jueves, 29 de febrero de 2024

De zorros y almendros.

 


Junto a un campo repleto de almendros en flor, en el arcén de la carretera comarcal que va a Cheste, un zorrezno atropellado, inerte sobre el brillo de su sangre al primer sol de la mañana. Me da por pensar en cómo la vida pone siempre cerca de la belleza el azote inmisericorde de lo terrible, pegado al horror más sofocante dispone el vaso de agua fresca y cristalina. Después de cada sesión de quimioterapia que mi suegro recibía, ibamos siempre a un restaurante italiano. Los carbohidratos relativizan el mal del mundo, y la grappa ni te cuento. Leo en Vaciad la tierra, una biografía poética sobre Osip Mandelstam durante su martirio soviético, escrita por Agustín Pérez Leal, que donde la muerte muestra sus vergüenzas está el verso que brota, que se descara y echa a caminar.

La imagen inmediata es oscura, delirante, dura como una reclusión forzada, poética como el aire que entra por las rendijas, claustrofóbica, raramente bella. Es un recuerdo parásito de Rebeldía y sumisión, que acude sin venir a cuento, obra de teatro dirigida por Sigfrid Monleón y con texto del poeta Alejandro Simón Partal. Trata sobre el cautiverio de Dietrich Bonhoeffer, párroco luterano, teólogo que formó parte de la resistencia contra el nazismo y que fue encarcelado y acusado de conspirar para matar a Hitler por lo que terminó ahorcado en 1945. En los albores de la pandemia, mientras estábamos obligados a permanecer encerrados en casa y yo disfrutaba de una excedencia laboral cuando Marcos era un bebé, fue subida a YouTube de manera gratuita para el disfrute general de la platea y el mío en particular. Es paradójico cómo me sentí un poco más libre a través de una historia tan asfixiante y olvidé por un rato la jaula impuesta. Las virtudes del arte son incontables, salvíficas. Como aquellos almendros en flor tan cerca de la tragedia, el arte siempre nos da una tregua. Comento este casual redescubrimiento con Claudio Ferrufino y le envío el enlace para que pueda verla, creo que el tema es de su interés y estoy seguro de que disfrutará de la obra. Hace poco hablábamos también sobre la novela que narra el paso de Osip Mandelstam por la prisión de Butyrka y su posterior viaje en tren hacia Siberia, muriendo de camino, en Vladivostok. Atracción común por esas tinieblas densas desde las que sale la luz más pura que un ser humano pueda dar.


Regresan los mosquitos y el sudor, de la mano de una primavera que cada vez se anticipa más, viene la plaga. También llega la noticia de que tras más de veinte años dando vueltas como enfermero por la sanidad valenciana, gracias a una orden que viene desde Europa para disminuir la temporalidad, parece que antes de que termine el año por fin conseguiré una plaza de funcionario en propiedad. Trabajo asegurado para toda la vida, con los tiempos inestables que pululan no es poca la tranquilidad. Tengo la gran suerte de poder escribir de lo que quiera y como quiera, me gano los garbanzos con algo muy alejado de la literatura. Libertad de cátedra artística dirigida a tres o cuatro gatos lectores, como mucho. No es necesario más. Hacemos cábalas en los ratos muertos de la clínica, por los pasillos, en las consultas, a la hora del almuerzo. Cuando nos toque elegir destino solo quedarán plazas en los grandes hospitales y en la Valencia más rural. Yo me decanto por la segunda opción. Con cuatro hijos, cuatro gatos y una perra prefiero trabajar en el Centro de Salud de Mordor o al otro lado del muro, al norte de Poniente, antes que hacer de nuevo turnos rodados y noches en largas salas de luces tenues con olor a café, ambiente de quejidos, aerosoles mucolíticos y antisépticos variados. Además, cada vez tengo más querencia por el campo y las aldeas, por lo despoblado y lo que se ha quedado fuera de esta época. Celebramos el puesto vitalicio con la botella 146 de 555 de Aldeasoña, un Ribera del Duero espléndido. Mientras llegan los platos principales, Toni, jefe de sala del restaurante Huerto Martínez, se sienta a conversar con nosotros sobre lo humano y lo divino, siempre presente su amado Camarón de la Isla, mis libros de aforismos, las cocochas de merluza y la receta de sus deliciosas alcachofas a la mostaza, confitadas, confiesa, y nosotros que creíamos que eran hervidas. Con los cafés regresa a nuestra mesa y brindamos con Cragganmore. Sabe que vayamos donde vayamos, volveremos de vez en cuando a comer a su casa, que es la nuestra.


