Los primeros días del año vamos enlentecidos, exhaustos, soportando con dificultad el peso que viene aparejado a la resaca del exceso, ese caro peaje que pagamos por tanto festival sin freno, por tanto ágape pantagruélico sin mesura. Bacanales de cordero y vino tinto, carrilleras con patatas panaderas, canapés innumerables, vermut a chorro, pasteles trufados de hiperglucemia y saturación sensitiva, torpes bailes desacompasados al límite del ángor, digestiones largas como un mal gobierno, cotillón, champán, las doce campanadas, los abrazos extremados, las conversaciones repetidas, automatismos, el turrón, las uvas y una retahíla de brindis por nuestra salud, por el amor, ay, siempre el amor, un chinchín para que algo de dinero venga, y por la muerte de algún sátrapa y el sufrimiento eterno de toda su guardia pretoriana. Pero de esta resaca se sale, en cuestión de semanas no recordamos el abuso y volvemos a estar en disposición de caer de nuevo en descuidos burbujeantes y espumosos, encanallados.
Hay otra cruda peor, más pegajosa, sostenida: la de cruzar un umbral con las manos vacías, la de cambiar de año como si nada, como si en balde, por pura inercia como la piedra que rueda por el precipicio, si me apuras, está la resaca de cruzar la frontera tan solo con algo de polvo de infinito bajo las uñas descuidadas y ralladura de lejanías que un viento metafísico y metafórico trae hacia los ojos cansados de mirar sin pausa y ver o intuir lo justo o lo innecesario. Hay resacas de ilusiones incumplidas y de sueños partidos por la mitad, de relojes parados, de brújulas sin norte y veletas que ya no giran, de la falta de juventud y la pérdida de la esperanza, de historias que ya no, nunca, del miedo tomando mando en plaza, de gastar pólvora en zopilotes, de estar perdido, de no encontrarse y sentir que ya no queda tiempo, de intentos y fracasos, de intentos y fracasos, hay resacas que duran toda la vida y está bien que así sea.

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