
Han cerrado el horno de uno de los pueblos del valle. Tras toda una vida entre harinas su dueño se ha ganado la jubilación y no hay relevo generacional, nadie quiere tomar las riendas del negocio y eso es un acontecimiento trágico para cualquier zona rural. La carga simbólica es descorazonadora. Un pueblo sin horno es como un pueblo sin campanario o sin parque infantil, le falta algo fundamental, queda cojo, tuerto y enlutado, más lúgubre, doliéndose en silencio de su miembro amputado y fantasma. No habrá magdalenas para las beatas que salen de misa ni bollo de tajadas para los que vuelven de quitarles los pollizos a las oliveras. ¿Qué hogaza partiremos ahora con las manos? La de la muerte lenta de los pueblos, esa que esconde la agonía de los cuatro gatos que se quedan sin pan.
Solo es posible el pan sincero para los que viven más en la intemperie, no admiten bien los sucedáneos desde su periférico aparte, en los pequeños colmados que heroicamente resisten como aldeas galas, en los pocos bares que les quedan, por los minúsculos mercados y las plazas de los pueblos que se vacían. Son una suerte de humanidad en resistencia los que todavía aprecian el pan verdadero, son el salmón que nada contracorriente. Los últimos mohicanos necesitan algo de pan artesano para seguir en pie sobre los vestigios de un mundo que con su muerte cerrará las últimas puertas, se tapiarán los quicios de las viejas casas y la mano del tiempo apagará, algún día, para siempre, la lumbre nutricia y bella de todas sus panaderías. Será la oscuridad total, algo así como borrar las hogazas de los bodegones que pintara en el siglo XVIII el gran Luis Egidio Meléndez, de forma irrevocable será el fin del mundo conocido. Mientras esto sucede, llenemos las copas de vino, cabalgad a pelo el lento animal del valle, contad estrellas en la noche penúltima de vuestras vidas, dadme un pedazo de pan como quien da un abrazo.
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