Ya de noche, en la cama, pienso en Las dos Fridas, misteriosa e inquietante obra que Frida Kahlo pintara en 1931, la indígena y la de raíces europeas, ambas mujeres y sus herencias, unidas por un sistema cardiovascular que se hace común para dos corazones definitivamente inseparables. Me gusta y me sostiene esa mezcla, esa fractura que se une, la comunión de lo diferente, de lo escindido, y el arte que nace de todo esto, esa pareja de enamorados que Marc Chagall pintó sobrevolando la ciudad, el surrealismo de Leonora Carrington, Hurt de Johnny Cash y sus ganas de empezar de nuevo, Nick Cave cantando: I don't believe in an interventionist God, entrando de lleno en un debate teológico con mucha miga. Creo que Job estaría de su parte. Me duermo entre Hans Küng y Karl Rahner, Leonard Cohen, Julieta Venegas y Metallica, me acunan los poemas de Vicente Gallego y de Mark Strand, los aforismos de Ramón Eder, de mi amigo Michel F. y de Miguel Ángel Alonso Treceño. La oscuridad no es absoluta. Bajo los párpados tengo un pequeño zorro muerto, jamás vi un pelaje tan bello como el suyo ensangrentado, su cara transmitía paz, me duele, abre los ojos, levanta la cabeza rota, me mira fijamente, y alrededor, todos los árboles pierden sus pétalos, retroceden, nos dejan solos, mejor esperar a que llegue pronto una nueva mañana. No hay consuelo.

miércoles, 21 de febrero de 2024

Insomnio móvil.


