sábado, 9 de diciembre de 2023

Tania y las Matrioshkas.

 


Tania vuela a Rusia para resolver unos asuntos familiares ineludibles. Le pedimos que tenga cuidado, bromeamos para destensar un poco los nervios, te tratarán como a una espía, los del FSB. Sometida a interrogatorios extenuantes nuestra Mata Hari ucraniana y sexagenaria será enviada a la prisión de Butyrka o a la Siberia más gélida en un pasaje arduo y lento como las cadenas de un tanque sobre la tundra, nuestra inocente Tania atrapada, y además sin retorno posible. Fabulaciones. Risas para ahuyentar el miedo, recurso muy humano, abrazos y besos, cariño sincero en la despedida. No sabe cuándo estará de regreso. Le digo que si puede nos traiga unas matrioshkas, símbolo de maternidad, fertilidad y unión familiar. Pienso en pedirle también un gorro de trampero ruso pero me contengo a duras penas.

Mientras Tania va rumbo a Moscú, acuden hacia mí, en esta tarde ociosa de chimenea y relajo, viejas historias eslavas al galope como una caballería cosaca cruzando la estepa hacia el pillaje en aldeas débiles y remotas. Incendios azotando las sombras. Me sacude la muerte de Pushkin en un duelo de honor y poco después la de Lérmontov en las mismas circunstancias. Isaac Bábel fusilado por orden de Stalin, tras el fallecimiento de su protector, el intocable Maksim Gorki. Osip Mandelstam y tantos otros, asesinados, cuánto talento destruido. Eran tiempos de violencias rápidas, explícitas, descubiertas, de un salvajismo que no era preciso ocultar. Hoy tal vez ignoramos, felices o un poco estúpidos, que en el mundo actual tenemos una trama de violencia parecida, intuimos alguna similitud que nos parece más lenta, menos brutal, reptiliana, encubierta, cobarde y diplomática, refinada y cargada de sofisticación, siempre lejana, a nosotros no puede pasarnos, hasta que se nos cae encima con todo el equipo, aplastándonos, una violencia idéntica a todas, y ahora, además, también se asesina en vida, por si fuera poco, sin derramar una gota de sangre, con mayor ensañamiento y crueldad si cabe. Un asco superlativo sin salida aparente. Soñaremos con algo mejor, pero otro día.


Sombras de otros tiempos desfilan por la mesa entre tazas de café y copas variadas. La lucha despiadada del viejo mundo de los zares y el nuevo mundo proletario, lo pronto que las ideas se pudren como manzanas cuando son tocadas por la mano del hombre, anarquistas insurgentes, como Néstor Majnó, ganándose a pulso la persecución, el exilio y la muerte por tuberculosis junto al Sena, bolcheviques contra mencheviques, todo bien mezclado, los tiempos y los espacios, Iliá Ehrenburg hablando en sus memorias de pogromos salvajes, de una antigua Zona de Asentamiento creada por Catalina la Grande, a petición de los celosos comerciantes moscovitas que no querían competencia, en donde los judíos tenían permitido residir, se ordenó la prohibición de la enseñanza del idioma ruso en sus escuelas y además la injusticia de los numerus clausus que tenían que soportar en las universidades. El odio tan actual que siempre se repite. Las montañas se doblan ante tamaña pena y el gigantesco río queda inerte, que decía la Ajmátova.


También aparecen en el salón los 304 años de reinado de la dinastía Románov que terminan con Nicolás II y su familia fusilados por los bolcheviques en Ekaterimburgo, sus cuerpos, mutilados, empapados en ácido y quemados, son escondidos en dos fosas que se descubren en 1991 y en 2007. La sangre del duque de Edimburgo, sobrino nieto de la zarina Alejandra, fue necesaria para, mediante análisis de ADN, llegar a la conclusión de que ningún miembro de la familia había sobrevivido. Las leyendas y especulaciones sobre una posible huida de Anastasia se desvanecieron en el río revuelto de la historia junto a la falsa palabra de todas aquellas mujeres que alguna vez juraron ser ella buscando notoriedad y fortuna.


