domingo, 22 de diciembre de 2024

Postrimerías 2024.

 


Estaba, quijotesco, enredado en conversación con unos cuantos libros muy generosos, para tratar de apaciguar la inquietud de los últimos días del año, de las hienas circundantes y de un reptil antiguo que me hiela la sangre, también por calmar un poco a ese jabalí acorralado dentro de una caja torácica electrificada que me acompaña a todas partes. Típicas cosas del delirio que azota duro a las almas sensibles sedientas de belleza en un mundo tan cruel como adefesio. Frank Sinatra aparece por el salón cantando My Way como cuando apareció por el crematorio junto a Pavarotti y el nessun dorma a petición muy acertada, todo sea dicho, del protagonista del evento fúnebre. Y vamos juntos, un servidor, el viejo Frank, los vivos y los muertos, aojadores, naguales, brujas, hechiceros, artistas de variedades, calchonas, charangas, letraheridos con la sangre y la tinta revueltas, desfile de portentos túrbidos, a pasear por un zaguán lleno de hortensias y daguerrotipos de plata pulida, con muy viejas y descoloridas imágenes espectrales de hombres armados, revolucionarios románticos de miradas torvas. Sobre un alféizar aguarda la primera edición de Gerifaltes de antaño, escrita por Valle-Inclán, junto a una botella mediada de un vino peleón y avinagrado. En los arrabales ladran los perros y suenan tangos canallas.

Es abrir las puertas de la calle o poner la cabeza en la almohada y allí está el río violento que se lleva para siempre mi coche, los muebles de la casa de mis padres, y algunas cajas de libros que todavía guardaba en su trastero. Las obras completas de Blasco Ibáñez, Pedro Páramo de Juan Rulfo, Bajo el volcán de Lowry, muchos poemarios, novelas de pelaje variopinto y libros de arte infumables, filosofías, todos desfilando ante mí como cantos rodados, como barcos utópicos que hacen agua, hacia el mar, rumbo al hundimiento, la desaparición y el olvido. Retengo lo que puedo y lo que no me lo inventaré sobre la marcha. Haremos memoria como quien hace encaje de bolillos, tapices de París o tejidos andinos con lanas de alpaca, llamas y vicuñas. Haremos apología de lo bonito, bueno y verdadero que se encuentra en el centro de lo aparentemente insustancial. La realidad sin su dosis de ficción, sin su trama de fantasía, es una mentira insoportable.


La vida circula abruptamente entre epicedios y copas de Campari con naranja, siempre nos pilla por sorpresa con sus cambios bruscos de dirección, su golpe más certero llega casi al mismo tiempo que su más dulce caricia, se desarrolla accidentada entre grandes poetas chilenos (Salvador Reyes, Jorge Teillier) y gobernantes corruptos e ineficientes, entre charangas y tanatorios, entre mañanas plácidas y tardes violentas. Todo tiene cabida en esta función. Cruzo un jardín como quien recorre ávido los pasillos de una biblioteca o viceversa, ya no sé. Voy por los aforismos de Ramón Eder o de Stanislaw Jerzy Lec como quien va entre girasoles o campos de lavanda, paseo por poemarios frondosos, por Ángel González, Blas de Otero, Antonio Praena, José Mateos, Joan Vinyoli o Mark Strand, por avenidas de música en flor como Vivaldi, Corey Harris, Diego Vasallo, Beethoven, Quique González o Fito y Fitipaldis. No hay pintor que no trace un lugar íntimo para mí, concurren Sisley, Turner, Chagall, Rothko, Caravaggio, Velázquez, Fra Angélico, Guido Reni, Lucian Freud y una numerosa compañía de pinceles más o menos ilustres. Sin un séquito de fantasmas las almas adelgazan y se desvanecen, se esfuman sin dejar huella. Y así voy cruzando el pórtico confuso de los años, el regalo, la broma agridulce de mi vida. Y pido un porvenir repleto de amor y de bondad, de belleza, y sueño con ser distinto y mejor, caminar sin miedo y en paz ahora que ya no somos tan jóvenes. Así me duermo, entre visiones, tal vez lo soñé o fue un delirio, así despierto, en un año nuevo de un mundo distinto, la mirada se estrena y todo es visto como por primera vez. Vivir es arder entre las brasas del instante. No mengua la pasión, no morirá, no me rindo. Y así me salvo. 

miércoles, 4 de diciembre de 2024

Rayo o luciérnaga.