 El dedo se desliza nervioso por la pantalla del móvil, obsesivo-compulsivo arrastra imágenes a toda velocidad buscando algo que no encuentra. Ni encontrará. Es muy tarde, la noche de insomnio no entiende de misericordias, debería dormirme de una vez pero hay un nervio electrificado como de valla carcelera impidiéndole la victoria al sueño tenaz que tira de la manga de mi pijama y no se me lleva. Imágenes patinando ante mí que van directas hacia la insignificancia y el olvido fácil, irreversible. Reels, fogonazos, demasiado forraje por segundo para el buche cansado del alma, colorines parpadeantes, bengalas, como en La naranja mecánica o en los últimos instantes de una vida larga y vulgar. Pirotecnias, luces de disco-club ochentero, ilusiones volubles, tesoros falsos y traicioneros como arenas movedizas o elixires de la eterna juventud. Lanzamientos editoriales, las playas del paraíso, rutas y senderos por la Valencia más rural y desconocida, cocoteros, jazmín, Lemmy Kilmister, líder de Motorhead, hablando sobre rock and roll y alcoholismo. Cocina callejera asiática, artes marciales mixtas, la receta del graffe napoletane, la del kimchi y mil formas de cocinar el pollo en la air fryer, frases de filósofos, de influencers, técnicas enfermeras, six packs grecolatinos, crossfit poligonero y suburbial, senderismo, yoga y terapias alternativas, caguamas bien muertas, mujeres en bikini, James Brown, Guido Reni, líneas de bajo magistrales interpretadas por Jaco Pastorius o Flea, bajista legendario de los Red Hot Chilli Peppers. Noticias absurdas, increíbles, tatuajes, políticos repugnantes, cínicos y asquerosos. Reyertas en autobuses de Tucumán, robos en el metro de Barcelona, el salto del ángel, navajas filipinas, profesores universitarios sentando cátedra. Siempre hay algo de Van Gogh o un salón de bodas que se incendia, tiroteos demasiado cotidianos en los USA, memes argentinos, cristos brasileños, carnavales, humoristas mexicanos. Frases motivacionales, aforismos, blues, jazz, punk, arroces marineros, sushi, alcachofas, Joaquín Sabina, vinos italianos, anuncios de galletas, coches de lujo y Frenadol Forte. Estrellas Michelin, libros de la editorial Acantilado, el David y La Pietá de Miguel Ángel, más robos, violencia, costillares, el Tata Santiago, la virgen de Guadalupe, almendros en flor, poemas emotivos pulsando teclas rotas muy adentro, tomates raf, versos de la Pizarnik, el Baztán, el Tunari nevado, cocineros vascos y escritores rusos, todo lo que alguna vez miré descuidadamente, de reojo, o con esa atención celosa que, en su grado máximo, Simone Weil igualaba a la oración, porque ambas presuponían la fe y el amor. En la pantalla aparece lo que soy y lo que jamás seré, constelaciones, lo que fui, lo que no he sido y lo que nadie podría creer, galaxias lejanas, imposibles e improbables, lo que no tiene remedio y pesa en cada paso, una maleta rota y llena de disfraces en este absurdo cabaret destartalado y caótico, toda la luz que he ido derrochando y esa oscuridad azulada que nos espera al final del túnel o de la pantalla del IPhone postrero, al final de una vida que quería luz, como Goethe en sus últimas palabras, más luz, y se ha ganado a pulso esta tiniebla llena de conexiones, sobreinformación y datos tan irrelevantes como neurotóxicos, galerías y soledades. Guedejas grasientas, cañones de humo, Velázquez al fondo, confeti, calaveras, guirnaldas. Tritones, gatos callejeros, Julio Cortázar, jamón de Jabugo, sabandijas, Milei y su motosierra, Juan Rulfo, algún Beatle, César Aira, Ucrania, Hrabal, un bálsamo óleo-calmante anti-picor, así lo anuncian, el vermut más mítico de Bilbao, una casa en ruinas, el coliseo romano, los miradores del vértigo, las ciudadelas góticas, todos los muelles con el adarce y el vaivén de sus embarcaciones melancólicas, islas, estepas, deseos y repulsiones, tundras, exorcismos, las urbes y el orbe. Necio, deliras otra vez, apágalo ya, deja el teléfono, descansa, ponlo a cargar que mañana será un día intenso, deslavazado, estridente y filoso, deja caer todo el peso del mundo sobre los párpados, que la vida y la muerte podrían ser una y la misma cosa o muy parecidas, algo goyesco, berlanguiano, una confusión de límites desdibujados, etéreos, desconfigurados, esta montaña rusa interminable de miedo y carcajada, eso ya quedó bien escrito por siempre en Hamlet, seguramente, y en una sucia pared de aquel psiquiátrico perdido entre cerros en el que hace tanto tiempo trabajaste. Y recuerdas de repente a un enfermo mental que insistente pedía tabaco, antipsicóticos, condones y eternas partidas de ping-pong en los lentos domingos, en las tardes recluidas del verano, no tan distinto a ti, algún que otro temblor de más con algo menos de suerte, y cómo pudiste leer en su mirada, helándote la sangre, la clara intención de acabar con todo y dormir, dormir, tal vez soñar.

martes, 6 de febrero de 2024

Gestalgar.

 


Excursión a Gestalgar, en la comarca de Los Serranos, hacia el Interior, entre montañas, aquí el valle se transforma en vega, forma parte de la Valencia más deshabitada y desconocida. Vamos por la serpenteante carretera que llega desde Chiva a Gestalgar, jalonada de almendros en flor y grafitis que recuerdan, supongo, a jóvenes motoristas muertos en sus estrechas y cerradas curvas. Quinientos y pico habitantes, otro ritmo, otro tempo, también otro es el trato y la forma de mirarse a los ojos. En el bar donde almorzamos de tapeo son muy amables, todo bien y a buen precio, nos recomiendan que regresemos otro día a probar sus carnes a la brasa. No nos faltan las ganas. Hay una antigua y rara humanidad que por fortuna resiste lejos de las grandes ciudades. Se percibe que aquí ha venido a parar más de uno para curar sus heridas y volver a empezar de nuevo. Y está bien que los vencidos puedan seguir viviendo con dignidad. Creo con firmeza también en las segundas oportunidades,  el arrepentimiento y las metamorfosis sinceras.