He pasado horas de fiebre y obsesiones, agitado, sin moverme de la silla, creando túneles y comunicaciones entre libros y personajes, épocas decisivas, en un período tan cruel, convulso y sanguinario como el presente que nos ha tocado vivir. La historia es cíclica y a veces calcada hasta el terror como dos gotas de cianuro. Así me he entretenido hoy, acariciando un gato de Angora que me muerde. Tania no habrá llegado todavía al Óblast de Kursk, hace frío y es de noche, communication breakdown, solo quedan cenizas y pavesas en la chimenea, voy a encender con ellas un nuevo fuego que me lleve a Lublin junto a Isaac Bashevis Singer tras los pasos de un mago singular o con Claudio Ferrufino hacia el oriente, a Tashkent, en busca de sangre fresca sobre la nieve. Sangre de fantasmas.


Imagen: Matrioshkas.


sábado, 2 de diciembre de 2023

Ahora que se acerca.

 


El monóculo de Bulgákov, The Chieftains con sus violines acompañando a Chavela Vargas en su Luz de luna mientras voy atravesando el cerro pelado, el café 100% arábica de Pablo Cerezal impregnando con su aroma el ambiente, la nieve recién caída sobre los paisajes de Ucrania que Tania me muestra en su móvil mientras aquí seguimos metiendo sin problemas leña en la chimenea, la delicadeza magistral de Eloy Tizón para elegir el adjetivo exacto, el mordisco de astringencia amable del té Assam que me regaló Laura hace un par de semanas, queso de cabra a la trufa, fuet a la pimienta negra y unas rebanadas de pan de centeno. Un tren de cercanías que pasa lento y cansado junto a mi casa mientras Claudia juega en su parque infantil, los libros que entran por los que salen, la luz atravesando vidrieras góticas, tocándome, el recuerdo de la niebla en los puentes de Praga, el jazz en clubs subterráneos, el humo del tabaco, cigarro tras cigarro cuando fumaba, recuerdos, ficciones entreveradas en el tejido de lo real y viceversa, hoy que vivo y revivo todo este tapiz que se hilvana de veras y de inciertas, historias que me conforman, escritura, mentiras también, piadosas, tan necesarias,  para hacer más soportable tanto absurdo.

Aquella noche en vela leyendo Pedro Páramo completamente abducido, el amanecer que llegó distinto para siempre, los paseos entre arrozales por el puerto de Catarroja, unas anguilas que guisó mi abuela y que sabían a tarquín, el taller de mi abuelo lleno de virutas metálicas y grasa de barco, el mercado del Cabañal, las pertenencias que se extraviaron en cada mudanza, el presente, el intrincado y en ocasiones abyecto presente, Sergei que ha venido a casa para preparar unas cajas con comida que mandar a su familia de Járkov, lo afortunados que todavía somos, Marcos viendo dibujos animados de Papá Noel en la televisión, Judy Garland cantando have yourself a merry little Christmas, let your heart be light, y a mí que me da por soñar la conversión de todos los Ebenezer Scrooge del mundo, me pongo dickensiano porque lo habitual se vuelve kafkiano, o algo parecido, ojalá un rayo de justicia cayendo sobre toda esa mala gente que camina y va apestando la tierra.


El ambiente se va poniendo veterotestamentario, denso, vengativo, miro a mis hijos y palidezco al pensar en lo que nos cuentan las rotativas y los noticieros, en los fúnebres colores del futuro, en las especies que se extinguen, en las desapariciones, en la que les espera a los niños, en el curso sucio de la historia devorándonos, con tanto chisme y mala baba desviando nuestra mirada del cambio de las estaciones, de trinos y afluentes, de la música de las esferas, de lo invisible, de un horizonte distinto, de los buenos actos morales. Ahora que se acerca, quiero un espíritu de la Navidad permanente y hereditario que reine sobre la tierra o que termine todo en este preciso instante, las ciudades retorcidas y el orbe desmedido, el odio y su gangrena, muy rápido, de súbito, en esta playa de la farra y del dolor, ¿verdad, Chavela? O esperanza para mis hijos o fundido en negro y final imprevisto, cortante, que nadie sufra nunca más, que no sea necesario ahogarse en alcohol, tal vez todo siga y vaya mejor sin nosotros, que pare toda esta muerte de una vez por todas.


Imagen: Mijaíl Bulgákov.

lunes, 27 de noviembre de 2023

En un pequeño temblor.