 


Como es primer lunes de diciembre y hay una fina niebla sobre las cosas, junto al primer café aparece de nuevo Chopin para, con sus dedos virtuosos, darle a la boira consistencia de telaraña o muselina, de ánima reconcentrada y expansiva a pleno rendimiento patafísico. Todo es excepcional, extraordinario, irrepetible, y una mirada concienzuda no puede quedar indiferente, ni debería negar una verdad tan rotunda e incontestable. La vista cansada es víctima y victimario. Todo lo que no se contempla como por primera vez, con pasmo amoroso, nos llega mustio, anquilosado, esclerótico o rancio. Cioran dejó escrito en sus cuadernos que fuera del instante todo es mentira y Marco Aurelio nos regaló una máxima o sentencia poderosa que se mantiene útil en estos tiempos tan superficiales y decadentes: realiza cada una de tus acciones como si fuera la última de tu vida. Sin un oteo afinado, ninguno de los dos aforismos puede ser llevado a la práctica, el instante o el presente carecen de relevancia aunque caiga ante nosotros el Imperio romano, el austrohúngaro, el Imperio Osmanili o el mongol y revienten por colapso todas las democracias posdemocráticas. Nada crucial sucede ante unos ojos desganados.

El canto de los pájaros resuena alborozado pese a la ausencia del sol, es mejor pensar que lo que nos falta participa también de las ganas de vivir y del raro canto de alegría que brota como agua manantial desde el dolor más hondo, un pellizco de azafrán, una ínfima brizna de esperanza, así en los algodonales del sur de los USA, en los campos indios o birmanos, en barcos tailandeses o en las minas potosinas. Ay! El minero, gajo de metal, la tierra lo traga junto con el carnaval. La corriente superó todos los cauces, mires donde mires hay señales más que claras del destrozo causado por las aguas desbordadas. Socavones, carreteras arrancadas de cuajo, puentes destruidos, amasijos de hierros, toneladas de basura y zaborra. Y aún así pujan por salir los brotes nuevos, la vida continúa, se despliega y avanza, el milagro poliniza todo a su alrededor.


En la cazuela, a fuego lento, boeuf bourguignon, la música bascula entre José Alfredo Jiménez y Benito Lertxundi, Queens of the Stone Age, Gatibu y Okean Elzy. Me gusta lo que no entiendo, lo que me cuesta comprender. Poliédrico, heterodoxo, ecléctico y heteróclito, hijo bastardo de la mezcla, lo fronterizo, el revoltijo y la fusión. A veces tengo una pajarería en la cabeza; a veces, un desierto. Recientemente he recibido varios rechazos editoriales y, como uno no tiene la vanidad a prueba de bombas, ando un poco alicaído, con la confianza frágil de las horas bajas. Por suerte, de vez en cuando, llegan sorpresas gratas y nos arreglan el ánimo para una temporada. La traductora Silvia Dammacco me pidió permiso para traducir al italiano Plantas de interior, uno de mis textos, que ha aparecido publicado en la revista In allarmata radura, inmejorablemente acompañado por fotografías de Veronica Mecchia, un lujo y todo un honor. Sensación extraña la de leer las propias palabras en otro idioma, gozar de la musicalidad y el misterio de lo propio procedente de otras latitudes. Qué alegría ver lo íntimo emprender su viaje sin retorno y adoptar una expresión que ya no es enteramente mía, pues ya es de quien la pretenda, la precise y quiera recoger el guante.