Paseamos junto al tramo del río Turia que pasa pegado al pueblo, hacia la Peña María. Una familia se baña en porretas a lo lejos, medio escondidos entre las cañas. En el ambiente hay un poema que no logro retener, una extraña melodía en el silencio. Acicate o añagaza, no sé. El aire resplandece y es pura luz hasta en las sombras que aún refrescan, al mediodía el sol nos quema en la cara, zumbidos, Vivaldi debe andar nervioso. Álamos, sauces, fresnos, mimbreras. Además de los omnipresentes olivos, pinos y algarrobos. En las riberas romero, aliaga, tomillo y puede que brezo. El agua es tan clara que en ella se podría limpiar un corazón maltrecho.


Hace años leí con gusto Diario de la frontera y La lentitud del espía, de Alfons Cervera, escritor gestalguino a quien luego perdí la pista y ahora recuerdo y releo. Cervera inventarió con ternura el paisaje y el paisanaje de Los Serranos, las historias fundacionales de su Gestalgar mítico. Como Xuan Bello hizo magistralmente con su Paniceiros, Gabriel García Márquez con Macondo o Uxío Novoneyra con la sierra de Courel. Realidad y ficción, ¿quién puede señalar con precisión la frontera, los límites claros que las separan? Ambas ambiguas, movedizas y camaleónicas. Cometí un gran error al tratar de recordar Gestalgar antes de venir, mixturé  su río con el de Antella, sus calles se conectaban en mi imaginación, sus parajes aparecían unidos pese a la gran distancia, unas remembranzas se machihembraban con las otras. Hacía bastante tiempo que no regresaba a Gestalgar y en Antella solo estuve una vez, hace más de veinte años. La memoria, para tratar de no perderlos, presa del pánico, los anudó entre sí con esmero. Así sucede con el resto de las cosas que guardamos apiladas en el oscuro y desordenado desván de nuestro inestable magín. En nuestra imaginación se forman las coaliciones más descabelladas. Recordar es crear sólidas conexiones imposibles, férreas soldaduras entre el humo y el viento.


Días así nos son gratos, generosos, paréntesis muy necesarios en familia, escapando de la rutina, el cansancio y la desgana; huyendo del trabajo y del espejo, parando los relojes, haciendo juegos de prestidigitación. Por orearnos y matar la polilla terca de la costumbre, para ordenar o reorganizar un poco la sesera, el zacuto de pensar, que diría Miguel Sánchez-Ostiz. Alfons Cervera escribe que los lugares a los que no regresamos es como si no existieran, tal vez sea así. En contra de esto, la avara memoria estira y deforma lo vivido hasta el extremo, lo transforma hasta lo irreconocible para no perderlo. No siempre lo consigue. Si es necesario borra o nos escamotea algún detalle crucial para que la historia evocada nos sea cómoda y mantenga el empaque intacto con toda su credibilidad. Por si acaso, hace tiempo que no me marcho de ninguno de los sitios en los que he estado, entre el otero del recuerdo y la negra cueva del olvido, trato de vivir el instante y retenerlo, soporto el peso de una gran responsabilidad que he contraído conmigo mismo, me dedico al acopio minucioso de susurros intuidos, de imágenes fugaces, guiños entrevistos, olores sutiles, sonidos apagados, tomo entre mis manos todo lo que se rompe, lo que se apaga, lo que se seca, se esfuma o se desmaya, soy el último hablante de una lengua nacida para morir, el relámpago que tronza la tiniebla, voraz de bioluminiscencias, el trueno que rompe algo en el cielo y en la calma para siempre, y ese silencio que llega después, plagado de voces borboteando como charlean narcóticas las ranas en esas noches ardientes de verano en las que no puedes dormir y una mano fría que no es solo de este mundo te hiela el sudor y retráctil se desvanece mientras deja al largo insomnio haciendo equilibrismos en conversaciones muy trilladas con tu séquito de fantasmas y verdugos.


Imagen: Gestalgar.

sábado, 27 de enero de 2024

Donostiarra.

