miércoles, 21 de enero de 2026

Al final de mi calle.

 


Voy paseando a la perra por el pueblo y recuerdo que Francisco Umbral creía en la magia de lo sin magia y que Christian Bobin esperaba lo que no se esperaba. Así voy yo atravesando horas que parecen vanas e insustanciales y están repletas de oro molido. Solo hay que aprender a mirar, que no es poco. Mientras enfilo la última pendiente de mi calle adoquinada recuerdo que para Max Jacob, en poesía, lo inexpresable es lo que cuenta. Paso frente a la última casa, encalada y centenaria, y no me es ajeno Joubert anotando en su diario que si no la llevas dentro no podrás encontrarla en ninguna parte. Dijo Sánchez-Ostiz que escribir es una forma de respirar y en José Mateos aprendimos que poesía no es algo que se dice sino la única manera de decirlo. Bellas y sabias palabras para acompañarme en la ronda. Palabras, digno refugio en la derrota. Palabras, pecios del barco naufragado de la vida. 

Al final de mi calle empieza el campo, sus lenguas innumerables, caminos pedregosos, polvorientos, plantaciones, cultivos, arboledas susurrantes o taciturnas, según el momento, también están las vistas que nos sitúan en el centro del valle, a veces la niebla en las cumbres, y a veces el sol y el azul jugando como niños alegres entre gasas de leche clara y misterio. Música en las acequias, terapéutica del borbotón. Al final de mi calle se concentra la noche con su carga de constelaciones y hierba mojada, lo presentido y lo inexplicable, desde allí miro hacia el pasado y el futuro, con su salsa agridulce de errores, aciertos, presentimientos y sospechas. Pero siempre está la belleza, por encima de todo, esa gran belleza de un presente perfecto y pleno que nos vuelve ojipláticos, líricos, alados y mejores, weilianamente atentos y agradecidos, momentos irrepetibles, date cuenta, supercalifragilisticoespialidosos. Es la vida renovándose a cada instante mientras nos deja atónitos, maravillados, y viene a masajearnos el pecho si le prestamos el interés suficiente, nos resucita, nos recompone y nos salva.


Hay una pizarra negra, ahí, en el cielo, al final de mi calle, el lomo aterciopelado de un toro de lidia, algo fosco y lorquiano, doloroso, jazmines pisoteados y guitarras rotas, navajas de filos herrumbrosos, botellas vacías, poemas, hambre eternizada entre guerras que casi se solapan y parecen no terminar nunca, una época asquerosa, lo muy humano en busca y captura, asediado, tragedias griegas de rabiosa actualidad, Sófocles, Esquilo y Eurípides, clarividentes. Hay al final de mi calle un mundo en retroceso y una pesadilla que avanza, malas noticias que llegan con frecuencia desalentadora, trenes que descarrilan en un país ineficiente, políticos como alimañas, estructuras y basamentos fundamentales cayéndose a pedazos, instituciones agusanadas, corrupción, desesperanza.


Y también concurre todavía la pena penetrativa de Santa Teresa, la flecha de la transververación, Bernini y El Éxtasis, el canto roto de un gallo viejo, un pastor cruzando la noche con su rebaño de cencerros y murmuraciones, letanías, humo de imprecación, alharacas, hay al final de mi calle mil voces que me invitan a la rendición, al escapismo, voces que azuzan con violencia y tiran de mí, mil voces de puro nervio y de locura, aguanieve, amanecidas de fuego y azafrán, hay voces frente a las que sigo manteniéndome en pie a pesar del cansancio y la creciente dificultad, no lo niego, y trato de hacerlo con un verso en la boca a punto de decirse, guardando silencio todavía, llegando mal y tarde al final de mi calle, pero que llega, donde comienza el campo, por donde paseo a mi perra que no se aleja demasiado porque huele el miedo y la soledad bajo el peso del orbe desbocado, bajo la gran incógnita existencial, llega el verso, mi perra me mira con ojos de piedad canina, que es posiblemente la más alta forma de piedad, y no me juzga, y tiene un corazón de ángel barroco y peludo que perdona, mi perra me ama también por el campo, cuando la noche más oscura, y sé a ciencia cierta que nunca me abandonará aunque descienda, al final de mi calle, un poema perfecto como un filo para destruirme. 

domingo, 11 de enero de 2026

Del pan de la vida.


Han cerrado el horno de uno de los pueblos del valle. Tras toda una vida entre harinas su dueño se ha ganado la jubilación y no hay relevo generacional, nadie quiere tomar las riendas del negocio y eso es un acontecimiento trágico para cualquier zona rural. La carga simbólica es descorazonadora. Un pueblo sin horno es como un pueblo sin campanario o sin parque infantil, le falta algo fundamental, queda cojo, tuerto y enlutado, más lúgubre, doliéndose en silencio de su miembro amputado y fantasma. No habrá magdalenas para las beatas que salen de misa ni bollo de tajadas para los que vuelven de quitarles los pollizos a las oliveras. ¿Qué hogaza partiremos ahora con las manos? La de la muerte lenta de los pueblos, esa que esconde la agonía de los cuatro gatos que se quedan sin pan.