 Mora de Rubielos y Rubielos de Mora, escapada turolense, ternasco de Aragón y estofado de ciervo, trufa negra, Tomás Postigo calentándonos el morro de forma inmejorable. Hemos huido del barullo que cada año nos trae muy cerca de casa el Gran Premio de motociclismo en el circuito Ricardo Tormo de Cheste y buscamos refugio por la comarca de Gúdar-Javalambre, entre vestigios del medievo y la calma, entre piedras centenarias, torres, adoquines y campanarios, mampostería, grandes puertas de madera con aldabas mitológicas, iglesias, ermitas, humilladeros, su imponente castillo, el aire aromado de sopas de ajo, callos, caldereta de cordero, y el lujo de la lentitud por unas calles sin nadie, bellas y misteriosas, como de cuento gótico. El silencio, azulado por el frío y la fina niebla, nos lleva de la mano hacia regiones del alma que estaban adormecidas, lejanas en su agonía. Un ritmo de vida más amable, pausado, todavía es posible en los pueblos y aldeas del mundo rural. Hay esperanza.

Wilco, Frank Sinatra y Dean Martin amenizan los trayectos. Let it snow! Let it snow! Let it snow! En la maleta, Plegaria para pirómanos de Eloy Tizón y Sobre la naturaleza de Javier Sánchez Menéndez. Soñamos cambios de vida, mudanzas, volver a empezar, despertamos con un leve poso de amargura y realidad en el cielo de la boca sabiendo que hay cosas que nos son vedadas por las circunstancias, imposibles por las ataduras del miedo y la familia. Qué agridulce es el vicio antiguo de imaginar nuevas vidas posibles en los lugares que visitamos. Ese hogar podría ser el nuestro. Pequeños balones de oxígeno para el camino de regreso hacia el origen, hacia el último umbral conocido. Asomados a los pretiles, nos dejamos llevar viendo el tímido cauce del río Mora desde el Puente Viejo o del Milagro, con un arco apuntado y otro de medio punto, con esos árboles pensativos de otoñales ocres y amarillos, con su imagen de la Virgen del Primer Dolor sobre el tajamar, en lo alto. Mira cómo va nuestra vida, mi amor, fluye perfecta a pesar de todo, como las hojas rubias de los álamos llevadas por la corriente. De repente un remanso, piedras, basura y ramas, nos miramos y ahí quedamos detenidos, de la mano, en un pequeño temblor imperceptible, dulce como la miel, como tus labios, mientras los niños juegan despreocupados, somos pálpito, aleteo, fulgor, el abrigo de unos ojos, para siempre.

Imagen: Mora de Rubielos.

viernes, 24 de noviembre de 2023

Por si mañana me voy.


 Chimenea a pleno rendimiento, más madera, troncos y ramas de naranjo y algarrobo, piñas, pinocha, sarmientos del año pasado, lo vetusto suele ir muy bien para empezar nuevos fuegos. Anochece y el frío se queda fuera velando un jardín ya oculto entre las sombras, no se ven sus filos pero continúa la punzada de belleza en el costado. No hay problema demasiado grande que no pueda arder ahora, ante nosotros, en esta hoguera tan pequeña. El fuego y las desaceleraciones, las brasas y la suspensión de los ejes espaciotemporales, gravedad cero, sentir la clarividente ceguera de Homero, las alas de los místicos, en la ceniza puede leerse el futuro de todos nuestros afanes y aun así las pavesas serán pequeñas aves Fénix cantando esperanzas en su nido incandescente. Crepita la madera dócil pulsada por las llamas, comienza el relato de su música arrebatadora, el mundo y sus aristas dejan de existir por un momento de confort que nos parece infinito y perfecto. Contemplación, meditación, la mente en blanco alternándose con remembranzas. Aun permaneciendo estáticos, una fogata proporciona un alto en el camino. Abrigo, descanso y sostén. Un gato chino moviendo la patita zen en bucle incansable con aromas de té verde y jengibre. 

