad todavía y se las damos a Tania para que se las lleve a una familia de ucranianos que conoce en Cheste. En un hueco que ha quedado despejado bajo las estanterías he puesto un botellero de plástico para almacenar algunas botellas de vino. Por si se da alguna emergencia, por si se acaba el mundo de una vez por todas. Côtes du Rhône, Ribera del Duero, tal vez algún día un merlot boliviano o algún cavernet sauvignon de la chilena Isla de Maipo. Vino con pies de púrpura o sangre de topacio, que escribió Pablo Neruda en su acertada oda báquica.

La primavera de Gustav Mahler suena por los pasillos mientras Tania va plantando caléndulas en las jardineras que hay junto a la entrada de la casa, sabe con total seguridad que la perra las arrancará pero no se resigna y vuelve a plantarlas una y otra vez, en bucle, a pesar de todo, y esa es la más exacta definición que conozco de la esperanza. Alexander Borodín esparciendo melodías por las estepas de Asia Central, poned a hervir agua en el samovar, seleccionemos cuidadosamente las hojas de té. Veo en internet algunos combates del equipo kazajo de lucha olímpica y se me olvida por un rato la corrupción política y sus metástasis, las noticias, lo feo, mi torpeza y todo lo que he roto tantas veces, sin remedio. La muerte de Paul Auster por todas partes, también en mi terraza desde donde veo arder en la mística esa buganvilla que domina el tejado de uralita que hay sobre el leñero. El cielo es más azul sobre las montañas negras, afinar la mirada es otra forma de inventar la soledad. He conocido a una anciana que esta semana se dejó morir de pena, poco a poco, tras fallecer su esposo hace un par de meses, como se dejan morir los gatos, nada se puede hacer, por amor, no comen ni beben, les falta su mitad más importante, ¿cómo podrían? Consumidos en el duelo se apagan, tan cansados, su hijo asumía resignado el desenlace irremediable y yo he sido testigo de algo oscuro y luminoso, un final como un brote, un gesto muy humano, algo que siempre nos deja sin palabras.


Aterrizan en casa los Aviones de fuego de Emilio Losada y un magnífico aceite verde esmeralda de Jaén que me ha enviado Víctor Colden. En la tele Sexo en Nueva York, muy cerca merodea Henry Miller y su Trópico de Cáncer. Un amigo cubano me habla de su éxodo, del escapar de la miseria, de su paso por Venezuela y Angola hasta llegar a España, mientras nos bajamos una botella de ron Santiago de Cuba cocinando juntos una paella valenciana. En La Habana supo lo que era abrir la nevera y verla vacía, trabajar de médico y tener que buscar otros trabajos adicionales para sacar algo de dinero extra y poder sobrevivir, ahora solo quiere reformar poco a poco la casa que ha comprado y un futuro digno para su familia, no quiere oír nada sobre populismos o salvapatrias, los ve venir desde lejos, huelen a ventaja y voracidad, arengas y banderitas. Los gerifaltes allí también viven como príncipes, como senadores romanos en nombre de la revolución o como lo hacen aquí por la sacrosanta democracia posdemocrática, al final es lo mismo, los de siempre pagarán el banquete y los platos rotos, como en todas partes, y los miembros del partido apoltronados, mediocres sin escrúpulos adosados como lapas al poder, sátrapas intocables dando plácidos paseos por el malecón, a tripa llena, o por el IBEX 35, hediendo a riqueza innoble, sucia, inmerecida.


Claudia juega ajena a mis cuitas, sonríe y crea un mundo distinto con herramientas y verduras de plástico, bebe de vasos vacíos y sacia su sed, a veces acuna a un muñeco de trapo, no sabe hablar y ya canta nanas que calman la fiebre. Nada entiende de relojes ni de muertes, vive como los pájaros en la sencillez, tiene lo importante, la alegría y toda la eternidad en sus manos, cuánto deberíamos olvidar para saber todo lo que saben los dioses felices y una niña pequeña con poco más de un año de vida.


Imagen: buganvilla sobre leñero.

martes, 23 de abril de 2024

Libro contra dragón.


 Farinato de Ciudad Rodrigo con huevos revueltos, café americano y Perder el juicio de Ariana Harwicz, en la faja dicen que tiene un toque de David Lynch y a mí también me viene a la cabeza Fogwill y sus pichiciegos, una voz dura que horada nuestras zonas de confort, de nuevo lo oscuro y brutal emitiendo esa luz verde fosforescente y pantanosa de rara belleza que emborracha. Verde que te quiero verde. Verdes de la aurora boreal o de la Ofelia de Millais ahogada en el río. Una huida claustrofóbica, un secuestro condenado al fracaso, querer ser buenos y no poder.