Lorca escribía para que le quisieran, mi amigo Víctor Colden escribe por la imposibilidad de no hacerlo. Rafael Chirbes dice que escribir es la indagación para nombrar lo que no puede nombrarse, un intento, un acercamiento hacia lo que aún no ha sido dicho, y Christian Bobin afirmaba: para mí, escribir es buscar todo lo que en nuestras vidas ha sido abandonado, descuidado, todo lo que el mundo deja, y volver a situarlo en un lugar privilegiado; es ir a rebuscar en lo que el mundo rechaza y encontrar oro. Con todos estoy de acuerdo y con muchas más definiciones que no transcribo porque el texto se volvería interminable. La diferencia entre la palabra adecuada y la casi correcta es la misma que entre el rayo y la luciérnaga, dijo Mark Twain, y bien sabía que en esa gran oscuridad vamos a tientas, entre ignorancia, duda y confusión, buscando alguna palabra viva, rayo o luciérnaga, algún filamento de luz que llevarnos a la boca, un párrafo como un par de alas nuevas, ahora que va terminando el año, algo de amor hecho sangre verdadera en nuestras sílabas o sílabas sinceras en nuestra sangre vacilante, amor que pueda taponar, desde lo más profundo, la herida de un corazón enceguecido que fibrila y balbucea al borde de su lecho, entre serias dudas de fe, mientras fuera no termina el gobierno de la noche y va arreciando el fiero ataque de todos sus malditos demonios.

miércoles, 27 de noviembre de 2024

Stendhal y los condenados.

 


Dan ganas de alejarse del pecado cuando uno ve La caída de los condenados, lienzo que pintó Dirk Bouts entre 1450 y 1470. Por fortuna se me pasa pronto y retorno raudo al deseo de belleza y placeres, que tenemos muy claro que se está de paso y ya llevamos completado algo más de la mitad del camino, y además puede venir un imprevisto a cascamajarnos en cualquier momento, véase DANA, pandemias, Tercera Guerra Mundial o algo por el estilo, puede que un apocalipsis de pueblo aceche en los inigualables atardeceres del otoño tras los bancales o alguna megalópolis distópica se nos venga encima, enferma de aluminosis, sepultándonos. Gracias a Dios somos proclives a la voluptuosidad y reincidimos, llevamos inscritos en los genes el carpe diem, el tempus fugit y también, cómo no, aquella procacidad ya popular del folleu, folleu, que el món s’acaba, como buenos mediterráneos.


Recuerdo aquella anécdota de san Agustín pidiéndole a Dios la castidad y la continencia, pero no todavía, y no puedo evitar un sonreír pícaro. El santo era de Tagaste y posteriormente residió largo tiempo en Hipona, ambas ciudades situadas en la actual Argelia, pero podría haber sido perfectamente de algún pueblecito perdido de la huerta valenciana y no desentonaría en absoluto. La cabra tira al monte, los instintos son nuestros más peligrosos enemigos o nuestros más fieles aliados, según, con qué facilidad nos damos a la vida golfanta y licenciosa, a la jarana, el jolgorio y la francachela. Y dicen que de los grandes pecadores vienen los grandes santos. Tendrán razón. Hay muchos haciendo méritos en la falta, en el desliz, esforzadamente. No seré yo quien lo niegue o lo discuta.


En Florencia sufrí el síndrome de Stendhal, también en Kioto, Londres y París. Eso es fácil que nos suceda en lugares míticos y encantadores, llenos de cultura, historia y belleza, en esos destinos a los que casi todos queremos ir al menos una vez en la vida. Sin ningún esfuerzo por nuestra parte vienen la taquicardia, la emoción y el mareo en los jardines del Templo Dorado o paseando por kiyomizu-dera, frente al David de Miguel Ángel o cruzando el Ponte Vecchio, en la abadía de Westminster, junto al Támesis o al callejear por el Barrio Latino, cerca del río Sena, entre Notre Dame y el Panteón. Lo complicado es padecer un síndrome de Stendhal cada día, en lo cotidiano, en el centro desportillado de las mañanas laborables, lo difícil es que los síntomas nos asalten y dominen en lo rural, extramuros, en la periferia de pequeñas ciudades provincianas, donde todo lo posmoderno pasa de largo dando un  pequeño rodeo, la moda huye despavorida y parece que nada importante sucede, el tiempo se remansa, o esa es la primera apariencia cuando vamos con prisa y ansiosos porque algo nos falta. Hay que perseverar en los contornos, por las esquinas, a ras del suelo. Belleza hay en todas partes y música en todas las cosas. Hay que saber mirar y escuchar, cegarse y ensordecer. Cada elemento tiene su momento justo para cada cual, un cenit y el nadir correspondiente, su precisa existencia. Y me da a mí que en pos de lo importante hemos perdido lo importante, pero puede que nos quede un eco, su estela y melodía, una reverberación sutil que sostiene el espíritu aunque la aventura fallida y el descalabro, un pedazo de alegría a pesar de todo lo que pincha y corta.