Se encuentra la chacinería sola y desangelada, y el vino, sin pan, es menos vino. Ya nadie hará las tortas para los gazpachos manchegos ni los pasteles de cumpleaños de los escasos niños. Por imperativo circunstancial suprimiremos de la dieta las rosquillas de anís, los rosegones, los palitos salados rellenos de anchoa y sobrasada, los curasanes, las ensaimadas, el pan de aceite y el de pueblo, la sacra oblea, las rosquilletas con llavoretes, los panquemaos, la calabaza asada, el agua de azahar y los hojaldres. Si queda en sombra suspendida, herida de muerte, la levadura en la tahona abandonada, quedamos un poco huérfanos todos por las aldeas y en los pequeños pueblos del valle, sin la gracia cereal, sin el trigo, ni el maíz o el centeno, sin su pizca justa de sal, sin la nata montada, sin el panadero y sus arcanos, sin ese poema perfecto que es una barra de pan recién horneada en las mañanas de invierno, brújula en la niebla, sin esa intención suya tan panaria de ser alimento, sostén, refugio y abrigo para el cuerpo y el alma de los que cada vez nos hemos quedado más solos, aquí, en un rincón olvidado, lejos de las megalópolis y las baguettes precocidas de los grandes supermercados.

Solo es posible el pan sincero para los que viven más en la intemperie, no admiten bien los sucedáneos desde su periférico aparte, en los pequeños colmados que heroicamente resisten como aldeas galas, en los pocos bares que les quedan, por los minúsculos mercados y las plazas de los pueblos que se vacían. Son una suerte de humanidad en resistencia los que todavía aprecian el pan verdadero, son el salmón que nada contracorriente. Los últimos mohicanos necesitan algo de pan artesano para seguir en pie sobre los vestigios de un mundo que con su muerte cerrará las últimas puertas, se tapiarán los quicios de las viejas casas y la mano del tiempo apagará, algún día, para siempre, la lumbre nutricia y bella de todas sus panaderías. Será la oscuridad total, algo así como borrar las hogazas de los bodegones que pintara en el siglo XVIII el gran Luis Egidio Meléndez, de forma irrevocable será el fin del mundo conocido. Mientras esto sucede, llenemos las copas de vino, cabalgad a pelo el lento animal del valle, contad estrellas en la noche penúltima de vuestras vidas, dadme un pedazo de pan como quien da un abrazo.

miércoles, 7 de enero de 2026

Resacas de año nuevo.


Los primeros días del año vamos enlentecidos, exhaustos, soportando con dificultad el peso que viene aparejado a la resaca del exceso, ese caro peaje que pagamos por tanto festival sin freno, por tanto ágape pantagruélico sin mesura. Bacanales de cordero y vino tinto, carrilleras con patatas panaderas, canapés innumerables, vermut a chorro, pasteles trufados de hiperglucemia y saturación sensitiva, torpes bailes desacompasados al límite del ángor, digestiones largas como un mal gobierno, cotillón, champán, las doce campanadas, los abrazos extremados, las conversaciones repetidas, automatismos, el turrón, las uvas y una retahíla de brindis por nuestra salud, por el amor, ay, siempre el amor, un chinchín para que algo de dinero venga, y por la muerte de algún sátrapa y el sufrimiento eterno de toda su guardia pretoriana. Pero de esta resaca se sale, en cuestión de semanas no recordamos el abuso y volvemos a estar en disposición de caer de nuevo en descuidos burbujeantes y espumosos, encanallados.

Hay otra cruda peor, más pegajosa, sostenida: la de cruzar un umbral con las manos vacías, la de cambiar de año como si nada, como si en balde, por pura inercia como la piedra que rueda por el precipicio, si me apuras, está la resaca de cruzar la frontera tan solo con algo de polvo de infinito bajo las uñas descuidadas y ralladura de lejanías que un viento metafísico y metafórico trae hacia los ojos cansados de mirar sin pausa y ver o intuir lo justo o lo innecesario. Hay resacas de ilusiones incumplidas y de sueños partidos por la mitad, de relojes parados, de brújulas sin norte y veletas que ya no giran, de la falta de juventud y la pérdida de la esperanza, de historias que ya no, nunca, del miedo tomando mando en plaza, de gastar pólvora en zopilotes, de estar perdido, de no encontrarse y sentir que ya no queda tiempo, de intentos y fracasos, de intentos y fracasos, hay resacas que duran toda la vida y está bien que así sea. 

Al final de mi calle.

  Voy paseando a la perra por el pueblo y recuerdo que Francisco Umbral creía en la magia de lo sin magia y que Christian Bobin esperaba lo ...