La mañana pasa lenta, tediosa barcaza deslizándose por aguas de minutos mansos y extendidos hacia nadie sabe. Hemos montado una habitación de juegos en la que fue morada de la hija que se marchó y no quiere ser pródiga todavía, hay que seguir con el hueco bien presente recordando el abandono. Pasamos allí el rato mientras Claudia da sus primeros pasos y los niños juegan juntos a construir y destruir Imperios, Elena se inclina por una cerveza 1906 y yo por la cazalla Cerveró, con agua y mucho hielo.

Tratamos de imaginar cómo será la próxima casa, con suerte la definitiva, tal vez, una chimenea es imprescindible si nos mudamos a las tierras más frías del interior, algo de terreno para un pequeño huerto y algún árbol frutal, más de tres habitaciones y, si es posible, un despacho para poner allí la biblioteca y algunos objetos del pasado, como anunciaba certera aquella tienda de antigüedades clausurada, quincalla genealógica, cosas viejas salvadas in extremis de terminar en el vertedero, conservadas solo por su valor sentimental. Antiguallas, trastos inservibles, pecios rescatados del naufragio de otras vidas. Pipas de brezo, cámaras Voigtlander, mecheros antiguos y oxidados, plumas estilográficas maltrechas, un molinillo de café y un retrato de mi suegra pintado al óleo sobre lienzo por Constante Gil, quien fuera propietario del mítico café Madrid e inventor del Agua de Valencia, un cóctel de cava, zumo de naranja, ginebra y vodka. En el Café de las Horas creo recordar que también le añaden unas gotas de angostura y algo de ambiente neobarroco.


Claudio Ferrufino me comenta sus últimas adquisiciones librescas: Geografía de Estrabón y La guerra de Granada, de Diego Hurtado de Mendoza. Entiendo y comparto su alegría. Esa elección es un elogio de lo inactual, una apología de lo repudiado y desaparecido. Un milagro. El tiempo es realmente de oro cuando lo invertimos en todas esas cosas que para muchos desgraciados ya son inútiles e improductivas. En pleno siglo XXI, entre guerras crecientes y barbarie desmedida, la esperanza, un libro, cuartetos de cuerda, pinceles y aguarrás, pan de oro, subrayar, escribir en los márgenes, la escala pentatónica o las variaciones Goldberg, sonetos, el triple salto mortal, rosetones, capiteles, pizzicatos, marinas, aguadas, arquivoltas, bodegones, coreografías, decorados, telones que suben, funciones que empiezan, cuentacuentos, recitales, clases de baile, carboncillos y otras revoluciones interiores, verdaderas.


La gran minoría lectora como un rey Midas con lepra en un reino decadente, la humanidad resistiendo el asedio, el arte que embellece y hace un poco más soportable este gran absurdo azul que gira y describe órbitas elípticas alrededor del Sol. Es un alivio encontrar a alguien con quien compartir obsesiones, compinches, hermanos de tinta, alguien que te diga, mira, lee esto, aquí hay medicina de la buena, piloerecciones, puñetazos y mariposas en el estómago, asombro, sacudidas y puntos de inflexión, escapatorias, reinvenciones, canela en rama y horizontes nuevos. Es san Jorge, 23 de abril, Día del Libro, Elena me regala Guerra y guerra de László Krasznahorkai, como un exorcismo, guerra, odio, lo que no debería existir, guerra y más guerra, lo que va creciendo como un hongo venenoso por todas partes. El dragón despliega sus alas de dominio para hundir al mundo en su sombra, el santo murió hace siglos y no se le espera, hay demasiados inocentes muertos, el libro en mis manos, mártires alimentando a la bestia, numerosos son también sus siervos, me hago a un lago y comienzo a leer en voz alta, dirige su hocico hacia mí, resopla, llamaradas, todo es fuego alrededor, tal vez pueda leer un par de líneas más, un par de palabras, se acabó, László, 451 grados Fahrenheit.


Imagen: Tienda de antigüedades de Valencia, objetos del pasado.

lunes, 15 de abril de 2024

Primavera y enfermedad.