Afirma el musicólogo Ramón Andrés que la historia de la musica es tambien la historia del consuelo, y música fue también un cuerpo amado, un vino compartido, una conversación íntima, todo a media luz, un film clásico en blanco y negro, tal vez El muelle de las brumas, con guion de Jacques Prévert, basado en la novela de Pierre Mac Orlan, autor que me recomendó Claudio Ferrufino y que ha nombrado  en su obra, infinidad de veces, Miguel Sánchez-Ostiz. Música es la flor, un nido aunque esté vacío, pasar página o no poder pasarla y seguir en pie, saberse a salvo del fango y aún no sentirse limpio, imaginar un futuro en otra parte, poder volver a empezar a estas alturas, ciudades nuevas, idiomas y gentes distintas, hacer las maletas, el viaje hacia Ítaca, notar el calor de una chimenea que procede de un hogar inexistente todavía y adivinar el porvenir de unos ojos que se miran muy de cerca rogándose pequeñas muertes en nombre del amor, transubstanciaciones. Música era también este silencio y la eclosión, este consuelo de las almas rotas en los cuerpos desleídos, entremezclados, su frenesí, hallar por fin la calma en el vértigo, la velocidad y el sudor, fuego, brasas, cenizas, tal vez la resurrección de la carne y juntos la vida eterna, y que ya no nos desbarate tanta desazón, tanto caer al abismo de puro aburrimiento sin oponer la más mínima resistencia.


Imagen: La caída de los condenados, de Dick Bouts (1450).

viernes, 22 de noviembre de 2024

Lacrimosa.

 


Fui a recoger a mi hijo Iván a Paiporta y, tras casi un mes de la maldita DANA, lo que vi todavía parecía un campo de batalla. Si no hubiese sido por los voluntarios que se acercaron espontáneamente a echar una mano todavía sería mucho peor. Hace mucho que el Estado no es una madre, no, ni nutricia, ni amantísima, ni abnegada, ni solícita ni nada de todo eso que suena tan desfasado ya, nos tiene abandonados, simple y llanamente. El Estado es como una gran aspiradora insaciable que, cuando es necesitado por el pueblo en apuros, desaparece o llega tarde y mal o no está ni se le espera. Luego hablan de desafección política y se extrañan o se escandalizan desde sus urbanizaciones de lujo, con guardias de seguridad en la puerta, sus abultadas cuentas corrientes y los colegios más exclusivos para que sus hijos se relacionen solo con quien pueda darles en el futuro algún beneficio, siempre alejados de la plebe tiñosa y esos problemas demasiado reales para el gusto refinado de las estirpes que triunfan sin escrúpulos y a costa de complicar gravemente la vida de  los otros. Y se enojan si les muestras tu desprecio. De risa, por no llorar.

Johnny cogió su fusil y Amparo, mi madre, tiró de Alzheimer, cubo y bayeta y se puso a limpiar como una autómata el estropicio formado por la DANA en su casa de Paiporta. El agua llegó al metro y medio de altura, malbaratándolo todo. Mi hijo Iván nos cuenta que cada día que regresaban para seguir limpiando y sacar más lodo, cada pertenencia destruida y cada mueble hinchado aparecía por primera vez para mi madre, la misma sorpresa desagradable repetida, su propio día de la marmota, el trauma renovándose cada mañana, una tortura en bucle de fango y desamparo. Sísifos redivivos somos, la cinta de Moebius imponiendo su potestad, seres humanos como bueyes roturando sin descanso un erial interminable. Y los amos en Cancún o en República Dominicana, por ejemplo, de holganza permanente y bisnes bravo. La realidad termina superando a la ficción, sobrepasa todas nuestras resistencias. Elena y Marcos todavía sufren pesadillas cada noche, con el recuerdo recurrente de una crecida de las aguas súbita y violenta, y coches arrastrados por la corriente, y árboles, farolas, camiones, contenedores de basura, y bultos fugaces de los que es mejor no tratar de adivinar su naturaleza exacta.