 


Desde la avenida de Zumalacárregui se llega en un santiamén a la playa de Ondarreta. Allí, apoyado en la baranda, tras años sin venir por San Sebastián, vuelvo a extasiarme con la belleza de su bahía como si fuera la primera vez. Llegué de madrugada, cruzando las sábanas blancas de una niebla fantasma, la lluvia fina en monótonas e hipnóticas punzadas, los largos túneles porosos que serpean por las montañas pesadas del cansancio. Sin premeditación, por pura necesidad, he venido a pasear una y otra vez por la playa de La Concha, a hermanarme con la isla de Santa Clara. Sin descanso, por despejarme, para pensar en qué es lo que debo hacer con mi vida o para no pensar en nada en absoluto. Hasta que me duelan las piernas, caminar junto al mar, pues tengo que sobrevivirme. Desde la parte más meditativa del Peine de los Vientos de Eduardo Chillida hasta el Aquarium y el Museo Marítimo Vasco, y pasar con respeto ante la estatua de aquel marinero que salvó a tantos de morir ahogados tras el naufragio de sus naves, tantas veces que al final, no podía ser de otra manera, encontró su destino definitivo, tras un naufragio, en el fondo del mar. O seguir un poco más allá, donde la Construcción Vacía de Jorge Oteiza y poco después, bordeando la costa, llegar hasta la desembocadura del río Urumea.

El sirimiri arrecia, voy por el casco antiguo, toca comprar un paraguas en una tienda de suvenires, también algo para Elena y los niños. Encuentro refugio en la iglesia de Santa María, donde hay una preciosa cruz de alabastro esculpida por Chillida a mediados de los setenta y un imponente órgano Cavaille Coll que en ese momento sonaba a ensayo de misterios graves de fantasmagoría y levitación. Almuerzo cerca del hotel, en un bar de menús para currantes: alubias rojas, chicharro con refrito de ajos, cuajada de postre. Todo muy bueno y bien regado con sidra del lugar. El café llega acompañado por una copa de pacharán y retales de conversaciones de las mesas vecinas. Se puede apreciar, a poco que uno mire, algo del costumbrismo donostiarra, esas cosas distintas que tanto me interesan, también lo que a todos nos asemeja, tan parecidos al fin. Descanso un poco en el hotel y retomo las caminatas por La Concha. Palacio de Miramar, la noria, el hotel Inglés, La Perla, la elegancia de los grises, ese toque afrancesado que tienen algunos edificios en San Sebastián, las farolas dignas de museo, los tejados, las azoteas oscuras, la noche que desciende cadenciosa, las luces de la ciudad temblando en la lámina negra de las aguas, el puerto, las traineras, los perfiles intuidos, suena una tamborada en la distancia, sigue lloviendo, pintxos y txakoli en el Bare Bare, regreso al hotel donde me esperan los cuentos de Isaak Bábel, un peso en los párpados, queman, olvido el reloj, queda a un lado el cuerpo, me arrastra hacia sus profundidades el simulacro de una muerte perfecta, la luz de lectura ha quedado encendida.


A la mañana siguiente paso por Errenteria para saludar a la gente de la librería Noski!, Sihara Nuño y Juan Manuel Uría, poetas, pintores y aforistas. Allí presenté Los propios pasos hace poco más de un año y no puedo olvidar, ni sé cómo agradecer, la acogida tan cálida que me brindaron. No hay doblez en los abrazos. Hablamos sobre proyectos, de la vida, de la familia y la crianza. Compro una antología de aforismos, Diario de Corea de Pablo Cerezal y El porvenir no llega, el pasado no importa de Diego Vasallo. Juan Manuel, siempre generoso, me regala La tertulia errante. Ya en Valencia descubro en este libro a Rafael Berrio, cantautor que murió en los inicios de la pandemia. Llevo dos semanas con sus canciones como banda sonora de mis días, de mi reincorporación al trabajo tras casi seis meses en casa cuidando a Claudia. Estoy como un niño que ve el mar o la nieve por primera vez, así con la música de Berrio. Simulacro, Dadme la vida que amo, Niño futuro: obras maestras. Y se tejen nuevas conexiones inesperadas: Lou Reed, Jacques Brel, aparece también Pío Baroja y no sé cómo la negra luz de Pierre Soulages.