 


Abril extraño, primavera y enfermedad revueltos. Florecen los ciruelos, el mirlo canta pletórico y el digestólogo me pide una gastroscopia y una colonoscopia, por ampliar el estudio, así, para que vaya disfrutando de la brusca subida en los años conscientes y las temperaturas, el brotar de los achaques, el ruido del quebranto todavía incipiente en la salud y el despliegue de un horizonte abarrotado de nuevas e inesperadas posibilidades. No todas divertidas, claro. Agridulce. Como beberse el vino hasta la hez o batir los huevos con sus cáscaras. No negaré el bajón de ánimo, las nubes negras sobre el alero. Voy también a la neumóloga para ver si tengo apnea del sueño, porque últimamente me duermo por los rincones, y salgo de su consulta con una CPAP prescrita más la indeseable recomendación de perder peso. Lo que faltaba para el duro. Aún no tiro el escudo para huir más veloz como hizo Arquíloco de Paros pero voy alejándome, discreto, sin mirar atrás demasiado, de plazas y mercados, de estadios, ciudades, parlamentos, centros comerciales y campos de batalla.

La vida (o el vigor) va quedando al fondo, a la derecha, entre jirones de niebla. Cada analítica sanguínea supera en asteriscos a la anterior, ya pasé por el bisturí del dermatólogo debido a un carcinoma basocelular y a mis cuarenta y seis años, más cioranesco que epicúreo a veces, empiezo a intuir que voy tomando el camino de bajada o de regreso, como prefieran verlo, sendas de los elefantes hay muchas por este laberinto existencial y suelen terminar en el mismo lugar di non ritorno. Disfrutaremos de las vistas mientras podamos. Para colmo, mis vecinos ponen flamenco y bachata a lo que dan de sí sus amplificadores y yo deseo una lluvia de napalm sobre su parcela mientras escucho por evadirme las suites para chelo de Bach, interpretadas por Rostropovich. Mano de santo. Todo esto son minucias si miro el sufrimiento que hay alrededor, naderías, bobadas, bagatelas, pataletas de un niño que perdió sin estrenar el regalo más valioso de su vida, que fue la propia vida, por la borda que se fue enterita o al menos lo más importante y para no volver. Todavía soy afortunado, sé que puedo hacer algo con esa maraña de fatigas y digestiones pesadas, con la cicatriz y la neurosis, con la pérdida, la ausencia y con todo lo que me falta. Lo débil me ha dado fuerzas; lo roto, entereza.


Salvando distancia y gravedad, Masaoka Shiki escribió alguno de sus mejores haikus mientras se ahogaba en sus flemas, Edvard Munch pintó a una madre desconsolada al contemplar a su hijo deforme y llagado por la sífilis congénita; William Utermohlen, tras ser diagnosticado de Alzheimer, fue pintando una serie de autorretratos por los que se podía ver la evolución de su enfermedad, hasta que en el 2000 se retrató como un rostro deforme, sin ojos, casi sin un mínimo recuerdo de su condición humana. Carente de expresión, como un pedrusco inerte. Sobrecogedor. Terrible. La estética viene a recordarnos que la belleza y el horror suelen presentarse cogidos de la mano o de la zarpa, según el caso.


El brazo perdido de Cendrars, Cervantes o Valle-Inclán, la sordera de Beethoven, la de Goya, las cataratas de Monet, el trastorno bipolar de Vincent van Gogh, las depresiones de Tolstoi, Hemingway o Franz Kafka, la mano quemada de Django Reinhardt. Lecciones de superación personal impagables, de gente rota que logra sacar del dolor algo grande, luminoso y trascendente. Rara avis, contadas excepciones. Pulirlo. Hacer con el dolor lo que el mar hace con las piedras, que escribiera Ada Salas. Me queda mucho por hacer, ahora que la nada ya va soplando su aliento incómodo en mi nuca. Cuando pensamos demasiado en el cuerpo es que algo empieza a fallar. Crujen las junturas, fatiga de los materiales, huele a cables quemados. Hay que cambiar algo. El espejo ya no engaña, veo todos mis rostros, todas las máscaras, también la calavera que espera al final del todo, fuera del tiempo. Qué bello aquello que el gran Joseph Roth, alcohólico obstinado, escribió en Job: El dolor le hará sabio. La deformidad, bondadoso. La amargura, dulce. Y la enfermedad, fuerte. Su mirada será amplia y profunda. Su oído, fino y lleno de resonancias. Su boca callará, pero cuando abra los labios, anunciará cosas buenas. Cómo quisiera yo sacar de mis errores y flaquezas un texto pequeño, sencillo, humilde y genial, que ayudara a alguien, que acelerase su sangre, que hiciera despertar algo, un texto indestructible, aunque al final no sirva para nada, como muchas veces no sirven esos labios que se ciñen sobre unos labios fríos, como normalmente tampoco pueden nada esas manos que presionan por la vida contra un pecho que no late, la probabilidad es mínima, contra un cuerpo desmadejado, de súbito en abandono, propiedad ya de la muerte, pero continúan el noble gesto, obcecadas, siguen pulsando el tórax como quien llama a una puerta que no se abrirá de nuevo. Es bello el gesto inútil, a pesar de todo, y seguimos escribiendo también, todavía, tenaces, por lo mismo, aunque nadie nos lea, aunque siempre ya solos en la noche y sin remedio.