Llama por teléfono mi padre y me comenta que no se salvó tampoco el trastero de su casa en el que yo guardaba libros, discos compactos, una guitarra Ephipone Les Paul y un amplificador de cuyo marca ni me acuerdo, entre otras muchas cosas medio olvidadas. Ya puedo decir que he perdido una parte de mi pequeña biblioteca de Alejandría, o una porción especial de mis posesiones, esa que uno guarda para sacar a la luz cuando en el futuro se tenga la casa de la vida con el soñado despacho correspondiente. Y va pareciendo por tanta circunstancia adversa que eso no sucederá jamás de los jamases. Seguirá postergándose la gran ilusión in aeternum. Y qué más da, al final, lo importante es vivir para contarla, que decía el Gabo. Hay nubarrones grises y para que el ambiente emocional cambie, los niños pronto a la cama, cena en pareja de exhaustos, un poco de roquefort, jamón ibérico, algún embutido y un Macán clásico del 2020, de Vega Sicilia y Benjamín de Rothschild, elegante, refinado, delicioso. Arcangelo Corelli, Vivaldi, Jean-Baptiste Lully, un par de podcasts de Mario Colleoni y Ramón Andrés. Una grata conversación con Elena, sin prisas ni interrupciones, mientras cenamos, y el pan ácimo o pan de la aflicción compartido, también el pan salado del sexo, después, para que la alegría retorne un día, pronto, lo antes posible, con ese intenso sabor metálico en la boca como cuando, de niños, nos caíamos al suelo, surgía la herida, brotaba la sangre del labio y no pasaba nada porque nada sabíamos de la muerte embaucadora ni de catástrofes naturales y nada tampoco de la parca y sus artimañas ni del Réquiem, lacrimosa dies illa qua resurget ex favilla judicandus homo reus, de Wolfgang Amadeus Mozart.


Imagen: estragos de la DANA en Paiporta.

martes, 19 de noviembre de 2024

Noche.


 En las capillas mediceas Miguel Ángel esculpió la Noche, inspirándose tal vez en Leda o Ariana durmiente, la representó con el cuerpo desnudo, el rostro plácido, recostada sobre un sueño profundo y amable como de espuma viscoelástica, puede ser que brevemente sestee o que, por el contrario, guiada por una frottola de Bartolomeo Tromboncino se adentre en un sueño eterno sin retorno. Acompañando al tenso y crispado Día, sobre la tumba de Juliano de Lorenzo de Médicis, la Noche nos recuerda que hay un respiro, un lugar íntimo al que acudir buscando refugio y fortaleza, un aparte en la función, una enfermería abierta 24 horas para curas e inyectables, y por si hubiera que lamerse las heridas, un piano bar filantrópico y terapéutico en el reino confuso de las sombras. La tiniebla subraya, hace trascendencia de la más pequeña brasa, del más humilde candil titilante. El día, lo queramos o no, casi siempre es compartido y suele estar abarrotado aunque nos encontremos solos, por el contrario, la noche, en el filo de lo crucial, es solo de uno mismo o no es enteramente la noche y tan solo estando solos, despojados de todo, como en la muerte, seremos por completo de la noche y sus contornos. 