Y así voy, viviendo del viaje exprés y sus dádivas innumerables, de los recodos inesperados del camino, de la tregua que brindan los miradores, del cansancio lenitivo, del horizonte siempre cambiante, del peso de un alma hambrienta, de la sed que no cesa, de lo nuevo, lo siempre nuevo, del recuerdo de lo grato y bondadoso sin sorpresas agrias ni decepcionantes, de las segundas y terceras oportunidades. De lo que pinta Uría, de la unión que Nuño siempre encuentra entre ciencia y poesía, de lo que cantaba Berrio: El signo variable de las intemperies. El vagar errante y solitario. El alma elevada en los alcoholes fuertes. La fiereza en los ojos deslumbrados. El pasar con nada, el mendrugo de pan. La indolencia a orillas del río. Dadme al clarear lo que es mío: La hermosa vida que amo

viernes, 12 de enero de 2024

Para que no nos devore.


 El árbol de Navidad con todos sus aderezos ha regresado a las cajas de cartón y al garaje, en lo alto de la estantería metálica, junto a los buenos propósitos, ahí donde no se llega fácilmente, para engordar penumbras húmedas, cebando el polvo antiguo y las arañas. Volvemos a la rutina y sus metástasis. Lo cotidiano en gris, carente de maquillajes, sin luminarias ni moralidades. Ya no es necesario fingir que poseemos un corazón de niño en el pecho, tierno y rosado como el de un corderillo, bien puro, sin muescas y además resplandeciente. Regresa el monstruo, la fiera, el ser humano descarnado y sin afeites, peligrosísimo. Es menester algo de alpiste del alma para que no nos devore. Este año, los Reyes Magos me han traído Los ensayos de Montaigne, una de esas obras capitales que admiten relecturas infinitas, nos abrigan cuando el mal tiempo y dan juego mental hasta el final de nuestros días. También un libro de cuentos de Isaac Bashevis Singer, el poemario Fingimientos y desarraigos de Miguel Sánchez-Ostiz y El ruido de una época, de Ariana Harwicz, ensayo sobre la necesidad urgente de ejercer una escritura libre en estos tiempos de autocensura y cancelaciones.

En un par de semanas finaliza mi permiso de paternidad y toca reincorporarse al trabajo. No hay ganas como tampoco hay remedio. Intentaremos hacerlo lo mejor que podamos, con buen talante, sonrisa en ristre, con ese entusiasmo superior de los que han perdido el entusiasmo pero no la decencia, a pesar del ala de la ilusión rota y varias circunstancias adversas revoloteando, bien chingonas, alrededor. Claudia ya va a la guardería y aprovecho los trayectos en coche para empaparme de Bach interpretado por Glenn Gould, Mahler y Strauss bajo la dirección de Otto Klemperer, el Black Market de Weather Report, Sonny Rollins y algunos clásicos del soul como Aretha Franklin o Solomon Burke con su everybody needs somebody to love. Terapia sobre ruedas, medicina orquestada, música amansando íncubos, súcubos, bestias desatadas, demonios en falange, parlamento de sombras, abriendo las ventanas en interiores victorianos constrictores, derrocando príncipes del mal, melodías disolviendo a nuestros ángeles de la muerte más recónditos, caen torres oscuras, maldiciones rotas bajo el peso pluma de los pentagramas, corre el aire.


Encuentro en las redes una cita atribuida a Horkheimer que me viene como anillo al dedo para ilustrar la sensación que más me acompaña en estos tiempos: “Pesimismo en lo grande, optimismo en lo pequeño”. Así sospecho el año que comienza, de belicismo expansivo, hambre creciente, esperpento, desigualdad, pobreza en aumento, desastroso en lo geopolítico, deseando que sea al menos un tiempo fructífero en lo minúsculo, en lo íntimo y personal. En lo insobornable. Lo insólito tiene su morada en lo ordinario, la maravilla se despliega cerca, muy cerca, en un abrazo, en un atadillo de humildes hierbas aromáticas, a este lado de las lindes y los cerros, por mi vereda, entre ramas desnudas y tierra sedienta, bajo los nidos y el canto, por los minutos desechados, vi el arder de nubes cárdenas y me importaba, dolía la tarde en fuga y algo más que siempre se marcha sin remedio, en ese horizonte hacia donde hace tiempo que casi ya no miro, entre los míos alejándose, junto a la nada o lo tibio, bebiendo sorbos de vida hasta en el agua estancada y verde de la piscina, huele a sepia, ajo y apio bailando en el aceite caliente, ¿qué vino derramaste en mi boca que me duele y si me falta más me duele todavía? Miro hacia donde ladran los perros, la sangre se acelera, veo fantasmas que cuentan sílabas mientras van hablando, aguardentosos, de lo bello y lo terrible, componen letanías derrotadas, insistiendo, pronunciaban salmos deliciosos para los dioses ausentes, contra el frío y el fracaso, en mi pequeño jardín descuidado de una calle difícil, sinuosa y sin salida.

domingo, 31 de diciembre de 2023

El parisién.