Imagen: Utermohlen, de William Utermohlen (2000).

sábado, 30 de marzo de 2024

Monotonía y resurrección.


 Ya lo cantó José Mateos: La vida las mismas notas no las repite dos veces. Aviso crucial para navegantes como también para náufragos. Cada encuentro es una ocasión irrepetible, el ichi-go ichi-e de los japoneses, poner toda la carne en el asador por si se apaga de improviso. Viajes míticos por la costa del verano y la juventud, en sfumato. La manzana prohibida y el mordisco eran nuestros, ahora la fruta está podrida, perdimos apetito y se nos cayeron algunas piezas dentales. Es la época de la renuncia. Los cuerpos se alejan, el deseo se atenúa vencido por el cansancio, el disco que suena es el de siempre y está rallado. Y tú ni caso, feliz en el descuido y la inadvertencia. Monotonía de lluvia tras los cristales, añade Antonio Machado.

Despistado, celebras lo iguales que pasan los días en rebaño por la vaga puerta de tu casa. Sin novedad, tan lacios, idénticos. La miopía del alma ha ido aumentando en las últimas semanas y, de lo importante, no te has enterado de nada. Lelo. Tú en tu nube enferma y la gente que amas alrededor del muro, pidiendo paso. Lo dice también en un poema Enrique García-Máiquez, solo el aburrimiento o el cansancio son muerte. Y eso que ya es primavera, pero ahí vas, erre que erre, contumaz, terco e impasible, acelerado, a tus cosas, con prisa por llegar a ninguna parte en la hora inadecuada. Entre la cuna y la sepultura, el tiempo en desperdicio, un hombre polilla en batín agrio, la humanidad degradada y florecida como rancios panes sin provecho.


Cuando amanece, llueve o parte el viento alguna rama, solo percibes el hecho meteorológico, no el lienzo, la música o el fogonazo, no intuyes la metáfora mortal que da la vida, el símbolo vaporoso que no explica el misterio pero lo afirma, le da peso, hondura y ligereza a la vez. Vuelo. Siempre fue el vuelo. Y la tinta enamorada. Qué ceguera si solo ves flor en la flor y no un mensaje de esperanza, si solo sientes muerte en la muerte, ¿para qué la alegría, el dolor o las balanzas? Has pasado demasiado tiempo siendo víctima consciente del tiempo, dicen que la prisa mata, algo debe cambiar en ti, ahora o nunca, no hay más, no hay una vida en serio y otra vida de licencia, que cantaría Rafael Berrio. Levántate, entra en el instante, siente el centro, su vorágine, tómalo, da las gracias y desaparece. 


A modo de coda o de introito, no podría dilucidarlo, algo extraño pasa, algo ha terminado y algo comienza hoy, esta es mi primera tarde, la primera vez que miro por la ventana, mis primeros pinos y algarrobos, el primer cielo gris, mi primera resurrección y el primer camino polvoriento, la primera vez que veo llover mientras por primera vez juegan mis hijos ante mi primer yo, nuevos decorados para nuevos personajes, todo es ganancia y para bien, Elena me llama por primera vez desde nuestra habitación y por primera vez también siento la punzada irrepetible de la ternura en nuestra primera noche.

lunes, 18 de marzo de 2024

Primavera anticipada.

 


Marzo de nuevo, hace un año que voy escribiendo estos textos breves, estas pequeñas realidades surgidas de enrevesadas e insondables ficciones y del aserrín metálico de lo cierto. Diario minucioso y disperso, caótico, quirúrgico y desmañado, lírico también, cajón de sastre, totum revolutum, cuaderno de notas, fuga de ideas, colecta de cotidianidades, urbano y rural, dietario cabal y alucinado. Pasado, presente y futuro amalgamados, como quiso Jules Renard, romper continuamente el hielo que vuelve a formarse en el cerebro. Impedir que cuaje. Verdad y mentira solapadas, artefacto literario, montaña rusa frente a un mar en calma, refugio o campo de minas, todo bien mezclado en la coctelera de pensar, en el hueco del sentir, ligado con el pegamento alado de la imaginación. 