Cuando un autócrata nos exprime y como un posmoderno Cosme I de Médicis nos gobierna con mano de hierro, cuando el día es insufrible como la averiada maquinaria estatal, insoportable como un burócrata despiadado, si transcurren las horas diurnas carentes de humanidad o esperanza, hay un resquicio en la oscuridad que nos da más luz y sosiego que esa luz enferma y falsa de las jornadas pavorosas. Buonarroti dejó escrito un clarividente epigrama sobre su Noche que decía así: me es grato el sueño, y más el ser de piedra mientras que el daño y la vergüenza duran, no ver, no sentir me es gran ventura: así pues, no me despiertes, habla bajo. La noche como cobijo y protección, dormir, soñar como rebeldía postrera. Shhhhh, hablad bajo o callad directamente, ahora que hay fango y ruido por todas partes, daño a espuertas y motivos más que suficientes para la vergüenza, sobretodo la vergüenza ajena al ver cómo campa a sus anchas, ministerial, tanta desvergüenza, tanta impostura, shhhhh, chitón, mutis, con el ocaso enmudeced, sellad los labios, que silencio y noche siempre fueron gasa y venda de dolientes, beso, aliento, bálsamo para cuando la lepra, el mal sueño y la fiebre fría, sustento último cuando el desamor, la soledad o la derrota.


En un pedazo de noche toda la noche cabe, todo el dolor de un hombre puede quedar contenido, también, por suerte, el consuelo y la cura. En un fotograma de oscuridad se aloja todo el misterio, en un píxel de sombra hemos intuido lo insondable del universo. En la noche cabe toda posibilidad porque acotarla es imposible. La noche es fiera salvaje por siempre emboscada y claro en el bosque para reposo y convalecencia. La noche es paradoja y aporía. En un jardín oscuro pude encontrar toda la jungla y su espanto. 1800, no me refiero al Siglo de las Luces, hablo ahora sobre 1800 metros cuadrados de un jardín descuidado a unos veinte kilómetros de Valencia. Un jardín en penumbra, umbroso. Ahí caben, toda la espesura y todos los verdes. Especialmente en la renombrada noche oscura del alma. El jazmín que se enreda en la valla, un pequeño almendro, algarrobos, pinos y olivos, el olímpico laurel, el granado de Afrodita, un par de naranjos, un pomelo, un níspero, un mandarino, las moreras, mi amado limonero, la bella y terrible adelfa, el melocotonero, tréboles, rabaniza, cenizo, malvavisco, estramonio, grama y otras hierbas. En los maceteros crece rúcula, romero, habas, zanahorias, coles de Bruselas, cebollas tiernas, rábanos, algún puerro. Y hay tanto que todavía no he descubierto, al alcance de una mirada que no llega. Tres años en este jardín y qué desconocido, qué extensión de incógnitas por despejar en 1800 metros cuadrados. Como sucede con la Noche de Miguel Ángel, tengo un pedazo de tierra pálida que abriga y asfixia, mata y consuela, maravilla y terror, delirio, adelfas de Carrara sobre un mármol con espinas que gotea una savia pegajosa de veneno y ambrosía. Todo se confunde entre la maleza, entre las sábanas, todo es feraz por las criptas florentinas que a través de sótanos, galerías, catacumbas y pasadizos a mi casa llegan para hacer noche en mi noche. Hablad bajo, shhh, por piedad, no me despertéis.

jueves, 14 de noviembre de 2024

Nivel rojo.

 


En cuanto a infortunios, los ucranianos nos ganan por goleada. Irina y Sergei nos comentan que no solo han vivido la pandemia y la catástrofe natural de la DANA en Valencia, también vivieron bajo el dominio de la URSS, la Revolución Naranja del 2004, la guerra de Crimea del 2014 con la consiguiente pérdida de la república de Crimea y Sebastopol, también la maldita guerra que les obligó a salir de Ucrania con lo puesto en el 2022 y, casi se les olvidaba, el accidente nuclear de Chernóbil. Toda una vida de práctica resiliente, de sonreír a pesar de haberlo perdido todo y mantener en pie el pensamiento luminoso de que todavía pueden volver a empezar y encontrar su lugar en el mundo, la casa, la gente, la tierra donde echar raíces.

Ayer sonaron, esta vez cuando tocaba, las alertas nivel rojo de Protección Civil en el teléfono móvil por el regreso inminente de la DANA. Vuelven los miedos, la incertidumbre, el recuerdo invasivo de las horas de horror pasadas hace ya un par de semanas. Toda la noche lloviendo con violencia y Elena casi no duerme al revivir los instantes en los que su vida y la de Marcos iban en juego y a merced de las aguas turbulentas. Vinimos a instalarnos cerca del barranco del Poyo buscando, como Fray Luis de León, huir del mundanal ruido y casi encontramos la desgracia que, olvidábamos, crece en todas partes, también en los Locus amoenus. Parece ser que todavía no nos toca pero hay avisos claros para quien sepa observar. Carpe diem, carpe diem, susurra la corriente del agua entre las cañas rotas mientras, a pesar de todo, vuelve a amanecer.