 


París también es llegar y ver los suburbios desde el RER B, notar en el paisaje un predominio del gris que nos reestructura, gris en el cielo y en los edificios, en las nubes sucias, en las palomas, las azoteas y en el rictus defensivo de la gente baldada. París también es ese tipo que desde su ventana, en un cuarto piso del bulevar de Belleville, alimenta con parsimonia a unos cuervos grandes como halcones. Los mendigos que vivían literalmente en el McDonald’s de la esquina, resguardados del frío, bebiéndose a sorbos un café interminable y desdichado. La anciana pálida que hablaba sola, alucinada, y tenía junto a ella una maleta pequeña y un bolso medio roto del que iba sacando pedazos de comida que aderezaba con un tubo de mayonesa extraído del bolsillo de su abrigo ajado.

Teseo, en mármol, humilla al Minotauro y los estorninos que, con su belleza humilde, picoteando por los jardines de las Tullerías, permanecen impasibles ante semejante derroche de épica. No son de grandes batallas estos pájaros, son más bien de agradecer el poco pan y el mucho espacio recibido. En la distancia, la noria y el Louvre. El frío, omnipresente, se hace más llevadero por el vino caliente y las salchichas alsacianas. El paseo en barco por el Sena no es solo ver desde las aguas el Museo de Orsay o el Gran Palais, también es tener la sensibilidad de advertir las tiendas de campaña debajo de los puentes, poder leer lo triste entre el lujo y la opulencia y que no nos domine el veneno fuerte de la indiferencia.


El kebab berlinés regentado por el chico simpático de origen tunecino, la calle Oberkampf con el despliegue multiétnico de sus bares y restaurantes, los salones de té y las tiendas de dulces árabes, el local de comidas para llevar especializado en cocina antillana. París no es solo la torre Eiffel iluminada en la noche, es también la foto rodeada de flores del turista asesinado por un islamista radical cerca del puente Bir-Hakeim. El agradable dependiente marroquí del Carrefour city que me cuenta su verano en casa de unos familiares residentes en Mataró mientras hace reír a mi hija Claudia, París es recordar también que no todos son iguales, y no caer en el prejuicio fácil ni en el barro injusto y asqueroso de la intolerancia.


París es callejear sin rumbo, entrar por casualidad en Saint-Étienne-du-Mont y descubrir que allí están las tumbas de Jean Racine y Blaise Pascal. Comer mexicano por el Barrio Latino, babear ante alguna librería mítica, atiborrar la nevera del apartamento de cerveza Kronenbourg y quesos franceses. El spleen, Baudelaire y sus albatros, los castañeros apostados junto a las galerías Lafayette, el Arco del Triunfo, el Obelisco de Luxor, el metropolitano, los bazares, los ahorcados de François Villon, los parques, los aguaceros, las sombras alcohólicas, los callejones sin salida, y a pesar de todo, Carla Bruni cantándole al amor.


París es partir distinto de París, dejarse un motivo para volver a Notre Dame, regresar a casa con algo nuevo en los bolsillos, algo que brilla en la oscuridad como los adoquines bajo las farolas finiseculares, como los ojos de las gárgolas, como un gesto de cariño en la terraza de algún café, como la sangre, las miradas y los filos, el deseo, como el sexo atropellado cuando los niños duermen, y que todo vuelva a latir después, en calma, pleno de significados, como la basílica del Sacré Coeur desde la ventana de nuestra habitación, su nimbo cálido quebrando las tinieblas en la colina de Montmartre, refugio en la distancia, algo de faro y algo de rompiente, y nosotros la espuma en danza, el corcoveo de caballos heridos, el último instante, la última oportunidad, y saber que no hay perdición sin esperanza, como presentimos en los hoteles del extrarradio o en los aeropuertos, en los centros comerciales, en las salas de espera, en el trabajo y en todos los lugares donde morimos sin remedio, intuir que hay cosas que podrían ser diferentes, mientras regresan de la mano, inseparables, la dicha y la melancolía, como en los cielos estrellados y en las sillas sin nadie de Vincent van Gogh.

domingo, 17 de diciembre de 2023

Jinetes sin caballo.