En su último libro, Mañana me voy, un diario sobre una caminata por el norte de Soria, dice Víctor Colden que saborea “el silencio que solo existe cerca de la lumbre” y que “envuelto en ese silencio sería posible olvidarse del mundo”. Y en la alternancia de los deseos voy pasando la tarde, a veces nube blanca y a veces nube cenicienta, las ganas de silencio, la soledad, la melancolía, los preciosos escritos de Colden, el olvido necesario, van dejando paso a la voz de Iliá Ehrenburg, también la necesidad de recordar, en sus descomunales memorias recomendadas por Claudio Ferrufino, relatando su riquísima historia personal en un siglo plagado de horrores y muertos en hileras inacabables buscando aterrorizados unas puertas del cielo que no se encuentran fácilmente. Porque soy duda y contradicción, humores revueltos buscando el equilibrio, me siento vivo y no me rindo, sigo con tesón el camino. Quiero una paz permanente o la evanescencia. Crepitan dulces los rescoldos, suena una algarabía creciente entre las llamas, Marcos da vueltas a la mesa con la bicicleta en el sentido contrario a las agujas del reloj mientras Claudia duerme en su carrito de bebé, tan ligera de equipaje, todavía, que solo duerme, y si sueña es sin dolor, y yo, que cuando la noche se aposenta voy jugando una partida de póquer a los dados con mis fantasmas, alzo la copa de anís seco mientras Elena prepara malvaviscos y castañas, ruego salud y bondad eterna para mis hijos, brindo por el amor inquebrantable, para no dejar nada en el aire, por si mañana me voy, y solo puedo dar las gracias por seguir aquí.



jueves, 16 de noviembre de 2023

Escapismos.


 Hay una inclinación natural a la desaparición desde hace muchos años, al escapismo, a las bombas de humo, tal vez la tendencia sea intrínseca, como un hilo que forma parte esencial de esta madeja inextricable que soy, de este atadillo de enigmas y pasiones que anda (con sobrepeso) y cuenta sílabas (fatigándose). Hubo un tiempo de tribus y ninguna era la mía. Eso deja huella, cicatrices, callo en la fractura, psicología y perspicacia. A la fuerza ahorcan. Descreo desde entonces de toda estructura piramidal, me incomodan las multitudes, la arenga y su escabeche, me espantan las sectas, las peñas, los partidos. Voy o trato de ir por otras veredas menos transitadas, con más aire. La ausencia, el desapego, la disolución del ego, ser como un gran Buda de bronce que pude ver en Nara, en el templo Tōdai-ji, monolítico y etéreo, estar y no estar o viceversa, no sé, ir cruzando el cielo con aquella bandada de grullas, gris en lo gris, que vi sobre mi cabeza en una gasolinera navarra, los atardeceres impagables de la Albufera de Valencia contemplados desde su embarcadero, prestar atención a lo desatendido, guardar silencio y dejar que el mundo hable en mí, para mí, por mí y por todos mis compañeros, con sencillez y hondura, que esa es la verdadera esencia del quedar callado, enmudecido, para que lo otro se diga mejor por nuestros cauces finalmente silenciosos y entregados, tácitos, por entero disponibles.

En estos días movedizos igual se inauguran museos de arte contemporáneo que se lanzan misiles, así de contradictorios somos. El hombre es mosca cojonera para el hombre. Un mismo ser humano es capaz de lo mejor y lo peor, del machete y la caricia, lo sabemos por experiencia. Odiosos y adorables en alternancia impetuosa mientras dure la vida o el vigor. Por eso, todavía, la esperanza o el Apocalipsis, depende del día o del humor, todo es posible. La política hiede a estiércol, cada día una guerra nueva y la amenaza constante, creciente, de una tercera guerra mundial, la economía de los ciudadanos de a pie acusa el efecto mariposa gravemente y las familias cada vez se distancian más, cada uno por su lado con sus claves bancarias, su wifi y sus ilusiones, como islas flotantes a la deriva de un desamor que suele resultar estúpido, torpe y ridículo. Tristes hundimientos. Todas las direcciones son contrarias cuando no contamos con el prójimo y su equipaje. Distopías cruzando nuestras noches en vela como fuegos artificiales sobre la bahía.