La tierra del jardín ha perdido su palidez de tanta lluvia recibida, ahora tiene un color pardo entre piel de oso y canela en rama. En el limonero, tímidos, los limones empiezan a regalar sus apetecibles e hipnóticos amarillos. La mala hierba extiende un verde norteño, mullido y jugoso para que la mirada descanse. Gorriones, mirlos, tórtolas cantan como siempre, como si nada, agradecidos. Algo se nos llevó el temporal, algo se nos ha roto por dentro irreparable, el cielo es un campo gris de ceniza y platas sucias, de heráldicas derrotadas. Suenan las primeras notas de un blues acústico, rumores del Delta del Misisipi, ¿de dónde vienen si no hay luz? ¿De dónde se destila el bálsamo? Robert Johnson vendió su alma al diablo por todos nosotros, ha pasado casi un siglo y estamos juntos en la misma encrucijada, sufriendo y cantando, trovadores, juglares, bufones, corcovados, muy lejos de palacio, extramuros, metiendo el dedo en la llaga, tratando de hacer algo bueno de la herida. Dicen los que saben que la perla es fruto del dolor, parece que hay acordes que logran que salga antes el sol y existe una alquimia en la alegría que solo conocen los que sufren, ahora lo entiendo todo.

viernes, 8 de noviembre de 2024

Noli timere.

 


Volver a la normalidad o a algo que sea lo más parecido posible. Cada uno encuentra su ruta de retorno. No es mala opción lo epicúreo, regresar por la senda de la ribera del Duero escuchando algún viejo vals criollo de Francisco Canaro o un poco de klezmer festivo para darle combustible al corazón, descorchar algún vino tinto que merezca la pena, Aalto, San Román, Pintia si es posible para acompañar con dignidad unas carrilleras de ternera con patatas o un solomillo de cerdo sobre un dulce lecho de cebollas asadas. Volver a disfrutar del instante como si no hubiera un mañana. Reunirse de nuevo, ahuyentar a la bicha con el talismán lenitivo del verbo, con esa rara filacteria indestructible de la palabra, hablar del horror sufrido con amigos y allegados, con la gente a la que le importas y celebra los reencuentros a base de cariño sincero y abrazos, palparnos las carnes incrédulos todavía y dar gracias de nuevo por seguir aquí. Estudiar un lienzo con detenimiento y estremecerse, paseos lentos por jardines mediterráneos, aprenderse los nombres de los árboles y los pájaros, retomar las lecturas suspendidas y comenzar con alguna de las que siguen pendientes, salir poco a poco del estado de shock, creer en el amor inmarcesible y omnipotente, en las curvas vertiginosas que nos llevan al cielo por la vía rápida, ver cómo disminuye el lodo y vuelven a ser transitables algunas carreteras dañadas, sentir los gestos solidarios, volver a la droga de la escritura y a ese sabor agridulce tan suyo, adictivo, irremplazable, con sus salidas de emergencias, sus refugios, sus escondrijos y sus mundos tan auténticos por plenamente imaginarios. ¡Ah de la vida sin los grandes ventanales!