 La Nochebuena será en Belleville, París. Muy cerca del cementerio del Père-Lachaise, donde reposan las cenizas de Óscar Wilde y Jim Morrison, entre unos cuantos muertos ilustres y muchos otros anónimos. Riders on the storm susurrará alguien desde una lápida que nunca está sin flores, esa es tal vez una forma incontestable de eternidad: el recuerdo, la admiración, la mitomanía, como en su día lo fue la tan deseada fama medieval. Nada que merezcan la pena conocer se puede enseñar, nos recordará una voz lejana desde aquella otra tumba llena de besos de carmín y corazones. Lo crucial será aporía o no será. A algunos ya nos mataron el caballo pero todos somos jinetes en la tormenta, siempre vamos por lo desconocido, a tientas, recabando sorpresas e incertidumbres. Jinetes caídos del rocín, caminando con dificultad entre enigmas y espinos punzantes. Se hace de noche y no habrá refugio. Buscaré señales en las vidrieras de Saint-Chapelle, mensajes ocultos en algún bistró del extrarradio, por mercadillos callejeros o por las chamarilerías más mugrientas. Algo que sin palabras hable de mí y no me espante. Un destello entre opacidades. Bullicio. Sopa de cebolla, hachis parmentier. Café-calva y vino caliente para combatir el frío y la melancolía que rezumamos por estas fechas. Árboles de Navidad, guirnaldas polvorientas, luces de neón parpadeantes, hipnóticas, sórdidos centros comerciales cerca de las cités ouvrières, al norte del norte de la gran ciudad.

En las negras aguas del Sena el recuerdo de Paul Celan y sus almendras amargas, amapola y memoria, también el cabello de ceniza Sulamita. ¿Cómo escribir después del horror vivido? ¿Cómo no escribir? ¿Cómo soportarlo? No hay explicación plausible pero la vida sigue adelante. Con nosotros o sin nosotros. Y así es perfecto aunque no lo quieras. Como cuando estuve por Hiroshima y visité el Museo Memorial de la Paz. Tétrico, claustrofóbico, todo en penumbra, relojes parados, derretidos, en la hora exacta, pedazos de pedazos, restos, muñecos grotescos con la piel a tiras, 1945, bomba atómica, pecios de la tragedia hablando, misteriosamente, de esperanza. Salí atarantado de aquel lugar, como quien emerge, siendo niño, del fondo de una mina oscura en Potosí, y la luz era más luz, el cielo azul fue más azul, el curso del río Kyobashi hablaba de filosofía estoica y hedonismo mientras inalterable seguía su camino. Dicen que las penas con pan, son menos, y tocó almorzar okonomiyaki al estilo local y un par de jarras de cerveza Yebisu bien fría, mi favorita entre las birras niponas. Poco a poco el nudo del estómago se destensa, regreso a la normalidad, ya es posible retomar el trayecto hacia la isla santuario de Itsukushima.


Entre planes de futuro inmediato y recuerdos imprecisos, entre próximos destinos y otros lugares en los que estuve y casi he olvidado, entre las grullas de papel y las cigüeñas que venían en blanco y negro desde París, voy a medio camino de todo, oriente y occidente, el cielo que quiero y el infierno sobrevenido, repleto de vivencias que no se borran y sueños traicionados, algún acierto hay entre mil errores, herido de pasmo y fulgor en los flancos, soy la encrucijada de todo lo que quise ser y ya sé que no, aquello que fui y no quisiera, los pasos que se borran y las huellas tercas que permanecen, Mozart se alterna con Omar and The Howlers, soy un cruce de caminos por donde han pasado varios renacidos de mis propias cenizas y varias veces la Santa Compaña pronunciando mi nombre.

Regresar al valle.

  La niña comienza a caminar tras dos meses desde el diagnóstico de la enfermedad y el inicio del tratamiento. Ya estamos en la segunda fase...