No siempre es posible quedarse entre los demás, hay que reservar momentos para estar con nadie, o sea, con lo más cierto de uno mismo. Me escoro y me alejo un poco, que uno aprende a esquivar los golpes a golpes. Las ves venir cuando, por desgracia, no has visto venir muchas otras parecidas que hicieron daño irreparable en la línea de flotación y en el currículum. No huyo de la realidad y su aspereza, no evito su contacto ni el de sus gentes, pero me es preciso como el respirar, cada vez con mayor frecuencia, el irme por las ramas o por peteneras, pensar en las musarañas y no salir en la foto. Por un rato hacer apología de lo inútil y lo improductivo, hacer un nucciordine en toda regla, y que viva el dolce far niente, la hora del vermú, la siesta con pijama y orinal, el ir por libre, el loco del pueblo también, la mente en blanco. Simpatía por Robert Walser, Thoreau, la vida retirada de Fray Luis de León, la casa emboscada de Christian Bobin muy cerca de Saint Fermin, las certeras soledades al óleo de Edward Hopper. Simeón el Estilita, hazme un sitio que voy corriendo, en el desierto cabemos todos. None but the lonely heart de Tchaikovsky, only the lonely (know the way i feel) que cantaba Roy Orbison tras las grandes gafas oscuras de su timidez.


Hoy seremos Oimiakón en el frío siberiano, La Rinconada andina, Rapa Nui, la recóndita isla de Tristán de Acuña, el archipiélago Juan Fernández en donde estuvo Miguel Sánchez-Ostiz siguiendo los pasos novelescos de Alexander Selkirk, dejadme en el centro exacto de la puszta húngara, hoy toca perderme sin retorno por los Apalaches o por la estepa infinita de Mongolia, permitídmelo, que mañana volveré a ser pachinko en Shinjuku, mercado de las especias en Nueva Delhi, rascacielos desmedido en Shanghái, vendedor de café en el gran bazar cairota de Jan el-Jalili, seré todos nosotros, con todo nuestro vértigo, un atasco interminable en la pinche hora pico de la Ciudad de México.


Imagen: Houdini.

martes, 7 de noviembre de 2023

Por castillos y alquimias.

 


Hemos pasado la mañana paseando por Buñol para disfrutar de su castillo. Construido sobre anteriores asentamientos islámicos, sus orígenes se insertan entre los siglos XI-XII, Jaime I lo conquistó en 1238 y su estructura actual fue realizada entre los siglos XIV y XIX. Gozaba de una gran importancia estratégica ya que desde sus almenas era posible vigilar el camino real de Madrid y la frontera entre los reinos de Castilla y Valencia. Fue utilizado como cuartel militar en la Guerra de Sucesión del siglo XVIII entre los partidarios del archiduque Carlos y las tropas de Felipe V, en la Guerra de Independencia a principios del XIX frente al imperio francés y en las posteriores guerras carlistas. Rumor de alfanjes, cimitarras, gritos, sables, mosquetones, cañonazos, bayonetas, revólveres, polvareda, fusiles, cargas de caballería. Huelen todavía sus callejuelas empedradas a humo, miedo y rabia, fidelidades, traiciones, heroicidades, cobardías, amor y odio, la compleja salsa bien especiada con que se cocinan las contiendas más feroces. ¿Qué historias que no sabemos quieren contarnos sus saeteras? Fue también cárcel y puede que lugar de ejecuciones. Hoy hay casas habitadas en su Plaza de Armas, macetas en los balcones, a pesar de tanto estrago la vida continúa siempre. La esperanza florece en el horror como en ningún otro sustrato universal.

Lo que más me atrae de las fortalezas inexpugnables es que, tarde o temprano, son vencidas, expugnadas. Eso, o lo que viene después, define minuciosamente nuestra naturaleza más valiosa. Los que se alzan tras ser derrotados, entre ruinas,  escriben algunas de las mejores páginas de la historia de la humanidad. Me apasiona el talón de Aquiles, los flancos descubiertos, las guardias descuidadas y los puntos débiles. Lo que nos hace más humildes porque nos supera y hay que aprender a vivir con eso, tras la caída, de otra manera, con otros ojos y otro corazón más cristalino si es posible. Lo que está ahí, brillando en el barro, quebrado, lo que tenía todas las cualidades para ganar y fue humillado. Lo que viene después de la desgracia, lo que surge cuando termina la tragedia. Hay que seguir adelante con lo que quede, cantar bajo la lluvia ácida, ponerse de puntillas con el agua al cuello. Me seduce cada cosa rota, las astillas, lo inservible, los pedazos, los fragmentos, las fisuras de lo indestructible, la visita de los sueños que ya no se cumplirán, y soportarlo, esas cosas que fueron cruciales y ahora ocupan, inútiles, molestas, un rincón húmedo, punzante y polvoriento. Es fundamental la pérdida para encontrar algo nuevo y tal vez mejor, otro punto de vista, otros horizontes, la desnudez que nos abriga como nunca antes lo hiciera nada, soportar el abandono lento o la muerte inesperada de nuestros seres queridos. Tras tanta saña en la tortura hay una segunda oportunidad, debe de haberla, como existe la ceguera que ayuda a ver lo cotidiano diferente, la rutina saltando por los aires, el sexo que sabe a gloria y ahuyenta a todos los demonios, esa melodía, ese silencio, esos relojes deteniéndose, un gesto de cariño cuando lo oscuro, una mano tendida rasgando la soledad, palabras palpitantes que nos salvan, verdaderas, encendidas, determinantes y decisivas, la alquímica sabiduría de hallar un nuevo camino en el camino de siempre, también esos fuegos metafísicos que en las tardes apocalípticas de otoño se apagan obstinados, mientras nosotros estamos ausentes, hablando con detalle de nuestras pequeñas vidas.