Tímidos vuelven a florecer los ciruelos que hay en la calle del trabajo que a finales de año dejaré y en el que he estado cerca de siete años. Echaré de menos algunos lugares y a algunas personas que, de alguna manera, siempre irán conmigo. Me inquieta la eléctrica emoción del partir rumbo a lo desconocido. Claudia cumple un año, Elena toca los cuarenta, nueve años son ya los que alcanza nuestra relación. Cifras que nos van marcando como muescas agridulces en el cinturón gastado del tiempo. Imagino un destino laboral próximo de interiores remotos y olvidados, juego con la idea de escribir un Knockemstiff edetano y fronterizo digno de la hondonada salvaje que tan bien describió Donald Ray Pollock. Los cambios siempre tienen algo de Far West o de spaghetti western, según se mire. Llevo días escuchando el blues de Zac Wilkerson alternándose con la voz rota de Diego Vasallo, si no es por ti no salgo vivo. Amén.


En Fallas la ciudad es un termitero de caos y gozadera, la sangre roza la ebullición, vuelve renovada la antigua querencia mediterránea de vivir o arder en el intento. Calles cortadas, los barrios como ratoneras, casales en fiesta constante y monumentos falleros esperando el fuego que los redima, charangas de alegría, detonaciones, excesos, ríos de gente y más gente desbordándose por doquier, pólvora y cazalla perfumando el aire. Viene Octavio Paz de parte de la vida y nos dice que el día abre los ojos y penetra en una primavera anticipada. Todo lo que mis manos tocan, vuela. Está lleno de pájaros el mundo. Hoy, en Valencia, su palabra es una verdad irrefutable. Me alejo un poco del centro, he dejado la capital en busca de un silencio sencillo, para pasear estos versos luminosos por la Cueva del Turche y su preciosa cascada que viene del río Juanes, muy cerca de Buñol y sus cementeras. Cañaverales y álamos junto al riachuelo, algarrobos, ailanto, zarzaparrilla. Una sombra veloz me toca desde lo alto. ¿Será un cernícalo planeando solitario o la mano terca de la muerte, ahora que el corazón en calma se place por la floresta, perra muerte que espera usurera y sanguinaria mi regreso inevitable a la funesta encrucijada del pacto? Espera a que llegue tu turno, todavía un poco más, espera, que un instante feliz nos ha vuelto inmortales mientras en marzo el invierno y la primavera, sobre un lecho de azahares, son cópula y dentellada.


Imagen: Cueva del Turche.

jueves, 29 de febrero de 2024

De zorros y almendros.

 


Junto a un campo repleto de almendros en flor, en el arcén de la carretera comarcal que va a Cheste, un zorrezno atropellado, inerte sobre el brillo de su sangre al primer sol de la mañana. Me da por pensar en cómo la vida pone siempre cerca de la belleza el azote inmisericorde de lo terrible, pegado al horror más sofocante dispone el vaso de agua fresca y cristalina. Después de cada sesión de quimioterapia que mi suegro recibía, ibamos siempre a un restaurante italiano. Los carbohidratos relativizan el mal del mundo, y la grappa ni te cuento. Leo en Vaciad la tierra, una biografía poética sobre Osip Mandelstam durante su martirio soviético, escrita por Agustín Pérez Leal, que donde la muerte muestra sus vergüenzas está el verso que brota, que se descara y echa a caminar.

La imagen inmediata es oscura, delirante, dura como una reclusión forzada, poética como el aire que entra por las rendijas, claustrofóbica, raramente bella. Es un recuerdo parásito de Rebeldía y sumisión, que acude sin venir a cuento, obra de teatro dirigida por Sigfrid Monleón y con texto del poeta Alejandro Simón Partal. Trata sobre el cautiverio de Dietrich Bonhoeffer, párroco luterano, teólogo que formó parte de la resistencia contra el nazismo y que fue encarcelado y acusado de conspirar para matar a Hitler por lo que terminó ahorcado en 1945. En los albores de la pandemia, mientras estábamos obligados a permanecer encerrados en casa y yo disfrutaba de una excedencia laboral cuando Marcos era un bebé, fue subida a YouTube de manera gratuita para el disfrute general de la platea y el mío en particular. Es paradójico cómo me sentí un poco más libre a través de una historia tan asfixiante y olvidé por un rato la jaula impuesta. Las virtudes del arte son incontables, salvíficas. Como aquellos almendros en flor tan cerca de la tragedia, el arte siempre nos da una tregua. Comento este casual redescubrimiento con Claudio Ferrufino y le envío el enlace para que pueda verla, creo que el tema es de su interés y estoy seguro de que disfrutará de la obra. Hace poco hablábamos también sobre la novela que narra el paso de Osip Mandelstam por la prisión de Butyrka y su posterior viaje en tren hacia Siberia, muriendo de camino, en Vladivostok. Atracción común por esas tinieblas densas desde las que sale la luz más pura que un ser humano pueda dar.