Cada uno remonta el vuelo como puede, dicen que la mancha de una mora con otra verde se quita, algo de eso sabía Camarón de la Isla al cantar que quita una pena otra pena y un dolor otro dolor, por supuesto que hay que dejar pasar el tiempo, Heráclito de Éfeso añadía un argumento de autoridad cuando afirmaba que solo el cambio es permanente, que por sí mismo ya es un consuelo de peso para los derrotados. Solo es libre de verdad quien sabe vivir y morir sin miedo. Noli timere, que le sugirió el poeta Seamus Heaney a su mujer, como sabio consejo final, poco antes de fallecer. A mí siempre me fascinaron los velatorios irlandeses en los que nunca falta comida, ni mucho menos bebida o risas contagiosas mientras se recuerda y acompaña al difunto que escucha atento en su ataúd, de cuerpo presente, la canción tradicional escocesa típica en este tipo de eventos: The parting glass. Admirable esa forma de afrontar la pérdida desde la alegría melancólica, el júbilo atemperado que agradece el tiempo juntos y la celebración sincera por tantas cosas compartidas. Y vuelvo a decir que para nosotros es fácil salir de este atolladero, un susto gordo en la primera noche de la DANA y un coche perdido, poco más. El trauma y los miedos se irán esfumando, todos los miembros de mi familia estamos vivos, hay quien no ha tenido tanta suerte y sigue de barro hasta la cintura llorando a sus muertos, achicando agua, imposible para ellos por el momento pasar página o divagar sobre los acontecimientos.


La sensación general, a medida que van pasando los días, es la de que nuestros gobernantes no han estado a la altura, nos han abandonado otra vez. Sus vidas de lujo palaciego les impiden arremangarse la camisa, atarse los machos y bajar a la arena a dar el callo o el do de pecho, en especial cuando la arena huele a sangre y peligro. Entre políticos, mezclarse con la plebe debe de dar mal fario. Cerca de Kurashiki, en un pueblecito del Japón más rural, por la prefectura de Okayama, conocí a un anciano que años atrás había sufrido el acoso constante de un hermano alcohólico que le culpaba de todas sus desgracias. Cuchillo en mano llegó incluso a entrar en su casa por una ventana,  de noche, para amenazarle de muerte a él y a toda su familia. En el momento más inesperado regresaba a matarlos de miedo en vida. Y así fue por mucho tiempo, una y otra vez, creo recordar que hasta su muerte por cirrosis. Cuando alguien le preguntaba por esta historia, por el hermano desquiciado que durante años fue una pesadilla, decía impertérrito, mientras mezclaba con agua caliente su aguardiente de arroz al tiempo que se tomaba un protector hepático, que de los muertos no se podía hablar mal pues ya formaban parte de la divinidad. Y esa es la íntima esperanza que los diputados guardan para el final, viven como deidades para que, al morir, a nadie se le ocurra mentarles la madre o el árbol genealógico al detalle, de tan divos nimbados, por si la excomunión o el destierro.


Aprovechemos, pues, el momento y hablemos pestes merecidas de los políticos que nos han tocado en suerte perra o en desgracia, sindicato del crimen, banda de malhechores, señalémoslos como lo que son, quitadles las máscaras, ahora que están bien vivos, coleando, noli timere, ahora que se ciernen sobre el débil, sobre quien cayó en desgracia mayúscula para, mientras le toman el pulso, disimulando, robarle el reloj y la cartera con fineza y donosura impostadas. Y con la ley de su parte. Como siempre. Digamos el asco que nos producen, el asco indecible que escribiera el poeta navarro, para que nuestros hijos nunca quieran ser como ellos, vergüenza, neopríncipes posdemocráticos, todos, máquinas de fango y de miseria, antes de que mueran plácidamente en la cama como dioses eméritos con inmunidad parlamentaria, como dictadores abotargados de tanta vidorra prémium, a full equip, hasta los topes, como sátrapas intocables en loor de caviar, champán y mariscadas, que fango son y en fango se convertirán, vergüenza, vergüenza, mejor ahora, que después puede que venga ordenada desde instancias superiores su deificación entre encomios, banderines, fuegos artificiales y alabanzas o en el mejor de los casos llegará la desmemoria, el olvido, un polvo despreciable y el silencio. Unos instantes de paz después del gran incendio, Nerón toca su lira, Jacques Callot y Goya pintando la escena como locos. Algún día una hiena sarnosa saldrá de entre las ruinas imperiales con el carnet de un partido político cualquiera entre las fauces, será como la lepra que nadie querrá tocarlo, y todos huiremos del lugar del crimen, campo a través, sin mirar atrás, presas del espanto.

Regresar al valle.

  La niña comienza a caminar tras dos meses desde el diagnóstico de la enfermedad y el inicio del tratamiento. Ya estamos en la segunda fase...