Imagen: Castillo de Buñol.

jueves, 2 de noviembre de 2023

De todos los santos.


 Rodríguez & Sanzo bajo velo para brindar por nuestros muertos en este Día de Todos los Santos. Risotto de rebollones en honor a los ausentes. El cielo viene vestido de azul mediterráneo y nubes blanquísimas, fulgurantes, veloces. No hay cielos más hermosos que los del otoño. Recuerdan, a poco que mires, la existencia del alma y de otros elementos axiales pasados de moda. Algo se encoge en el pecho, tiembla, y nos hace recordar lo pequeños que somos ante la belleza absoluta. Aceptar nuestras fragilidades, ahí puede estar nuestra mayor grandeza, en saber que nuestro lugar no está en el centro del mundo y que no nos importe. El día empezó de frío y sombra, con ese polvo de lapislázuli que por estas fechas brilla tenue y misterioso al depositarse sobre las cosas. Copos de azur, ralladuras cerúleas, melancolía. Mansion on the hill de Bruce Springsteen y Eric Clapton tocando por Robert Johnson. Me visitan los rostros desdibujados de mis muertos más antiguos, también, de contornos más precisos, los de aquellos que hasta hace poco lucían frescos, vigorosos, de este lado de la vida. En compañía de fantasmas van pasando las horas, se calienta el corazón con la memoria agridulce de lo que siempre estará presente porque nos duele que nos falte ya sin remedio. Solo el amor puede abrir puertas que ni intuimos en la gran oscuridad.

La luz llegó para limpiar la plata y el jade de los olivos trágicos mientras un viento violento sacude sus copas llevando al límite la resiliencia de las ramas en esa danza del aire que embiste y las hojas iluminadas apartándose, aire que embiste y hojas apartándose, aire… relato certero y veraz de nuestra existencia. Y poco más. Tal vez, esas copas derramando su haz de verde esperanza, ese envés de cenizas presentidas, sean mensaje crucial de nuestros muertos que brindan hoy por nosotros, que nos acompañan por cañadas oscuras, que nos sostienen y nos abrigan, o quizá tan solo sea la vida acariciando la herida de llanto y risas que va abriéndose cada vez más profunda en nuestra biografía, zanja lírica, luces y sombras en la llanura, caídas, levitaciones, abrazos y ganchos en el hígado, lo que guardamos celosos y lo que vamos perdiendo con el paso dubitativo del tiempo insondable que nunca regresa y nos arrolla, que nunca regresa, también por eso no hay precio para tanto que se nos regala aun cuando luego se nos quite todo, al final es lo mismo, todo cuenta y nos relata, nada pesa tanto como para no desear seguir el camino y nada es solo ligereza en la intemperie como para no querer regresar a casa, confusión de los finales desconocidos, no hay palabras suficientes, cumbres y abismos, brotes verdes en tumbas abiertas, la vida, y estas alas que arden y nos queman, porque no existen, mientras nos dan un vuelo irrepetible que solemos valorar como es debido demasiado tarde, demasiado poco, y por eso se acaba. Así. Súbito. Portazo y silencio.


Imagen: Robert Johnson.

Regresar al valle.

  La niña comienza a caminar tras dos meses desde el diagnóstico de la enfermedad y el inicio del tratamiento. Ya estamos en la segunda fase...