Regresan los mosquitos y el sudor, de la mano de una primavera que cada vez se anticipa más, viene la plaga. También llega la noticia de que tras más de veinte años dando vueltas como enfermero por la sanidad valenciana, gracias a una orden que viene desde Europa para disminuir la temporalidad, parece que antes de que termine el año por fin conseguiré una plaza de funcionario en propiedad. Trabajo asegurado para toda la vida, con los tiempos inestables que pululan no es poca la tranquilidad. Tengo la gran suerte de poder escribir de lo que quiera y como quiera, me gano los garbanzos con algo muy alejado de la literatura. Libertad de cátedra artística dirigida a tres o cuatro gatos lectores, como mucho. No es necesario más. Hacemos cábalas en los ratos muertos de la clínica, por los pasillos, en las consultas, a la hora del almuerzo. Cuando nos toque elegir destino solo quedarán plazas en los grandes hospitales y en la Valencia más rural. Yo me decanto por la segunda opción. Con cuatro hijos, cuatro gatos y una perra prefiero trabajar en el Centro de Salud de Mordor o al otro lado del muro, al norte de Poniente, antes que hacer de nuevo turnos rodados y noches en largas salas de luces tenues con olor a café, ambiente de quejidos, aerosoles mucolíticos y antisépticos variados. Además, cada vez tengo más querencia por el campo y las aldeas, por lo despoblado y lo que se ha quedado fuera de esta época. Celebramos el puesto vitalicio con la botella 146 de 555 de Aldeasoña, un Ribera del Duero espléndido. Mientras llegan los platos principales, Toni, jefe de sala del restaurante Huerto Martínez, se sienta a conversar con nosotros sobre lo humano y lo divino, siempre presente su amado Camarón de la Isla, mis libros de aforismos, las cocochas de merluza y la receta de sus deliciosas alcachofas a la mostaza, confitadas, confiesa, y nosotros que creíamos que eran hervidas. Con los cafés regresa a nuestra mesa y brindamos con Cragganmore. Sabe que vayamos donde vayamos, volveremos de vez en cuando a comer a su casa, que es la nuestra.


Ya de noche, en la cama, pienso en Las dos Fridas, misteriosa e inquietante obra que Frida Kahlo pintara en 1931, la indígena y la de raíces europeas, ambas mujeres y sus herencias, unidas por un sistema cardiovascular que se hace común para dos corazones definitivamente inseparables. Me gusta y me sostiene esa mezcla, esa fractura que se une, la comunión de lo diferente, de lo escindido, y el arte que nace de todo esto, esa pareja de enamorados que Marc Chagall pintó sobrevolando la ciudad, el surrealismo de Leonora Carrington, Hurt de Johnny Cash y sus ganas de empezar de nuevo, Nick Cave cantando: I don't believe in an interventionist God, entrando de lleno en un debate teológico con mucha miga. Creo que Job estaría de su parte. Me duermo entre Hans Küng y Karl Rahner, Leonard Cohen, Julieta Venegas y Metallica, me acunan los poemas de Vicente Gallego y de Mark Strand, los aforismos de Ramón Eder, de mi amigo Michel F. y de Miguel Ángel Alonso Treceño. La oscuridad no es absoluta. Bajo los párpados tengo un pequeño zorro muerto, jamás vi un pelaje tan bello como el suyo ensangrentado, su cara transmitía paz, me duele, abre los ojos, levanta la cabeza rota, me mira fijamente, y alrededor, todos los árboles pierden sus pétalos, retroceden, nos dejan solos, mejor esperar a que llegue pronto una nueva mañana. No hay consuelo.

Regresar al valle.

  La niña comienza a caminar tras dos meses desde el diagnóstico de la enfermedad y el inicio del tratamiento. Ya estamos en la segunda fase...